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Otros componentes evaluados (o cualquier conducta no deseable/inadecua­

Entrenamiento de las habilidades conversacionales

EVALUACION DE LAS HABILIDADES CONVERSACIONALES

7. Otros componentes evaluados (o cualquier conducta no deseable/inadecua­

da que se esté exam inando)

Definición/Descripción de la conducta____________________________________

Recuento de frecuencia o valoración^

bilidad que no son conductas discretas, que no se pueden «contar», tales como la proporción de tiempo de contacto visual y la adecuación afectiva; la puntuación en cada uno de estos componentes puede anotarse en la hoja al final de la conversación. Puede determinarse, asimismo, la duración de las intervenciones, que se medirá activando un reloj cada vez que el cliente empieza a hablar. Al final de la con­ versación, el terapeuta dispondrá de un registro cuantificado de la actuación del cliente con respecto a cada uno de los componentes evaluados. Puede usarse el mismo procedimiento para evaluar muestras de conversaciones en cualquier fase de la intervención (la evaluación pretratamiento, las conversaciones de práctica durante las sesiones individuales del entrenamiento, o al término de la intervención).

V aloración de otros com ponentes de la h abilidad conversacional

Las conductas componentes incluidas en la hoja de evaluación están basadas en investigaciones sobre la habilidad conversacional; sin embargo, es importante hacer notar que, indudablemente, existen otras conductas deseables que contribuyen a esta habilidad. Ciertamente, nuestra hoja de evaluación no es exhaustiva, puesto que no incluye todas las conductas que manifiestan en una conversación las personas que dominan la habilidad. El terapeuta que esté realizando un entrenamiento de habilidades debe tener presente que puede examinar o valorar otras conductas verbales o no verbales durante la fase de evaluación y posteriormente entrenarlas durante la de intervención. Por ejemplo, un determinado cliente puede sentarse de forma rígida y no hacer gesto alguno durante las interacciones. Podría, en este caso, añadirse un componente de postura y gestos a la lista de componentes para la evaluación y el tratamiento. Siempre que se incluya un componente «nuevo», es importante que el terapeuta determine algún procedimiento de medida objetivo. Por ejemplo, la postura o la flexibilidad corporal podrían definirse conductualmente en términos de frecuencia de movimientos de brazos y manos a lo largo de una muestra de conversación, o en función de alguna puntuación numérica (p)or ejemplo, de 1 a 7) que describa la rigidez o flexibilidad general de la postura.

También es posible que algunos clientes manifiesten conductas no deseables o inadecuadas durante la conversación. Por ejemplo, Urey et al. (1979) observaron que un cliente comentaba repetidamente aspectos negativos de sí mismo durante las conversaciones de la fase de evaluación (por ejemplo, hablaba de su «problema

de nervios» con desconocidos). Stalonas y Johnson (1979) trataron a una cliente que se «autodenigraba» minusvalorando compulsivamente sus comentarios de rutina hacia los demas. El rendimiento conversacional de otros clientes puede verse afec­ tado por disfluencias del habla, «muletillas» poco usuales o repetición de los con­ tenidos verbales. Al evaluar a un cliente cuya conversación contenga conductas inadecuadas, el terapeuta puede adaptar la hoja de evaluación de forma que también permita valorarlas. Como las conductas conversacionales inadecuadas pueden de­ saparecer espontáneamente a medida que se van aprendiendo nuevas habilidades más adecuadas, la valoración de aquéllas pueden servir como medida indirecta de la efectividad del entrenamiento. Pero si un cliente continúa manifestando conductas no deseables o inadecuadas en las conversaciones de práctica en el transcurso del entrenamiento, debe prestarse especial atención a su eliminación.

Evaluación de los niveles de déficit de las habilidades conversacionales

¿Qué frecuencia o valor de un componente de la habilidad conversacional puede considerarse deficitario? En el Capítulo 3, donde tratábamos de la evaluación del cliente, señalamos que, aunque la investigación ha establecido relaciones entre las conductas componentes específicas y la competencia general en una habilidad social, se ha prestado poca atención a la tasa óptima de ocurrencia de los distintos componentes en el transcurso de una interacción. Por poner un ejemplo, pregun­ témonos: ¿Qué porcentaje de contacto visual mantiene, de hecho, la mayoría de la gente en una conversación? A lo largo de 8 minutos de conversación con un desconocido, ¿cuántas preguntas formula, cuántos comentarios autorreveladores hace? Desgraciadamente, ha habido muy pocos estudios normativos que tratasen estas cuestiones.

