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El Abra. Aristides Ulises Palacios

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Academic year: 2021

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El Abra

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© Aristides Ulises Palacios, 2020

© El Abra, Aristides U. Palacios, 2020 www.aristidespalacios.com

Rosario, Santa Fe, República Argentina ISBN: 978-987-86-4145-4

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del

copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito

contra la propiedad intelectual.

Diseño y composición: Celina M. Savino Diseño de cubierta: Aristides U. Palacios Correcciones y Prólogo: Dr. Carlos H. Savino

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Dedicatoria

Dedico esta obra a las personas que logran sentir aquello que siento cuando escribo; porque nos extendemos uno en el otro.

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Prólogo

YO: ¿Qué te impulsó para comenzar a escribir?

ARISTIDES: Sentí que mi interior estaba abarrotado de sensaciones, de observaciones, de pensamientos cruzados y hasta rebeldes, y que era imperioso compartirlos.

YO: ¿Fue difícil comenzar?

A: Sí, bastante. La literatura es una herramienta difícil de usar. Por momentos tuve la tentación de abandonar y sustituirla por la transmisión directa de todo lo que quería expresar.

YO: ¿Y qué sucedió?

A: Dios me ayudó, me dio fuerzas para insistir con mi propósito, por intermedio de mis amores, mis amigos, mis recuerdos.

Yo: Ahora que pudiste transmitir tus sensaciones, ¿cómo te sientes?

A: Aliviado, como se sentiría alguien al confesar un secreto íntimo que le estaba quitando el sueño. Seré muy feliz si esas sensaciones que intenté compartir despiertan o se ramifican en nuevas sensaciones entre los lectores.

YO: Transmitir lo que sientes respecto del mundo que nos rodea para que otros se animen a compartir, a interesarse en los demás.

A: Exacto. Miremos a nuestro alrededor, nos detengamos un instante a observar a los demás, a imaginarnos cómo es el mundo de ellos, qué los aflige o los hace felices y si es posible nos comuniquemos para compartir pensamientos y experiencias.

YO: Que abra un Abra entre las personas. A: ¡Ja! Si, exacto.

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¿Un sueño? ¿El diálogo con Aristides fue un sueño? Tal vez. Como diría J. L. Borges: Tal vez alguien nos está soñando y nosotros somos parte de ese sueño.

¡Felicitaciones!, Aristides es mi deseo que estas pequeñas historias, pero a la vez inmensas y profundas, dejen de ser tuyas y pasen a propiedad de los lectores y en ellos inspiren sentimientos generosos. Entonces habrás conseguido tu loable propósito.

EL ABRA ocupó gran parte de mis pensamiento apenas nació. Lo acompañé desde sus primeros pasos hasta su madurez. Ahora es libre para volar y llevar, a donde sea su horizonte, toda su carga de estímulos de libertad espiritual.

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Del autor

Querido lector ten en cuenta que el valor principal de esta obra lo descubrirás con una lectura analítica. Considero que los hechos pueden ser descritos, pero las sensaciones sólo pueden conocerse por medio de las experiencias. Y no he relatado lo que he visto, sino de lo que he sentido.

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***

En estas historias cotidianas y callejeras, con pocas palabras y mucho sentido, podrías descubrir quién eres detrás de las sensaciones. En estos relatos que no inventan lo que ya guardas en tu inconsciente, leerás sin duda lo que no digo.

Cuando logres el vínculo en El Abra, serán tuyas mis letras y tus intenciones justificarán el motivo de haberlas escrito. Abandona el introvertido personaje que la sociedad te impuso, para volver a ser quien fuimos cuando éramos niños.

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El Abra

Un niño seguía los pasos del sol, en el sendero del atardecer a la vera de un arroyo. La soledad y el silencio eran sensaciones a flor de piel.

Su rumbo se extravió entre la maleza, confundiendo entre verdes matices su destino.

Descubrió un camino sin huellas en aquel momento sin tiempo. Al abrirse paso entre la vegetación un grito quebró la paz de su exilio mortal. Paralizado se detuvo y murió despreocupado, pero al instante renació temeroso, impensado.

El desafiante grito nuevamente lo estremeció. Frente a él una criatura abrió sus alas enseñando el esplendor de su existencia. Miró el cielo y se elevó.

Al pie de su trono una montaña de huesos eran resultados de muertes sin venganzas ni injusticias.

El conocimiento se hizo en aquel niño y la vida le fue revelada. Al dar el paso para regresar al mundo, los hechos dejaron la experiencia tatuada en su alma: el Abra.

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“¿Qué sucede cuando lo que no esperas te está esperando? Simplemente no sucede y, miles de cosas no suceden, son tantas que si buscas con la mínima intención seguro encontrarás algo. Siempre lo pensé, o bien, sólo desde que era un niño.

La sorpresa es algo entre lo maravilloso y lo natural pero, generalmente no se busca y aparece fuera de nuestro control.”

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J

orge tenía más o menos veinticuatro años de edad, trabajaba en un comercio, a primera vista era un joven ordenado y muy aplicado, totalmente de acuerdo con las reglas impuestas; seguía las normas sociales muy a gusto y vivía en la libertad que sus padres le otorgaron paulatinamente mientras se desarrollaba en su vida, tal vez como muchos, yo diría.

Pero sus padres total libertad no tenían, la obligación que se habían impuesto justificaba los frutos obtenidos, no midieron la resignación e indiferentes optaron por ser propietarios de un pedacito de la isla de la avaricia; pretendían ser dueños de la vida en vez de inquilinos.

Jorge sintió que era la hora de comprar su parcela, poner su bandera en ella era parte de su razón de ser. Había comprendido aquello de no quitar la vista del camino y también sabía que debía perfeccionar todo lo aprendido. Lo propio era lo importante para ganar mucho más “míos”.

