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El peronismo como identidad política y el marxismo como método

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Capítulo 3. De Cuba a Garín: grupos, estrategias y debates en la formación de las

4.2 Convergencias entre marxismo, nación y peronismo

4.2.1 El peronismo como identidad política y el marxismo como método

159 “Los de Garín” fue publicado nuevamente en 1973 por Militancia (nº 3, pp. 37-49) dado que según la revista era “considerado uno de los documentos políticos revolucionarios más importantes emanados del peronismo”. Las “13 preguntas” aparecieron en Nuevo Hombre y también en un boletín de las FAR, donde se especifica que el reportaje fue realizado por la “Brigada Masetti” de las FAL (FAR, 1971f). Por su parte, “Nuestra respuesta…” formó parte de un cuadernillo de las FAR que fue reproducido por Militancia en 1973. Citaremos las “13 preguntas” y “Nuestra respuesta…” de las revistas mencionadas dado que actualmente tienen mayor circulación y allí sus páginas están numeradas.

“Nuestro pueblo no es tanto un pueblo hambreado, como un pueblo ofendido. (…) Y lo cierto es que lo que genera conciencia no es sólo la miseria, sino la comprensión de que esa miseria es una injusticia. Esa es, quizás, la contribución más importante que la experiencia peronista ha dado a nuestro pueblo: la posibilidad de comparar, de cotejar, de desmentir. La posibilidad de hacer de la explotación una historia (…). Allí está quizá la clave de la interpretación del fenómeno peronista.” (FAR,

1971d: 68)

La convergencia entre marxismo y peronismo planteada por las FAR requirió dos operaciones simultáneas. Por un lado, delimitar el modo preciso en que debían entenderse ambos términos, situándolos en dimensiones diferentes y otorgándole a cada uno de ellos un rol determinado. Y, al mismo tiempo, hacerlo de una forma en que su conjunción resultara posible y también necesaria en virtud del objetivo político por el que luchaba la organización: el socialismo.

La clave de dicha convergencia fue la consideración del marxismo como herramienta de análisis de la realidad nacional y la reivindicación del peronismo como identidad política de los trabajadores.

De ese modo, el marxismo fue negado como “bandera política universal” y situado exclusivamente -restringido, según la óptica de las organizaciones de la izquierda no peronista- en el lugar de la teoría. Una teoría que, en la concepción de las FAR, resultaba un instrumento indispensable para incidir en la realidad de modo revolucionario. Por su parte, el peronismo fue situado en el ámbito de la “experiencia”, allí donde se encontraban los elementos de la conciencia obrera con mayores potencialidades de ser revolucionados, tanto mediante la teoría como a través de la lucha misma. Esa construcción -la configuración resultante de toda selección lo es- también implicaba una valoración restringida del peronismo considerado en su conjunto. Lo cual, no sólo fue explicitado por la organización, sino que constituyó la base de sus disputas con otros sectores del movimiento.

Ahora bien, si tal convergencia reclama la pregunta por los significados de aquel “peronismo del pueblo” con que se identificaron las FAR, también requiere una aproximación al tipo de marxismo con el cual se filiaron. Puesto que, en buena medida, fue desde esos lentes que se construyó el rescate de aquella experiencia histórica.

Si bien volveremos sobre el tema al abordar la polémica con el ERP, apuntaremos aquí algunas cuestiones. En principio, las FAR negaban que el marxismo definiera su identidad política. Y ello porque, como señalamos, rechazaban que aquel constituyera una “bandera política universal” o, según la expresión que ya aparece en su primer documento público, que pudiera utilizarse como “camiseta política” (1971a). Desde su visión, el marxismo era

