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DEBATES SOBRE LA NACIÓN Y LOS NACIONALISMOS

Capítulo 1. El comunismo como objeto de estudio: La

1.2. Los Soviet Studies: del totalitarismo al ‘revisionismo’ y la nueva historiografía

1.2.1. El paradigma totalitario

La primera aproximación académica de más relieve que tuvo por objeto el estudio del fenómeno comunista se realizó en los círculos universitarios estadounidenses (aunque no exenta de polémica política y heredera de esta carga ideológica) a través del paradigma del

totalitarismo50. El término fue acuñado por el antifascismo italiano de los años veinte y posteriormente reapropiado por los regímenes y movimientos fascistas en Italia y Alemania, dando así un primer impulso a la popularidad de términos vinculados al ‘Estado total’51. Pero su difusión en círculos académicos se asentó, precisamente, una vez éstos hubieron sido derrotados en la segunda posguerra mundial.

Brevemente, la teoría de los totalitarismos estableció un paradigma basado en las características formales de aquellos regímenes e ideologías que surgieron como reacción al proyecto político liberal haciendo así confluir el régimen alemán del III Reich (por extensión el nazismo) –ya extinto– con la Unión Soviética (y el comunismo), que configuraba el enemigo a batir. La preocupación central de estos estudios se basaba en la capacidad de los mismos para dominar y subordinar a sus individuos, ejerciendo un control total sobre sus

50 Para el contexto histórico en el que se desarrolla la noción y los usos de la teoría de los totalitarismos véase, Abbot GLEASON, Totalitarianism: The inner history of the Cold War, Oxford, Oxford University Press, 1995.

vidas, a través de mecanismos de control ideológico, como la propaganda, o métodos coercitivos fundamentados en el terror.

Como se apuntaba anteriormente, las líneas que separaron –y separan– los postulados políticos de los trabajos académicos en la materia son difíciles de distinguir. En este caso, el uso político del concepto de ‘totalitarismo’ en los tiempos de la segunda posguerra en Estados Unidos tenía por objetivo afianzar la cohesión del proyecto político estadounidense por la vía de la exclusión y la definición del enemigo externo (e interno). Después de 1945 la animadversión proyectada hacia los regímenes fascistas dio paso a una transmutación del adversario político, en la que el comunismo fue condenado, por extensión, en los mismos términos. La noción con la que el comunismo pasó a afianzarse en el discurso político estadounidense fue la de Red Fascism52. El propio Harry Truman en 1947 ya ejemplificó los usos del totalitarismo como herramienta política para englobar distintos regímenes enfrentados políticamente con Estados Unidos e ideológicamente con su cultura política en tanto que democracia liberal: “There isn’t any difference in totalitarian states. I don’t care what you call them, Nazi, Communist or Fascist”53.

Más allá de la evidente definición política de este concepto, la obra académica de referencia que ha sustentado buena parte de los enfoques más contemporáneos de la teoría de los totalitarismos ha sido la obra de Hannah Arendt, The origins of Totalitarianism (1951), que en su día no gozó de la misma ascendencia entre los trabajos de esta línea interpretativa. Los planteamientos de Arendt en su influyente obra se inscriben en la dinámica de angustia compartida por muchos intelectuales emigrados por la ascensión del nazismo y la deriva destructiva de la crisis del modelo liberal en la Europa de entreguerras, desafiado por el comunismo soviético y el nazismo alemán. Un desasosiego frente a las consecuencias perniciosas de la Modernidad que quedó inmortalizado en una de las principales obras de la Escuela de Frankfurt, al estallar la Segunda Guerra Mundial y conocerse la brutalidad del régimen nazi y su política de exterminio, Dialektik der Aufklarung (1944 y 1947) o Diléctica de la Ilustración54. En su prefacio los autores Max Horkheimer y Theodore W. Adorno ponen de manifiesto como el proyecto emancipador del racionalismo (la Ilustración), sus avances científico-técnicos y sus modelos de organización productiva engendran sus propios mecanismos esclavistas de la condición humana –y por extensión implican la auto-destrucción

52 Les K ADLER y Thomas G PATERSON, «Red Fascism: The Merger of Nazi Germany and in the American Soviet Russia Image of Totalitarlanism », The American Historical Review, 1970, vol. 75, n.o 4, pp. 1046-1064. 53Ibid., p.1046.