A solas su obsesión ensayaba inventarios detrás de los silencios sobre la almohada y recorría de memoria un pésimo catálogo: mi moto, mi novia, mis pertenencias, mi cariño, mis padres, mi hermana y mis sobrinos; mi trabajo, mis amigos, mis examantes, mis borracheras, mis historias, mi capital invertido; mis dolores y mis aptitudes, mis anhelos y mi futuro. Y tantos más míos tenía para vanagloriarse por haberlos conseguido. Orgulloso encajaba en su modelo social que desde siempre había construido.

Un día su novia Adriana tenía la necesidad de algo más en su compromiso, Jorge respondiendo urgente compró una parcela en la isla y los materiales para edificar en ella su castillo. La hora había llegado, estaba preparado. Pero todo aquello a Adriana no le alcanzaba, meses después, que se hicieron un año, nuevamente algo más le exigió en su compromiso. Jorge se dispuso a pagar con vida las circunstancias de un desdichado destino; las anteojeras las aprendió a usar de niño, de grande le

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llamó carácter, personalidad o simplemente su guía en el camino.

Los billetes hacían confortable el nido y con los incómodos silencios a la hora de la cena se atragantaba.

Una noche cuando Jorge salía de su triple turno laboral, la indiferencia por el valor de su vida le pagó con la triste noticia que le llevó un amigo, Adriana había encontrado los besos que esperaba de Jorge, pero muy lejos de donde él la quería. La indiferencia le cobró con indiferencia, los besos que llegan al alma no son los que enseña el diccionario.

Jorge fue enterrado y olvidado en su parcela, lejos en su isla, en un castillo confortable.

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La Biblia del basurero

***

Abriéndonos a las realidades inquietantes serenamos el pasado.

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E

n una mañana comenzando el otoño, Jorge despertaba en el canto de gorriones cuando el sol entraba por la horqueta de un plátano.

Contenido en la rigidez del frío, el alba lo encontró a la intemperie dormido. De pronto una voz se coló en el silencio iniciando su conciencia.

—Discúlpeme no quería despertarlo, es por culpa de los años que no alcanzo a dar la vuelta a la plaza y obligan a tomar un descanso a este cuerpo que aún me aguanta.

Jorge se incorporó de su posición fetal en el banco de listones de madera y en el otro extremo un anciano acomodaba su gorra recargando su vejez sobre un bastón que traía.

—Por cierto, sé que el banco de esta plaza es cómodo, pero ¿qué te hace dormir aquí?, le pregunto el anciano Carlos al joven.

—Me he quedado dormido simplemente, y se me pasó la noche.

Carlos lo miró sonriente y retirando la mirada le dijo que recordaba una historia. Le propuso contársela mientras tomaba un descanso.

El joven asintió con un gesto y acomodando su abrigo se ubicó para escucharlo.

—Te voy a contar la historia de la Biblia del basurero.

Carlos con una mirada, como leyendo letras invisibles colgadas en el aire, inspiró la bocanada necesaria de ánimo y sin gestos comenzó el relato.

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T

odo converge en un punto. Faltaban diez minutos para comenzar su horario de trabajo.

En una calle peatonal vacía era el único que caminaba y observaba las persianas bajas de las tiendas donde todo negocio, en su tiempo ocioso, esperaban comenzar la jornada. Pequeños árboles que escondían todo lo público le daban vida al cemento de aquella peatonal dormida. Entre los verdes esperanzados, revistas almacenadas abarrotaban los quioscos de lata.

Al bajar del autobús, vivió tres cuadras pensando en su día, veía dormir hombres envueltos en públicas ironías.

En su camino dos guardias interrogaban a un anciano de no más de quince años. La discusión eran las pertenencias que había dejado un vagabundo; puntualmente esos papeles que sacaron de las las manos rígidas sin vida del “N.N.”.

Al ver al joven se detuvo y escuchó sus palabras entre llantos:

—Miren, para ustedes no es nada, pero yo las seguiré guardando. ¡Miren, saben leer o sólo me joden! Eran las hojas de su Biblia. ¡pero por favor miren! para ustedes no es nada, como el viejo que se llevaron y sus trapos. Me dijo que cuando muriera la siguiera en mis manos guardando. Secando sus lágrimas continuó diciendo:

—Anoche el viejo me leyó cada una de estas hojas, eran su Biblia del basurero, decía. Me dormí escuchando y desperté más humano, me dijo que las iba a guardar hasta después de muerto en mis manos, no entendía hasta hoy, cuando se lo llevaron.

Los dos guardias, detrás de sus lentes oscuros, observaban las hojas sucias, escritas y gastadas y, frente al testigo

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casual, se la regresaron al muchacho.

Ante la mirada compasiva de aquel extraño, el joven conmovido se apoyó en la pared deslizándose hasta sentarse en el desconsuelo. Apretando el puñado de hojas, detrás de un cristalino lagrimear que resbalaba húmedas tristezas entre los surcos de su rostro, pidió al extraño que se las lea. Aquel que había presenciado lo ocurrido se ubicó junto al joven y leyó las siguientes hojas:

(Primera hoja)

Callejero

Como los cansados días voy sangrando mi fortuna, ni un duro en el agujero de mi bolsillo, ni un momento para otro egoísmo.

Como los dados de Claudio que rebotaban en el tablero al azar, mis pasos en la ciudad iban a tal suerte, pero sin uno ni seis al frente.

Me salvan del acoso de mi sombra los reflejos que atrapan mis pupilas derramadas y cansadas.

Acepto las realidades para salir empatado, certificado por el árbitro oscuro que pita el final del desencuentro moral. Pasa así todo por todos lados, pero al dormir mi día, un ángel lame las heridas de mi costado.

(Segunda hoja)

Lustrabotas

Con su paso lento iba Tío Paco rumbo a su puesto callejero. Colgando del costado más cansado llevaba un cajón en bandolera con betún, gamuza y cepillos. Nunca le faltaba el ramo de fresias que le recordaban quién lo esperaba en casa. Llevaba una gorra que armonizaba los surcos de su rostro con el brillar de sus ojos, aquellos que miraban fijo al pasado, acariciando recuerdos con un

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semblante intrínseco y pensativo.

