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Pendencia por una olla

Estaba la condesa D'Aulnoy en una posada cuando, después de hablar con un arzobispo, entre otras cosas le dijo que en la posada donde residía se comía muy mal:

"Al retirarse el señor Arzobispo, me rogó que le permitiera enviarme su olla, que ya estaba preparada, porque sin duda mi cena sería peor, y algo iría yo ganando. Le dije, al darle las gracias, que la misma razón me obligaba a rechazar el ofrecimiento, pues yo no podía consentir que cenara él peor que nosotros.

"Poco después, don Federico de Cardona, que había salido a enterarse de cómo andaban las cosas, entró cargado con un gran puchero de plata, cuya tapadera estaba cerrada con llave, como en España se acostumbra. Fue a pedir la llave al cocinero, y éste, que sin duda no quiso repartir entre todos la comida de su amo, le respondió que la había perdido y no sabía dónde buscarla. Don Federico, irritado, quiso, a pesar mío, quejarse al Arzobispo, amenazó al cocinero, y tuvo con él una escena desagradable, que desde mi cuarto pude oír. Chocóme, sobre todo, la respuesta del cocinero, que decía. No puedo sufrir querella, porque soy cristiano viejo tan hidalgo como el Rey y un poco más."

"Así hablan los españoles cuando se consideran obligados a defender su orgullo; pero aquel cocinero no sólo era jactancioso y blasonador, sino terco también y obstinado, y por mucho que se le dijera, estaba resuelto a no entregar la llave, de modo que allí quedó la olla sin que pudiéramos probarla."

Anécdotas musicales (III)

Los muchachos y muchachas que escogen la música como vocación de su vida no pueden permitirse el lujo de ser holgazanes, ni aun antes de cumplir los seis años.

La música es una ocupación que empieza en los años juveniles y, aunque hay muy pocos poetas, pintores u hombres de ciencia que hayan realizado obras maestras antes de los veinticinco años, apenas si se encuentra un músico notable que no haya producido obras importantes antes de llegar a esa edad.

—Escribía como un diablo, en aquellos días —dijo una vez Haendel hablando de sus años mozos. Y era verdad: entre los diez y los trece años de edad, compuso más de cien obras religiosas, y a los veinte años, tenía en su haber las representaciones públicas de tres óperas.

La mitad de las obras de Mozart fueron compuestas antes de cumplir los veintiún años; Beethoven era director de ópera a los dieciocho; y Schubert escribió dos sinfonías, tres óperas, gran cantidad de música de cámara, obras religiosas y ciento cuarenta y seis canciones a los dieciocho años.

diecisiete años; a los nueve Meyerbeer gozaba de fama de virtuoso del piano y el padre de Bellini decía repetidamente que su pequeño Vincenzo había estado escribiendo música mucho antes de la edad en que Mozart había aprendido el Padrenuestro.

A los nueve años, Liszt dio su primer concierto; y a los doce se estrenó su ópera Don Sancho en París. Cuando Hermann Levi dirigió la primera sinfonía de Ricardo Strauss, éste acababa de cumplir los diecisiete.

Todo esto constituye un récord espléndido y deslumbrante, pero la otra cara de la medalla es horrible. A la edad en que Shakespeare escribió el Hamlet, Schubert hacía ya cinco años que descansaba en su tumba; cuando Leonardo da Vinci empezó a trabajar en La última cena, se encontraba en una edad en que Mozart hacía más de siete años que estaba muerto; y Beethoven había sido enterrado quince años antes de cumplir la edad que contaba Galileo Galilei cuando concluyó sus Dialoghi delle nuove scienze.

Parece una necesidad física que los chicos con talento musical descubran su arte a una edad extremadamente tierna. Habiendo encontrado el objetivo de su vida, tienen que aprender un oficio rudo y exigente y deben lanzarse sin titubeos a la conquista del mundo. Para alcanzar el éxito, estas tres circunstancias deben producirse pronto y en sucesión rápida e ininterrumpida.

En 1851 se cometió un terrible crimen en la provincia italiana de Calabria. Un cómico de la legua había sorprendido a su mujer con un amante y aquella misma noche, durante la representación y a la vista del público, mató a la infeliz mujer a puñaladas. Después de un juicio sensacional, durante el cual el asesino interrumpió al Tribunal gritando en tono desafiante: "¡No me arrepiento! ¡Volvería a hacerlo!", fue sentenciado a treinta años de reclusión. El presidente del Tribunal era uno de los jueces de mayor reputación en Italia, el señor Vincenzo Leoncavallo. Aquella noche el magistrado habló con su mujer e hijos, durante la cena, sobre el aspecto humano del caso, sobre el pobre marido traicionado, quien, cegado por una fuerza invisible, mató a su mujer, que constituía el único tesoro que poseía en el mundo.

Un hijo del magistrado, Ruggiero, de siete años de edad, no podía comprender aquello de que estaban hablando los mayores, pero escuchaba atentamente y con la respiración contenida y, la simiente de una gran obra maestra musical fue así sembrada en su joven corazón.

Chaikovski tenía seis años cuando una noche, después que se le hubo permitido escuchar una sesión de música, su institutriz entró en su cuarto encontrándole en una violenta crisis de llanto. "¡La música! —gemía y se lamentaba—, ¡la música! La tengo en la cabeza. No me dejará descansar. ¡Por caridad, libradme de ella!"

George Gershwin, a los seis años, permaneció cuatro horas descalzo frente a un parque de atracciones. Con los ojos desmesuradamente abiertos, escuchaba una y otra vez el retintín de una pianola que tocaba la Melodía en fa mayor de Rubinstein.

Edward Elgar, a la edad de diez años, yacía, soñando, sobre la hierba, junto al río. Había dibujado cinco líneas paralelas sobre un pedazo de papel. Todos sus nervios estaban en tensión; estaba intentando transcribir la canción que el viento hacía cantar a los juncos.

Un buen día, la época de las lágrimas y del soñar despierto, el tiempo de la pura y auténtica devoción musical, toca a su fin y el adolescente se encuentra cara a cara con los fundamentos de la técnica. A veces tiene suerte, como la tuvo Schubert, y encuentra un maestro que, reconociendo el genio del muchacho después de pocas lecciones, dice: "No puedo enseñarle nada. Todo lo ha aprendido ya de Nuestro Señor." O puede tener la fortuna de que gozó Brahms, encontrando un tutor que le admiraba, quien, cuando se enteró de la muerte de Mendelssohn, exclamó: "Ha desaparecido un gran maestro, pero Brahms, que tiene ahora catorce años, se convertirá en uno más grande todavía."