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Perplejidades y controversias macroeconómicas

In document RETOS Y OPORTUNIDADES ANTE LA CRISIS (página 49-54)

Paisaje después de la batalla: singularidad y consecuencias de la crisis financiera global

III. Perplejidades y controversias macroeconómicas

Con esa intención prospectiva que el conjunto de estas notas pretenden tampoco puede pasarse por alto la huella que la crisis dejará en algunas áreas de la ciencia económica. En las finanzas, en el análisis macroeconómico y, desde luego, en la política económica. Hipótesis consideradas centrales en la moderna teoría financiera, como la racionalidad que inspira el comportamiento de los agentes o la eficiencia

de los mercados financieros, han sido cuestio- nadas. El ascenso de explicaciones próximas a la “behavioural economics” es una de las con- secuencias más explícitas. Una preciosa oca- sión para que la profesión académica discuta abiertamente acerca de la validez de algunas proposiciones hasta ahora consideradas cen- trales en algunas de esas áreas de conocimien- to. Donde esa discusión es probablemente más intensa, y a la vez dispone de mayor trascen- dencia, es en las políticas macroeconómicas. Las razones son básicamente dos: la agresivi- dad de las políticas económicas utilizadas han definido un grado de intervención de los gobiernos en la actividad económica sin muchos precedentes, con un respaldo inequí- voco de aquellas agencias multilaterales aleja- das en el pasado de cualquier tentación keynesiana en la gestión de las crisis; en segun- do lugar, la controversia abierta en el seno de la comunidad académica y el papel jugado por el propio FMI en la apertura de una significativa revisión de las políticas macroeconómicas hasta ahora consideradas válidas. Revisemos estos aspectos.

Uno de los rasgos que ha singularizado esta crisis es la agresividad de las políticas eco- nómicas, de la acción de los gobiernos. Desde la Gran Depresión no se había presenciado un despliegue de terapias tan amplio y cuantitati- vamente tan importante: el mayor cóctel key- nesiano inyectado a la economía mundial en tiempos de paz, con palabras de The Economist

(2010b). Aun cuando merezcan algunas de las muchas críticas que se han formulado –lenti- tud, falta de articulación, coordinación insufi- ciente de los gobiernos, etc.–, ha sido gracias a ellas que se han evitado males peores.

Desde las inyecciones de liquidez concerta- das por los principales bancos centrales del mundo (lideradas por el BCE), en el verano de 2007, tras el colapso de los mercados interban- carios, hasta las ampliaciones de subastas de liquidez todavía vigentes, las políticas moneta- rias han hecho un despliegue sin precedentes. El mantenimiento de los tipos de interés de referencia en mínimos históricos, próximos a cero en algunos casos, da cuenta igualmente de esa singularidad. Ambas decisiones (compras de activos financieros por los bancos centrales y mantenimiento de los tipos de interés oficia- les próximos a cero) constituyen lo que se ha denominado “quantitative easing”, un eufe- mismo más para denotar el uso de métodos manifiestamente heterodoxos con los que inyectar grandes cantidades de dinero en la economía y tratar de reducir su precio. Algo no muy distinto a la impresión de billetes a gran escala o al metafórico recurso que hizo Milton Friedman al “helicopter drop”: al lanzamiento de dólares desde el aire para neutralizar los peligros asociados a una hipotética dinámica deflacionista.

Tampoco es posible encontrar preceden- tes a las políticas presupuestarias adoptadas, de forma destacada en EE UU, si no es remon-

