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Llega siempre el momento en el que se ama y no se siente. Es el regreso.
L
e preguntó Jorge al anciano cómo recordaba tantas cosas, expresándole admiración por su memoria y disposición para compartirla. Carlos le respondió que él no hacía nada por recordarlas, que sentía ser un viajero en la vida y las huella que quedan al transitar estos viajes se hacen parte de nosotros y como olvidarnos de nosotros no podemos, salvo que abandonemos nuestros cuerpos, recordar no se hace una acción, es simplemente relatar lo vivido.Jorge le salió al cruce rápidamente, con toda simpatía y con algo de exigencia, interpelándole informalmente:
—¡Seguro tienes alguna historia para contarme al respecto! ¿O me equivoco?
Carlos, mirando hacia afuera como escapando del sitio le dijo: —Así es muchacho, hace un largo tiempo cuando iba rumbo a las ruinas de Quilmes en la provincia de Tucumán pasaba por el Abra del Infiernillo y me llamó la atención un niño con un rebaño, detuve la marcha para que crucen la ruta y me estacioné. Había algo en su mirada que me llamaba la atención, me saludó y sentí la necesidad de obsequiarle algo, algo que lo acompañe en aquella inmensa soledad. Pero no traía nada conmigo, más que mi libreta, arranqué unas hojas que en su reverso estaban en blanco y junto a mi lápiz se los obsequié. Por el retrovisor, al ver al niño alejarse, me sentí en paz. Siempre lo vuelvo a encontrar en el cuento “La paz del viajero”. Te lo voy a contar aunque no me lo pidas.
U
n niño solitario caminaba en el abra; en las profundas pendientes las rocas dormidas parecían sostenidas por el viento que escapaba de la cordillera. Las últimas estrellasse marchaban diluyéndose en un cielo falto de nubes junto con el claro oscuro que todo lo envolvía hacia el poniente. Sandalias, pantalón y algo así como una camisa vestía. Llevaba colgada una pequeña cartera tejida, muy colorida, con una cuerda entrelazada que lo cruzaba.
Sujetaba un puñado de hojas que había dibujado inventando un obsequio. Con firmeza en su mano las apretaba, pero no con la fuerza que retiene, sino con la que guarda.
Bajo un chullo color tierra asomaba su cabello negro, desde sus ojos asomaba su alma.
Sus huellas silenciosas eran el sendero que despertaban a los pajaritos entre espinosas ramas y cuando el sol entraba por la cumbre, bajando lentamente en el abra, sus mejillas redondeadas, curtidas por el frio, atraían la luz para iluminar aquella ternura solitaria.
Sus hojas fueron el regalo de un extraño, junto con el lápiz que guardaba en su cartera.
—Dibujá lo que quieras, que yo te acompañaré en ellas, le dijo el viajero aquel, riéndole con magia.
El changuito había dejado el rebaño por la tarde y aquella mañana volvía bajando la picada; cruzó la ruta empedrada hacia la escuela, donde su maestra Lucía lo esperaba en aquel inmenso silencio.
A lo lejos, en un foráneo palo erguido, una bandera con esos colores que al niño tanto le gustaban, lo observaba bajar como el sol en la pendiente esquivando rocas al alba. Para él era un pedazo de cielo atrapado en una tela que con el viento bailaba.
El humo de la cocina y el olor a pan horneado ponían prisa en su marcha, dos mulas en la puerta algo dormidas, algo cansadas y cachilo que lo recibe, ladrando de alegría como
otras tantas mañanas.
Corrió el niño a los brazos de su maestra y le regaló un puñado de alegrías en hojas dibujadas.
Emocionada Lucia, en el reverso de los dibujos lo siguiente leyó:
(Primer dibujo)
Vínculo
Nada está perdido, nada lo está, me encontrarás entre todas mis letras. No soy lo que imaginas, no lo soy, te amo porque no odio con todo mi ser. Búscame aunque esté acá;
porque falta que leas mi pasión, ¡pero búscame por Dios!
Recoge las últimas cenizas de mí para ponerlas en los próximos cuentos; te hablaré desde donde esté y sí te hablaré.
(Segundo dibujo)
Encantada
Desde una laguna al pie del cerro, de la que todos hablaban, una verde ranita decía:
—¡Nadie tiene respeto por mi alma!, ¡ay alma mía!, ¿por qué nadie tiene respeto por mi alma?, ¡mi alma querida! Quien pasaba cerca, al oír, se aproximó y al verla le dijo: —¡Yo sí respeto tu alma!
Aquella luciérnaga con un beso intentó romper el hechizo para liberar el alma encerraba en la rana.
Luciérnaga a la carta fue la cena, en una noche
encantada.
(Tercer dibujo)
Su hija
Solitario y vencido por sus victorias, un amante perdió el corazón que no sangra en la última batalla.
Una celestial propuesta de amor se oyó en el viento cuando el trueno trajo sabiduría al amor en un natural invento, su hija.