un instrumento teórico de enorme rigor científico para interpretar la realidad. En ese sentido, parafraseando a Guevara, afirmaban que en ciencia social eran marxistas así como en física se definían como einstenianos. Al mismo tiempo, y dado el peso que le otorgaban a la teoría, sostenían que no era posible diseñar una estrategia revolucionaria sin el marxismo-leninismo, puesto que ello requería del conocimiento científico de la realidad social. Lo que reclamaban era el abandono de las fidelidades de tipo dogmático, puesto que si el marxismo era una ciencia lo único que se podía hacer con él era desarrollarlo. En realidad, de lo que se trataba era de rescatar un método de análisis para analizar experiencias y formaciones sociales concretas (1971d: 62-63, 1971e: 4). Convertir al marxismo en “bandera política universal” era justamente lo que había llevado a contraponerlo con la experiencia política de pueblos enteros. Mientras tanto, desde su perspectiva, la aplicación del marxismo-leninismo era a “la experiencia política revolucionaria” del pueblo “lo que la aplicación de las armas o de los medios técnicos al combate. Es un instrumento, no el combate mismo” (1971d: 66).

Tales consideraciones, así como el concepto mismo de “formación social”, recurrente en sus escritos y utilizado por Marx para analizar una totalidad social concreta e históricamente determinada160, muestran ya que se trataba de un marxismo especialmente

sensible a la “cuestión nacional”.

Sin dudas, el intento de convergencia entre marxismo, nacionalismo y peronismo no era nuevo y podía filiarse con una tradición que iba desde Hernández Arregui hasta Puiggrós y el propio Cooke. En términos de influencias, tanto algunos textos (Kohan, 2000a; Redondo, 2005; Celentano, 2007) como las entrevistas realizadas, también destacan el peso del estructuralismo francés en el pensamiento de Olmedo, especialmente de Althusser. Los testimonios van más allá, afirmando que habría tomado clases con el filósofo en Francia y que antes de su muerte preparaba junto a Juan Pablo Maestre un diccionario sobre Poulantzas para facilitar su acceso a la militancia161. Retomaremos las

influencias señaladas al tratar el tema de la cuestión nacional, el marxismo como ciencia y el concepto de ideología como tópicos centrales en su debate con el ERP. En cualquier caso, como veremos a continuación, se trataba también de un tipo de marxismo particularmente sensible al tema de la “experiencia” para pensar la clase obrera.

160 Con ello se alude tanto a la articulación de todas sus “instancias” como a la posibilidad de que allí se conjugaran elementos de uno o más modos de producción.

161 Para entonces, ya se había publicado en español Clases sociales y poder político en el estado capitalista (1969), una de las obras más conocidas del discípulo de Althusser.

El “peronismo del pueblo”

Considerado en su conjunto y desde el punto de vista de su composición de clases, para las FAR el peronismo era un movimiento policlasista. Sin embargo, sostenían que tal constatación no debía conllevar el equívoco de calificarlo como un “movimiento nacional- burgués”. Y ello no sólo por su carácter mayoritariamente obrero, sino por el significado político que tenía para los trabajadores. En ese sentido, analizar aquello que las FAR denominaban “peronismo del pueblo” -o también “peronismo proletario” (Olmedo, 1970)-, requiere prestar atención a dos cuestiones. La importancia que le atribuían a la experiencia política como elemento constitutivo de la clase obrera más allá de su ubicación en el proceso productivo, y el tipo de valoración que, desde esa perspectiva, realizaban del fenómeno peronista.

Para la organización, el 17 de octubre de 1945 era aquella coyuntura histórica en que la clase obrera argentina se había constituido en una “fuerza social”. Es decir, aquel momento en que, más allá de su existencia objetiva en la estructura económica, se había hecho sentir en la lucha por el poder político, irrumpiendo masiva y violentamente en la escena pública para defender un líder y un programa en que sentía representados sus intereses.