54 Martin JAY, The Dialectical Imagination: A History of the Frankfurt School and the Institute of Social Reasearch, 1923-

de la Ilustración–. En este sentido, el III Reich constituiría el paradigma de la dominación política y social a través de estos mecanismos:

[F]reedom in society is inseparable from enlightment thinking. […] [T]he very concept of that thinking, no less than the concrete historical forms, the institutions of society with which it is intertwined, already contains the germ of regression which is taking place everywhere today55 En una línea similar Hannah Arendt expresa como el propio desarrollo del liberalismo político que emana de dicho tradición contiene intrínsecamente elementos perversos como el del antisemitismo, o el imperialismo que evidencian que: ‘Progress and Doom are two sides of the same medal’56. Esta idea es también aludida por Walter Benjamin, filósofo judío de origen alemán que perdió la vida en Portbou el año 1940. Su fragmentaria obra fue editada e introducida en lengua inglesa por la propia Arendt bajo el título Illuminations, que contenía la conocida afirmación: ‘there is no document of civilization which is not at the same time a document of barbarism’57.

Pero el planteamiento central de Arendt en esta obra es la concepción que realiza del totalitarismo establecido como marco común para el comunismo y el nazismo, en tanto que forma de dominación política completamente nueva y propia de la Modernidad (a diferencia de las tiranías, el despotismo o las dictaduras que acontecieron en el pasado)58. Los regímenes totalitarios pasaban entonces a representar lo que Arendt llamó ‘the absolute evil’, utilizando todos los mecanismos emanados de la lógica del ‘progreso’ liberal para ejercer un dominio total sobre la sociedad y sus individuos: a través de la propaganda, la organización y encuadramiento de masas, la vigilancia política ejercida por la policía secreta, y el uso del Terror como esencia del gobierno totalitario59. Pese a dotar de la categoría totalitaria al nazismo y al comunismo desde su aparición en tanto que movimientos políticos, el ‘perfeccionamiento’ de las formas de dominación total que éstos ejercieron llegó a su zenit en momentos precisos, que Arendt establece en para el III Reich en 1938 y el 1930 para la Unión Soviética, no tanto desde la toma del poder60.

55 Max HORKHEIMER y Theodore W ADORNO, «Preface (1944 and 1947)», en The Dialectics of Enlightment.

Philosophical Fragments, Stanford, Stanford University Press, 2002, p. p. xvi.

56 Hannah ARENDT, The Origins of Totalitarianism, New York, Meridian Books (1st ed 1951), 1962, p.vii.

57 Walter BENJAMIN, «Theses on the philosophy of History», en Hannah ARENDT (ed.), Illuminations, New York, Schoken Books, 1969, p. p. 256. (1ª ed. Illuminationen, Schurkamp Verlag: Frankfurt am Main, 1955). Nótese que el título original de las Tesis se publicaron en alemán el año 1940 bajo el título ‘Über den Begriff der Geschichte’ (‘Sobre el concepto de la Historia’), aunque se popularizaron en lengua inglesa con la fórmula propuesta por Arendt. Cf. Ronald BEINER, «Walter Benajmin’s Philosophy of History», Political Theory, vol. 12, n.o 3, p. p.432. 58 Hannah ARENDT, The Origins of Totalitarianism, op.cit., p.460.

59Ibid., pp.305-479.

60 ‘Up to now we only know two authentic forms of totalitarian domination: the dictatorship of National Socialism after 1938, and the dictatorship of Bolshevism since 1930’, Ibid., p.419

Al estudio de Arendt –o, parafraseando a Traverso, a la interpretación arendtiana de totalitarismo– le siguieron una cantidad de obras que, provenientes de una tradición política diferenciada, reafirmaron desde la politología una categorización formalista del concepto de totalitarismo61. De entre todas ellas, cabe destacar la de obra de Carl Joachim Friedrich y Zbigniew Brzezinski, Totalitarian Dictatorship and Autocracy (1956)62 en la que establecieron las características constituyentes de las dictaduras totalitarias en tanto que innovación histórica. Estos regímenes consistían de: una ideología, o corpus doctrinario único proyectado hacia la consecución de un estadio superior de la condición humana; un partido único habitualmente dirigido por un hombre, ‘el dictador’; un sistema de terror ejercido por la policía secreta y el partido; el monopolio de los medios de comunicación de masas; el monopolio de la violencia; así como una economía dirigida de forma centralizada63. En definitiva, y este es un aspecto central que aparece tanto en estos trabajos como en el de sus detractores, los regímenes fascistas así como el régimen comunista de la Unión Soviética trataron de realizar una transformación de la naturaleza humana y de la sociedad a partir de los aparatos ideológicos del estado y el partido, así como a través de las políticas de coerción y el sistema del terror. Ese radicalismo precisamente estribaba en eliminar de raíz los remanentes del ‘individuo liberal’ para sublimar a la sociedad hacia el (distinto) horizonte político que dichos regímenes avistaban64.

