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6 Yo también tengo ovarios

In document Punto y aparte - Susana Guzner.pdf (página 51-57)

El escozor afloró de repente y duró unos días, se esfumó por completo otros tantos y ya me había olvidado del prercance cuando reapareció, enconado e incómodo, para instalarse en mi vulva como una molestia pertinaz, zumbona y básicamente pérfida.

Que te escueza cualquier otra parte del cuerpo es un incordio, qué duda cabé, pero no es

socialmente indeseable. Puedes comentar ante quien sea <<me pica la nuca>> sin pudor alguno y rascarte tan tranquila estés donde estés.

Los genitales ya son otra cosa. Mi nuca es mía, pero la vagina es parte consustancial de mi intimidad, como las emociones y los pensamientos, está adscripta al Departamento Asuntos Internos y una no va por ahí ventilando intimidades tales como << a mi pareja la excita que le muerda los codos>> o <<cuando miro la tele me hago trencillas en el vello púbico.

Puesto que rascarse salva parte en público es un acto a todas luces obsceno, te da la quemazón y aprietas dientes y muslos, aguantas con temple de acero y buscas hasta que encuentras un sitio adecuado donde aliviar el malestar.

Pero el dichos picor acarrea una cuestión aún más peliaguda que no poder ventilarlo <<urbi et orbe>>. Me refiero al sórdido temor que conlleva ¿Te da por pensar que una irritación en el lóbulo de la oreja sea el síntoma de una grave enfermedad? Salvo que te pueda la hipocondría seguramente que no. Cuanto más, una alergia inofensiva.

Sin embargo un intenso prurito en esa región fundamental, no sólo del aparato genital sino de la propia mismidad, quieras o no se convierte en una preocupación añadida al síntoma en sí mismo. Sobre todo cuando es la primera vez que lo sufres y no dominas la situación.

Desde siempre me ha llamado sobremanera la atención el hecho de que te aqueje un malestar que para ti es una novedad porque nunca antes lo habías tenido –y si es nuevo es basicamente extraño, y s es extraño es sospechoso de malignidad-- pero que al comentarlo con prudencia te enteras que la mitad más uno de humanidad lo padece, ha padecido o lo padecerá.

Divagó, soy consciente, pero pongamos por caso que a alguna persona allegada le diagnostican una... Previatosis Sintaléctica Aguda, por ejemplo.'

¡Cielos! En tu vida has oído hablar de semejante enfermedad y te imaginas complicadas sondas, aparatos enchufados a todas las cavidades del cuerpo, y, más alarmante aún, huele a muerto. Impresionada, se lo cuentas a los demás esperando una reacción similar a la tuya y resulta que no, que casi todos conocen la Previatosis como a la palma de su mano, te la describen, analizan, citan los padecimientos de familiares y allegados y hasta recomiendan medicinas.

Además de constatar que eres la única persona que desconoce ese mal, la conspiración, una vez puesta en marcha, no se detiene. Lo que era para ti un suceso ignoto comienza a aflorar por doquier en tu entorno como si te persiguiera, o como si una concatenación esotérica de casualidades deseara que fijaras el conocimiento recién adquirido.

De modo que esa mañana abres el periódico y lees: <<Congreso Internacional sobre Previatosis Sintaléctica Aguda en Valencia>>. Vaya, hasta le dedican congresos. Pero la cosa no para ahí. Te vistes, vas al centro a hacer unas gestiones y la valla publicitaria de un seguro médico privado anuncia:<< Porque todos merecemos la salud>>, y en letra más pequeña, un listado de las enfermedades que cubre el citado seguro, entre ellas, cómo no, la Previatosis.

autobús a una voz masculina. --¿Y? --pregunta su interlocutor.

--<<Premitosis Sintética>>, de las agudas –sentencia el primero impostando la voz para remarcar la tragedia.

--¡No jodas!

