SUMARIO
1. Calla que yo otorgo
2. Carta a Raquel
3.Diario de a bordo: la venganza
4. El otro espejo
5. Lo que nunca te dije
6. Yo también tengo ovarios
7. Ana hermana
8. Diario de a bordo: la perfección
9. El móvil inmóvil
1. Tú calla que yo otorgo
Son detallitos, fruslerías, sutilezas. Matices de suave pincelada de acuarela, añadiría. Más aún: naderías que se manifiestan con un aire tan desmayado como evanescente y que pasan por completo desapercibidas a la inmensa mayoría de los mortales. Pero su pretendida candidez y el hecho de que habiten el equívoco territorio entre el ser y el no ser no les quitan existencia. Todo lo contrario. Son rotundos como un día de sol y hay momentos en que se bastan a si mismos para trastocar de un plumazo nuestro equilibrio mental.
Pero a lo que vamos.
Con mayor o menor frecuencia el azar intercala en nuestro camino personas que,
independientemente de la posición social que por cuna o cuenta bancaria les toca asumir logran sin el menor esfuerzo ser complacidos por sus congéneres cual si hubieran nacido entre almohadones de fino raso, abombados al menor movimiento por una pléyade de lacayos cuyo único oficio y beneficio es aguardar los caprichos de sus amos para convertirlos en realidad.
Paula es así.
No lo sabe, no quiere saberlo o prefiere los actos a los molestos vericuetos de la reflexión. Y quienes frecuentamos su amistad caemos una y otra vez en sus crípticas celadas con asiduidad lastimera.
Pero es que ... ella es así.
Transita por la vida solicitando favores y mirando hacia otro lado, a cualquier punto de la Rosa de los Vientos pero no es el Adelante. Para su desdicha o su gozo nuestra amiga esquiva las
profundidades metafísicas de su esencia pedidora y obviamente tampoco tiene noticias del recíproco <<hoy por ti, mañana por mi>> que con mayor o menor fortuna entrelaza a las personas bajo el genérico de <<solidaridad>>.
No. Ella es reina de su reino y se hace servir por cuantos la rodeamos con la sagaz delicuescencia de una niña astuta. En una primera lectura de su discurso es difícil de interpretar, porque cuando tomamos conciencia de nuestro vasallaje la petición ya es acción, la acción sometimiento y no ha lugar a reclamaciones. Y como yo estoy loquita por sus huesos desde hace años, a mandar.
--Me duele este brazo y voy tan cargada de paquetes... --Trae, yo te los llevo, faltaría más. ¿Tuviste un accidente? Paula es solapada y mira
--No, si no es nada, un amago de tendinitis, supongo...
Nos hemos encontrado por casualidad cerca de su casa y no me importa trasegar con varios kilos de objetos, subir haciendo malabares los tres pisos sin ascensor que separan su apartamento de la calle mirando alternativamente hacia abajo para ver donde piso, hacia un lado controlando que la carga no sufra un estrepitoso derrumbe y hacia arriba calculando a ojo cuántos peldaños me restan por retrepar. Me complace ayudarla porque estoy loquita... ¿Ya lo he dicho? Llego jadeando, a un punto de la asfixia y ella amaga abrir la puerta con su llave cuando ofrezco solícitamente:
--Dejame a mí, con ese brazo no puedes.
Como voy cargada cual mula de lechero de los de antes manipula la cerradura con los dientes y ya estamos dentro.
--¡Qué agotamiento! Déjalos por ahí... Bueno, nos vemos otro día. ¿Sí?
Y punto. <<Dejalos por ahí..>> Te lo agradezco, toma asiento, preparo un café... nada de eso. Paquetes, escaleras, rebufos, su casa, cerradura y Adiós.
Los servicios que se le conceden a su graciosa majestad son de una variadísima gama, porque ella es un arco iris de un sinfín de tonalidades caprichosas, pero cuando caemos en la cuenta ya es tarde y la sensación de ridículo ha hecho carne en nosotros.
Así, sus amigos apartamos obstáculos que se oponen a su paso, atendemos las llamadas de su propio teléfono, forcejeamos con la tapa de ese bote que se le resiste, le prestamos nuestra propia lengua para pegar sellos de las cartas que escribe, abrochamos ese botón de su abrigo que se
empeña en zafarse del ojal y un extenso repertorio de prestaciones que da por buenas. No, rectifico: por obligadas.
Pero Paula es así.
--¿Sacas tú las entradas?
-Hemos ido juntas al cine y hay una larga cola ante las taquillas. Otea la antesala mirando sin mirar como si las pupilas se le hubieran extraviado hace largo tiempo o firmemente convencida de que el protocolo le prohíbe mantener la vista fija más de unos pocos segundos en las menudencias que la rodean.
--Luego arreglamos-- añade ya alejándose de la cuadrilla de espectadores que guardan su turno, yo incluida y casualmente la última de la fila.
Se refiere al dinero. Lo sé, lo sé, debería decirle: <<¿Y si para variar te encargas tú de las entradas y luego soy yo quien te paga?>>. Pero no lo hago y me desfogo enfadandome con el hombretón que tengo delante, el cual insiste con infalible porfía en machacarme los pies con los tacos de sus zapatones cuando recula inquieto.
Es la cualidad más saliente de los aristócratas, presumo que por su exquisito adiestramiento: establecen y mandan. Sin estrépitos, malos gestos o aspavientos satisfacen sus deseos sugiriendo, proponiendo e insinuando, y ese sobrevuelo impasible sobre los demás con frecuencia pasa totalmente desapercibido a los no avisados. Aunque, y duele reconocerlo, a los avisados también. En tanto avanzo a paso de tortuga cuidando celosamente la baldosa que ocupo, Paula deambula por allá y por ahí deteniéndose ante los carteles de publicidad, asomándose a la calle para fumar un pitillo, observando la mercancía de un marroquí que ha instalado sobre una manta en la acera su precario bazar y controlando de tanto en tanto mi progreso en la fila, que parece detenida en el tiempo.
Es más: desde la lejanía me dedica un ademán de conmiseración que, interpretó, significa: <<¡Cuánta pesadez, te compadezco...!>>. O no. Sí, prefiero pensar que sí. Y ...¡Caramba, su misericordia genera un calorcillo dulce en mi pecho y renuevo el esfuerzo cambiando de un pie al otro distribuyendo el peso del cuerpo, cansado por los largos minutos de espera! La recompenso con una sonrisa cómplice, de amiga.
Lo sé, lo sé, Luego se olvidará darme el dinero de su entrada, o se las apañara para buscar sin hallar su monedero en el bolso, o tal vez tiene un billete grande y no podré devolverle el cambio. No es mi intención, pero pronuncio la frase fatídica.
--Deja, otro día invitas tú. No lo hará, pero...
por alguna razón que escapa a mi entendimiento suele andar lánguidamente, dos pasos por detrás de mí, de modo y manera que asumo diligente las tares propias de la ocasión.
Entrego los billetes al acomodador, entramos para elegir sitio avanzando por el pasillo central, yo por delante con la cabeza vuelta de continuo haciendo visajes en su dirección en un intento por discernir dónde desea sentarse. Tentativa fallida, todo hay que decirlo, porque va tan distraída observando la sala, la pantalla, los cortinajes, el estucado de las paredes, las luces de emergencia y el color de las butacas que una vez más tomo la iniciativa.
Alerta como una gaviota a la caza de cualquier cosa que nade o flote diviso dos butacas en el centro de una fila y abriéndome pasó por entre el laberinto de piernas que me obstaculizan y disculpándome por algún que otro pisotón impredecible –de continuo mirando hacia atrás, hacia ella--, interrogo alzando las cejas: <<¿Te gusta aquí? ¿Prefieres más adelante? ¿Quizás un poco más atrás?>>.
Como no hay respuesta hago una toma de posesión de los asientos y unos segundos después ella hace lo propio. <<Agotador esto de venir al cine..>>, creo entenderle, aunque no estoy segura si ha hablado. Pliego mi abrigo, acomodo mi bolso sobre las rodillas y falta poco para que se apaguen las luces cuando caemos en la cuenta que lo que más desea en ese preciso momento es una chocolatina. --En el cine me entran ganas de comer chocolate...-- he oído claramente-- sin una chocolatina no disfruto la película, seré tonta...
¿He dicho <<caemos en la cuenta>>? <<Ella>> desea la golosina, no yo... ¿O es que la
connivencia ha alcanzado unos niveles miméticos tan poderosos que percibo sus percepciones, vivo sus vivencias, deseo su gana?
En tanto medito acerca de esta suerte de contubernio de los sentidos un impulso que ignoro de dónde me surge, pero que sé es de muy adentro hace que me levante como un resorte. Puede que los esclavos de la gleba hayan dejado su huella genética en nuestro genoma y la sumisión se active ante determinados estímulos. Efluvios como los que emana Paula, sin ir más lejos.
Lo cierto es que esa orden no expresada logra que desande lo andado, repise lo pisado, me disculpe lo disculpado y me precipite por el pasillo camino del bar que esta fuera de la sala para retornar triunfante, ya a oscuras, con una cocolatina pegajosa en la mano.