Otro de los conceptos concomitantes al paradigma totalitario que también encontró un éxito significativo en este contexto fue el de la ‘religión política’ y un seguido de variantes que, pese a diferencias de matiz, venían a referirse a la misma cuestión, ya sea el de ‘religión civil’, ‘religión secular’ o ‘religión pública’ entre otros. Tomando como referencia el libro publicado por el libro de Eric Voegelin de 1938, Die Politische Religionem, el concepto ‘religión política’ se articulaba como una reflexión, desde la teología, de los cambios provocados por la Modernidad y el proceso de secularización, en los que la política moderna –en todas sus variantes doctrinales e ideológicas– cooptaba las funciones y dinámicas de una religión en retroceso respecto a su espacio en la sociedad civil. Así, la política se aparece como la afirmación terrenal de lo divino y que, en su caso más extremo ―el de los totalitarismos― se articulaba como la expresión última de lo sacro. Según Emilio Gentile, uno de los

61 Enzo TRAVERSO, El totalitarismo. Historia de un debate, op.cit., pp.97-105.

62 Carl J. FRIEDRICH y Zbigniew BRZEZINSKI, Totalitarian Dictatorship and Autocracy, 2a., New York, Frederick A. Praeger (1a ed 1956), 1966.

63Ibid., pp.21-22.

64 Anna KRYLOVA, «The Tenacious Liberal Subject in Soviet Studies», Kritika: Explorations in Russian and Eurasian

historiadores contemporáneos que más se ha ocupado de reformularlo y popularizarlo en estudios sobre el fascismo, apunta su evolución histórica como categoría analítica:

Although the expression ‘political religion’ was born before totalitarianism, only after it was associated with Bolshevism, fascism and Nazism in early comparative analyses of those regimes, did the concept of political religion became more prominent. It was employed to define the absolute exaltation of the party and of the state, the cult of the leader, mass fanaticism, rites and symbols of collective liturgies, which were fundamental aspects of the new totalitarian regimes. The tendency to attribute a religious character to totalitarian dictatorships started to spread at the beginning of the 1930s65

Aunque desde perspectivas diferenciadas y no siempre tomando al teólogo alemán como referencia, otros intelectuales contemporáneos a Voegelin popularizaron la idea de los totalitarismos como la sacralización última de la política (ya se trate del Estado, la clase, la raza o la nación). Las propuestas de autores como Raymond Aron y su idea de las ‘religiones seculares’ (aparecida en 1944 pero que mantendrá a lo largo de su carrera) iban políticamente dirigidas a la condena moral e intelectual del comunismo como régimen y de su influencia como ideología entre los intelectuales franceses de posguerra66. En su obra, Aron tratará de enfatizar unas correspondencias entre las prácticas rituales y simbólicas de los creyentes frente a lo trascendente con la actividad de la militancia y simpatizantes comunistas. En este caso, el marxismo-leninismo es equiparado al credo religioso, la disciplina política a la postración, el denominado centralismo democrático y la obediencia a la dirección del partido (y su líder) a la veneración por la jerarquía eclesiástica –entre otras cuestiones–. Según Aron:

Le communisme s’est développé à partir d’une doctrine économique et politique à une époque où déclinaient la vitalité spirituelle et l’autorité des Églises. Les ardeurs qui, en d’autres temps, auraient pu s’exprimer en croyances proprement religieuses, prirent pour objet l’action politique. Le socialisme apparut moins comme une technique applicable à la gestion des entreprises ou au fonctionnement de l’économie que comme une rupture avec le malheur séculaire des hommes. […]

Les intellectuels de France ont les premiers entrepris la quête d’une religion de remplacement: ajourd’hui, leurs collègues de l’Europe prolétarienne fondent la légitimité de l’absolutisme soviétique comme les légistes, jadis, fondaient celle de l’absolutisme royal, ils interprètent les écritures sacrées et les déclarations des congrès ou du secrétaire général dans le style des

65 Emilio GENTILE, «Political Religion: A Concept and its Critics - A Critical Survey», op.cit., p.25.

66 Véase la reedición de sus textos de 1944 aparecidos en ‘La France Libre’ en Raymond ARON, «L’avenir des religions séculières in Raymond Aron (1905-1983). Histoire et politique.», Commentaire, 1985, vol. 8, n.o 28-29, pp. 369-383. Una reseña relativamente reciente sobre el concepto de ‘religión secular’ y su estrecha relación con la condena del comunismo se puede encontrar en Daniel GORDON, «In search of limits: Raymond Aron on “secular religion” and communism», Journal of Classical Sociology, 2011, vol. 11, n.o 2, pp. 139-154.