Con los picores genitales sucede lo mismo, sin que por ello pretenda comparar algo tan nimio con un mal de altos vuelos, con una... Previatosis Sintaléptica Aguda, sin ir más lejos.

Como sucede en estos casos de molestias menores pero que pueden pasar a mayores –y mayores es, mínimo, un cáncer fulminante-- las amistades entran en acción con toda suerte de remedios definitivos. Un altísimo porcentaje los ha sufrido y ha apelado, con mayor o menor fortuna, a diferentes fórmulas magistrales.

--Agua fría en el bidé, un chorrito de vinagre y te estás un rato en remojo. ¡Fría, ¿eh?” Que el calor lo empeora. Cuatro o cinco veces al día, mano de santo.

Lo haces, pero como la infernal comezón no desaparece desistes hasta la proxima sugerencia. --Una cocción de manzanilla y te olvidas del asunto. Un tercio de manzanilla por dos de agua, dejas hervir, y ya frío te aplicas compresas, en un santiamén te sientes como nueva.

Mi pareja, a saber por qué, se ha tomado a broma el asunto, pese a que me ve rasca que te rasca toda hora.

--Es que me da la risa, pones una carita cuando te pca... Ven, yo te echo una mano... --¡Qué dices! ¿Estas tonta? Si me rasco es peor...

--¡Pero si no paras de hacerlo!

Lo sé Mina tiene razón, pero es que este asunto ma ha puesto de un malhumor... Me abraza con ternura.

--<<Poechita a nena, pica cosita>> venga que le doy un besito, sana, sana, culito de rana... --¿Un besito? ¿Ahí?

--Claro. ¿Dónde sino?

--¿No tienes miedo al contagio?

Mina me mira y más se divierte. Yo la miro y más me enfado.

--Hija –comenta con dignidad mientras hilvana el bordillo de sus pantalones-- ni que fuera la primera vez que ando por ... ahí.

--Sí, pero es diferente, algo tengo, me dirás...

--¡Y a estamos, un picor de nada y se te metido el miedo en el cuerpo!

Cierto. Me estoy asustando. Porque llevo varias días poniendo a prueba cuanta receta se me ha ofrecido y el escozor no solo continúa incólume con su alevosa tarea de incordiarme sino que va en aumento. Lo digo rápidamente y no volveré a repetirlo: tengo mucho miedo.

La actitud de Mina es demasiado cercana, sé que quiere quitarle hierro al percance y minimiza el síntoma porque me conoce del derecho y del revés, por lo que su opinión no cuenta. Pero muestra amiga Irene, que es muy sensata y suelo otorgarle crédito a sus opiniones me ha dicho:

--¿Cuanto hace que no vas a la ginecóloga? --¿Por qué preguntó con el alma en vilo.

--Tranquila, no te asustes, lo digo porque si llevas un tiempo así tendrás que hacerte ver ¿no? Detesto a las ginecólogas, y pese a que el estado nos recuerda de continuo nuestro aparato genital –como todo el resto-- es suyo y no una propiedad privada y ordena una revisión anual a todas las ciudadanas del país, yo hace años que no piso la consulta de una especialista.

Pero sí voy a la farmacia, cansada de arcilla, vinagre de sidra, agua con limón, pasta de almendras, aceite de oliva virgen y un amplio recetario más apto para la repostería que para el caso que os ocupa y murmurando –como si se tratara de una vergonzosa lacra –explico mi caso a la farmacéutica.

Sedosán Complex, se llama la pomada que me vende, la solución definitiva para el prurito vaginal. A juzgar por el precio de be curar hasta... la Previatosis Sintaléctica Aguda, por citar un ejemplo casual.

Una semana embadurnándome en el potingue –que para mi oprobio huele a cloaca y Mina elude mi cercanía en la cama y hasta en el pasillo-- y mis picores tan campantes, atacando no solamente durante el día sino también por la noche, con lo cual duermo mal y poco, y por consiguiente, mi pareja también.