--Ten, para ti –le digo tendiéndole la pringosa envuelta, satisfecha porque he logrado regresar con su dulce capricho sin mayores incidencias y en el momento exacto en que da comienzo la
proyección.
--Te he cambiado el sitio, mira lo que se me había sentado delante –me susurra al oído.
¿Esperaba yo un <<gracias, muy amable>> u otra fórmula similar de gratitud? Puede que sí, puede que no, porque mientras tuerzo el cuello cual contorsionista dado que ese cráneo me oculta la pantalla no puede sino pertenecer a un Australopitecus Erectus y ya me estoy resignando de antemano a que de las actrices y actores veré tan solo el peinado, escucho atónita su displicente comentario.
--Me lo guardo para más tarde. Y juraría que añade musitando:
--Lástima, es negro y a mí me gusta el chocolate blanco.
Caramba, además con exigencias. Pero su comentario es irreprochable. Inimputable, en términos jurídicos. Mi compulsión por precipitarme a calmar su apetencia ha sido tan vehemente como imperiosa, en tanto sólo deseo complacerla. ¿Quién soy yo para obligarla a tragarse una deleznable chocolatina? Blanca. Chocolatina blanca. Lo cual añade alevosía al delito.
En cuanto termina la película y la procesión avanza hacia la salida masajeo mi cuello maltrecho por la pésima inclinación de cuarenta y cinco grados que he mantenido durante dos horas. Me pide un cigarrillo porque se ha dejado el tabaco en alguna parte y fuego por la misma razón, sujetándolo entre sus labios fruncidos hasta que yo o cualquiera que pase por su radio de acción se lo encienda. Es entonces cuando surge la tópica invitación de <<tomarnos un algo>> para comentar el fin. En honor a la verdad la sugerencia es de mi cosecha y por supuesto, acepta.
Ante las puertas del cine abiertas de par en par, esquivando el oleaje de gente a diestra y siniestra, delegará en mí el trabajo de encontrar un local cercano.
--Que sea agradable, tranquilo, ya sabes, eso de conversar a voces es tan molesto...
Dice. Y estoy de acuerdo, claro está. Puede que en la intimidad le declare finalmente mi encendida mi encendida devoción.
--Y que no cueste un ojo de la cara, esta zona, malo, malo...
Ha completado la lista de requisitos y ya está otra vez abstraída en la contemplación de las mismas imágenes publicitarias, algo así como un revival súbito, cual si necesitara constatar que no ha sido estafada por los dueños de la empresa cambiando un fotograma por otro que no ha aparecido en pantalla. También se acerca a saludarla Menganita, fijate que casualidad, años que no nos vemos, esta ciudad es tan grande pero tan pequeña...
Yo no participo en sus quehaceres mundanos: peino mentalmente el distrito apelando a mi mapa mental en busca de alguna cafetería, pub o bar que tenga mesas <<porque estar de pie en la barra me agota>>, ha comentado a Menganita a viva voz, barrunto que para redondear definitivamente el prototipo de lugar deseado.
--El cine me da hambre –dice Paula fisgándome de soslayo. --¡Jaja, curioso, a mi me lo quita! --replica la otra.
Tomo nota y añado a las exigencias: una cafetería, pub o bar donde sirvan comidas. La señora tiene apetito y aquí su espontanea servidora lo saciará.
Y cuando Menganita termina de dictarle a Paula su interminable número de teléfono y se prometan no perderse de vista allá vamos andando hacia el mesón Casa Pancho, que para mi regocijo acudió al archivo de mi disco duro como el sitio más apropiado a las necesidades expuestas.
--No está mal...
Dirá con aire ausente, ya sentadas a una mesa milagrosamente libre y que he peleado y ganado a la fuerza de reflejos a un trío de clientes que aspiraba a la misma meta. Como mira a la redonda con esa consuetudinaria actitud de estar sin estar siendo no escucha al camarero que pregunta por la comanda.
Casi excusándonos por cortar el hilo de sus pensamientos el camarero y yo nos enteramos que desea una cerveza.
--...fría, bien fría, y algo para morder.
Puesto que <<algo para moder>> es una vaguedad flagrante, encargo unas raciones a voleo. Cuando llega el pedido me mira y susurra. Me mira a m-i. No al camarero, sino a mí.
--La pedí bien fría, y los boquerones en vinagre me sientan fatal, por no hablar de los cacahuetes... Asumiendo acalorada su reclamación encaro al hombre con severidad.
--Oiga, la cerveza está del tiempo y en cuanto a los boquerones... ¿Quien los encargó? --Usted –contesta con legítimas malas pulgas--. Pero si tal me los llevo.
Paula abanica el aire con la palma de su mano. Fuera con estos comestibles, no soporta su vista. El hombre me detesta y así me lo hace saber desde cerca y a lo lejos, odiándome desde la barra.
Mientras tanto doy sorbitos al vermouth que me ha servido en lugar de la Fanta naranja que pedí, pero es tal mi ardor por ejercer de Defensora de los Derechos e paula que bebería hasta queroseno. El camarero regresa y planta otra copa frente a ella. La miro anhelante, sonríe, le gusta y también el queso que ha reemplazado a los boquerones, come con deleite y soy feliz, se ha restablecido el orden.
Intercambiamos opiniones sobre las dos películas diferentes que acabamos de ver, porque es obvio que no se trata de la misma. Se entabla no una discusión sino una charada: emito un comentario y Paula lo deshila hasta dejarlo en los huesos, demostrándome que la trama no es la que yo interpreté. Contrapongo otro argumento y responde con una apostilla muy similar a mi primera impresión. El vaivén semeja un juego de ilusiones ópticas. Yo veo un fondo y ella ve una forma para caer de inmediato en su viceversa.
Tras una media hora de forzada gimnasia cerebral pido la nota escribiendo en el espacio. Nada. Repito varias veces la operación pero el camarero, fiel a su corporación, no mira, no oye,no sabe, no contesta.
Ejecutiva, voy a la caja y pago la cuenta. <<Es un robo a mano armada>> --musito de lado a quien supongo es Paula pero que resulta ser un parroquiano bastante bebido que me echa un desagradable regüeldo a la cara, porque ella ya ha abandonado Casa Pancho y me espera en la acera.
--¡Que barbaridad, dos copas y unos daditos de queso quince euros! --exclamo indignada cuando llego a su lado.
Pero ella no me escucha, su punto de mira enfocado hacia los coches que circulan por la calzada. Sospecho –no, no sospecho, leo exactamente su tan tácito como imperativo libro abierto-- que quiere localizar un taxi libre. Dos taxis libres, porque vivimos bastante lejos la una de la otra y me he prometido que seré yo quien se quede con el primero que asome.
A estas alturas mi presunción acerca de la transmisión genética de la primigenia esclavitud ya es una teoría ¡Que digo!: es una certeza científica en toda regla.
Más aún. Saltando de una idea a otra me interno atropelladamente en otro punto de vista sobre mi improvisada teoría de la esclavitud, enfermedad que, reconozco, padezco esporádicamente, y se me da por pensar, vaya tontería, en el inconsciente colectivo de Karl Jung.
¿Será que la memoria arcana de la humanidad conservada en mis entretelas más profundas es la causante de mi comportamiento cuando estoy con Paula? Interesante vía de análisis... Y bastante plausible, por cierto.
--Pasar pasan, pero no paran... --comentará sin moverse un milímetro.
¿Y para qué habría de hacerlo? ¡Soy yo quién agita brazos y piernas cual danzarina árabe en la apoteosis de sus voluptuosos meneos de vientre intentando que algún taxi detenga su marcha ante nosotras!
Cuando la fortuna y un conductor avispado así lo disponen, finalmente un coche frena con gran exhibición de chirridos. Ya me estoy despidiendo de mi amiga y con medio cuerpo en el asiento trasero cuando oigo su vocecilla incauta.
¿Me dejas de camino?
Huelga puntualizar que lo dice cuando ya se ha instalado en el coche, y sin dilaciones indica su dirección al taxista. <<Minutos más, minutos menos, eso que gano teniendola a mi lado...>> --pacto con mi fuero interno.
Tras veinte minutos de carrera comienza a dictarme por lo bajo las indicaciones que yo reproduzco alzando la voz al conductor.
--Al llegar a la rotonda gire hacia la derecha. Más murmullos.
--¡A la derecha, señor, no a la izquierda! --Resoplo--. ¿Tiene forzosamente que retroceder? --Me dirá, haber avisado con tiempo –mastica más que responde--. ¿Cómo entro en la rotonda si no? ¿A contramano? ¿Y si me ve un policía? La multa yo no la pago. ¿Me explico o se lo escribo por triplicado?
--O usted que no me ha escuchado bien... Ahora todo recto.
Con la cara encendida me vuelvo hacia a mi amiga para compartir el sofoco, pero... Es que Paula es así, me reitero, soy consciente, pero es que es así.
Su mirada atraviesa la ventanilla. Está moviendo un dedo e interpreto que su domicilio queda una calle más adelante. Ya no recordaba donde vive, lleva razón guiándome.