théologiens. L’intelligentsia de gauche commença par la revendication de la liberté, elle finit par se plier à la discipline du parti et de l’État67

En resumen, la primera oleada de trabajos y ensayos –desde el mundo académico– sobre el totalitarismo (y la religión política) se configuró a partir de distintas tradiciones ideológicas diferenciadas (la Escuela de Frankfurt, los ex-comunistas de entreguerras y la tradición liberal de posguerra) operando en el marco institucional y académico del bloque occidental –con Estados Unidos como su principal centro neurálgico–. Como se ha ido apuntando, pese a tener un foco en el estudio del comunismo entendido como el régimen de la Unión Soviética, principalmente, en el juego de potencias del mundo bipolar, estas interpretaciones tuvieron sus disensiones internas. Es representativo el caso de Arendt que, pese a ser una ferviente defensora de la interpretación del totalitarismo, tuvo notorias reservas para aceptar conceptos como el de ‘religión política’ y sus derivados que, sin embargo, caminaban de la mano con el paradigma totalitario en la obra de muchos otros autores contemporáneos68. Para Arendt, la revolución se originaba precisamente del proceso de secularización de la sociedad, pero no en tanto que substitución del rol de la religión:

Secularization, the separation of religion from politics and the rise of the secular realm with a dignity of its own, is certainly a crucial factor in the phenomenon of revolution. Indeed, it may ultimately turn out that what we call revolution is precisely that transitory phase which brings about the birth of a new, secular realm. But if this is true, then it is secularization itself, and not the contents of Christian teachings, which constitutes the origin of revolution69 Pese a sus más que acusadas diferencias, sin embargo, todos estos autores constituyen el ejemplo de una primera generación que pretendía dar respuesta a los regímenes políticos formados en el período de entreguerras en Alemania, Italia y la Unión Soviética, que se manifestaron como un fenómeno de nuevo tipo, que no se correspondía con las tradicionales definiciones de dictadura o tiranía70.

Obviamente, toda clasificación historiográfica que se realice tiene un carácter imperfecto ya que toma como referencia obras principales que marcaron tendencia y generaron una suerte de campo historiográfico a su alrededor, dejando injustamente de lado otras obras excepcionales que no se ciñen a dicho patrón. Es preciso apuntar aquí una de las

rara avis de la historiografía del campo liberal del contexto de los años cincuenta y sesenta, que

67 Raymond Aron, “Les intellectuels en quête d’une religion,” L’Opium des Intellectuels, Ebook edition, Calmann- Lévy, 2004.

68 Samuel MOYN, «Hannah Arendt on the secular», New German Critique, 2008, vol. 35, n.o 3, pp. 71-96. 69 Hannah ARENDT, On revolution, 1st 1963., London, Penguin Books, 1990, p.26.

70 Philippe BURRIN, «Political Religion. The relevance of a concept», History and Memory, 1997, vol. 9, n.o 1-2, pp. 321-349.

elaboró un análisis histórico de la Unión Soviética de primer nivel y que sigue siendo obra de obligada referencia más de medio siglo después. El diplomático e historiador británico Edward Hallet Carr merece una mención especial por iniciar un proyecto en 1950 sobre la historia de la Revolución Rusa que finalizaría en los años setenta en 14 volúmenes. Su singularidad radica en ser una de las historias más documentadas y analíticas del momento que, a partir de documentos del partido bolchevique, contextualiza históricamente los orígenes y desarrollo de la revolución rusa para llegar a explicar: ‘the political, social, and economic order which emerged from it’71. Para los años sesenta, en un clima socio-político tan polarizado como el mencionado, su obra se había convertido en una línea de referencia respetada por su exhaustividad y minucioso detalle empírico. La principal crítica fundamentada de la época respecto a sus primeros 3 volúmenes (1917-1923) es la presencia de un trazo teleológico en la narrativa del autor, que considera la política leninista como la única opción viable para la política rusa del momento. No obstante, su trabajo merece al mismo tiempo un claro reconocimiento de mérito:

Hard as the acknowledgment is for the Anglo-American mind, which is so heavily opposed to deterministic interpretations, it is difficult to resist the judgment that these works by Pokrovsky and Carr remain the most powerful scholarly accomplishments in the entire glutted field72