Dales la vuelta, Cógelas del rabo (chillen, putas), Azótalas, Dales azúcar en la boca a las rejegas, (…) hazlas, poeta, Haz que se traguen todas sus palabras. Las palabras, Octavio Paz. Palabras en el vacío se constituye a partir de una fundamentación conceptual sobre los relatos y el acto de contar, dentro de la consideración de la experiencia vivida de estas tres mujeres, protagonistas de sus historias; teniendo en cuenta, la importancia que cobran los relatos de vida puesto que estos modelan, no sólo un mundo subjetivo, sino también las mentes que intentan darle su significado. Esto nos invita a pensar que la acción de relatar implica un modo inextricable de pensar, conocer, narrar y de “encontrar sentido en las cosas cuando no lo tienen” (Bruner, 2003,p.49).
Así, el trabajo se dirige a rescatar esos sonidos de las memorias, los recuerdos y los sueños que hacen parte de la construcción de estos cuerpos; porque, evidentemente, se tratan de vidas que se inscriben en un marco cultural, político, ético y social que, dada su complejidad, impiden que estas voces surjan y se queden se perdidas en la bruma del dinero, las drogas y la violencia propia de las calles bogotanas.
El acto de contar: relatos de vida
En el contexto de la presente investigación, el acto de contar se convierte en una apuesta política que posibilita la visibilización de subjetividades y el reconocimiento de un conjunto de sentires, emociones, sueños e ilusiones que se resguardan tras las palabras; considerando que, los sujetos que ejercen su poder de hablar en la construcción narrativa, en cuanto se entienden como enunciadores de la palabra, logran reconocerse a sí mismo. De esta manera, el acto de contar se
convierte enuna posibilidadpara relatar las experiencias, porque es mediante la configuración de relatos que “construimos, reconstruimos, en cierto sentido hasta reinventamos, nuestro ayer y nuestro mañana” (Bruner, 2003, pág. 130).
En este orden de ideas, el relato, en palabras de Ricœur (2006), se comprende como un marco de los acontecimientos de esa experiencia vivida, en el cual se construyen las historias tejidas a partir de la memoria, los recuerdos y los antecedentes que hacen parte de la vida de quien narra. De modo que, el relato comporta una serie de situaciones que responden a un acto configurante, el cual “consiste esencialmente en tomar juntos un conjunto de factores presentes en las acciones humanas, heterogéneos de por sí, y transformarlos en una historia coherente, concediéndoles así una inteligibilidad” (Ricœur, 2006, p.19). Entonces, este relato, por su misma naturaleza, es el fruto de una comprensión de sí mismo donde se muestra aquello que somos para compararlo con aquello que pudimos haber sido.
Por ello, los relatos de las tres mujeres aquí presentados, bajo criterios éticos y políticos precisos, permiten “identificar cambios en la realidad social y cómo estos son percibidos en la vida cotidiana, comprender los contextos y fenómenos sociales, y convertir al ser humano en protagonista de su historia” (Bonet, Fernández, Gallego, & Obradors, 2006, p.47). De manera que, el relato de vida manifiesta como una expresión de la subjetividad donde se reflexiona sobre las vivencias y acontecimientos, donde se develan el valor de lo vivido y las diversas situaciones que dan cuenta de lo significativo de la vida, de lo que vale la pena mantener y comunicar para queotrolo comprenda (Bonet, Fernández, Gallego, & Obradors, 2006).
El relato implica esa dimensión lingüística que se proporciona a una vida examinada, es decir, se manifiesta como una composición de ese conjunto de historias que construimos acerca
de nuestra vida, entre la memoria del pasado, la complejidad del presente y el desasosiego del futuro (Ricœur, 2006).
No conocen la vida que nos ha tocado vivir, no conocen los sueños que tuvimos que dejar atrás. No se logran imaginar lo mucho que hemos tenido que sacrificar; desde nuestras familias que se esconden por vergüenza, hasta nuestros hijos que nos abandonan porque no soportan que seamos unas mujeres de la calle. (Relato recogido).
Por consiguiente, el relato se enriquece desde comprensión de las situaciones vividas y los hechos que se articulan en las dimensiones temporales de las experiencias subjetivas (Mendoza, 2007); los cuales se reinterpretan a la luz de los recuerdos, en tanto que estos implican un cierto sentido de lo que somos más allá de los aconteceres de la vida. Por ello, la acción de narrar puede entenderse como una reflexión sobre la condición humana (Bruner, 2003).
Tenía creo que 9 años, ya tenía que cargar con el abandono de mi verdadera madre y soportar las constantes manoseadas de mi primo. Un día la mesa sucia y dejada de la cocina aguardó mis llantos de dolor, mis súplicas podridas para que mi primo parara, creo que nadie escuchó una sola palabra, el campo se traga las lágrimas, el campo olvida los gritos…Se perdió mi idilio de ser niña para toda la vida. Se perdió mi vida.(Relato recogido).