--Pare en la próxima bocacalle –digo al hombre que me acuchilla con la mirada por el espejo retrovisor.
Otro sutil gesto y comprendo que hemos llegado. Bien. Eso es. Aquí mismo.
Miss Mundo desciende de su podio, ya afuera asoma la cabeza por la ventanilla y mientras intercambiamos besos y adioses me dice:
--Te lo debo. ¿Vale? El lunes nos vemos en el cumpleaños de Montse y hacemos cuentas. Ciao. La despedida perfecta. Decisiones, planes y promesas se delegan en los lunes, el Día Internacional de las Buenas Intenciones. Espero a que entre en su portal alerta a su seguridad personal, enciendo un cigarrillo –que el conductor me manda apagar de inmediato-- y doy mi dirección.
Mientras el coche enfila hacia mi casa –calculó que el trayecto durara media hora más--, me siento cansada, alterada, inquieta. No, no precisamente. Como si estuviera sin sombra. Tampoco. Seca, eso es, seca, sin jugo ni sustancia, exprimida.
Por fin doy con la palabra exacta: derrotada. Me arrellano en el asiento con la nida convicción de haber perdido una batalla inexistente enfrentándome a ningún enemigo. O quizás al peor de todos. Rememoro la jornada y no ha estado mal. Costosa, eso sí, pero no ha estado mal. ¿Por qué,
entonces, esta pesadumbre que me agobia hasta la humillación? ¿El amor, quizás?
<<Soy muy nerviosa y me desequilibro con facilidad—concluyo—debería aprender de ella, pocas cosas la alteran, es tan pacífica...>>
2. Carta a Raquel
Un día de algún mes, 1997
Te arrebataba Virginia Wolf y sus infructuosos equilibrios sobre la cuerda floja, a su diestra el sentido, el sinsentido a su izquierda, debajo la nada. Y Maiakowsky, y Van Gogh, y Antonín Artaud por idénticas razones. Amabas la extravagancia, lo fuera de la norma, idolatrabas a los
<<elegidos>>, aquellos que engañan a los calendarios trastocando el orden mecánico de las noches y brindan a la salud de la muerte con vino de piedra.
Lo tuyo era lo tormentoso, lo atribulado, lo poco convencional. Te escuché –cuantas veces...-- ahogarte de rabia desgranando virulentos discursos denostando la vulgaridad y las medias tintas, embistiendo como una yegua desbocada contra, decías <<esos seres de mediocridad grisácea>>, la diana de todos tus desprecios.
Y ahora sucede que mi melancolía te sobrepasa, te desconcierta, te agobia. Soy, te quejas, excesivamente complicada. Señalas con el dedo del reproche mis caídas en el pozo de la
desesperación. Rea y convicta por no abrir los ojos cada mañana con el corazón equitativo, en su cabal, justa, risueña, medida y homogeneizada.
Tú, apóloga de lo inaudito, me consideras insólita. Tú, a quien la rutina provoca náuseas de hastío, encallas tu nave de olvidos crueles contra mi zozobra cotidiana sin que una duda de tu propia responsabilidad en el cataclismo atraviese siquiera por un momento esa calamitosa conciencia tuya. Yo, écuyére pertinaz, me balanceaba con escasa fortuna por encima de todas las realidades en busca de la perdida mesura. Mientras delirabas por cualquier desconocida porque <<es tan suya, tan distinta, la vieras, Sara, los demás bailando y riendo y ella sentada en el suelo de la sala, venga beber vodka a palo seco y armando puzzles con las servilletas de colores...>> yo me apoyaba en Rita, serena y lúcida o en Clara, siempre dispuesta a contener vendavales ajenos, recta como una palmera, las dos amigas nuevas pero ambas con la solera de la amistad añeja. Raquel y Sara, los polos opuestos, dirían los falsos profetas del amor. Quizás por eso nos atrajimos.
Pues sí, me confieso neurótica. Por momentos me elevo hasta hundir la cabeza en las nubes para devorarlas a mordiscos y puedo hacer que llueva, y detener mareas, y regular el crecimiento de las plantas. Otras veces, la mayoría, soy la mordida, la llovida, la regulada.
¿Podrías tú confesarte algo a ti misma? Vamos, necia mía. ¿Serías capaz de consumir el fuego de una vela tu mano valiente? ¿Te empaparías en zumo de peyote escribiendo tus mejores poemas desahuciados? ¿Querrías suicidarte por un amor perdido, tus huesos arañando los límites de las pesadillas? Valor, Raquel. Puedes, si es que puedes, desnudar tus secretos. Te doy todo el tiempo que necesites, admiradora de heroicidades ajenas. Espejismo de personas. Amor de mi vida. Mis hazañas a tu lado no fueron muchas, lo sabes. Desde siempre fui víctima propicia de los miedos más remotos y fácil botín para la miríada de dudas que me atrapan con sus zarpas amenazadoras. Abordar un vínculo amoroso era la prueba más dura, un desafío vertiginoso. No he escalado la ladera oeste del Mont Blanc, ni he sido ideóloga de ningún movimiento contestario, ni he arrastrado multitudes al son de las baladas desgarradoras. Tampoco he fusilado enemigos en ninguna batalla ganada o perdida de antemano, ni he donado hectolitros de sangre, ni me he abandonado durante meses al azar oscuro de cualquier río recóndito.
Pero te quise, eso sí. Tanto, demasiado, todo. Creo que eso ha sido mi mayor proeza. No, no digas nada: hoy callas, estoy hablando yo. Si te escribo esta carta, si me escribo esta carta, es por hacer
algo con las manos que no sea apartar las lagrimas de mi rostro anegado, retener el vómito en mi garganta antes de que vuelva a retorcerme las entrañas o restañar los viscosos fluidos que manan de mi cuerpo desde hace ya ni sé cuanto tiempo.
El jueves de la semana pasada --¿ era jueves? ¿fue la semana pasada?-- recogiste tus cosas, solamente reclamaste con voz inaudible la blusa blanca que me regalaste en Ibiza y te marchaste --¿triste?-- pero serena. Digna como una estatua ecuestre. Me enviarías por e-mail tu nueva dirección por si acaso necesito algo, dijiste.
Gracias, no te molestes. Sabes que lo único que se me ofrece para vivir es el tacto manso de tu vientre en mi mano cada día, cada hora, cada instante.
Y así es, Raquel, está todo dicho. Una frase tuya que hago mía, aunque mis sentidos aúllen al viento proclamando que es mentira, que me quedo, detrás de esa puerta que cierras, con un torrente enfebrecido de palabras a punto de estallar. Palabras no habladas, palabras que no son palabras. La garganta sofocada por un bozal de ruegos, improperios, interrogaciones, ansias, por escupir, gritar, morder, atacar y defenderme. Hipócrita. Mujer de utillería. Alma mía.
Declamabas emocionada los más bellos poemas de amor, aquellos que aportaban teoría a tus estrategias de sobrevivencia. Alejandra Pizarnik era tu pitonisa y tu altar de sacrificios.
Improvisaste incluso algún que otro cuarteto que me fue dedicado. Y un par de cuentos brevísimos sobre una relación amorosa que, asegurabas, se inspiraban en la nuestra. Me guiabas, desde tu cúspide, por el sendero del buen amar.
Y te adore, cómo no, al igual que un pájaro al aire sumiso. Hablabas de entrega, de compromiso, Era nuestro deber despojarnos de convencionalismos pretéritos ejerciendo el derecho al propio gozo. Perorabas sobre la mujer sojuzgada durante siglos, destinada a la procreación y a la
perpetuación del mismo y desolador estado de cosas, atadas de pies y manos al yugo del imperio Hombre. Hipócrita, juguete vacuo.
Pero para que hacer historia, ahora que cualquier devenir está clausurado. Hay biografías fungibles como fuegos fatuos y lamía es buen ejemplo.
Conocerte fue atravesar el pórtico de oro que me fascinó desde el primer instante, mas cuánto, cuánto me costó reconocerme en esa fascinación. Venías de una relación lésbica tan fracasada como fantasmagórica que te negabas a rememorar mientras yo me debatía en noches insomnes, la mente desmembrada en fragmentos perplejos y confusos.
Nunca antes había amado a otra mujer y sin embargo no podía negarme a mi misma lo que estaba sintiendo, y si algo puso orden en mi anárquico estremecimiento fue tu seguridad sin fallas. Es natural, decías. Tu educación tradicional te ha impuesto clichés, decías. Sé que me quieres... ¿Por que te impides vivirlo? Amar a otra mujer es el principio, no un fin en sí mismo. Argumentabas, enseñabas, exponías, disertabas.
Mientras tanto solo sé que te soñaba, buscaba tu cara en las manchas húmedas de los muros, rastreaba el olor de tu cuerpo entre el gentío de las avenidas y las tormentas me traían tu nombre, tus ojos y tu presencia rotunda.
El día en que, finalmente lo anuncié en voz alta, tuve que abandonar precipitadamente el aula para que mis alumnos no viera mi turbación. Sí, admití. La quiero, tiene razón. ¿Por qué no? ¿Por qué negarme a una evidencia tan potente como empecinada? ¿Por qué no amarla, si la amo?