--Irene tiene razón -se pone seria mi chica- pide hora a la ginecóloga. -Yo no voy. Son verdugos.

-Pues la pido yo.

Y aquí estoy, en la antesala del recinto de torturas. Para mi desdicha una tal doctora Cardenas tenía una hora libre para el día siguiente y no he podido prepararme psicológicamente para el ominoso evento. <<Si el Sedosán Complex hubiera cumplido con lo que promete el prospecto no estaría sumida en este tormento>> -reflexiono derrotada.

Considero a la ginecología la disciplina más esperpentica y cruel de la medicina alopática y sé la razón: es porque sus pacientes somos exclusivamente mujeres. Nosotras, esas abnegadas criaturas nacidas para el sufrimiento, soportamos pinchazos, estirones, punciones, raspados, aplastamientos y una pléyade de deshonrosas manipulaciones en nuestras intimidades mediante el uso de

instrumentos que no han cambiado un ápice su diseño y función desde la Edad Media. Y calladita. Y quietecita, no te muevas que es peor.

Estoy convencida que si los hombres tuvieran que someterse a semejantes exámenes ya habrían inventado hace años un sistema de última generación tecnológica, un artilugio -imagino- inocente e indoloro, algo así como un tubito flexible con una pupila electrónica en su parte superior; el Ojo Diagnóstico Inteligente, que se apodaría el <<ODI>>.

Mientras el paciente está cómodamente sentado en la consulta leyendo el Todo Deportes, o, y no alardeo de vidente, fisgando el trasero de la enfermera, el ODI estudiaría minuciosamente su interior sin rozar un poro de su piel, o puede que un apenas, como el dedo de E.T.

-Me han hecho un ODI -comentará más tarde el encantado paciente- estoy como un toro, tú... Pero con nosotras no se andan con chiquitas. La última vez que me hicieron una mamografía, ya no recuerdo cuando, y mientras se me reventaban las mamas apresadas entre dos laminas de plástico, de frente, de perfil y de canto, por distraerme del mal trago comenté a la circunspecta radióloga.

-Si ellos tuvieran que soportar este martirio otro gallo cantaría.

La hacía del bando enemigo, ese compacto batallón de sádicos que en nombre de la ciencia no se inmutan ante el dolor ajeno, pero mi sorpresa la mujer se solidarizó al instante.

-He comentado algo parecido a la Dirección. -¿Y?

-Aún se están riendo. Que somos quejicas, unas blandengues.

-¿Y? -insistí muy curiosa soportando las apreturas con el estoicismo de una espartana. -Le dije al director: ¿Que una mamografía no duele?

Venga a rayos y ponga los huevos en el aparato. Combativa la señora, encantada de conocerla.

Oteo la sala de espera, bastante sombría y destarlada. Mucha parturienta, algunas orondas y con cara de superioridad maternal, otras como pidiendo perdón por haber hecho porquerías con un resultado tan obvio, las más con bolsas blancas de radiografías, rostros serenos, inquietos,

despavoridos... Ver tanta madre nueva me recuerda a la Susanita de Mafalda: <<¡Hijitos, muchos hijitos!>> y me entraría la risa floja si no fuera porque estoy hecha un manojo de nervios.

Procurando entretenerme elijo al azar una revista que está sobre la mesilla. Nada de cotilleos del corazón, son revistas científicas, una lastima, y yo me dejé el libro -que no hubiera podido leer dado mi nerviosismo- en el asiento del autobús.

Abro al azar y leo:

Diagnóstico del Cáncer de Ovario

<<Los tumores del ovario pueden ser benignos, malignos y situaciones intermedias llamadas borderline de comportamiento y tratamiento especial. Las neoplasias malignas o cánceres representan la cuarta causa de mueerte por cáncer en la mujer, después del cáncer de mama, intestino grueso y pulmón. Se dice que una de cada 70 mujeres desarrollará un cáncer de ovario en algún momento de su vida...>>

¡Quita, quita, no puedo continuar con ese horror, ni tanto menos mirar las fotos de los ovarios podridos que acompañan al artículo!