Pedro ya no abría el kiosco de revistas al alba como antes, se fueron sus fuerzas con los inviernos y otras tantas primaveras. Ni Julio, el mozo del bar, usa camisa con camiseta. Hasta los clientes de la Bolsa de Valores dejaron sus zapatos por cómodas alpargatas.

Todos transitan sin darse cuenta de su labor en aquella cuadra, nada cambia cuando se sienta en la esquina y así pasan los días, algo vacíos como su cartera.

Todo el tiempo para pensar en nada y su viejita esperándolo adormecida en la soledad ya acostumbrada. Un joven con traje gris, de formal aspecto y haciendo gala de su impronta, lo saluda afectuoso y lo devuelve a la vida cual elixir de la eternidad.

Cuando el viento mueve las añejas ramas de aquel árbol, los verdes decoran el universo vacío. Hay segundos eternos que hacen de la vida un hilo, hilo que se hace trama y se transforma en abrigo.

Tío Paco un día no volvió a sentarse en su puesto de aquella cuadra que lo esperaba, prefirió dormir el sueño eterno junto a su viejita, antes que pensar en nada. Y el universo quedó vacío y en aquel árbol sin hojas, quedaron sus ramas.

Pero el viento que sigue soplando, siempre encontrará un Tío Paco en alguna esquina o en alguna cuadra.

(Tercera hoja)

Sordomudo

El invierno jugaba sus últimas cartas aquella mañana. La soledad de las calles escondía los pájaros sin sueños. Rómulo, a contratiempo, sostenía un paso algo inestable y continuo. Sórdida soledad sin palabras en el aire.

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Cruza compañeros de trabajo y se apura para saludar a cada uno con un abrazo, a pesar de no tener tiempo y faltarle sentidos. Unas señas y deja sin palabras las sonrisas tibias de cada uno de aquellos rostros fríos. Cedió el paso a un automovilista en el instante que gratifica, sin paréntesis y en cuenta regresiva.

Muy de prisa, con una mueca preocupada, pidió disculpas por sólo estrechar la mano de su amigo el barrendero, sólo de pasada.

Cruza la plaza y llega al trabajo dejando huellas en todas las personas, pero el reloj biométrico no las reconoce. Tiene las excusas sin palabras para los oídos que no comprenden su falta.

Rómulo fichó tarde la entrada, en total silencio como siempre.

(Cuarta hoja)

Un secreto

Le tocó nacer en quien es al que hasta ayer no era.

Una pequeña parte de Dios se hace una y otra vez persona; sabe que ya estuvo antes pero no sabe qué es. Los sentidos determinan su tiempo. Mientras tanto odia, se excita, ama, destruye y crea.

Aflora en el arte su intención expresiva con voz sin viento, conteniendo una sinceridad innata para no develar parte de quién es, eludiendo con sagacidad una respuesta irracional.

Dejó el útero ayer y todos los culpables lo juzgan inocente.

A otro fragmento de Dios le ha tocado nacer. Aunque rompas el espejo no te encontrarás con él.

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(Quinta hoja)

El linyera y el gorrión

Una mañana oí de pasada el dolor en unas lágrimas. Entre harapos un hombre expresaba con un llanto un lamento tan natural como el agua que corre. Me rescataba de la inconsciencia colectiva.

Encunaba en sus manos tiernamente el ya sin vida cuerpo de un gorrión solitario. Lo había recogido en un vertedero urbano, ahí, donde asiduamente lo encuentra el hambre por las mañanas y lo ciega habitualmente la desesperanza tan humana.

Murmuraba en un quebradizo susurro “¡Por qué te han

tirado como basura!”, mientras cruzaba la calle sin

mirar. Tal vez nada importaba en su amargor.

Buscaba entre las sobras qué comer y se encontró a sí mismo sin alma.

Solitario en el vertedero, lejos de todo lo que creemos que es amor, aquella mañana se acunó un linyera en las manos de Dios.

(Sexta hoja)

Zapatos rojos

Deja una estela al caminar la dama de sus palpitantes deseos y patrona de sus respetos.

Mirada esquiva que todo lo ve sin mirar en un silencio que todos escuchan por aquella esquina al pasear.

La han cruzado cientos de veces por casualidad y en la mejor tarde de otoño, dudó en soltar unas palabras a aquella dama de zapatos rojos.

Justo, en la coincidencia del segundo, sus ojos verdes tensaron el mirar de sus pupilas dilatadas secas sin parpadear.

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Frente a la dama empuña una Rosa Friendly en capullo y ella un: “Es para mí”, afirmando tan segura dueña del momento, pluma de acero y señora, tierna arrogante. Estaba en las mañanas primaverales, justo en la mejor de las tardes de otoño, la razón ensordecía y el silencio se escuchaba casi eterno.

Continuó fría, intacta, inalterable: “Si el valor de mis

zapatos rojos dispones para mí en tu cartera, no aceptaría la flor aunque sincera fuera”.

Dejó caer desde sus manos la intención junto a la Rosa Friendly en capullo que cortó el aire rumbo a la acera. Yelina, al levantar la mirada, buscando el alma perdida en el verde infinito de aquella dama, solamente vio la estela seductora de aquel rojo caminar.

(Séptima hoja)

Niño payaso

Caminaba el niño payaso entre altos, gordos y vanidosos. Se cruzaba con intelectuales poetas frustrados y con amantes de la economía almorzando ironías en las mesas del bar de las desesperanzas.

Un niño payaso andaba suelto en la ciudad perdida. Le temían y no lo miraban. Solo lleva en su mochila un lápiz y algunas hojas de papel.

Su voz no se oía en las conciencias mezquinas. Sin fortuna a todos pedía su atención y alguien lo vio. Aquella persona le dio un billete como limosna, sin palabras, pidiendo nada a cambio.