Entonces--¿recuerdas, mi querida, recuerdas?-- te llamé por teléfono aceptando la cita que me habías pedido con insistencia. Era el once de abril de hace un año. Las diez y cuarto de la mañana del once de abril de hace un año, rectifica mi reloj interno. Temblaba en la cabina, el auricular escapaba de mis manos descontroladas como si acabara de cometer un crimen o fuera a perpetrarlo.
Y fue tu apartamento, la conversación de horas, la complicidad creciente, y ese intenso alivio tan parecido al pánico, y tus palmas cálidas ofreciéndole estuches a mis pechos, y esa catarata
impetuosa de agua limpia e irisada que manaba de mí para dedicarle sus mejores matices a esa incomparable mirada verde.
Hicimos el amor, me hiciste el amor. Fuiste sabia ante mi ignorancia. Mientras me besabas, yo le robaba flores al aire para dedicarte una corona de rosas, flores que emergían preñadas de sortilegio desde lo más arcano de mi ser.
Ahora estoy llorando, amarga, derruida, arrasada. Pero esa noche no. Era llanto en mí misma. Todo yo era ese río, o ceniza, o lluvia, o humus, o valle. Esto es el amor, me repetía en voz baja como una remota invocación. El amor, el amor, el amor... Farsante
El desayuno compartido, el vestirse apresurada para regresar con pan caliente, el regalarnos la mañana, y esa tarde, y aquella noche y los días y primeros meses que siguieron. Y el atrapar mi mano por la calle burlándote de mi pudor, y el provocar mi vergüenza de novicia besándome con desenfado paseando por las calles.
<<Mira ese tipo como se pone, pensará: vaya par de gorrinas>>, reías. Y te exhibías. Eras lesbiana con mayúscula, provocadora, contracorriente, una pionera osada y retadora. La mejor Safo rediviva. Y hablábamos ¿Verdad, Raquel, que hablábamos hasta caer exhaustas?¡Dios, Dios mío, si es que...! ¿No fui, tal vez, lo suficientemente liberada? ¿No <<asumí>> --ya ves que mimetizo tus verbos-- una relación que hasta entonces me era ajena y sórdida? ¿Compliqué demasiado los sentimientos? ¿Me amedrentó ser una mujer reflejada en el espejo de una hermana de raza?
De ello hablamos mucho, horas, siglos. Besos, y palabras, y besos. Señora mía, dime ¿en que fallé? ¿No supe darte, quizás, la cantidad adecuada de amor que esperabas de mí? ¿Fui acaso, el tedio más traidor que provocó tu huida? Mi ser entero es una pregunta huérfana de respuesta. Una flecha curva lanzada al vacío de la mañana, un pellejo yermo que sólo sabe que te amó como en tu vida van a volver a amarte, lo sé yo y tú también.
La casa compartida, las amistadas intercambiadas, mi felicidad arrebatada del principio, mis inseguridades y remordimientos del después, porque tu amor me era retaceado ante mi impotencia por cambiar su ruta, mi desolación última y esta soledad de ahora, si es que puedo llamar soledad el anonadamiento más gélido y feroz.
Raquel: un puñado de arena turbia que se escurrió entre mis dedos. Pero para qué pensar más. Así es y así se acabó. Mi neurosis hizo bien su trabajo. Las pleamares de mi espíritu pudieron con tu discurso, probablemente porque no soy Van Gogh, ni Antonín Artaud, ni Virginia Wolf sino el lóbrego contraluz de una perplejidad.
O más sencillamente, porque te trastorna una mujer que se parece demasiado a los personajes que pueblan tu iconografía intelectual pero que, para mayor desdicha tuya, es de carne y hueso y no trajo de fábrica un manual con instrucciones para desentrañar sus mecanismos.
Por el contrario, una súbita y admirable sensatez te ordena poner fin a nuestra relación en aras de tu salud mental. Tu salud mental se llama Diego y es <<un tipo excepcional, inabordablemente accesible, oscuramente límpido, tanto o más sensible que Kavafis pero con una solidez que...>> De acuerdo. De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. ¡Dios, Dios mío! Y vas a casarte, por qué no. Las convenciones pesan lo suyo y el entorno social importa en tanto que el aislamiento aliena, además, nacemos bisexuales y la exclusividad lesbiana va a contramano de la vanguardia política y no sé cuántos ditirambos teóricos que, mi amada farsante, resbalan sobre mi piel como gotas de aceite sin calar en mis vísceras ni en los jirones secos de lo que fui o seré.
amaba, lo sabes, sin más ciencia que la de la entrega ciega y absoluta. ¿Que te comprenda, me pides? Sí, querida, enseguida, dalo por hecho.
Puede que mi indulgencia sosiegue tu conciencia temblorosa y puedas, exculpada, sentarte a la vera de Diego Padre Todopoderoso sin remordimientos. ¿O es otra fantasía de mi mente confusa percibirte compungida?
Mi memoria te acompañará a lo largo de tu incansable camino de vocablos, metáforas, retruécanos y parábolas huecas. El cuidadoso acabado mate de tu frágil mampostería seguiría deslumbrando Diegos y Cármenes, Beatrices y Albertos, Luisas y Migueles. Tus cartas te serán devueltas tantas veces como las reclames y tu incomparable sabiduría sobre el buen amar hará que te adoren setenta veces siete.
Por mi parte, te envío desde el país de la devastación este paquete envuelto en papel de brillos que un día me regalaste jurando que se llamaba amor, deshago la maleta de mi existencia y cuelgo en las perchas de mi ánima descompuesta las prendas de mis sentimientos rotos a jirones.
Que seas feliz, si es que eres algo. Sara.
P.D.: No leas esta carta, te lo suplico por lo que más quieras.
3. Diario de a bordo: La venganza
Navegando por el mar de los amores arribé, allá por mis treinta años, al puerto de Soledad. Que así se llamaba ella, Soledad. O Sole, en los días de pereza y por no malgastar energías
nombrándola.
Nos conocimos en tierra firme, lo cual es muy de agradecer. En Mallorca, aún más de agradecer. Yo haciendo autostop y ella que pasaba por allí con su coche y me acogió solícita. El trayecto era muy corto, apenas ocho kilómetros, un pecado capital, porque hubiera dado para mucho más . Me
explicó: fue vernos y caer una en brazos de la otra en segundos.
Química, flash, delirio o comoquiera se llame un ataque de amor tan fulmíneo. Pero palabrita de Diosa que así sucedió y así lo hago constar en este diario de a bordo.
Como estábamos de suerte resultó que ambas vivíamos en Madrid –yo quería aposentarme una temporada y elegí esa ciudad--, coincidencia que, como es preceptivo, achacamos al destino, e iniciamos una relación tórrida, amantísima, enamoradas hasta los tuétanos y bendiciendo el habernos conocido. Ella me consideraba perfecta, y yo también... pero casi.
Porque si bien era la imagen rediviva de mis ensueños amorosos tenía un defectillo –nadie esta exento de fallos, y mi flamante novia mucho menos-- que detecté apenas iniciada nuestra travesía, lo cual no me impidió continuar proa avanti a toda vela. Para ser sincera más que un defectillo era una lacra. Y es que la sustancia constitutiva de Soledad era la seducción en estado puro. Bella cualidad para un amante, pero sólo cuando la practica con su amada.
Por no extenderme en detalles, diré que al mes de estar juntas yo vivía en estado de máxima alerta a todas las horas, porque los celos existen, están en el aire como la atmósfera Pierde quien los pilla primero, y la señora, como buena dama, me cedió el honor de sufrirlos hasta el desgarro.
No soy vengativa, lo juro. Y la aclaración viene a cuento porque Sole tuvo mucho que ver con la primera venganza de mi vida, lo cual le agradeceré siempre, a tenor de lo que vino después.
Pero al grano. Era fotógrafa y alquilaba un piso en las afueras de Madrid que oficiaba de estudio y taller. Pasábamos bastante tiempo en su refugio. Eran momentos mágicos. De camino a Galapagar nos surtíamos en el Hiper como para avituallar a varias familias numerosas y nos encerrábamos durante días a trabajar. Yo escribía en mi máquina Olivetti portátil y ella se encerraba en el cuarto oscuro hasta perder la noción del tiempo.
La creación flotaba en el aire, nos retroalimentábamos, yo la incitaba a ponerle palabras a sus pensamientos, ella me iniciaba en la técnica fotográfica, la imaginación campeaba rutilante en el aire... ¡Ah!: y comíamos como sibaritas, hacíamos el amor a deshoras, dábamos breves paseos para despejarnos de tanta creatividad convulsa y, en esencia, estábamos en estado de gracia permanente.
Fue un miércoles. Lo recuerdo porque odio ese día entrometido que no es principió ni fin de semana pero pretende serlo. Yo estaba barriendo nuestro piso madrileño y Sole llegó exultante. Acababa de conocer a un tipo en la tienda donde se surtía de material fotográfico, el fulano manejaba un proceso revelador muy sofisticado que solarizaba, viraba los colores y ya no recuerdo cuántos prodigios más y que mi novia llevaba tiempo ansiando experimentar en sus creaciones.