Estoy por arrojar la revista lejos de mi vista cuando me llama la atención un titular bastante curioso:

Viajar en avión favorece la aparición de cáncer de mama

<<Se ha comprobado en un grupo de 1.577 azafatas, controladas durante una media de 13 años, un aumento de la incidencia de cáncer de mama posiblemente relacionado con la radiación a que se ven expuestas, el tipo de vida, la dieta, y la clase social.>>

¡Que injusticia! No solamente trabajan como esclavas sin saber en que dá, hora, año o lugar están transitando, sino que las acecha un cáncer laboral en cualquier aeropuerto, no hay derecho...

-¡Alba Merino!

Esa soy yo. ¿Tan pronto? ¿Y estas feleces o desgraciadas proyectos de madre que están

esperando? Decidido: les cederé gentilmente mi turno a una de ellas, se hará muy tarde y volveré... Un día de éstos.

-¡Alba Merino! -insiste la enfermera mirándome como si yo fuera tonta, sorda o, peor aún, cual si estuviera planeando huir en estampida de ese antro, vaya idea tan peregrina...

En cuanto entro a la consulta ya quiero irme. Pero es tarde. La médica me mira apenas y está preguntando. Porque si algo hace una ginecóloga, ademas de practicar el arte de la mortificación, es interrogarte como un aduanero nepalí.

Edad, estado civil, frecuencia de coitos, ¿abortos?, píldora, DIU, número de hijos, diafragma, la primera regla, la última. ¿Desarreglos menstruales? Biografía médica, sí o no ligadura de trompas y un sinfín de incógnitas que no sé cómo responder, no tanto por la velocidad sino porque miento más que hablo.

Se la nota un tanto desconcertada porque he respondido <<no>> a casi todo, salvo mi filiación, la descripción de mis menstruos y el número de relaciones sexuales, ya que felizmente entre Mina y yo se produce una química volcánica que pone muy alto el listón semanal.

Cuando se harta de la exhaustiva pesquisa recuerda preguntarme por el motivo de mi visita. Para que no me mande el stock completo de pruebas diagnosticas devaluó el atroz escozor y lo transmuto en un leve picor, de vez en cuando, vamos , casi nada.

Lo peor está por llegar. No, ya ha llegado. A la camilla, esa horripilante pieza de museo entre sillón de dentista y de lustrabotas, las piernas abiertas hasta lo inverosímil para que pueda encajar a su gusto una especie de mariposa de hierro dentro de mi atormentada vulva.

Me abre hasta el paroxismo cual si estuviera trinchando el pavo de Navidad y yo lanzo un grito. In mente, claro, pero lo lanzo. Cualquiera se anima a aullar delante de está aprendiz de Goering, convencida como estoy que me descalabraría con mayor saña.

Introduce no sé que objeto que también duele mucho y escarba el cuello de mi útero como si fuera de su propiedad. Decir que la odio es poco: le arrancaría esos pelos con mechas que por cierto no han tenido el gusto de conocer el champú. Además... ¿Por qué es tan antipática? ¿No hay un mimito para mi sufrimiento? No digo que me acune, sería demasiado pedir, pero caramba, un gesto humano...

Con una oscilación imperativa de cabeza me indica que colvemos al escritorio, <<Se acabó el suplicio>> -me digo. Pero me equivoco, como suele sucederme con los representantes de la medicina oficial.

-No parece sino un prurito, pero por las dudas vamos a hacer una ecografía copleta.

Sigue sin mirarme. ¿Pero en qué le he faltado? Si acaso es ella quien se ha excedido en el celo tortuoso y la ofendida soy yo. Porque lo cierto es que además de muy dolorida, tengo un cabreo que no me aguanto.