Entonces, el contar se convierte en la acción de desnudarse frente al otro, de comprender y develar aquello que nuestro recuerdo, por una u otra razón, insiste en recordar. Contar la vida o aquellas situaciones que nos involucran en la sociedad es adentrarse en la experiencia vital y poner de manifiesto los sentidos que los sujetos le otorgan a su vida, pues según Mendoza (2004), estos sentidos “se encuentra en las arenas sociales, y en la manera como se narran los sucesos de la realidad y la forma como se construyen” (p. 22). De ahí, la importancia de relato, ya que ayudan a construir monumentos que alimenten nuestras memorias, a resignificar y encadenar los
acontecimientos y factores heterogéneos, que se transforman en una historia coherente e inteligible en la acción de narrar.
De este modo, el relato encuentra en la vida misma un punto de anclaje, donde se hilan rasgos particulares y acciones sociales ya realizadas, en el cual el narrador tiene el papel de escoger sus vivencias para narrarlas de manera comprensible a los otros. En este sentido, el la acción de narrar se convierte en una estrategia para comprender la relación del sujeto consigo mismo y con los demás; esto, implica el ejercicio de ver-se y reflexionar-se, es decir, poner en juego una serie de dispositivos discursivos para el autoconocimiento que implica “una percepción interna que se produce al volver la mirada, esa mirada que normalmente está dirigida a las cosas exteriores, hacia uno mismo” (Larrosa, 1994, p.17).
Por lo anterior, la comprensión de la propia vida se manifiesta en una historia que se despliega en la amplitud del tiempo y en las marcas que dejan los recuerdos; la comprensión y el entendimiento de uno mismo como el personaje principal desu historia,es algo que se configura desde los incontables ejercicios cotidianos de narrar (Larrosa, 1994). Lo que sin duda significa que el contar para este grupo de mujeres sea una posibilidad de afrontar y compartir sus experiencias, pues es evidente esa necesidad de relatar y gritar libremente, de ser a través de sus vidas, de sus aciertos y de sus desaciertos.
Ciertamente, la configuración de estos relatos permite la relación entre dos elementos importantes: el primero, relacionado con el conocimiento y la interpretación de las construcciones que de sí mismo hace el narrador, es decir, su identidad narrativa; segundo, relacionado con la acción de tomar esa identidad como una consideración del mundo social y político en que surgen estos relatos. Por consiguiente, el relato construye el carácter duradero de una persona, lo que podríamos llamar identidad narrativa, la cual implica el surgimiento de una
identidad dinámica propia de la historia contada, resultado de esa reconstrucción que se produce en la narración sobre “quién soy yo” y en el ejercicio de aprehensión de la vida en forma de relato.
Para el caso, el yo aparece en el relato cargado de un conjunto de imputaciones morales, reacciones de aprobación y rechazo, señalamientos y miradas que configuran parte de la identidad de quien narra (Quintero & Ramírez, 2009):
Ninguno se imagina que fui un “puta” por más de 15 años y que en este espacio me tocó aprender más cosas, cosas ilícitas para sobrevivir. Esto no es fácil, para nada es fácil, como para que venga cualquier samaritano a señalarnos y a decirnos que somos unas sucias. Yo siempre me baño.(Relato recogido).
Así pues, la identidad que se construye en la narración aparece enmarcada dentro de la heterogeneidad de experiencias, decisiones individuales, contradicciones e ilusiones frente a eso que fue y pudo haber sido de otra manera (Bruner, 2003). En esta medida, narrar es una forma de exponerse, de llamar la atención, de ostentar cuerpos, esas identidades, memorias y recuerdos que afloran para ser puesto a merced de los demás; en cuanto es una respuesta a la solicitud del otro y la exigencia que tenemos de comprendernos mediante la palabra ofrecida a quien escucha. Es
por esto que, parafraseando a Larrosa (1994), elacto de contar necesariamente nos involucra como
seres sociales y nos invita a reflexionar acerca de diferentes situaciones de la vida, situaciones que como la prostitución solamente señalamos sin sentirla, sin probarla, sin cuestionarla.
En definitiva, contar implica un proceso mínimo y básico de comunicación donde existen dos roles muy bien definidos, el interlocutor y el locutor, sumándole un mensaje, un objetivo en el relato, pues se cuenta se dice algo para alguien, se habla y se narra para desplegar esas realidades que están alejadas de nuestra percepción (Bruner, 2003). Es claro que no nos narramos
a la sombra de lo solitario, siempre hay otro al cual comunicamos los sentidos y significados que otorgamos a la experiencia y, por ende, el mundo. Por esto, el acto de contar es una opción que decidí seguir, ya que como interlocutor del mensaje podía encontrar todos aquellos vaivenes que son esquivos a simple vista, en la oportunidad de relacionarlos con diferentes actitudes y sensaciones tanto de ellas como míos.