¡Zas! Alerta naranja: ¿Quien era ese sujeto? ¡Toing! Alerta roja: ¡Lo había invitado a pasar tres días en Galapagar para que la iniciara en los secretos del tal mejunje! ¡Y tan contenta, mi novia! Por supuesto no comprendió mi rabieta encelada: ¿Cómo llevaba a cualquiera a NUESTRO nido, sin mí –porque quería concentrarse, explicó--, a solas, en intimísimo estado de creación, vamos, como
hacer el amor, simbólicamente hablando? La bronca fue morrocotuda y su mensaje muy claro: <<soy así, lo tomas o lo dejas y no admito una escenita más>>. Chan, chan.
Y como Sole era mucha Sole, allá que se fue con el experto y se quedó los tres días convenidos ¿Necesito describir mi estado de ánimo, sola en la Capital, a sabiendas que había una única cama en el estudio y en algún momento tendrían que dormir... ó vaya a saber qué?
Juro que procuré sonreír convincente cuando regresó a casa entusiasmada. Hasta penita me dio amargarle la mañana y evité atosigarla con preguntas sutiles, bastas, prolijas, en fin, un tercer grado en toda regla que me carcomía por dentro. Me autoconvencí, finalmente, de que la relación era puramente profesional y nada había sucedido con el tipejo.
Es más: era tal su entusiasmo y tan ansiosa estaba por demostrarme los resultados de su aprendizaje que esa misma noche salimos hacia el estudio. Apenas cruzamos el umbral husmeé como un podenco cualquier traza de infidelidad, más debo reconocer que todo parecía en orden. Estúpida de mí, a saber en qué se traiciona una infiel como no sea en las manchas de sábana, las cuales investigué, por supuesto sin resultados positivos.
Reconozco humildemente que las fotografiás tenían un encanto especial y sus efectos tornasolados eran una delicia. Sole alababa enfática a su maestro, quien volvería el próximo fin de semana. ¡Toing, plaf, mecmec! José se nos instalaba en medio de nuestro amor como un... como un... miércoles.
<<Tengo que impedirlo como sea, ésta me las pagas, bonita, tu Gurú desaparece como que me llamo>> rumiaba yo orinando, encerrada en el baño.
Fue entonces cuando lo vi. Al bidón. Un enorme contenedor de plástico con líquido revelador y su etiqueta: Afga Contour Plus. Había guardado el preciado y carísimo potingue en el baño porque la garrafa no cabía en su estrecho cuarto oscuro.
Lo he dicho y me reitero. No soy vengativa. Pero la vertiginosa asociación de mis ideas fue muchísimo más rápida que mi conciencia: orina, ese mamón instalado en nuestra vida, Afga Contour, química, urea, amoniaco... En mi descargo diré que cuando lo pensé por segunda vez ya había echado una buena meada dentro del dichoso bidón y el sabotaje industrial un hecho
consumado. No había marcha atrás.
¿Culpabilidad? Ninguna. Es más: me sentí orgullosa de mi ingenio y de la velocidad de su ejecución. Una perfecta acción de comando contra un enemigo evidente. Solo faltaba esperar los resultados de mi improvisado y, me disculpo por la inmodestia, astuto plan.
Los días subsiguientes disimulé cuanto pude mi ansiedad y redoblé las ternezas hacia mi pareja, por completo ajena a la artera venganza, y redoblé mis esfuerzos por domeñar los celos. La recompensa a mis oraciones tardó exactamente una semana en llegar.
--¿Sabes, amor? Me da que José es un caradura –comentó con carita contrariada mientras nos aireábamos en la terraza del Café Gijón.
--¿Por? --pregunté indiferente, reteniendo el aliento, a sabiendas que se jugaba mi destino en su respuesta.
--Ayer revele con el Contour y se me arruinaron tres carretes de fotos, vieras, unas manchas de lo más extrañas... No tiene ni puta idea de cómo combinar sus ingredientes, vaya experto de pacotilla, y menuda broma, noventa euros tirados por el retrete...
Preferí no añadir a mi tropelía la fea actitud del ciismo y no movi un músculo que simulara una falsa solidaridad con su decepción.
digo? Ese inútil no vuelve a pisar mi laboratorio.
Lo dijo, por fin lo dijo y al instante me embargó una intensa sensación de triunfo, como si hubiera ganado yo solita la Tercera Guerra Mundial y mis cañones tronaran las pomposas salvas de honor. En honor a mi estratagema claro está.
Un enemigo menos, pocas batallas resultan tan fáciles... ¡Y cuanta razón tenía quien se invento aquello de las mieles de la venganza! Un ser excepcional, sin duda, porque me sentí azucarada hasta el empalago.
De todos modos he de admitir que si bien eliminé a un José fui ignominiosamente vencida por la interminable lista de pretendientes hembras y machos que siguieron a ese contendiente madrugador. Mis riñones no habrían dado abasto fabricando orina para tanto bidón, y aquella deliciosa venganza fue la primera y la última.
Humillada y dolida, tras cinco años de soportar las veleidades de mi novia, recogí mis pertenencias, abandoné el Puerto Soledad y me hice a la mar por enésima vez.
4. El otro espejo
¡Bum, bum, bum, bum! Teté se desmelena, descoyunta el cucu, los brazos en alto, ni idea con quién baila, flamea las manos como banderas al viento, ha perdido por entre los azulejos de la pista y los colorinches de la lámpara giratoria a la rubita con cara de marinero ruso, esa pelvis pa´alante, pa ´atras, pa´alante, pa´atras, no tiene importancia, tanto da, acaba de conocerla...
La DJ <<scratchea>> los vinilos hasta dejarlos como crêpes , mezcla a toda pastilla, vapulea, se frena, hip hop, ahora hip hop retumbando,¡tranga, bumba, tranga! Tiembla la discoteca, tiemblan las bailarinas, tiemblan los altavoces, donde estará la rubita con cara de marinero ruso, a Teté le gustó su invite en la barra: <<no se bailar, venga, a bailar>>. Teté rió alocadamente, pagó las birras y ahora estaba missing, <<lo mismo se la tragó un altavoz>>. Y ríe alocadamente.
Sábado, la disco full, una bailotea pegada como un velero a otra alta y canosa, ¡Traing!
Entrechocan sus traseros, ¡Zaca! Ahora las panzas, la alta y canosa se estrella contra una columna, nadie les da bola y Teté redobla su frenesí con el botellín de birra en una mano, rocía de bebida a
diestra y siniestra, se apiñan, no hay sitio para tanta mujer brincando, botando, desparramándose. ¡Chacatá, chacatá, chacatá! <<¡La DJ es genial!>>, aúlla la morenaza Caribe, y se arrima a todas y a ninguna, buscando y perdiendo, requerida o ignorada. Desde una mesa, caipirinha a medio consumir, un flequillo ocultando la cara, con granos como lentejas no le pierde ojo. La bomba dominicana orienta su parabólica, acusa recibo de la señal satélite y allá que va.
<<¿Y la rubia con cara de marinero ruso, la has visto? Pena, me gustaba>> ---pregunta Teté a Caribe que ya no está pero está bebiendose la caipirinha de la Flequillos, ahora un lento, Enrique Iglesias, silbidos, abucheos <<La DJ es una puta de mierda>>-- se ofende una pibita de pelo azul cielo azul. Hace un corte de mangas en dirección a la mesa de mezclas, escupe el chicle en el suelo y abandona la pista arrastrando a su chica, furibundas ambas como si Iglesias fuera un insulto personal.
Teté aprovecha la pausa, se está orinando encima, la cerveza. A empellones se cuela por entre las parejas abrazadas desanudándolas, <<tía, pero de que vas>>, procura y logra llegar a los servicios ¡Uf, uf, uf! Está agotada.
Hay dos puertas. Hombres una pipa más antigua que una pipa antigua, mujeres: una vulva medio rapada y colorida dibujada en la puerta. La cola llega hasta la salida de emergencia. El servicio del tamaño de un dedal, ocupado. <<No me aguanto, salgo a la calle, espero, qué coño pasa>>, piensa Teté. No, no lo piensa, se lo esta preguntando a la de delante. <<Un travestón, tía, hace un siglo que se metió ahí>> <<¡Juer, no puedo más! ¡Que se vaya a su servicio! ¿Estará la rubita con cara de etcétera, etcétera por alguna parte?>> Esperan y se cruzan de piernas, aquella gordita tiene la cara morada, va a explotar.
¡Zap, zap, zap, zap! Los dedos vertiginosos de una flaca, negro riguroso de la cabeza a los pies, sacan chispas de su móvil enviando SMS a velocidad de la luz, uno, y otro, y otro, y otro, la gordita le toma el pelo: <<nena ¿estas mensajeando la biblia?>>. Risotadas. Ja,ja, ja.
--¡Eh, tú, vete al servicio de hombres! --gritá Teté al ocupante. Está sentado en el váter, retoca su maquillaje, se hace el tonto, abre la barra de labios y van cuatro capas en los morros,
despacio,despacio, despacio... Ninguna secunda el amotinamiento de Teté. Resignación.
