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5 ¿P UEDEN LAS CIUDADES ALIMENTARSE DE MANERA AUTÓNOMA ?

CIUDADANA Y EMERGENCIA HABITACIONAL EN LA CIUDAD DE FOGGIA

5 ¿P UEDEN LAS CIUDADES ALIMENTARSE DE MANERA AUTÓNOMA ?

Una de las preguntas que, con razón, escucho a menudo es si una ciudad grande puede llegar a ser capaz de alimentar a todos sus habitantes a través de una agricultura exclusivamente local.

La oportunidad para producir alimentos en las áreas urbanas representa un enorme recurso sin explotar. Por ejemplo, se ha demostrado que la cantidad de espacio disponible en la ciudad de Vancouver es equivalente a la cantidad de campos agrícolas de su provincia (Vijoen 2005). A pesar de que es improbable que todos esos espacios sean usados para producir alimentos, sigue quedando un potencial enorme para hacerlo en diferentes escalas, sobre la base de diferentes modelos de propiedad y gestión.

De todas formas, lo que se pretende no es producir todos los alimentos en el interior de la ciudad, sino asegurarse que aquellos que no se llegan a producir procedan de zonas de cultivos próximas a ella. En muchos lugares que ya se están preparando para esto, se habla en efecto de la dieta de los 100 km, o sea, de comidas cuyos ingredientes procedan, como mucho, de un radio de 100 km de la ciudad.

Es interesante notar que en varios países europeos y extraeuropeos, la agricultura urbana es una práctica habitual. Según el Programa de Desarrollo de Naciones Unidas, en 1996 800 millones de personas en todo el mundo estaban involucradas en la agricultura urbana. Se considera que 200 millones de estos producían para los mercados con 150 millones de personas empleadas a tiempo completo. La mayoría de estas personas se ubicaban dentro y en los alrededores de las ciudades asiáticas. La agricultura urbana se basa en tradiciones muy antiguas. Históricamente, muchas ciudades crecieron de su propio hinterland y algunas ciudades contemporáneas siguen arraigadas en su paisaje local, incluso en Europa. Por ejemplo, Florencia sigue rodeada de olivares, viñedos, naranjales y campos de trigo que todavía satisfacen una gran parte de sus necesidades alimenticias. Muchas ciudades en Italia y Francia tienen todavía relaciones muy fuertes con su hinterland inmediato y con su agricultura periurbana aún activa. Lo mismo pasa en China. Incluso megaciudades como Shanghai, una de las de más rápido crecimiento del planeta (15 por ciento al año), sigue manteniendo la agricultura urbana como

una parte importante de su sistema económico7.

En este contexto, es muy interesante el concepto urbanístico de Paisajes

Urbanos Continuos Productivos (CPUL)8, que integra el concepto de Paisaje

Continuo9 y Paisaje Urbano Productivo10, proponiendo una nueva estrategia de

diseño urbano, muy útil en mi opinión, para el rediseño de nuestras urbes de cara a la reforma ambiental urbana, la relocalización y el aumento de la resiliencia. Básicamente, una CPUL es un corredor verde que conecta el exterior de la ciudad con su centro (cuando esto es físicamente posible, pero incluso si no se dispone de espacios a nivel del suelo los terrados pueden sustituirlos) y al interior de estos corredores verdes, se intercalan los diferentes espacios de producción agrícola local (ya mencionados en este apartado), de tal modo que un usuario puede recorrerlos, andando o en bicicleta, de punta a punta.

Entre otras características, serían productivos de diferentes maneras, ofreciendo espacios para actividades de recreo y ocio, áreas salvajes o pulmones verdes, parques o bosques urbanos, ejes de movimiento y viaje o lugares para la reflexión o encuentros culturales.

Uno de los aspectos más interesantes de este proceso para hacer aumentar la productividad y, como consecuencia, la resiliencia de las ciudades, es que abre la posibilidad para la creación de un gran número de empleos locales, muchos de los cuales están, hoy en día, externalizados o del todo desaparecidos de la gran mayoría de los tejidos urbanos de las ciudades del mundo industrializado. Rob Hopkins nos ofrece un extenso (aunque todavía incompleto) listado de oportunidades de empleo, en varios sectores de

actividad que surgirían a raíz del proceso de transición11. Desde luego un

aumento de la diversidad de oportunidades de empleo locales, constituiría un indicador de resiliencia muy útil.