Es evidente que cuando un cliente presenta un déficit extremado en cualquier componente de una habilidad social, y cuando se sabe que la presencia de éste está relacionada con la competencia social general, la conducta en cuestión debe ser objeto de entrenamiento. Aquí se incluyen aquellos casos de escaso o nulo contacto visual, afecto muy pobre y baja frecuencia de conductas verbales competentes. En los casos menos extremos — y a falta de datos normativos o empíricos sobre la tasa ideal de los componentes de la habilidad conversacional— , el terapeuta puede verse obligado a fiarse de impresiones más subjetivas para determinar si el nivel de una conducta componente es suficientemente bajo para necesitar atención durante la intervención.

Asimismo, el terapeuta tendrá que considerar cuándo dejar de entrenar una determinada conducta. Si un cliente manifiesta muy poco contacto visual durante las conversaciones de la fase de evaluación y si, por tanto, esa conducta se selecciona para su posterior entrenamiento, ¿cuánto contacto visual deberá el cliente aprender a mantener? Si no lo mantenía en absoluto en la fase de evaluación y, después del entrenamiento, lo mantiene el 50 % del tiempo, ¿debería el terapeuta asumir que ése es un nivel ideal (o «criterio»)? De nuevo, éstas son preguntas importantes, puesto que una conducta conversacional adecuada (contacto visual, afecto, pre­ guntas, comentarios autorreveladores, o cumplidos), si es exagerada o demasiado frecuente, puede hacer que se perciba al cliente como inadecuado. A menudo, es necesario en este punto el juicio subjetivo del terapeuta; disponer de un observador

ajeno que juzgue o valore la competencia conversacional global del sujeto durante una interacción puede proporcionar información útil sobre el efecto social general que produce nuestro cliente.

Cuestionarios de autoinforme y habilidad conversacional

Los cuestionarios de autoinforme no proporcionan una información tan deta­ llada como se necesita para planificar y llevar a cabo un entrenamiento de las habilidades sociales, por razones como las que expusimos en el Capítulo 5, pero constituyen una fuente complementaria de información sobre el éxito de una in­ tervención. Aunque no se han publicado cuestionarios de autoinforme específicos de habilidad conversacional o ansiedad conversacional, Watson y Friend (1969) desarrollaron dos escalas pertinentes para evaluar la ansiedad durante interacciones sociales informales. Se trata de la Escala de Evitación y Ansiedad Social (FEAS) y la Escala de Temor a las Evaluaciones Negativas (ETEN). Los ítems que com ­ ponen la Escala de Evitación y Ansiedad Social se presentan en la Figura 6.2.

La EEAS se centra en los sentimientos o conductas dcl sujeto a lo largo de dos dimensiones: evitación social — tendencia a evitar y escapar de las interac­ ciones— y ansiedad social — emociones negativas, como tensión o malestar durante las interacciones sociales— . Los 28 ítems que comprende la EEAS están diseñados para controlar el sesgo de respuesta hacia la aquiescencia; además, sus autores presentan datos referentes a la validez y fiabilidad del cuestionario (Watson y Friend, 1969). Las puntuaciones altas indican una mayor ansiedad social; los autores pre­ sentan medias normativas de estudiantes universitarios de 11,20 para los hombres y 8,2 para las mujeres (de un total posible de 28 puntos). No obstante, Watson y Friend también señalan que la puntuación mas frecuente, o modal, en la EEAS en una muestra de estudiantes universitarios normales fue de cero; por consiguiente, las puntuaciones altas en esta escala parecen poner de manifiesto una evitación o ansiedad social severa.

El entrenamiento de las habilidades conversacionales podria servirse de un cuestionario como la EEAS para evaluar si la mejora de las habilidades a lo largo del tratamiento va acompañada por cambios en el autoinforme general del cliente en relación con la evitación social. Si el entrenamiento está teniendo éxito, se esperará que la ansiedad social, evaluada a través de autoinforme, disminuya a medida que el sujeto va aplicando a las interacciones conversacionales cotidianas

\as nuevas conductas entrenadas. Como los cuestionarios tipo EEAS abarcan sen­

timientos generales, más que comportamientos sociales específicos, y como es probable que la autopercepción de mejoría — o la disminución de la ansiedad— surja después del cambio de conducta, no se espera que las puntuaciones en la EEAS cambien necesariamente de una sesión a otra. No obstante, aquellos clientes que informan de una ansiedad social elevada antes de la intervención mostrarán puntuaciones más bajas en la EEAS después del entrenamiento de las habilidades conversacionales.

Un segundo cuestionario que puede resultar pertinente para el entrenamiento de las habilidades conversacionales es la Escala de Temor a las Evaluaciones Negativas (ETEN), que puede encontrarse en Watson y Friend (1969). La ETEN es una escala de 30 ítems del tipo verdadero-falso, construida de forma parecida a

Figura 6 .2 . Escala de evitación y ansiedad social *

1. Me siento relajado incluso en situaciones sociales poco fanniliares. (F)