--¡Hay que joderse con el travestón, me esta tocando las narices, ese baño es nuestro, hasta eso nos roban, que se vaya! --grita Teté.
De travestón nada, se dice transgénero, sermonea una veitiañera, gafas de espejo, morritos de enfado, lo que faltaba, aquí mi prima la queer, ataca una pecosa a grito pelado, brrr, mira cómo tiemblo, son peores que la <Inquisición, pero que dices, estás pa´alla, Inquisición tú, la historieta del patriarcado opresor ya no se lleva abuela, la gafas de espejo se va calentando, hay mogollón de chicos encantadores, sí, peshosha, tercia una patizamba, los que están en chirona, jajaja, se arma la tremolina, que sí género, intersexual, feminismo de museo, yo soy bi, yo tri, yo cuatri, jajaja, Teté a lo suyo.
--¿Ademas eres sordo? ¡Que salgas ya, tu puerta es la de la pipa, Mari Juli, desaloja! --¡No le llames Mari Juli, retrógrada! --ordena gafas de espejo-- sé correcta.
¡Changa, changa, changa! Electroclash, electropop, la pista ruge. Teté sacude la barra de salida de emergencia pero no hay Dios que la mueva a la jodida, pide ayuda pero ninguna esta por la labor, se da la vuelta y ahí esta él, finalmente ha dejado sitio libre, la encara. No hay bronca es educado. --Querida, me estaba arreglando un pelín...
Minifalda de pana roja, medias de red negras, tacones de veinticinco centímetros. ¡Toma ya!, suéter de lana de angora. ¡De lana, verano y de lana de angora! Acomodándose los falsos senos con aspavientos que los de su tribu consideran femeninos. ¡Vamos, hombre, esas carantoñas son de niña
de diez años imitando a mamá, no de mujeres de pecho en pecho! --¿A que estoy arrebatadora?
Teté lo mira. <<Lo acogoto, me sujeten>>. Se orina y esta furiosa. --Este aseo es para mujeres. ¿Estas ciego además de sordo?
--Yo soy mujer.
--Tu eres un tío disfrazado de putón verbenero. Tienes pito, usa tu baño.
--¡Se considera mujer, eso es lo que cuenta! --clama al cielo la queer. La pecosa le dedica una pedorreta, la todo negro da una tregua a su móvil y jalea a gafas de espejo <<Di que sí, caña al mono!>>.
Teté electrocuta con una mirada de esas.
Es guapo el cabrito. Detrás de su cara decorada como una tarta de bodas hay otra cara linda, tersa, ojos tiernos, un chaval que mataría entre los gays que pululan por el local.
Insiste en amoldarse los pechos, dos bolas de trapo viejo, una más arriba, otra más abajo. --¡Ay, estas tetas, qué incordio! ¿No crees?
--Quítatelas –sugiere Teté controlando su turno de reojo. --Tú me comprendes, eres mujer y tienes senos.
--¡Pero los míos son auténticos, no de bayetas! Tú estás majara. El chico sonríe insinuante.
--Me gustas , eres peleona. ¿bailamos?
Alucina, vecina. <<Está ligando conmigo>> --desvaría Teté. Lo mira bizqueando. El le pasa el brazo por su cintura.
--Venga, causaremos sensación.
--Tío, de verdad que estás como una maraca. A mí me gustan las mujeres. Soy mujer. ¿Ves? -- Y yo.
--No, tú eres un macho vestido de mona.
Carita contrita, mohín de disgusto, si hasta va a llorar el niño. <<Ahora le da una pataleta y destroza mi casita de muñecas>> --se alerta Teté.
--¿No te va mi look? Lo mismo tienes razón, la falda debería ser de cuero, pero están, ups, por las nubes, de escándalo. Pero en cuanto caigan las rebajas..
Da pena. Y risa. O a la vez.
--Mira, estás muy bueno, con un vaquero y una camiseta blanca arrasas, quítate esas piltrafas y vete a ligar por ahí.
No, no y no, niega el querubín con la cabeza. ¡Chasca, chasca, chasca, Amy Lee llega aullando hasta los baños, la fila sigue el compás, el chaval se mueve que es una delicia!
--No entiendes nada. Me gustan las mujeres. --¿Y si te vamos las tías por qué te vistes así? --Porque me ponen las lesbianas.
Un choco. Se siente mujer. Se viste de mujer. Frecuenta las discotecas de ambiente para enrollarse con mujeres que se pirran por otras mujeres, en especial si son hombres travestidos de tías.
¡Chaaaca!: a rizar el rizo.
Teté ya no puede abrir más los ojos, sus glóbulos oculares saltarían de las cuencas como canicas, qué potente. La mira, lo mira, tiene una sonrisa preciosa. ¡Raaaz, raaaz, meninges trabajando a destajo y se colapsan!
--¿Lesbianas? --repite como tonta.
--Y tú ere lesbiana –concede él--. Si no estarías con tu Macho Man sobándote las nalguitas. Te las sobo yo, lo bordo, te lo prometo.
Mucha labia, además de guapo. Hasta los tacones le sientan bien. --Soy bollo y me gustan los bollos –aclara Teté sin aclararse. Mejor que mejor, más me pone. Yo soy mujer y bollo. --No.
--Sí, sí y sí.
Asombroso, gesto retador en ambos rostros, expectación, suspense. Habla Teté. --Espera un minuto.
Puerta decorada con pipa que se abre, Teté se desahoga largamente en el aseo masculino, se seca sacudiendo el trasero, juis, es a gotitas bajando por los muslos, ni un puto kleenex, ¡puay, asquito! No importa, alivio. ¡Ahh! Esto es otra cosa, se siente como nueva.
A nadie le importa un pimiento morrón. En la pista a reventar, un trans vestido de chica vestida de saldos, suéter de lana de angorina (¡de lana, verano, y de lana de angora!) trinca las ancas a una chica con un botellín en la mano botando sobre sus talones.
Teté brinca, salta, se zarandea, se descoyunta. ¡Toma, toma, toma, pamba, pamba! <<Baila que te tumba, el cabrito... ¿Donde se habrá metido la rubita con cara de marinero ruso? Pena, me
gustaba>>.
Y ríe alocadamente.
5. Lo que nunca te dije
El aula zumbaba como un enjambre de alumnas inquietas eligiendo sitio, reencontrando compañeras del curso anterior, besos, exclamaciones, miradas aviesas a las enemigas eternas, timideces ruborizadas en las mejillas de las nuevas y la obligada excitación del primer día de clase Un adormecimiento aletargado imperaba en esa hora temprana a consecuencia del madrugón. Después de unas largas vacaciones las alumnas –el colegió era publico y exclusivamente
femenino-- estábamos a media agua entre la expectativa, la mala gana y una fuerza de voluntad que se resistía, hoy, a hacer acto de presencia.
Castellano. La primera hora tocaba Literatura y Castellano.
--Yo contigo –ordenó más que propuso Mariela, mi perpetua compañera de banco desde primero de primaria.
--Evidente, Mariela, evidente. Nosotras juntas hasta terminar el magisterio y no se hable más – respondí depositando mi cartera justamente delante de la pizarra. La mayoría, por el contrario, procuraba apiñarse en los últimos asientos, convencidas de que el muro del fondo sería un excelente parapeto en caso de un ataque sorpresivo del profesorado.
El jolgorio campeaba por entre las paredes verdosas que clamaban a gritos otra mano de pintura y decoradas con mapas desteñidos del país, la provincia y el moribundo mapamundi de tamaño superlativo. Una celadora apática repicaba sus palmas en un marchito intento por imponer orden y silencio.
Aún no había amanecido del todo y no obstante la mujer se resistía al requerimiento colectivo para que diera luz a la sala en semipenumbras. Administrar la iluminación era una táctica para demostrarnos –y demostrarse-- que ostentaba alguna dosis de poder, por escueta que fuera, y tenía sus prerrogativas.
Fui la primera en enmudecer cuando la sombra se proyecto en el suelo del aula, frente a la puerta. La luz del pasillo, no permitía vislumbrar las facciones ni tampoco la vestimenta de su propietaria, pero intuí con un batir de alas en mi corazón que esa sombra era radicalmente diferente a cualquier otra.
Porque la alargada proyección grisácea que antecedía a la persona emanaba una... cómo decirlo, una suerte de autoridad etérea y omnipresente. Puede que fuera producto de mi fantasía, pero incluso desprendía un aroma particular, muy distinto al desinfectante agridulce del entarimado o al perfume que poco después fluyó de su poseedora. Era una fragancia desconocida apoderándose al instante de mis sentidos y que, certera corazonada, se fijaría en mi pituitaria para siempre. Las demás tardaron bastante en acomodarse al obligado silencio mientras yo miraba fijamente la elocuente mancha. Lentamente alce la vista hasta toparme con su dueña, quien en ese momento hacía su entrada y se dirigía al escritorio.
No pronuncie palabra, pero Mariela me propinó un veloz pellizco en el antebrazo. --Ya estamos, Doña Juana –susurró vigilante a mis desplazamientos oculares. Es más:
plenamente consciente de mi exaltación. Éramos inseparables desde hacía diez años y ninguna señal externa o interna escapaba a nuestra simbiosis.