El niño se sentó en la acera, tomando el lápiz y un papel de su mochila, le escribió con claridad:

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Al terminar de leerle las hojas el joven se había dormido nuevamente entre las historias. En su rostro el llanto mostraba su indulgencia a una sociedad que lo miraba incompasiva, rechazaba todo, demostrado en su abandono, porque hiere más el más dolido.

Un hombre joven como de quince años quedó ahí tirado, entre vivo y dormido, aquel que le concedió su deseo, se lo llevó en este cuento al infinito.

Un silencio se coló entre el joven y Carlos al concluir su historia. Jorge sentado más despierto que nunca, escuchó cada uno de sus relatos y le dijo:

—¡Qué dura es la vida! y a veces uno ni mira qué hay en este camino.

—A veces estamos dentro de nuestro mundo cuando deberíamos estar fuera disfrutándolo, le contestó Carlos.

***

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El miserable

***

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S

in duda era una particular mañana para Jorge, el encuentro con el anciano lo había sacado de su realidad; escuchó su historia en un pausado relato mientras lo acompañaba lentamente en su recorrido por la plaza al ritmo de un bastón que frenaba las agujas del tiempo.

Fueron por un desayuno a un bar muy cerca de aquella plaza donde Jorge sintió la necesidad de enmendar la respuesta indiferente que le había dado sobre el motivo por el cual durmió aquella noche lejos de su cama:

—Terminé la relación con mi novia y no podía contenerme por el veneno del odio y el sufrimiento. Debía salir de todos lados y me perdí de bar en bar sin encontrar la calma. Llegué a aquel banco de listones de madera justo antes de la madrugada, estaba rendido en el cansancio de haber agotado todas las respuestas y luego de no recordar más nada usted me despertó. Así se refirió al motivo, mientras observaba girar el café en un humeante agachando el rostro, con el pesar de un alma desamorada en una mirada entre la bronca y la tristeza.

Un silencio se coló montado en la penumbra que entraba en aquel bar. Carlos apoyó su bastón entre la mesa y el marco de la ventana, se acomodó para ponerse frente al muchacho con una postura más directa y luego de beber el primer sorbo de una lagrima le dijo:

—Voy a contarte algo que sucedió hace tiempo…

U

n hombre se dirigía invicto de contratiempos, formalmente de camino a la obligación cotidiana. Desde que dejó el sueño en la cama fueron puntuales los sucesos, algo así como el aburrimiento.

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Aunque el sol no estaba en el cielo, el día fanfarroneaba claridades bien perceptibles, acompañado por el silencio como un ángel mudo.

De repente se cruzó un ebrio con aspecto desordenado. Sin dudas aquella persona no había descansado en una cama, ni la noche anterior, ni la otra mañana.

Había sido blanca su camisa y su saco habría estado sin arrugas, alcohol antes de cada palabra desde su boca salía; tenía los ojos muy abiertos, pero nada veían. Era impaciente la mañana. Había perdido una parte del amor junto con las palabras para poder expresarlo y de su boca salió como un murmuro atropellado: “¡Estoy desahuciado, ayúdeme por amor de Dios!”.

Se definía antagónico de la realidad. No comprendía qué había pasado o no entendía por qué no comprendía.

Bien conocía lo ocurrido, pero recién él se daba cuenta. Tantos años de mucho resumidos en nada, sin duda eran nada, para él todo era; y reconoció que sólo hoy se confirmaba. Soltó ante el silencio de aquel extraño una reflexión que lo aturdía: “¡Tarde o temprano iba a ocurrir y se ha marchado!”.

Así de simple era el laberinto de sus lágrimas. Decía ser culpable de haberla hecho culpable; fue un verano enamorado y un invierno acompañado. Eran ellos cuando a él se referían y él le juraba a un desconocido que amaba a la que hoy desconocía.

El extraño quiso seguir a su trabajo como bien lo tenía planificado pero en dos pasos se le puso al frente el amor alcoholizado y disculpándose le pidió ayuda insistentemente ya con el ceño tensado: “¡Discúlpeme, estoy desahuciado, ayúdeme con algo!”.

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El extraño lo miró, tomó unas hojas que tenía separadas en su mochila, se las dio y se fue.

Con las hojas en la mano, apretadas a puño cerrado, el desconsuelo se transformó en odio y gritó a las espaldas del extraño: “¡He perdido todo y me das unas hojas escritas. Miserable!”.

Al día siguiente, el hombre que se había cruzado con aquel extraño, lo estaba esperando en el mismo lugar donde el día anterior con aquellas hojas lo había matado. No existía ira en sus ojos ni amargor en su labios. Le preguntó al cruzarlo por qué le había regalado esas hojas y escuchó de su voz: “Porque las escribió un miserable desahuciado”.

Olvidadas, junto a un wisky sin terminar, quedaron las hojas manchadas con lagrimas. Las mismas, enmarcadas y colgadas en un muro de un bar, hoy observan la melancolía de los solitarios.

Aquellos cuadros esto decían: (Primer cuadro)

Ubicuidad

El sueño que me invita a dejar todo lo que me cansa siempre me devuelve como ebrio en la puerta, despierto y confundido.

He pretendido volar cuando más pesado estaba, cuando liviano era no tenía los pies en la tierra.

Ha sido siempre igual, casualmente repetida la sensación al no besar los labios prohibidos.

En la silueta de las mil curvas el freno siempre está a mano, menos cuando despisto por la pasión, desenfrenado.

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(Segundo cuadro)

Evans y Charis

Se enamoró la musa del ingenio, salió la luna con el sol. Los ojos verdes de Charis, las manos fuertes de Evans todo son.

Ella, libre soledad que todo inspira. Él, un compromiso que todo logra. Pero un día la tomó de la mano y se apagó la sonrisa.

Él sintió la felicidad que el corazón acelera, ella sintió que él no sentía.

Se enamoró de Charis un hombre casado, un amor sin corresponder.