Historias emergentes: ellas y yo
En este contexto, esos cuerpos que en algún momento fueron prostituidos e invisibilidades ahora luchan por ser valorados, por encontrar un lugar de aceptación y es por eso que llegan al universo teatral. En este acercamiento a los recuerdos, las memorias y las experiencias que se configuran en un diálogo intersubjetivo, surgen una serie de relatos que, por su naturaleza misma, piden ser comprendidos e interpretados a la luz de los distintos modos de significación que se construyen en un ejercicio hermenéutico; es decir, en el trabajo dereconstruir, de forma conjunta, parte de los acontecimientos, los reveses de fortuna y todas las consecuencias de las acciones humanas (Ricœur, 2006).
Por esta razón, se presentan las experiencias que germinaron de ese ejercicio, a partir de mi visión personal, desde el periodo de incubación de la propuesta investigativa y el encuentro con las tres mujeres. A continuación, cada una de las situaciones, lugares, momentos y descubrimientos que emergen de los relatos recogidos, donde se descubren historias como el extranjero y la droga, la familia, el dinero y el coraje que, sin duda, son elementos significativos a partir de los que se construyen unas subjetividades con sus emociones, alegrías, tristezas, amores, desamores, abandonos y dolores y, sin duda, de los pensamientos, sentires y reflexiones que deja cada palabra escuchada. Finalmente, se reflexiona sobre la importancia del teatro en la vida de estas mujeres, en tanto que es
una oportunidad para explorar los sueños y las ilusiones que materializan en su imagen de diva, pero también, en su papel dentro de un juego político y en constantes situaciones de explotación.
El inicio: encuentro de experiencias.
El primero de septiembre del año 2014, conocí el grupo de teatro adoptado para el trabajo con mujeres en condición de prostitución. Era un grupo con una particularidad específica, quince mujeres y dos hombres en condición de prostitución y mujeres que en algún momento transitaron este paraje social. Fui asignado como su nuevo profesor de teatro, nuevo director de puesta en escena y, sin saberlo, como su nuevo interpretador de vida. Los primeros meses de trabajo se tornaron muy emocionantes, con el paso del tiempo ellas compartían sus fracasos y sus aciertos, los relatos fueron tímidos pero sinceros; no sentía una necesidad más allá que la de contar y la de ser escuchadas, porque sus historias son importantes y constructivas.
El grupo de teatro de esta fundación era solamente un montaje, una representación de algunos códigos sociales que, al ser vendidos correctamente, recibirían creces muy interesantes, económicamente hablando. Me di cuenta como después de cada función, sus cuerpos eran expuestos ante otros como carne de cañón; encontré que sus historias eran un libreto aprendido con el objetivo de hacer llorar sin valorar el relato, sin valorar la vida. También, como tenían inmersos en sus pensamientos ciertos discursos que, a partir del teatro, exponían para provocar “pesar” ante el espectador. Descubrí que no eran valoradas, pero pese a que ellas lo sabían muy bien, necesitaban ser aplaudidas, sentirse importantes; por eso, de una forma u otra, querían ser utilizadas bajo el criterio de que sus cuerpos deben ser libres y deben dejar de ser considerados como prostituidos.
El grupo, con más de cinco años de antigüedad, era consciente y comenzó una lucha fuerte para ser respetado; por mi parte, intenté solo observar, pero fue imposible. Los integrantes del
grupo me abrieron un lugar muy importante en sus vidas y desnudaron sus historias, donde descubrí seres fuertes, orgullos, dolientes, seres con muchas cosas que contar, pero no en un escenario y, mucho menos, desde la exposición como lo hacen comúnmente. Así que, comencé con las quince mujeres, pero rápidamente, me di cuenta que no podría sistematizar todas sus experiencias y que, tal vez, todas no estarían de acuerdo en desnudar sus vidas con un ser ajeno.
Con el paso del tiempo y por las constantes quejas del grupo este se diluyó; quejas en cuanto a la exigencia por un reconocimiento profesional por parte de la fundación y el Teatro la Baranda, alguna remuneración económica por pertenecer al grupo o el pago del transporte para asistir a los ensayos. Encontré afinidad con tres mujeres a las cuales les propuse comenzar una serie de encuentros donde compartieran conmigo algunas experiencias, las cuales se materializarían en un texto dramático. Les expuse que mis intereses giraban en torno a ciertas necesidades académicas y que me importaba descubrir sus relatos y experiencias, más allá de los señalamientos estigmatizados por la sociedad, ellas aceptaron mis apuestas y emprendieron este nuevo camino.