tándonos a los años treinta del pasado siglo. El aumento del gasto público fue necesario, en primer lugar, para fortalecer los recursos pro- pios de los bancos o incluso evitar males peo- res como los asociados a la presunción del “demasiado grande para caer”, que han ter- minado en la nacionalización de importantes bancos y compañías de seguros en los siste- mas financieros estadounidense y británico, fundamentalmente. Al sostenimiento del des- plome en la demanda agregada también fue- ron destinados importantes recursos públicos a través de excepcionales programas de inver- sión, en algunos casos por cuantías igualmen- te sin precedentes. La consecuencia de todo ello ha sido el ascenso del déficit y de la deuda pública en la mayoría de las economías de la OCDE. Estimaciones del FMI anticipan que la deuda pública media del grupo de eco- nomías más ricas de las integradas en el G-20 superará el 100% del PIB en 2014, desde el 70% en 2000. Pero esas cifras en modo alguno deslegitiman la acción de los gobiernos: la inacción habría traído consigo peores resulta- dos para la mayoría de los ciudadanos. Efectivamente, a pesar de esa pesada carga sobre el futuro de las cuentas públicas, está en lo cierto el premio Nobel Robert Lucas al afir- mar sarcásticamente que “todo el mundo es un keynesiano metido en una trinchera”. A medida que la recuperación se afiance en EE UU esa “salida del armario” será, efectiva- mente, mucho más explícita.

La controversia de las macros

Ha sido precisamente el profesor de la Universidad de Chicago uno de los primeros en salir al paso de la creciente deslegitimación de los economistas como consecuencia de su inca- pacidad para anticipar la crisis, para frenar su rápida propagación o acertar en su tratamiento. En un artículo en The Economist, Robert Lucas (2009) trataba de salvar algunos de los funda- mentos de la moderna macroeconomía y, qui- zás con más interés, de las modernas finanzas, como la hipótesis de eficiencia de los mercados financieros que formulara su compañero de universidad, Eugene Fama, hace cuarenta años. Uno de los desencadenantes de la contro- versia, en cierta medida todavía activa, la sir- vió el último premio Nobel de Economía, Paul Krugman, en un ciclo de conferencias en la London School of Economics en junio de 2009 (http://www2.lse.ac.uk/newsAndMedia/video AndAudio/publicEventsVideos/publicEvents VideosPrevious.aspx) en las que criticó dura- mente algunas de las aportaciones a la macroeconomía realizadas en las tres últimas décadas3. En un artículo en la revista domini-

cal del New York Times, en septiembre, de título suficientemente elocuente (“How Did Economists Get It So Wrong?”), sistematizaba esas ideas, destacando que el peor de los errores de los macroeconomistas en esta crisis no fue tanto de naturaleza predictiva –la inca- pacidad para anticiparla– como la ceguera de la profesión ante posibles fallos de conse-

cuencias catastróficas en el funcionamiento de la economía de mercado.

En la controversia, la influencia del padre de la macroeconomía, John Maynard Keynes, estaba en el ambiente. Su más importante biógrafo y conocedor de suobra, el respetado Robert Skidelsky (2009), comparecía con la presentación de una nueva obra. Afirmaba que las causas últimas de esta crisis radicaban en el fallo de la propia disciplina económica. Ideas erróneas que legitimando la desregula- ción financiera propiciaron la explosión del crédito que derivó en el colapso de 2007. Esa reivindicación de Keynes se hace tras una cri- sis solo superada en severidad por la Gran Depresión, a lo largo de la cual se escribe la obra que marcaría el comienzo de la macro - economía, la General Theory of Employment, Interest and Money, aunque como con fre- cuencia se nos recuerda, el término como tal no apareció en las publicaciones especializa- das hasta 1945.

La convergencia de posiciones que puede emerger tras esta controversia macroeconómi- ca aportará muy probablemente un cierto debi- litamiento de la fe mantenida en los mercados financieros, en la capacidad de autoajuste. Claro que se prestará más atención a parte de lo “que quedaba fuera de los modelos”, a las instituciones financieras de forma destacada. El exceso de hipótesis, la simplificación excesiva, no siempre es aconsejable, aunque sea cómoda de manejar y elegante.