La libertad no se puede atrapar con una vida por perder.

(Tercer cuadro)

Desconocida

En el peor segundo del siglo se cruzó con la mirada más atenta, tan profunda que sintió estar detrás de aquellas pupilas perdiendo su individualidad. Fue el alivio de no sentir nada la clave que lo conquistó.

Seductora, apasionada y retenida. Ubica la actitud desubicada de su respiración excitada. No regalaba la sonrisa, siendo tan correcta de palabras que soltaba a la incorrecta distancia.

Él le pide el nombre de la muerte, ella juega ajedrez con almas. Él mirándola desde la agonía de su padre le ruega las palabras para despejar la última incertidumbre del casi extinto.

Aquella doctora con el veredicto, ante el final de un destino, prefiere engañar un espíritu que sincerar los hechos.

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atenta perdiendo su individualidad, tan profunda que sintió estar detrás de aquellas pupilas y se retiró de la sala diecisiete.

(Cuarto cuadro)

Correspondencia

Soltó la carta Leandro en el buzón y congeló los segundos.

Una respuesta en la próxima semana o sería un adiós. Europa se encontraría con su juventud enfundando un resignado corazón o bien, vería durante su vida la felicidad reflejada en unos ojos azules que brillaban más que el sol.

Pero el bolso A376L del correo desapareció sin razón. El cartero acongojado, una lluviosa mañana explicó al jefe el triste infortunio.

La carta no tuvo respuesta, ni sus letras llegaron a los ojos que brillaban de amor.

Pero el destino se manifestó al día siguiente de soltar aquella esperanza en el buzón, cuando al salir a la calle, una mirada brillante lo iluminó.

La respuesta sin pregunta llegó, porque nada impide al destino cuando quiere ser amor.

(Quinto cuadro)

Esperando el pasado

Fue minutos más que puntual la soledad que desbordó el tiempo.

Un solitario ensayaba las palabras conocidas y que nunca se habrían de escuchar. Era público que en su mundo desierto se ocultaba de sí mismo.

Desconsolado en aquella noche necesitó abrir los ojos y ver otra mentira, justo cuando había que cerrarlos

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apretando la última lágrima retenida.

En la vida, lejos del encuentro furtivo, ella caminaba de otra mano cada vez menos escondida.

(Sexto cuadro)

Bofetada

A velocidad estándar, aquella palma de la mano atravesó los hechos dejando detrás de su efímera trayectoria circunstanciales episodios que apasionaron a la dama. Expresión libre y espontánea provocando el antes y el después.

Luego del estallido de tal colisión las huellas de la ira dejaron un ardor a flor de piel, inventando aquella victoria escueta del violento acto y con firma de autor. Preferidas a las que se disfrazan de caricias y que duelen más en temas de amor.

Sin regresar el rostro dejó su perfil evitando su mirar porque dolieron más las lágrimas que no vio.

Nadie merece el desamor.

(Séptimo cuadro)

Acuaria

Se detuvo a pensar aquello que siempre guardó. Una resignada confusión esconde la contratapa de una vida. Reflejada en una ironía es otra persona en la historia que ha creado. Voluntariamente es feliz. Su innata sabiduría la despierta de la realidad.

En nuestros sueños dice ser Acuaria. Todos la conocen por fantasía.

Aquel hombre juntó los restos que sobrevivían de él y comprendiendo tan pocas palabras, que fueron suficientes

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para darle la espalda y marcharse, se perdió en la multitud sin gritar y con las manos llenas de nada.

Algo mas distendidos y mas cómodos por cierto en aquella mesa del bar Jorge escuchaba en total silencio al anciano, como quien escuchaba el primer cuento de su vida.

En aquel momento Carlos tenia un semblante alegre, lejos de lo dramático de la vejez, era como un libro tal vez. Y Jorge ante su mirada muy suelto le dice:

—Nunca en mi vida alguien me había sorprendido como usted, ¿acaso ha vivido el doble de sus años? He dejado el teléfono en el coche, con el que podía haberlo grabado, si el diez por ciento de memoria que tiene usted a mí me funcionara, me daría cuenta de todos los errores por los que he pasado.

—No te preocupes por lo que ha pasado, nada existe ahí, hasta lo que te he dicho se lo ha llevado. Disfruta el momento vivido, ahí es donde se quiere y se ama, y es tan efímero como el olvido, pero la voluntad de hacerlo se puede transformar en eterna. Y tus preocupaciones pueden así dar un giro.

***

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Alas del aire

***

En el instante que nuestra humanidad aflore existiremos en lo que llamamos eternidad.

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E

n aquel bar lleno de oficinistas, en su mayoría de formal estilo con celulares en mano, en la mitad de la mañana, Jorge y el anciano conversaban abstraídos del entorno.

A cuatro mesas de distancia, del lado opuesto, una dama de cabello castaño, falda y saco color morado le habla con la mirada mas al joven que al anciano.

Carlos con una pícara sonrisa de antaño, le daba un consejo a Jorge:

—Escuchame muchacho, no quieras entender el pasado, si no pones el corazón en el presente haces de tus actos un pecado. Escuchame, ¿has oído hablar de las Alas del aire?

Jorge ya había olvidado tantas cosas hasta ese momento, que realmente no sabía si había escuchado o no hablar de aquello, pero oírlo de aquel anciano hasta su nombre sin duda sería interesante, pensó. Fue cuando le preguntó con su primera sonrisa de la mañana:

—Por cierto, ¿cuál es su nombre?

—Yo no me he interesado por cómo te llamas y sin embargo no me hizo falta para conocerte. Invéntame un nombre que sin duda estaré de acuerdo. Le contestó Carlos, con una sonrisa postiza.

Luego de reír un rato y pedir otra ronda de café, ya dejando las lágrimas en pocillo doble, Carlos pasó a contarle sobre las “Alas del aire”, diciéndole previamente:

—Mira muchacho, esto que te voy a contar no lo entienden demasiadas personas, solamente las justas.