-También le voy a mandar un cultivo vaginal, análisis de hormonas, sangre, orina... ¿Cuándo se hizo la última amografía?

¡Ah, no guapa, a mi no me enganchas!

-Hace unos meses -respondo con aplomo cual si fuera cierto. -De acuerdo. Vamos a repetirla por si las dudas. Aquí tiene.

Y mientras me tiende no sé cuantas papeletas para otras tantas pruebas, muy profesional echa un vistazo a la hoja clínica que ha rellenado prolijamente y transgrediendo su estricto guión de protagonista -por supuesto es la mala de la película, y he de decir que interpreta su papel que ni Bette Davis- me pregunta cual si hablara con una muñeca de plástico.

-Treinta y nueve años, no ha tenido abortos, ni hijos, no utiliza ningún método anticonceptivo, pero una elevadisima frecuencia de relaciones sexuales... Singular, desde luego.

Es precisamente ahora cuando la eterna duda ginecólogica vuelve a asaltarme. ¿Por qué tengo que ocultarlo? ¿Por qué no le explico educada pero firmemente que sus preguntas sirven para sus heterosexuales pero que yo no entro en esa tipología? ¿Por qué no hablo alto y claro y le digo que soy lesbiana, feliz y con la frente bien alta?

Eso es lo que acabo de decir, precisamente. -Vera doctora, soy lesbiana.

Si le hubiera confesado que soy una flor fanerógama y me escuecen los pétalos su estupor hubiera sido menor del que manifiesta.

Traga saliva, me mira, vuelve a tragar saliva. Aliviada y orgullosa de mi valentía, añado: -¿No atiende a otras lesbianas en su consulta?

Tosé, se toca una mano, se rasca el pelo -¡ese champú...!-y toma una decisión tajante. -Mire no es necesario que se haga las pruebas.

No me lo puedo creer. He pronunciado la palabra fatídica, me he identificado como lo que soy y deseo ser y por arte de birlibirloque se me ha esfumado los ovarios, el útero, las trompas de Falopio, la matriz y los genitales. En otras palabras: puesto que he elgido amar a otra mujer y no reproducirme cual coneja descocada acabo de perder mi aparato reproductor de un plumazo. Mi indignación sube varios grados.

O sea, que si tuviera un mioma de útero, por ejemplo, no me enteraría -protesto en vano-. ¿No cree que es una grave omisión?

Por toda respuesta introduce la mano en un cajón y saca un tubo que me tiende como a una infectada. Desde su perspectiva medieval ya no soy una mujer y, en el supuesto de serlo, estou hueca, incompleta, vacía.

-Tenga, póngase este ungüento tres veces al día. Buenas tardes.

Estoy estupefacta, furibunda y me cuesta ponerme de pie, de modo que la enfermera, tan inflexible como su médica me ayuda a incorporarme con bastante grosería y me acompaña hasta la puerta. Ya me estoy yendo cuando la ginecóloga añade:

-¡Ah! Y que <<la otra>> -<<la otra>> es Mina, mi amor, mi cómplice de vida- también se la aplique. Puede que se le haya pegado.

<<¿Pegado>>? ¿Pero en qué siglo estamos? ¿Ser lesbiana anula la genética condición femenina? ¿Nos contagiamos como leprosas? A esta mujer se le paró el reloj médico y debería releer si es que lo ha hecho en su momento, ese bello manifiesto de amor al paciente que es el Juramento de Hipocrátes.

Tan colérica estoy que me tiembla la mano cuando salgo al calle, entro en la cafetería de enfrente y ante un té humeante rebobino la vejatoria conducta a la que he sido sometida. ¿Eres tortillera? ¡Pues te rascas las liendres, so pendona, y que el cielo te ayude!

Lloraría de rabia si no fuera porque me acomete un ataque de risa cuando miro la muestra gratis que me ha obsequiado la presunta sanadora como premio consuelo por no ser mujer: <<Sedosán

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