Hace casi 40 años, con el debut de la sociedad basada en el éxito, las crecientes exigencias del mundo globalizado, el acrecentamiento de horas laborales, turnos rotativos y la necesidad de conseguir el sustento diario dentro de una sociedad capitalista, se presenta el Síndrome de Burnout como consecuencia de una crisis en la adaptación de la vocación del personal al nuevo y cambiante ambiente profesional (Mira, Vitaller, Bui, Aranaz, & Rodríguez, 1994). Entre las dificultades que agobian a la colectividad, hallamos que el ejercicio profesional se ha transformado más bien en una práctica laboral rutinaria, restándose la importancia de la idoneidad de las prestaciones debido al desproporción entre la demanda y la oferta, creando réplicas conductuales y emocionales inconsistentes en las personas, generando apatía, irritabilidad, desmotivación, un escaso control de impulsos e inclusive ausentismo laboral (Soldano, 1994).
El síndrome de Burnout ha sido estudiado a lo largo del tiempo por muchos autores de forma creciente, en los que a menudo se encuentran algunas diferencias de matiz conceptual por la dificultad de definir un proceso complejo como es éste.
Una profunda investigación sobre los antecedentes del Síndrome de quemarse por el trabajo, data de su primera mención en el año de 1969 en el Japón donde se sirven del término Karoshi (過労死) que significa "muerte por exceso de trabajo" y se usa para describir un evento social en el ambiente laboral que consiste en un aumento de la tasa de mortalidad por complicaciones debidas al exceso de horas de trabajo. (Uehata, 1978), comunicó en la 51ª reunión anual de la Asociación Japonesa de Salud Industrial de 17 casos confirmados de muertes en sitios de trabajo principalmente producidos por patologías cerebrales y cardiovasculares.
La idea del síndrome de Burnout aparece en la retórica mundial a mediados de la década de 1970 para representar de manera coloquial la actitud de algunos trabajadores de la salud hacia su labor cotidiana. Una vez descrito, se continuó usando el término y se fueron definiendo gradualmente sus distintos componentes emotivos, hasta llegar a desarrollar escalas de evaluación para su detección.
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El primer icono de esta sucesión de estudios es Herbert Freudenberger quien, en 1974, describe por primera vez este síndrome de carácter médico. Fundamentalmente, lo definió como "una sensación de fracaso y una experiencia agotadora que resulta de una sobrecarga por exigencias de energía, recursos personales o fuerza espiritual del trabajador".
La psicóloga social (Maslach C. , Burned Out, 1976), estudiaba las respuestas emocionales de profesionales de carreras humanitarias a lo que denominaba "pérdida de responsabilidad profesional", así, desde el ámbito psicosocial, describía el síndrome sin estigmatizar psiquiátricamente a la persona. Maslach decidió emplear esta misma expresión por su gran aceptación social: los afectados se sentían fácilmente identificados con este feliz término descriptivo.
Una definición alternativa y universal exhibe al burnout como una experiencia general de agotamiento físico, emocional y actitudinal (Pines & Kafry, Coping with Burnout, 1978). (Cherniss, Staff Burnout, 1980), fue el primero en formular que se trata de una patología de progreso continuo y fluctuante en el tiempo, en este proceso las actitudes y las conductas de los profesionales cambian de forma negativa en respuesta al estrés laboral.
Para los autores (Cox & Mackay, 1981), esta noción tiene divergencia en relación primordial a si éste es contextualizado como una inducción, una respuesta, una percepción o un intercambio.
El investigador (Brill, 1984) en un intento de concretar una definición operativa más precisa que los anteriores postulados establece al Burnout como un estado disfuncional y disfórico concerniente con la responsabilidad, en un individuo que no padece una alteración mental importante, además de la condición de que previamente en su trabajo ha funcionado bien, tanto a nivel de utilidad objetiva como de bienestar personal, y que posteriormente se deteriora.
(Shinn, Rosario, March, & Chesnut, 1984), entienden el burnout como la tensión psicológica resultante del estrés en el trabajo de servicios humanos. Presentan el estrés laboral como un antecedente necesario para la aparición del síndrome.