Movió el pocillo de enfrente suyo y apoyando los codos en la mesa, gesticulando con las manos antes de la primera palabra como un mago antes de su destreza, acomodó sus recuerdos y comenzó a contarle:

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A

quella vez, justo como siempre, un hombre pasaba caminando hacia algún lugar.

Puntual el ortodoxo. Llevaba zapatos Oxford acordonados de cuero negro, recientemente lustrados. Pantalón gris con marcados pliegues, prolijamente planchados, camisa blanca, corbata y el saco que acompañaba su elegante sonrisa.

Conducía su apuro a paso rápido, dejando por todos lados lo que no le importaba.

Una mano en el bolsillo, la otra lo mataba con un cigarrillo, la colilla no llegaba a un centímetro y con un toque la quitaba, como un punto y aparte en pensamientos sin alma.

Iba por la calle que no le preocupaba. Palomas torcazas tan urbana como el cemento, remontaban vuelo atrayendo su mirada. Fue cuando vio caer unas hojas de papel de una de las ventanas entre abiertas y cerradas.

Caían aquellas hojas pero no como siempre, caían bailando aprovechando el espacio, caían lento y rápido, unas de otras no se alejaban.

No podía contarlas, detuvo su marcha para ver dónde llegaban. Las blancas alas del aire aleteaban en libertad. Huérfanas de sombras volaban livianas como una conciencia tranquila.

No caían como las hojas de los árboles que secas se sueltan de la mano, siguiendo el último otoño de su vida.

No caían como una fruta madura para viajar en la vida de sus semillas. Ni siquiera caían como un plumón olvidado en la cornisa, que intenta llegar al suelo esquivando el aire

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que lo sostiene.

Aquel hombre no podía dejarlas caer sobre las peatonal mojada por la lluvia. -Debian ser leídas- pensó, no por curioso, sino porque vienen frente a él cabalgando en una casualidad tan visible.

Aceleró el paso rebasando su apuro en la corrida, a metros de sus manos debía salvarles la vida. Se las arrebata un viento que lo ataca a traición, agarra las primeras suavemente con amor, las otras apasionadas como un amante.

En sus manos ya acogía las huellas de una inspiración que alguien liberó a su suerte. Eran parte de su destino.

Caminó hacia algún lugar, justo aquella vez como siempre lo hacía y al leer lo que contenía en ellas encontró lo siguiente:

(Primer hoja)

Entendimiento

Qué suerte la mía saber el gusto de su boca, saber cuándo duerme y conocer su respirar cuando me toca.

Pero no todo transcurre en la excitación de mis sentidos, muchas cosas hermosas pasan sin mí.

Ausente estoy en tu sonrisa aunque el recuerdo escondido que traje te haga cosquillas.

El testimonio verídico, público, legal bajo juramento y comprometido es el silencio a flor de piel que viste nuestra desnudez.

(Segunda hoja)

El sol

Con sus últimas fuerzas el sol intentaba sostenerse de los bordes curvos de un planeta inquieto. La luna era testigo

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del instante y no cómplice del infortunio.

El agónico día aún no oía su réquiem y el colosal astro pierde azules, desangrándose en rojos, naranjas y amarillos.

Cuando el silencio se hace otra clase de ruido, quien reinaba en el día ya no dejaba huellas en el camino. En la nocturnal quietud del olvido el universo fecundó con estrellas el horizonte y en un instante el inmortal abrió los ojos a los colores de quienes lo habían conocido.

Nuevamente reinó sobre todo. Era bendición y castigo. Pero nunca sus fuerzas lo sostendrán de los bordes curvos de su destino.

(Tercer hoja)

Ignacio

Ignacio muy temprano, como todos los días, estaba en la parada del autobús pronto a viajar a su trabajo cuando se dio cuenta que todo había sucedido, la mujer de la panadería terminaba de cargar la mercadería para el reparto, la empleada de limpieza barriendo la entrada del edificio, el linyera durmiendo en el frente del comercio, un hombre en bicicleta y el autobús llegando.

Al subir tomó asiento y al mirar por la ventanilla vio a la mujer de la panadería cuando terminaba de cargar la mercadería para el reparto, a la empleada de limpieza barriendo la entrada del edificio, al linyera durmiendo en el frente del comercio, a un hombre en bicicleta y el autobús llegando.

Subió, tomó asiento y al mirar por la ventanilla dio cuenta que todo había sucedido.

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Ignacio, muy temprano, como todos los días estaba en la parada del autobús, pronto a viajar a su trabajo, algo le resultaba familiar al ver la mujer de la panadería.

(Cuarta hoja)

El amigo

David quería entender por qué un amigo decía no serlo. Una mañana mirando su reflejo en el lago se dijo:

—Desde de que naciste te llamaron David, y así de cierto es.

Quería despejar su pesadumbre y fue ante quien lo bautizó para preguntarle:

—Mi amigo dice no serlo, ¿cómo debería llamarlo si no es enemigo tampoco, ni desconocido es aquel?

El hombre lo miró a David y le dijo:

—Te nombré David para individualizarte y extraerte de la generalidad, eres tu amigo, tu enemigo y aquel desconocido también, pero muy pocos los saben, por eso te puse David para que así te reconozcan.

Si tu amigo dice no serlo, no te preocupes, tu tampoco eres David.

(Quinta hoja)

El salto de la ballena

Un largo camino cargando vida para dar a luz otro destino.

Un ballenato estrena su espiráculo en la primera bocanada de aire para comenzar otra historia.

De aquí para allá, en la turbulencia de su madre entre sueños, ya aprendió a nadar.

Y es el día, se sumerge y se impulsa recto ascendente, frente a ella la muralla límite de su hábitat, velocidad y

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empuje, ahí va.

Su primer salto en libertad.

(Sexta hoja)

Atrapado

Un hombre de la ciudad de Boston, asfixiado por el estrés, decidió alejarse de la prisión y la rutina.