Me sorprendió una vez más su afinada intuición y algo avergonzada, le guiñe un ojo. Me llamaba Doña Juana y no le faltaba razón. A lo largo de nuestra indestructible amistad yo me había
entusiasmado con un sinfín de compañeras, y si bien una ancestral censura delataba que mis sentimientos no eran del todo lícitos, mi atrevimiento me impulsaba a dedicarles versos inequívoco cariz amoroso, a cortejar ofreciendo mis galletas predilectas a la pretendida de turno o a fantasear calladamente, sufriendo los frecuentes encendimientos.
Como sucedió con Marisa, por ejemplo, mi primer enamoramiento a los siete años.
Era una chiquilla con aspecto de gorrión frágil y desamparado. Asistía a clases de ballet y de cuando en cuando, a petición nuestra, vencía su timidez enfermiza y accedía a atravesar el aula en puntas de pie como una Prima Donna, los bracitos elevados al aire apenas rozando sus dedos al son de un imaginario Lago de los cisnes.
Yo bebía anhelante los desplazamientos de su danza etérea, empinada en sus diminutos mocasines marrones, la sonrisa temblorosa que le habían enseñado a mantener incólume y me moría
literalmente de amor. Porque era amor, nunca abrigue dudas sobre ello.
El alumnado solía cambiar de un año para otro y perdí de vista a mi dulce bailarina allá por cuarto de primaria, pero no la lloré lo suficiente porque fue reemplazada por Lilita, una morenita bravía y solapada que inventaba tropelías fuera y dentro de clase rebelándose a los castigos. z<<¡Lía Bérmudez, has sido tú!>> --clamaba la maestra. Ella se alzaba de hombros mientras señalaba con su dedo acusador a cualquier victima elegida al azar achacándole sus desaguisados, la muy artera.
Ese curso faltó poco para que perdiera lo que yo más amaba: mis excelentes calificaciones y la amistad de Mariela.
--O Lilita o yo –amenazó por única vez firmemente decidida a no ceder un palmo más ante mis súbitos arrobamientos.
Cuando me apercibí que tomaba apresuradamente su portafolio y se mudaba a otro puesto, justamente al lado de la tonta Margarita Ramudo, de mala gana le pedí a mi admirada morena que eligiera otro asiento.
Mariela retornó a mi lado saboreando su éxito y yo mascullando mi derrota. Aquella fue mi primera elección formal entre dos amores: el plácido e incondicional de la amistad y el turbulento desquicio de la pasión.
Por supuesto que la experiencia no detuvo los vaivenes de mi corazón ardoroso, y en cada curso dos o tres alumnas estremecían mis sentidos y resultaban objeto de mis galanteos. Infantiles, inocentes, pero galanteos al fin.
Seré sincera: yo tenía gran éxito entre las niñas. En cuanto fijaba mis ardores en alguna en especial, ésta no sólo recibía halagada mis obsequiosas golosinas, las notitas pasadas de mano en mano indicándole mi deseo de acompañarla a casa si me quedaba de camino y mis sonrisas encubiertas, sino que podía percibir el desengaño en el mohín disgustado de las descartadas. Por supuesto que mis arrebatos, tan fulmíneos como pasajeros, incluían el rechazo al requerimiento de las demás, dejando, eso sí, una puerta abierta a la esperanza.
Despechadas, no faltó quien levantara calumnias contra mi persona que nunca llegaban a buen puerto.
Mi popularidad en la escuela era notoria. Ocupaba el puesto de pivot en el equipo de baloncesto –que año tras año se alzaba con el trofeo del C.E.F.I., el Campeonato Escolar Femenino
Interprovincial--, con frecuencia era la elegida para portar la bandera nacional en los actos oficiales y acumulaba un promedio excelente.
mediocres y acaba por ser objeto de burlas y soledades. Me consideraban una compañera
divertida, generosa en el reparto de mis conocimientos soplándole por lo bajo las respuestas de los exámenes a mis vecinas de banco y nunca delataba una felonía ante las autoridades, aunque me las ingeniaba para pasar factura por cuenta propia si el asunto iba conmigo o con alguna chica pusilánime y falta de recursos para la autodefensa.
<<Doña Juana y Doña Quijote, dos en una, muy completita>>, diría mi entrañable Mariela. Por lo general regresaba a casa con los bolsillos del uniforme rebosantes de poemas ingenuos – que en Secundaria se tornaron más fogosos--, improvisaba anillos y pulseras de latón, la foto plisada de dobleces de alguna aspirante a favorita y de recados que casi siempre comenzaban con un <<Mónica, ya se que Mariela es tu mejor amiga, pero quisiera...>>. O desearía, me gustaría, te pido por favor...
A veces me despistaba y no escondía mi botín antes de entregarle el guardapolvo a mi madre, quien en un exceso de celo lo cambiaba todos los días, y más de una vez me las vi y me las deseé para improvisar excusas ante su mirada severa.
Nunca me reprocho nada, salvo un día, yo andaría por los quince años, cuando encontró un escrito en mi bolsillo. <<Primera y última vez que te lo digo: no quiero estas porquerías en mi casa, y sabes perfectamente de que estoy hablando>>.
La <<porquería>> era un poema muy elaborado de una admiradora atrevida plagado de alabanzas e intenciones bastante explicitas. Quizás mi madre atribuyó las idílicas rimas a algún secreto enamorado del barrio. O tal vez ya sabia que los varones no eran plato de mi gusto y se debatía en la disyuntiva. Pobre mamá.
Ese primer día la nueva profesora de Literatura y Castellano se sentó cual hada etérea –eso me pareció y me sigue pareciendo en el recuerdo--, un tanto de lado para evitar el escritorio,
moviendo apenas su melena abundante y no muy larga de un castaño oscuro y posando una pierna sobre otra de modo que se rozaban en los tobillos.
Se hizo un mutis general y la clase centró su atención en quien sería a lo largo de los próximos nueve meses la iniciadora en nuestros saberes gramaticales y literarios.
Magnetizada, sin quitarle ojo de encima, lo primero que me llamó la atención fue su juventud. Que a una adolescente le parezca joven una adulta es poco frecuente Pero Isabel era realmente joven –Isabel, cuántas veces pronunciaría ese nombre con todos los matices de mi voz
quinceañera...-- y vestía falda marrón bastante larga y una blusa entre ocres y amarillos, muy al estilo de comienzos de los años sesenta.
Auscultando a la recién llegada sin más armas que su perspicacia, Mariela adivinó al instante que la dueña de la sombra me había encandilado más allá del capricho pasajero y que yo estabaen el umbral de una ratonera que, de cruzarlo, me acarrearía más de un dolor de cabeza. No se equivocó.
Se limitó a codearme con suavidad indicándome que cerrara la boca. No porque estuviera hablando, sino porque la magnificencia de la aparición, unida al enloquecido tambor de mis pulsaciones, me habían dejado boquiabierta.
Y entonces se hizo la palabra. Sin cambiar apenas su postura –era alta, muy alta, aún sentada-- y ante la inaudita mudez que había provocado su sola presencia sin necesidad alguna de reclamos, comenzó con una breve presentación.
compartiremos este curso en la certeza de que aprenderemos mucho, tanto ustedes como yo misma. Si me hubieran dado a elegir entre un repertorio de voces estoy convencida que habría escogido precisamente la que en esos momentos desgranaba una escueta introducción personal y una síntesis del programa a desarrollar durante el curso.
Porque hablaba como quien acaricia un terciopelo verde musgo, modulando las vocales como una consumada cantante y haciendo gala de un lenguaje pulcro, culto, exacto pero nada petulante, dulce pero en absoluto empalagoso.
Era evidente que procedía de una familia de alcurnia –su porte, prosa y apellidos lo delataban-- y me pregunté por qué necesitaría este trabajo una mujer como ella. Debería estar en su casa recibiendo mimos y halagos de cuantos tuvieran el honor de compartir su techo.
<<Es una cucharada de dulce de leche>> --pensé en mi arrobamiento.
Isabel –una belleza de nombre, decidí al momento--, sonrió por primera vez mirando a todas y a ninguna. Su boca era grande, suculenta, y su sonrisa no le iba a la zaga: un regalo para el mundo. --Mi hijo mayor tiene la edad de ustedes, señoritas, quedan advertidas. Me conozco todas las artimañas, es difícil engañarme.
El hechizo colectivo se quebró con algunas risillas cómplices. ¡Un hijo de dieciséis años! ¿Habría equivocado mis cálculos? Sumé y reté con celeridad y sí, podría haberlo tenido a sus dieciocho o veinte años, lo que suponía que mi cómputo inicial le adjudicaba treinta y cuatro o treinta y seis años. Es decir: era joven.
--¿Que vieja! --siseó una de las de atrás conteniendo la risa. <<Ya estamos, la tonta de turno>> --pensé sulfurada.
Acomodó su silla quedando detrás del escritorio y mientras abría el registro para pasar la lista completó con el mismo tono sosegado.