La metamorfosis del FMI

Cuando se concluyen estas notas las autorida- des económicas de algunos de esos países apenas han insinuado la instrumentación de las “estrategias de salida”: el definitivo aban- dono de esas decisiones de política económi- ca excepcionales. Dentro del capítulo de las paradojas que esta crisis exhibe se encuentra la ofrecida por algunas de las prescripciones del FMI. A diferencia de actuaciones en crisis financieras anteriores, en esta el Fondo ha recomendado de forma insistente actuaciones destinadas a evitar descensos adicionales en la demanda agregada y elevaciones en el desempleo, sugiriendo en los momentos ini- ciales aumentos suficientes en el gasto públi- co. Todavía se recuerda que las iniciales en inglés de esta institución se consideraba de forma sarcástica que respondían a esa suerte de diagnóstico recurrente con que solían res- ponder sus terapeutas ante cualquier tipo de crisis: “It’s Mostly Fiscal”. Ahora ha sido una de las instituciones en advertir de forma más insistente acerca de las consecuencias adver- sas de la prematura aplicación de esas estra- tegias de salida.

El distanciamiento del FMI de su tradición terapéutica no se queda ahí. En el contexto de estas notas, tan relevante como esa actitud más directamente keynesiana es la iniciativa ten- dente a revisar “lo que sabemos acerca de cómo conducir la política macroeconómica”, iniciada por el Fondo con el trabajo de Olivier

Blanchard, Dell’Ariccia y Mauro (2010). La sig- nificación del contenido de ese trabajo, así como de las actuaciones llevadas a cabo por el Fondo en esta crisis, cobra una dimensión espe- cial dada la responsabilidad, como economista jefe del FMI, de quien encabeza el artículo. En una de las últimas contribuciones de Olivier Blanchard (2008) como director del prestigioso Departamento de Economía del MIT se mostra- ba ciertamente complaciente con la salud de la macroeconomía. Consideraba algo del pasado esa larga batalla en el seno de la profesión, tras su explosión como área de conocimiento en los años setenta. Con algunos destrozos en el camino derivados de esa contienda, no sólo Blanchard convenía en que se había alcanzado un elevado grado de convergencia y, con un manifiesto optimismo, concluía, “el estado de la macroeconomía es bueno”. Fue esa afirma- ción la que constituyó el origen del artículo antes comentado de Paul Krugman (2009), en el que, efectivamente, se revisa muy crítica- mente esa complacencia acerca del control de los principales problemas planteados a la pro- fesión, como el central de la prevención de depresiones, que Robert Lucas consideró resuelto en 2003, con ocasión de su alocución ante la American Economic Association.

Ahora, en el trabajo que firman los econo- mistas del FMI, aunque se admite que la políti- ca macroeconómica no fue el determinante fundamental de esta crisis, se reconoce que ha revelado lagunas de cierta relevancia en la

estructura de definición de políticas que han obligado a la exploración de nuevas orientacio- nes en plena gestión de la crisis y, en definitiva, justificando esa “nueva arquitectura” de políti- ca macroeconómica postcrisis. No hay mucho lugar para la complacencia con que hasta hace poco se contemplaba ese período calificado como “la gran moderación”, durante el cual las fluctuaciones en la producción y en la inflación en la mayoría de las economías avanzadas fue- ron significativamente reducidas4.

Como se admite en el trabajo del FMI antes citado, los objetivos últimos de la política macroeconómica pueden seguir siendo los mismos: la consecución de un “output gap” y de una inflación estables. Pero la crisis, insisten los autores, ha dejado suficientemente claro que ha de atenderse a la evolución de algunas variables adicionales, a modo de objetivos intermedios, tales como la composición del output, el comportamiento de los precios de los activos, y el grado de apalancamiento de los diferentes agentes económicos. También, lógi- camente, han de ser más numerosos los instru- mentos para concretar esa nueva estructura de la política económica que emerge tras la crisis. Entre las “rutas prometedoras” por las que habrán de transitar esas nuevas orientaciones se encuentra la mayor atención al funciona- miento de los sistemas financieros y el ascenso de la regulación de los mismos a una dimen- sión macroeconómica: la combinación de las herramientas tradicionales de política econó-

mica con mejoras en la regulación financiera, que complementen la insuficiente eficacia de los tipos de interés como instrumento único con el que evitar el excesivo endeudamiento o la igualmente excesiva asunción de riesgos. Quizás por sí mismos estos dos últimos aspec- tos no explican lo ocurrido en esta crisis, pero es indudable que se encuentran entre los gérme- nes que la activaron.

IV. Tendencias en la industria de

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