(Cuarto dibujo)
Dragones
Empezaba su día como otros dragones. Con sólo respirar el pecho le ardía. Salió de la cueva pisando flores y abrió las alas para enfrentar el destino.
Pero quién le teme espera agazapado, empuñando el fin de su dolorosa existencia. Su redentor una caricia le acertó y dio muerte a la furia natural de su día.
Se detuvo el tiempo al fin, una lágrima estalló el cristal de los ojos sin piedad.
Cuenta la historia que los dragones buscan corazones valientes para renacer en almas de mujer con sangre en las venas.
(Quinto dibujo)
Mi cuento
Había una “vez” escondida en la imaginación de un niño. Un lobo feroz la buscó en el bosque y una princesa la buscó por todo el castillo.
La luna daba vueltas y vueltas sin poder hallarla, hasta el sol iluminaba todo y aun así no la encontraba.
Muy bien escondida, tan despreocupada y tranquila estaba, que una tarde se deslizó por un bolígrafo y sin querer se hizo tinta dejando al niño donde feliz vivía.
Lejos de su hogar creyó estar perdida, pero se hizo otra “vez” en los cuentos del niño que ya escribía.
Nuevamente está donde pertenecía.
Al terminar Lucia de leer todos los reversos de los dibujos le dijo:
—¡Qué hermosos dibujos me has regalado!, ¿quién te los ha escrito en el reverso?
—Fue el hombre que me regaló las hojas y este lindo lápiz que tengo.
—¿Y dónde esta es buen hombre que te ha hecho este obsequio?
—En cada uno de los cuentos que te he dado.
Al terminar el relato, se levantó Jorge y le dio un abrazo, lo abrazó cerca del corazón, lejos de quien había sido.
—¿Por qué lloras muchacho? le preguntó Carlos. —Es que estoy muy contento de haberlo conocido.
—Pensé que te había pisado con el bastón, ¡gracias a Dios que no te he hecho daño! Por cierto, qué suerte que te he curado de tu tristeza y hasta una lágrima me gané de tu alegría.
Los abordó el medio día a aquellos dos distraídos, Carlos le pidió disculpas a Jorge y que lo excuse, debía retirarse a almorzar, él nunca hace a nadie esperar.
—Hasta la muerte tiene su turno, bien sabe ella cuándo tendrá que llegar, riendo como un niño hacia reír a todos los que escuchaban en aquel bar.
El joven no menos que agradecido por tal experiencia y luego de despedirlo con un abrazo lo acompañó hasta la puerta de su
edificio.
Jorge comprendió que con sólo prestar atención al prójimo podría lograr cambiar la peor situación de un necesitado, su sufrimiento. Entendió que la indiferencia de la sociedad, establecida como bandera para preservar la posición con el entorno, no hacía más que encerrar al vacío a las personas, mientras consumen lentamente el último centímetro cúbico de su oxígeno.
Aprovechó el horario y fue rápidamente a presentarse a su trabajo, a pesar de que llegaría con tardanza al turno de la tarde. Al recibirlo su jefe, lo mira con esa mirada que jefe lo demuestra y le dice por su tardanza:
—A ver, ¿con qué historia me venís hoy?
El recorrido
C
omo los cansados días voy sangrando mi fortuna, ni un duro en el agujero de mi bolsillo, ni un momento para otro egoísmo. Como los dados de Claudio que rebotaban en el tablero al azar, mis pasos en la ciudad iban a tal suerte, pero sin uno ni seis al frente.Me salvan del acoso de mi sombra los reflejos que atrapan mis pupilas derramadas y cansadas.
Acepto las realidades para salir empatado, certificado por el árbitro oscuro que pita el final del desencuentro moral.
Pasa así todo por todos lados, pero al dormir mi día, un ángel lame las heridas de mi costado.
El sueño que me invita a dejar todo lo que me cansa siempre me devuelve como ebrio en la puerta, despierto y confundido. He pretendido volar cuando más pesado estaba, cuando liviano era no tenía los pies en la tierra.
Ha sido siempre igual, casualmente repetida la sensación al no besar los labios prohibidos.
En la silueta de las mil curvas el freno siempre está a mano, menos cuando despisto por la pasión, desenfrenado.
Qué suerte la mía saber el gusto de su boca, saber cuándo duerme y conocer su respirar cuando me toca.
Pero no todo transcurre en la excitación de mis sentidos, muchas cosas hermosas pasan sin mí.
Ausente estoy en tu sonrisa aunque el recuerdo escondido que traje te haga cosquillas.
El testimonio verídico, público, legal bajo juramento y comprometido es el silencio a flor de piel que viste nuestra
desnudez.
Nada está perdido, nada lo está, me encontrarás entre todas mis letras.
No soy lo que imaginas, no lo soy, te amo porque no odio con todo mi ser.
Búscame aunque esté acá, porque falta que leas mi pasión, ¡pero búscame por Dios!
Recoge las últimas cenizas de mí para ponerlas en los próximos cuentos, te hablaré desde donde esté y sí te hablaré.
Aristides Ulises Palacios