8 Viljoen, 2005.  9

Es una idea actual de la teoría de la arquitectura donde se han implementado breves secciones e varias ciudades. Es una red de espacios abiertos plantados de una ciudad que son virtualmente continuos, tales como parques lineales o parcelas abiertas interconectadazas, a veces conocidas como infraestructura verde o ecoestructura. Virtualmente libres de coches, que permiten los movimientos sin vehículos y los encuentros en un espacio urbano abierto. Un paisaje para caminar enorme que atraviesa toda la ciudad (ver Burnett, 2006). 

10 Paisaje urbano abierto plantado y gestionado de tal manera que sea ambiental y

económicamente productivo, por ejemplo que suministre alimentos de la agricultura urbana, que absorba la contaminación, el efecto refrescante de los árboles y el aumento de la biodiversidad de los corredores verdes (ver Burnett, 2006). 

11<http://transitionculture.org/2009/07/01/what-employment-opportunities-arise-from-

Antonio Scotti 123

6. INDICADORES DE RESILIENCIA PARA UNA CIUDAD

Tradicionalmente, como medida de la reducción de la huella de

carbono, se usan las emisiones de CO2. En las Iniciativas de Transición, se cree

con firmeza que recortar el uso de carbono sin construir la resiliencia no es una respuesta suficiente si lo que se pretende es hacer frente al Cambio Climático y al Pico Global de Petróleo a la vez.

Para detectar si la resiliencia de una ciudad está aumentando, se pueden

utilizar indicadores como los siguientes12:

– El porcentaje de alimentos consumidos localmente que se produjeron

dentro de un radio concreto desde el centro de la ciudad.

– La cantidad de moneda local con respeto a la cantidad total de dinero en

circulación.

– El ratio de espacios de aparcamiento para coches con respeto a usos

productivos del terreno.

– La cantidad de empresas con propietarios locales.

– La proporción de personas empleadas localmente.

– Las distancias medias que recorren los trabajadores a diario para ir y

volver de su trabajo dentro de la ciudad.

– Las distancias medias que recorren los trabajadores que viven en la

ciudad y trabajan fuera, para ir y volver de su trabajo.

– El porcentaje de la energía producida localmente.

– La cantidad de material de construcción local renovable, reutilizable y

sin efectos tóxicos para las personas y el medio.

– La proporción de bienes esenciales que se producen dentro de la ciudad

o a poca distancia.

– La proporción de los residuos compostables que se compostan de

verdad.

– El grado de implicación de la comunidad local en el trabajo de

transición.

– La cantidad de tráfico en las carreteras locales.

– El porcentaje de medicamentos recetados localmente que se produjeron

dentro de una distancia mínima determinada.

– La cantidad de jóvenes de 16 años capaces de cultivar 10 variedades de

hortalizas con un nivel básico de competencia.

– La cantidad de profesionales locales especializados en “trabajo interno”

(profesionales de la salud mental, lideres espirituales y religiosos, etc.) que están preparado/as para tratar los asuntos que surgen en las

personas que tienen que aprender a hacer frente a un cambio radical de dirección en el futuro.

– El porcentaje de agua de lluvia que haya sido captado localmente.

– El porcentaje de superficie sellada que está preparada para absorber y

hacer infiltrar agua de lluvia.

– El porcentaje de edificios ya construidos que han sido aislados y

reformados con características bioclimaticas.

– La cantidad de agua que se envía a las cloacas en relación a la que se

trata localmente con métodos biológicos.

– El grado de participación en el compostaje local y en la construcción

de suelo fértil

Pero aparte de todas estas habilidades, ciertamente básicas para demostrar, cuantitativamente, cuanto es de resiliente la ciudadanía de una urbe (por grande o pequeña que sea), hay otra característica que también es fundamental para la resiliencia: la capacidad de solidaridad entre los miembros

de la comunidad13. Es notorio cómo la vida en las grandes ciudades de los

países industrializados, tiende a fomentar valores más bien individualistas y la competencia entre personas, llegando al extremo de que vecinos de un mismo edificio muy a menudo no se conocen ni se saludan. La solidaridad puede definirse como un sentido de un propósito común, de compartir responsabilidades. Ahora bien, estas responsabilidades comunitarias, tales como cuidar de la naturaleza, la educación de los jóvenes y, más en general, la preservación de los bienes comunitarios, las hemos delegado al gobierno y a las ONG y, en muchos casos, también, a las corporaciones, y ahora nos sorprendemos de que muchas de estas cosas no funcionen, puesto que especialmente las corporaciones no están interesadas en preservar estos bienes comunitarios. Así que un punto clave para crear ciudades resilientes es encontrar la manera de que sus habitantes se solidaricen entre ellos y vuelvan a retomar la responsabilidad de cuidar de los bienes entendidos como comunitarios.