Consideraban que por entonces los trabajadores se habían convertido en el eje articulador de diversos sectores de clase que, por distintas razones, también se oponían a los intereses de la oligarquía y el imperialismo. Entre ellos, la burguesía nacional. Sólo esa acumulación fuerzas e intereses heterogéneos le había permitido al peronismo, en una coyuntura mundial muy específica, enfrentar con éxito al bloque oligárquico respaldado por el capital monopolista norteamericano. En ese sentido, y en términos no tan distintos de los afirmados por Olmedo años atrás (1968), sostenían que el gobierno peronista había llevado adelante un programa antiimperialista, antioligárquico y nacional- popular -se añadía ahora-. (FAR, 1971d: 67; [1971] 1973a: 43).

A su vez, las FAR planteaban que el poder de una clase consistía en su capacidad para realizar sus intereses específicos en una coyuntura concreta y determinada. Y que en la confrontación con el frente oligárquico-imperialista que había tenido lugar en 1945, la capacidad del proletariado para realizarlos no podía definirse todavía con independencia del poder de las clases dominantes para llevar a cabo los suyos. Por eso afirmaban que si bien el peronismo había expresado los intereses de un conjunto heterogéneo de clases y sectores sociales, no había dejado por ello de constituir la manifestación más avanzada posible del poder real con contaban los trabajadores en aquella coyuntura histórica.

Desde su visión, durante el gobierno peronista los trabajadores habían tomado conciencia de su fuerza, de sus derechos y su dignidad, una experiencia que habían visto bruscamente interrumpida tras el golpe militar de 1955. A partir de entonces, sus luchas habían sido de una enorme riqueza, asumiendo las más diversas formas de manifestación. Desde aquellas directamente vinculadas al conflicto de clases, centradas en lo económico y corporativo, hasta la plena comprensión de que sus reivindicaciones sólo podrían alcanzarse mediante el control del Estado. Y ello porque se trataba de un pueblo desalojado violentamente del poder. Un poder que había sido jaqueado por sus propias limitaciones y contradicciones internas -enfatizaban-, pero que de algún modo había expresado los intereses populares. Por eso, uno de los aportes fundamentales de la experiencia peronista era la progresiva superación de lo corporativo por lo político, el hecho de que la clase obrera ya no concibiera las luchas reivindicativas despojadas de su significación política. En ese sentido, afirmaban que desde la perspectiva de los trabajadores toda la historia del peronismo podía resumirse con la conocida frase de Lenin: “todo es ilusión, menos el poder”. Aquellos habían aprendido a aspirar a ese poder como peronistas y era por eso que les temían las clases dominantes. (1971d: 66 y 1971e: 3-4).

De hecho, según la organización, los motivos de la persistencia del peronismo no debían buscarse en una dimensión centralmente material o económica: el pueblo argentino no era tanto “un pueblo hambreado, como un pueblo ofendido”. Y como se ve en el epígrafe de este apartado, desde la perspectiva de las FAR lo que generaba conciencia no era sólo la miseria sino la comprensión de que esa miseria constituía una injusticia. Por eso, la principal clave de la interpretación del fenómeno peronista consistía en comprender que aquel le había brindado al pueblo “la posibilidad de comparar, de cotejar y de desmentir”. Y, con ello, la posibilidad de percibir que la explotación era un fenómeno histórico ligado a intereses concretos y, por tanto, susceptible de ser trasformado162. Era en esa experiencia