Tomó unos días de vacaciones y viajó a Sudamérica para disfrutar de su naturaleza.

Entre los distintos lugares que recorrió quedó atrapado en la belleza de unas cascadas.

Al regresar de su viaje fue a trabajar como habitualmente lo hacía, era un hombre más, sin el alma en su lugar, lejos.

(Séptima hoja)

Inquietante

Gis caminaba sin sentido, sólo era uno. Sin haber nacido ni la muerte lo esperaba. Un día se topó con Min y su simpleza lo completó.

Min no podía quitárselo de la cabeza, su complejidad lo atraía. Funcionaron siempre, el plan para ellos era perfecto y lo prosiguieron infinitos resultados.

Claro que a los veinticuatro era todo simple, natural como lo difícil a los treinta y siete. Se repitieron siempre distintos.

Ella se divide fácilmente para definirse y cumplir, a él le basta con sumarse a ella para ser más de lo que era. Comenzaron siendo uno y dos.

Tú ¿en qué número estás?

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diez cuadras de su oficina, seguía leyendo y volaba en aquellas hojas caídas. No llegaba nuca al suelo, nunca llegó donde iba. Partió rumbo a donde debía y se perdió en la mañana entre letras con vida. Nunca supo de donde partieron, él si donde llegaron aquellas hojas perdidas.

Exultante Jorge y con aplausos agradecía a Carlos aquel cuento.

—¡Bravo, bravo, hombre viejo, vos si que sabes contar historias! Es como si me hubieras quitado las sombras, volviste a darme ganas de hacer las cosas que más me gustan en esta vida, con tan solo ser atento y contarme estos cuentos. Si bien no me has quitado los problemas, me liberaste del sufrimiento. —Dímelo a mí, que alguna vez también me sirvieron, respondió el viejo.

***

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La paz del viajero

***

Llega siempre el momento en el que se ama y no se siente. Es el regreso.

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L

e preguntó Jorge al anciano cómo recordaba tantas cosas, expresándole admiración por su memoria y disposición para compartirla. Carlos le respondió que él no hacía nada por recordarlas, que sentía ser un viajero en la vida y las huella que quedan al transitar estos viajes se hacen parte de nosotros y como olvidarnos de nosotros no podemos, salvo que abandonemos nuestros cuerpos, recordar no se hace una acción, es simplemente relatar lo vivido.

Jorge le salió al cruce rápidamente, con toda simpatía y con algo de exigencia, interpelándole informalmente:

—¡Seguro tienes alguna historia para contarme al respecto! ¿O me equivoco?

Carlos, mirando hacia afuera como escapando del sitio le dijo: —Así es muchacho, hace un largo tiempo cuando iba rumbo a las ruinas de Quilmes en la provincia de Tucumán pasaba por el Abra del Infiernillo y me llamó la atención un niño con un rebaño, detuve la marcha para que crucen la ruta y me estacioné. Había algo en su mirada que me llamaba la atención, me saludó y sentí la necesidad de obsequiarle algo, algo que lo acompañe en aquella inmensa soledad. Pero no traía nada conmigo, más que mi libreta, arranqué unas hojas que en su reverso estaban en blanco y junto a mi lápiz se los obsequié. Por el retrovisor, al ver al niño alejarse, me sentí en paz. Siempre lo vuelvo a encontrar en el cuento “La paz del viajero”. Te lo voy a contar aunque no me lo pidas.

U

n niño solitario caminaba en el abra; en las profundas pendientes las rocas dormidas parecían sostenidas por el viento que escapaba de la cordillera. Las últimas estrellas

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se marchaban diluyéndose en un cielo falto de nubes junto con el claro oscuro que todo lo envolvía hacia el poniente. Sandalias, pantalón y algo así como una camisa vestía. Llevaba colgada una pequeña cartera tejida, muy colorida, con una cuerda entrelazada que lo cruzaba.

Sujetaba un puñado de hojas que había dibujado inventando un obsequio. Con firmeza en su mano las apretaba, pero no con la fuerza que retiene, sino con la que guarda.

Bajo un chullo color tierra asomaba su cabello negro, desde sus ojos asomaba su alma.

Sus huellas silenciosas eran el sendero que despertaban a los pajaritos entre espinosas ramas y cuando el sol entraba por la cumbre, bajando lentamente en el abra, sus mejillas redondeadas, curtidas por el frio, atraían la luz para iluminar aquella ternura solitaria.

Sus hojas fueron el regalo de un extraño, junto con el lápiz que guardaba en su cartera.

—Dibujá lo que quieras, que yo te acompañaré en ellas, le dijo el viajero aquel, riéndole con magia.

El changuito había dejado el rebaño por la tarde y aquella mañana volvía bajando la picada; cruzó la ruta empedrada hacia la escuela, donde su maestra Lucía lo esperaba en aquel inmenso silencio.

A lo lejos, en un foráneo palo erguido, una bandera con esos colores que al niño tanto le gustaban, lo observaba bajar como el sol en la pendiente esquivando rocas al alba. Para él era un pedazo de cielo atrapado en una tela que con el viento bailaba.

El humo de la cocina y el olor a pan horneado ponían prisa en su marcha, dos mulas en la puerta algo dormidas, algo cansadas y cachilo que lo recibe, ladrando de alegría como

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otras tantas mañanas.

Corrió el niño a los brazos de su maestra y le regaló un puñado de alegrías en hojas dibujadas.

Emocionada Lucia, en el reverso de los dibujos lo siguiente leyó:

(Primer dibujo)

Vínculo

Nada está perdido, nada lo está, me encontrarás entre todas mis letras. No soy lo que imaginas, no lo soy, te amo porque no odio con todo mi ser. Búscame aunque esté acá;

porque falta que leas mi pasión, ¡pero búscame por Dios!

Recoge las últimas cenizas de mí para ponerlas en los próximos cuentos; te hablaré desde donde esté y sí te hablaré.