Más tarde Maslach y Jackson, lo puntualizaron como precisamente una respuesta al estrés laboral crónico que sobrelleva la experiencia de encontrarse emocionalmente consumido, la
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aparición de acciones y sentimientos negativas hacia las colegas, y el desarrollo de procesos de demérito del propio padrón profesional; que acontece principalmente en individuos que trabajan directamente con personas (Maslach & Jackson, Maslach Burnout Inventory, 1986). (Etzion, 1987), describe al síndrome de Burnout como una secuencia de sucesos que se dan de forma latente, sutil y silenciosa, el desarrollo es lento desde su debut, sin evidenciar señales notorias y que progresa casi siempre de manera oculta sin hallarle explicación del por qué sucedió hasta que hace su aparición súbita e imprevista, como experiencia catastrófica de agotamiento personal. En el mismo año se añade a este presagio las características de: desorientación profesional, desgaste, sentimientos de culpa por falta de éxito profesional, frialdad o distanciamiento emocional y aislamiento; atribuibles a un errado proceso de adaptación al fisiológico estrés laboral (Burke R. , 1987).
(Pines & Aaronson, 1988), proponen que el avance de Burnout puede llevar a abandonar el trabajo o cambiar de carrera para evadir la relación con personas.
En un estudio elaborado con profesionales que se ocupan de pacientes con diagnóstico de síndrome de Inmuno Deficiencia Humana Adquirida, conciben el burnout como un estado de debilitamiento psicológico causado por condiciones inherentes a los dinamismos profesionales cercanos al sufrimiento, que ocasionan síntomas físicos, afectivos y cognitivos (Ayuso & López, 1993).
(De la Cuevas, Gonzalez, De la Fuente, Alviani, & Ruíz, 1997), realizaron un estudio sobre Burnout en una muestra de distintos profesionales del Sistema de Atención Primaria de Salud en Santa Cruz de Tenerife, sus resultados permiten promulgar que los mayores niveles de desgaste profesional pueden deberse a una hiperreactividad al estrés en algunos individuos. En 1997 dos autores patrocinan al burnout como una respuesta al estrés laboral crónico y una experiencia intangible e interna que agrupa sentimientos, cogniciones y actitudes, y que tiene un aspecto perjudicial para el subordinado al involucrar variaciones, complicaciones y disfunciones psicofisiológicas con consecuencias nocivas para la persona y para la institución (Gil-Monte & Peiró, Desgaste psiquico en el trabajo., 1997).
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(Farber B. , 2000), describe al síndrome de quemarse por el trabajo como una consecuencia natural a los ambientes de trabajo de este siglo, ya que la competitividad laboral requiere promover cada vez resultados mejores en el menor tiempo y con recursos mínimos.
Pocos años después de la connotación de Farber, (Peris, 2002) destaca a este trastorno como un síndrome caracterizado por la sobrecarga laboral además de la abuso de tareas cognitivas por encima del límite de la capacidad humana.
El cotejo entre los ideales profesionales sobre la relación entre la elección de la vocación, la sensación de estar de acuerdo con su propósito, la salud mental como y donde quiera de su carrera y la realidad laboral pueden conducir a Burnout sean estos conscientes o no (Jaoul, Kovess, & Mugen, 2004). Según (Aranda, 2006) la palabra burnout es un término anglosajón que significa estar quemado, desgastado, exhausto, donde se pierde la ilusión por el trabajo. Entre los más recientes enunciados, (Molina, Ávalos, & Jiménez, 2007) definen el síndrome de Burnout como la contradicción más grande de todos los que se hallan inmersos en brindar atención médica ya que proponen que el profesional de salud se enferma en la misma medida que éste sana a los pacientes. Mientras que (Maslach & Leiter, Early predictors of job burnout and engagement, 2008) relacionan el Burnout fundamentalmente con las características del trabajo, incluyendo alto volumen de trabajo, conflicto y ambigüedad de rol, baja previsibilidad, falta de participación y apoyo social, y experiencia de injusticia. El psicólogo (Montero, 2015), investigador en el Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud, lo detalla como estado de extenuación y un sentimiento de falta de eficiencia que procede de la negligencia con la imposición de metas a cumplir; por lo que estilos de mando excesivamente rígidos, horarios inflexibles o formas inconsistentes de recompensar o sancionar el esfuerzo son ciertas de las dinámicas que deben observarse y cambiar en el ámbito laboral.
La mira al futuro son las posibles soluciones que se plantean para contrarrestar la aparición de este síndrome como, ampliar el personal, cambiar el estilo de vida, preocuparse por la salud física y mental del personal médico, disminuyendo las horas de trabajo. Además de lograr el reconocimiento médico en los anales internacionales y la definitiva conceptualización del síndrome, éstas son expectativas que no se sabe si algún día podrían
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ser cumplidas; por lo que es muy importante continuar con el estudio e investigación más a profundidad de esta patología.
1.3. ANÁLISIS DE LAS DISTINTAS POSICIONES TEÓRICAS SOBRE EL