162 Como nota al margen, puede realizarse aquí un breve paralelismo entre aquello que para las FAR constituía “la clave de la interpretación del fenómeno peronista” -cuya búsqueda, según Altamirano (2001a) signaba a la cultura política de izquierda desde 1955- y las derivas sobre el tema en el campo académico. Sobre todo considerando que, como hemos mostrado a través de sus itinerarios previos, estos militantes no eran ajenos a los debates intelectuales que se daban dentro y fuera de las aulas universitarias. Sin dudas, en la visión de las FAR la adhesión de los trabajadores al peronismo constituía una opción claramente racional en términos de sus intereses de clase. Es decir, porque con ello satisfacían necesidades materiales largamente postergadas, tal como señalaron Murmis y Portantiero ([1971] 1972) en su polémica con Germani ([1962] 1968). Con todo, este último autor había llamado la atención sobre una dimensión descuidada por aquellos que luego fue retomada desde distintas perspectivas por otros intelectuales. Entre ellos, Torre (1989), fuertemente influido por los planteos de Alain Touraine, o James (1999), a partir del análisis de la “experiencia” de la clase obrera peronista en términos del marxismo británico. Nos referimos a la dimensión política y cultural de aquellas adhesiones, lo cual, permitía dar cuenta de la constitución -y sobre todo de la persistencia- de nuevas identidades colectivas populares. Como puede verse, esta última dimensión constituyó el eje central de los planteos de las FAR sobre el peronismo. En algunos puntos y más allá de las valoraciones políticas, su parentesco con el enfoque que James desarrollará años después resulta notable.

donde se hallaban “los elementos más ricos y capaces de desarrollo fecundo respecto de la necesidad de destrucción del capitalismo”. Allí donde radicaba, “en estado práctico”, la más amplia y perdurable “posibilidad teórica y político-militar para la construcción del socialismo” (1971d: 67-68). En ese sentido, lo que le otorgaba vigencia al peronismo desde 1945 era su “condición de identidad política de la clase obrera argentina, convertida por esa experiencia y esa identidad en una fuerza social cuyos intereses históricos no pueden satisfacerse en el marco del sistema capitalista” (1971e: 2). De allí que explicaran que al asumir el peronismo como su propia identidad política no hacían más que definirse como militantes “de la causa del proletariado nacional” (1971e: 4).

Era sobre la base de esa interpretación que las FAR impugnaban a la izquierda no peronista. Para la organización, sus problemas para valorar el fenómeno derivaban del “ideologismo” que la caracterizaba. Con ello aludían a un tipo de análisis que, en lugar de partir del papel de las fuerzas sociales en el marco de las contradicciones de una formación social determinada, se detenía en los modos en que dichas fuerzas se pensaban a sí mismas, siempre mediados por la ideología de la clase dominante. Y que, además, tendía a disociar tales expresiones ideológicas del momento concreto en que habían surgido, eternizándolas. Si bien volveremos sobre el tema, señalemos aquí que consideraban que tal visión “ideologista” estaba en la base de las caracterizaciones del peronismo como fascismo, o bien como “movimiento nacional-burgués”. Según la organización, ambas caracterizaciones respondían al mismo error: seguían buscando desperonizar a las masas. Según sus propios términos: “purgar” el peronismo de la clase obrera “a fin de ponerla en condiciones para hacer la revolución” (1971e: 4).

Ahora bien, si las FAR fustigaban a la izquierda marxista por su “incomprensión” del peronismo, aquella no dejaría de impugnar su identificación con el movimiento. Esas críticas, que asumían la forma de la sospecha, resonaban en los documentos de la organización bajo la acusación de “entrismo”163. De hecho, en “Los de Garín”, una de las

preguntas de Francisco Urondo indagaba específicamente sobre el tema. La respuesta de Olmedo diferenciaba la postura de las FAR del “entrismo” rechazando lo que este término sugería: una maniobra táctica y encubierta, cuyo fin era engañar a las masas para llevarlas donde no querían ir. Además, según afirmaba, ello solía ligarse con un “culto despreciable” hacia aquello que la clase obrera estaba dejando atrás -expresiones

163 El término remite directamente al léxico de la izquierda y tiene su origen en vertientes trotskistas. Mientras tanto, las disputas internas por imponer la visión “legítima” del peronismo articularon otro vocabulario. La derecha del movimiento -y finalmente también su líder- apeló básicamente a la figura del “infiltrado” y el peronismo de izquierda a la del “traidor” (Sigal y Verón, 1988: 133-151).