(Segundo dibujo)

Encantada

Desde una laguna al pie del cerro, de la que todos hablaban, una verde ranita decía:

—¡Nadie tiene respeto por mi alma!, ¡ay alma mía!, ¿por qué nadie tiene respeto por mi alma?, ¡mi alma querida! Quien pasaba cerca, al oír, se aproximó y al verla le dijo: —¡Yo sí respeto tu alma!

Aquella luciérnaga con un beso intentó romper el hechizo para liberar el alma encerraba en la rana.

Luciérnaga a la carta fue la cena, en una noche

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encantada.

(Tercer dibujo)

Su hija

Solitario y vencido por sus victorias, un amante perdió el corazón que no sangra en la última batalla.

Una celestial propuesta de amor se oyó en el viento cuando el trueno trajo sabiduría al amor en un natural invento, su hija.

(Cuarto dibujo)

Dragones

Empezaba su día como otros dragones. Con sólo respirar el pecho le ardía. Salió de la cueva pisando flores y abrió las alas para enfrentar el destino.

Pero quién le teme espera agazapado, empuñando el fin de su dolorosa existencia. Su redentor una caricia le acertó y dio muerte a la furia natural de su día.

Se detuvo el tiempo al fin, una lágrima estalló el cristal de los ojos sin piedad.

Cuenta la historia que los dragones buscan corazones valientes para renacer en almas de mujer con sangre en las venas.

(Quinto dibujo)

Mi cuento

Había una “vez” escondida en la imaginación de un niño. Un lobo feroz la buscó en el bosque y una princesa la buscó por todo el castillo.

La luna daba vueltas y vueltas sin poder hallarla, hasta el sol iluminaba todo y aun así no la encontraba.

Muy bien escondida, tan despreocupada y tranquila estaba, que una tarde se deslizó por un bolígrafo y sin querer se hizo tinta dejando al niño donde feliz vivía.

(43)

Lejos de su hogar creyó estar perdida, pero se hizo otra “vez” en los cuentos del niño que ya escribía.

Nuevamente está donde pertenecía.

Al terminar Lucia de leer todos los reversos de los dibujos le dijo:

—¡Qué hermosos dibujos me has regalado!, ¿quién te los ha escrito en el reverso?

—Fue el hombre que me regaló las hojas y este lindo lápiz que tengo.

—¿Y dónde esta es buen hombre que te ha hecho este obsequio?

—En cada uno de los cuentos que te he dado.

Al terminar el relato, se levantó Jorge y le dio un abrazo, lo abrazó cerca del corazón, lejos de quien había sido.

—¿Por qué lloras muchacho? le preguntó Carlos. —Es que estoy muy contento de haberlo conocido.

—Pensé que te había pisado con el bastón, ¡gracias a Dios que no te he hecho daño! Por cierto, qué suerte que te he curado de tu tristeza y hasta una lágrima me gané de tu alegría.

Los abordó el medio día a aquellos dos distraídos, Carlos le pidió disculpas a Jorge y que lo excuse, debía retirarse a almorzar, él nunca hace a nadie esperar.

—Hasta la muerte tiene su turno, bien sabe ella cuándo tendrá que llegar, riendo como un niño hacia reír a todos los que escuchaban en aquel bar.

El joven no menos que agradecido por tal experiencia y luego de despedirlo con un abrazo lo acompañó hasta la puerta de su

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edificio.

Jorge comprendió que con sólo prestar atención al prójimo podría lograr cambiar la peor situación de un necesitado, su sufrimiento. Entendió que la indiferencia de la sociedad, establecida como bandera para preservar la posición con el entorno, no hacía más que encerrar al vacío a las personas, mientras consumen lentamente el último centímetro cúbico de su oxígeno.

Aprovechó el horario y fue rápidamente a presentarse a su trabajo, a pesar de que llegaría con tardanza al turno de la tarde. Al recibirlo su jefe, lo mira con esa mirada que jefe lo demuestra y le dice por su tardanza:

—A ver, ¿con qué historia me venís hoy?

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El recorrido

C

omo los cansados días voy sangrando mi fortuna, ni un duro en el agujero de mi bolsillo, ni un momento para otro egoísmo. Como los dados de Claudio que rebotaban en el tablero al azar, mis pasos en la ciudad iban a tal suerte, pero sin uno ni seis al frente.

Me salvan del acoso de mi sombra los reflejos que atrapan mis pupilas derramadas y cansadas.

Acepto las realidades para salir empatado, certificado por el árbitro oscuro que pita el final del desencuentro moral.

Pasa así todo por todos lados, pero al dormir mi día, un ángel lame las heridas de mi costado.

El sueño que me invita a dejar todo lo que me cansa siempre me devuelve como ebrio en la puerta, despierto y confundido. He pretendido volar cuando más pesado estaba, cuando liviano era no tenía los pies en la tierra.

Ha sido siempre igual, casualmente repetida la sensación al no besar los labios prohibidos.

En la silueta de las mil curvas el freno siempre está a mano, menos cuando despisto por la pasión, desenfrenado.

Qué suerte la mía saber el gusto de su boca, saber cuándo duerme y conocer su respirar cuando me toca.

Pero no todo transcurre en la excitación de mis sentidos, muchas cosas hermosas pasan sin mí.

Ausente estoy en tu sonrisa aunque el recuerdo escondido que traje te haga cosquillas.

El testimonio verídico, público, legal bajo juramento y comprometido es el silencio a flor de piel que viste nuestra

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desnudez.

Nada está perdido, nada lo está, me encontrarás entre todas mis letras.

No soy lo que imaginas, no lo soy, te amo porque no odio con todo mi ser.

Búscame aunque esté acá, porque falta que leas mi pasión, ¡pero búscame por Dios!

Recoge las últimas cenizas de mí para ponerlas en los próximos cuentos, te hablaré desde donde esté y sí te hablaré.

Aristides Ulises Palacios

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