Y tres hijos menores, dos chiquillas y un varón.
--Cuatro hijos más los intentos –dijo entre dientes Lidia Fominaya, reprimiendo su risilla de ratón.
Esta vez me volteé como un rayo y la fulminé con la mirada. Estúpida. Era la típica calentona mal pensada y se las ingeniaba para emparejar con el sexo hasta la tabla de los pesos atómicos.
¿Que tendría que ver esa aparición celestial –porque Isabel Arenales de Biedma era un ser llovido del cielo, bastaba verla--, con sus sórdidas alusiones? ¿Es que a cualquier tema que se tocase su mente calenturienta tenía que añadirle una ración de bazofia?
Para mi fuero interno, sin embargo, reconocí de mala gana que esa parte del prólogo me había sentado mal y me revolví molesta en mi banco. No tenía por qué hacernos partícipe de sus asuntos privados, allá ella y sus escarceos eróticos. Una oleada de celos me sacudió como un viento caliente y sentí que la odiaba con todas mis fuerzas.
<<¿Pero qué estás pensando? --Le recriminé agriamente a mi súbito rencor-- ni que fueras la babosa de Lidia. Los hijos se tienen por amor, no para hacer... eso.>>
<<Eso>> era el acto sexual, obviamente. Por aquella época yo me debatía en las arenas movedizas de la contradicción amorosa. Profesaba un rechazo flagrante hacia la cópula y sus evoluciones gimnásticas, aunque de momento no las había practicado.
Anatomía y fisiología eran asignaturas obligadas, pero soslayaban el aparato reproductor apelando a símiles florales o a elucubradas paráfrasis, pese a lo cual todas estábamos al cabo de la calle y las más experimentadas impartían prolijas lecciones gratuitas entre bastidores. El tema
carecía de interés para mí. Mis amoríos eran platónicos, asexuados y líricos, además de exclusivamente femeninos.
<<Lesbianismo>> era un concepto desconocido y no se mencionaba entre nosotras. Se tenían amigas especiales, <<Fulanita es mi mejor amiga>> o <Carmen y Tina son inseparables>>, pero <<lesbiana>> no figuraba en nuestro adolescente diccionario. Éramos puras e inocentes, o eso creíamos. Ya adulta comprendí la hondura e intensidad de los cataclismos subterráneos que zarandeaban nuestras emociones, ingenuos solamente en las formas.
El toque picante y calenturiento lo ponían Lidia y su grupito de compinches.
En cuanto finalizaba la jornada volaban hacia la calle para coquetear con la manada de alumnos del Colegio Nacional Masculino que se arremolinaban a las puertas del nuestro como zánganos empujándose entre sí, festejando con risotadas ignotas gracias y echándonos ojeadas lúbricas como un rebaño de terneras en celo.
Mientras Isabel abría el libro de registro donde figurábamos por orden alfabético y resumía su programa yo estaba inmersa en un desbarajuste de sensaciones.
Por aquel entonces era una jovencita robusta, de pelo lacio que anudaba en una colecta y
esencialmente una exposición itinerante de tics de todo pelaje. Una vez más fue Mariela quien puso el punto sobre mi<<i>>.
--Hm, malo, malo. Estás mordiéndote la comisura del labio, esto es grave. --¿Te quieres callar? --murmuré enfadada--. Estamos en clase.
--Albareda Virginia –cantaba más que hablaba la recién llegada. Porque además de miel espesa su voz modulaba el deje manso propio de algunas zonas del interior del país, con las <<erres>> pronunciadas como <<eshes>> y una cadencia en ascenso que recaía en la penúltima sílaba. Arrobador.
<<Benavent, Mirta; Bonani, Estela; Cáceres, Cristina; Corrales, Celeste...>> Yo estaba casi al final de la lista y esperé mi turno sumida en la ansiedad. Mi furia por su progenie había evaporado a la misma velocidad como había regresado el embrujo y me concentré en controlar mis nervios para cuando fuera nombrada.
--Esas piernas, estate quieta, sacudes todo el banco –farfulló mi amiga bastante alterada. Tenía razón, estaba agitando mis rodillas como pistones y me disculpé contrita.
Isabel tildaba el nombre de las presentes con una elegante estilográfica de tinta azul. Tenía unas manos maravillosas: alargadas, atendidas, de dedos algo huesudos donde se entremezclaban la suavidad con un discordante toque de rudeza. Eran las manos más seductoras que hubiera visto. Una vez más mi alter ego me despertó de la ensoñación.
--Terreros Mónica, levanta el brazo, tonta, o te pone <<Ausente>> --ordenó Mariela hablándome de lado.
Lo hice como una autómata y la profesora me observó durante unos segundos seguramente para retener un rostro nuevo, pero atesoré esa ojeada en el arca de mis momentos preciosos.
¡Que mirada! Me convencí de que era la destinataria de un obsequio muy especial. Sí, cierto, había repetido el gesto con cada una de sus nuevas alumnas, pero el mohín de enfocarme con esos ojos de chocolate claro sin alzar apenas la cabeza me cautivó profundamente.
Porque –eso percibió ,mi corazón desbocado– no era una mirada cualquiera: la había arrojado al espacio como un trapecista en plena volada buscando los sólidos brazos de su pareja, sin red debajo que los protegiera, y tuve la ceerteza de que yo era la red y la pareja.
Fue un instante de intensidad profunda e instintivamente pestañeé repetidas veces, tal vez pretendiendo tranquilizarla y darle a entender que estaba a salvo en mis pupilas.
Nuevamente Mariela, avizora.
--Estas batiendo las pestañas como un ventilador, es más peligroso de lo que pensaba.
Cubrí mi boca con la palma de una mano y le saqué la lengua con ganas. Ya estaba bien de tanto control. Mi amiga olvidaba con frecuencia que yo tenía existencia propia y no era una
prolongación de su ser. Su hígado, por ejemplo. Éramos uña y carne, pero eso no le daba derecho a vigilarme con tamaño celo.
Créase o no nunca le había confiado mis secretos de amor. Ella sí. Andaba loquita por Eduardo, un chico guapísimo de procedencia inglesa y por el cual Mariela bebía los vientos dando su amor por imposible, ya que el muchacho tenía veintidós años y la trataba como a una hermanita menor, cosa que la enardecía. Eduardo Tudor. <<Tudor es nombre, no apellido>> --Explicaba por enésima vez-- su familia está emparentada con la realeza.>>
Mis constantes enamoramientos, sin embargo, no salían a la palestra en nuestras conversaciones, pese a que compartíamos al detalle cuanto nos sucedía. La comprensión tácita de mis devaneos era su don sobrenatural y captaba mis sensaciones por ósmosis, como cuando espantó a Lilita de mi lado. La autocensura funcionaba con precisión: ella podía ventilar públicamente a su Eduardo, pero yo debía callar a mi Marisas y Rebecas porque... no era normal y ambas lo sabíamos. He olvidado el desarrollo de esa primera clase, pero la espléndida señora de Biedma, pausada y demostrando una autoridad mansa pero firme muy distinta de las clásicas pantomimas de los docentes timoratos incapaces de controlar a una jauría de adolescentes, conquistó a sus nuevas alumnas e un visto y no visto. Hasta <<las de atrás>>, normalmente bulliciosas y desatentas, siguieron juiciosas la iniciación en la nueva materia.
Cuando se escuchó el timbre dando por finalizada la hora brinqué sobresaltada y la realidad del pitido sonando a trueno fulminante me arrancó violentamente del paraíso en el cual me había instalado.
Como los recreos duraban quince minutos a la espera de la próxima asignatura la clase se vació en cuestión de segundos y Mariela me indicó con una cabezada que la siguiera al patio. La profesora seguía en su escritorio tomando notas y no lograba separarme de ella. Remoloneé cuanto pude poniendo en orden mis cuadernos, apurando hasta la ultima gota de la visión de mi nueva e indiscutible predilecta y especulando acerca de su destino inmediato
¿Tendría otra clase en la próxima hora? ¿En este mismo colegio o en otro? Se iría a su casa, con sus cuatro hijos y su,malhadada sea, afortunado marido? ¿Qué hacía, dónde y cómo una vez finalizada su jornada laboral?
Me prometí indagar a fondo estas cuestiones vitales y me reuní con nuestro grupo en el mal llamado <<patio>>, puesto que era un amplísimo y añoso parque arbolado, con parterres de flores y perfumado de jazmines, glicinas y rosas. Solíamos reunirnos debajo de una de las
numerosas moreras y que nos manchaban uniformes y zapatos con el indeleble color violeta de sus frutos caídos.
A su sombra despachábamos los asuntos del día, intercambiábamos confidencias o cantábamos las canciones de moda. Esa mañana, sin embargo, yo sólo estaba de cuerpo presente. Mi alma me había sido robada en sesenta minutos inolvidables.
Aquel curso me marcó para toda la vida. Ni las habituales gripes invernales, ni tampoco una racha de fuertes gastroenteritis que requerían reposo impidieron que asistiera al colegio. Estaba completa, definitiva y letalmente enamorada. En sentido platónico, reitero. Jamás, soy