ideológicas y formas de lucha reformistas-. Mientras tanto, la organización planteaba la necesidad de explicitar claramente tales limitaciones y luchar por superarlas (1971d: 65). Frente a este tema, en los testimonios aparece el mismo rechazo de que la organización haya planteado la peronización como cuestión meramente “táctica”, “oportunista” o “coyuntural”. Y, también, que dicha identificación nunca implicó asumir el peronismo acríticamente ni dejar de señalar sus limitaciones. Lo cual, se evidencia observando los debates y tensiones atravesados por la organización durante el año 1970, que difícilmente hubiesen tenido lugar si el tema se hubiera planteado como una táctica meramente transitoria164.

Efectivamente, para las FAR en 1945 se había abierto el ciclo de la liberación nacional del país y de lo que se trataba ahora era de luchar por profundizarlo y radicalizarlo para alcanzar la liberación social. En ese sentido, si bien consideraban que toda política revolucionaria debía partir de las luchas y tradiciones políticas de la clase obrera -“todo con el pueblo, nada sin él; todo con su comprensión nada sin ella” afirmaban (1971d: 65)-, no dejaban de señalar claramente sus limitaciones. En definitiva, lo que anidaba en la experiencia peronista era todavía una “posibilidad” en “estado práctico”. Y la organización no creía que los trabajadores pudieran alcanzar plena conciencia de sus intereses de clase de modo espontáneo, ni luchar por realizarlos mediante ninguna de las formas organizativas que hasta el momento se había dado el movimiento peronista. Desde su visión, tales limitaciones eran de orden “teórico” y “político-militar”, de allí el lugar que le otorgaban al marxismo y al tipo de vanguardia que se proponían gestar ([1971] 1973a y 1971d: 65). En este sentido, el planteo no era divergente del que realizaban en sus discusiones con las FAP durante el año 1970.

Peronismo y socialismo

En lo expuesto hasta aquí se vislumbra ya que no por identificarse con el peronismo las FAR dejaron de plantear claramente que el objetivo final de su lucha era el socialismo. Evidentemente, si el marxismo podía ser pensado como un método de análisis que no definía su identidad política, nadie podría sostener que fuera un instrumento neutro. Como se sabe, tal objetivo político estaba inscripto en la propia lógica de análisis marxista, en tanto solución -necesaria o posible según las vertientes- de las contradicciones capitalistas que la propia teoría dejaba ver en toda su crudeza. En el caso de las FAR, se trataba de construir un tipo de “socialismo nacional”, una nueva sociedad que sólo podría

164 Como nota al margen apuntemos que en su mayoría nuestros entrevistados siguen identificándose de algún modo con el peronismo. Es decir, con alguno de sus sentidos pasados, presentes o considerados posibles.

erigirse sobre la base de las particularidades específicas del país. Un proceso que hegemonizaría la clase obrera peronista de acuerdo a sus tradiciones de lucha y gracias a aquella experiencia política que la había constituido en una “fuerza social”. Pero más allá de las estaciones por las que transitara el proceso revolucionario, que de acuerdo al modelo cubano sería simultáneamente nacional y social, el significado del mentado “socialismo nacional” no era ambiguo. Según afirmaban las FAR, su objetivo final era destruir el capitalismo y socializar los medios de producción, único modo de terminar con la explotación del hombre por el hombre y evitar que sus relaciones continuaran regidas por el dinero. Ello implicaba destruir el Estado burgués, reemplazándolo por un nuevo poder, el de un Estado obrero. Y, también, construir el hombre nuevo, lo cual requería terminar con todas las instituciones burguesas y con una cultura que hacía del arte y el saber una mercancía. La práctica revolucionaria conllevaba por eso también el compromiso de pensar de un modo diferente, deshaciendo “la tensa telaraña de mentiras y de ilusiones” -la ideología burguesa-, tras la cual se presentaba la realidad. En definitiva,

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