Para esto, debían empoderarse de sus pensamientos y de sus actos mediante el relato en vivo y frontal. Por tanto, en un primer encuentro, cargado de cámara de video, grabadora de sonido y una amplia lista de preguntas, llegué al teatro donde nos reuníamos frecuentemente. Ya conocía algunas cosas de sus vidas, entendía algunas situaciones vividas y, en el intento, me interesaba hacer una entrevista pragmática y concisa, es decir, un ejercicio que me permitiera develar esas experiencias de vida. Desde luego fue un fracaso, lo fue por que la cámara, la grabadora y el listado de preguntas significaban elementos extraños en la relación que habíamos tratado de construir. Quería que se sintieran cómodas y poco amenazadas, pero ellas no dejaban de mirar
estos elementos con pavor y respondían las preguntan sin pensar realmente en lo que estaban diciendo.
Esto me mostró los caminos para lograr encontrar el relato sensible de sus vidas. Así que, en un segundo intento, encontré lo que necesitaba para escuchar sus voces. Creo que el mejor método para descubrir las sinceridades de sus relatos fue el tinto acompañado de un cigarrillo. Salir a la calle a caminar un poco, visitar aquellos lugares olvidados y hablar por hablar se convirtió en el mejor aliciente para el relato de vida, para el acto de contar. Decidí salir a hablar con ellas, a conocerlas desde la calle y relacionar cada palabra con un concepto, una sensación o una emoción; decidí no juzgarlas, pero tampoco victimizarlas, decidí involucrarme con sus vidas y sentarme a escuchar.
De todo esto el resultado fue que tres mujeres decidieran compartir conmigo sus experiencias, escuchar mis experiencias; tres mujeres que me han llevado a los sentimientos más extremos y a los cuestionamientos más fuertes, tales como: ¿Por qué nombramos a las demás personas sin conocerlas? ¿Por qué degradamos a las mujeres sin conocer sus historias? ¿Cómo anteponemos los prejuicios y los imaginarios morales para estigmatizar esta condición? En definitiva, tres mujeres muy diferentes que han vivido en el mundo de la prostitución y la han sentido a carne propia: Jaidive, Stella y Maruja.
El extranjero y la droga.
Les quiero presentar a Jaidive, la mona, una mujer que no supera los 30 años de edad pero que, por causa de las sustancias alucinógenas, aparenta más de 40 años. Ejerció la prostitución por más de quince años en la llamada zona de tolerancia, se drogaba todas las noches para poder vender su cuerpo. Fue golpeada, maltratada, brutalmente señalada. En su organismo se encontraba todo tipo de sustancias, ella dice que por más de cinco años estuvo bajo los efectos de
la droga, que no recuerda muchas cosas. El amor es su panacea, es su imposible posible, es su gran reto. El amor para ella es algo que no ha descubierto pues aún lo anhela.
¿Qué es el amor para la mona? El amor es estar seguro de lo que se hace y protegido por otro ser, es poder acostarse sin preocupación alguna, sin pensar en el dinero ni en los dolores que da la vida. El amor es algo que olvide cuando mi familia me dejo, cuando me regalo a una señora que ni siquiera conocían, cuando decidieron dejarme a la merced del tiempo.
El amor es algo tan bonito, es una sensación que un día sentí. Me enamoré de un cliente, de un hombre que frecuentó el bar donde trabajaba y le gustó todo lo que le hacía. Lo consentía, le cumplía sus más oscuras fantasías; al comienzo le cobraba como a cualquier otro cliente, pero luego me gustaba darle mi cuerpo gratis. Pasábamos noches y noches hablando, la noche se convirtió en nuestro testigo. Él, un extranjero muy guapo trabajaba en la SIJIN, lo miraba a los ojos y sentía que se estaba enamorando de mí, todos los días me traía cualquier cosita, todos los días me consentía y me arrunchaba en sus brazos, nunca me dijo puta aunque lo sabía muy bien. Se interesó por lo que encontró en mí, se interesó en la persona y no en el objeto, me hizo ver importante, me hizo valorar, me hizo respetar.
Una noche un sujeto entro al bar, estaba muy borracho, yo estaba con mi extranjero, me levanté a traer un par de cervezas y el borracho me agarró las nalgas; yo me volteé y le dije –imbécil respete-, él respondió –usted es una puta, que respeto quiere-. El extranjero se levantó de la mesa y enfrentó al borracho, le dijo que yo era una dama, que se
disculpara. Veía como poco a poco se armaba un tropel, como las botellas no se hacían esperar en el aire, como el borracho sacaba un arma y le disparaba seis veces en el pecho a mi extranjero.
Lo vi morir en mis brazos, vi morir a la única persona que