En los apartados anteriores hemos comprobado que tras el concepto de participación política se encuentran toda una amplia gama de conductas, que van desde la emisión del voto hasta acciones que comportan violencia personal. Dada la distinta naturaleza de algunas de esas actividades y su importancia para el proceso político, las mismas requerirían un tratamiento monográfico en profundidad. Sin embargo, las limitaciones de espacio exigidas a este trabajo y la orientación previa dada a esta obra no permiten ese análisis puntual y exhaustivo de las modalidades
más importantes de participación política. ·
De todos modos, es obvio que pueden identificarse un conjunto de variables responsables de la participación política, al margen de la manifestación concreta que ésta adopte. Al mismo tiempo, la declaración de principios anterior no es óbice para que se destaque, allí donde sea preciso, la contribución relativa de esas distintas variables a algunas de las formas más importantes de participación política.
Los factores que tradicionalmente han sido señalados como responsables de este tipo de comportamiento son numerosos y abarcan distintos niveles de análisis: desde los que apuntan al medio sociocultural, hasta los que se dirigen a alguna caracterís tica peculiar del sujeto individual. Creemos que una gran parte del trabajo más
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relevante sobre esta cuestión puede ser agrupado en tres grandes categorías: clima sociopolítico, análisis demográfico y análisis psicosocial. Nuestra exposición, por tanto, se articulará en torno a esas tres dimensiones.
En primer lugar, identificaremos aquellas variables de carácter sociodemográfico que parecen jugar un papel más importante en la participación política. Posterior mente analizaremos un grupo de variables pertenecientes al ámbito psicosocial cuya incidencia en este tipo de comportamiento político siempre ha sido realzado, pese a las numerosas controversias que han generado. Finalmente trataremos de situar esta problemática dentro de unas coordenadas más amplias como es el marco sociopolítico en el que se halla inmerso el sujeto. Con este planteamiento se pretende dar una visión completa y no parcial de esta cuestión, en donde se integren distintas aproximaciones y diferentes niveles de análisis. Sinceramente creemos que temas como el que aquí nos ocupa no pueden abordarse desde una única perspecti va teórica, salvo que deseemos hacer un informe parcial y sectario. Como, obvia mente, no es ése nuestro objetivo, optamos por el enfoque anterior en el convenci miento de que en ese conjunto de aproximaciones que expondremos se encuentran las claves para entender esta apasionante problemática de la participación política.
2.1 . Análisis sociodemográfico
El estudio de las variables sociodemográficas en relación a la participación política ha sido prácticamente una constante en todos los trabajos realizados sobre este tema. El énfasis puesto en esta dimensión obedece a varias razones. En primer lugar, y dado el carácter de estas variables, no presentan dificultades de medición y son fáciles de obtener. En segundo lugar, permiten analizar a grandes contingentes de la población sin demasiadas dificultades. En tercer lugar, nos brindan una información muy valiosa sobre la incidencia diferencial que distintos segmentos de la variable analizada tienen sobre la conducta sometida a estudio. Todo ello avalaría la conveniencia y utilidad de esta aproximación.
Sin embargo, este nivel de análisis no es suficiente para afrontar de forma
adecuada el estudio de éste y otros problemas. Y decimos esto porque ninguna de
las variables sociodemográficas puede por sí misma dar cuenta de un determinado comportamiento; ni la edad, el sexo, la clase social, etc., nos explican por qué los sujetos actúan de la forma en que lo hacen. Estas variables nos indican, y esto ya es importante, los distintos patrones actitudinales y comportamentales manifestados por los sujetos pertenecientes a las distintas categorías sociodemográficas. Pero a partir de ahí debemos indagar qué tipo de características están asociadas a esos factores para que den lugar a esos efectos diferenciales. Por esto, no serían tanto las variables demográficas, sino las consecuencias, que a nivel de actitudes, creencias, et cétera, conlleva la pertenencia a una categoría sociodemográfica determinada, la auténtica causa del comportamiento. Dicho de otra forma, la influencia de las variables sociodemográficas se ejercería de modo indirecto, a través de las represen taciones psicológicas que evocan en los sujetos.
Algunas de las variables sociodemográficas más estudiadas en relación a la participación política son: status socioeconómico, edad, sexo y educación.
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Psicologla Política«Status» socioeconómico
Éste es uno de los aspectos que aparece frecuentemente en la literatura sobre la participación. Los autores a la hora de evaluar el status socioeconómico suelen hacer referencia a criterios tales como nivel de ingresos, prestigio ocupacional, percepción de pertenencia a una clase, etc., que son utilizados de forma indistinta. Pese a que pueden señalarse diferencias de matiz entre todas esas medidas, es evidente que existe una relación estrecha entre ellas. De hecho, la mayor parte de trabajos en los que se ha considerado el status socioeconómico llegan a resultados semejantes, pese a utilizar criterios de medida ligeramente diferentes.
Una de las conclusiones claras y consistentes de todos esos estudios es la relación positiva que existe entre el status socioeconómico y la participación política. Cuanto mayor sea el status socioeconómico de los sujetos, más posibilida des hay de que adopten un papel activo en el mundo político. Esta afirmación de carácter general necesita matizarse teniendo en cuenta los distintos tipos de participación política comentados en apartados anteriores.
Milbrath ( 1 98 1 ) señala que la incidencia del status socioeconómico será mayor en las actividades no convencionales que en las convencionales. En las actividades no convencionales se requieren destrezas y conocimientos que no son precisos en el caso de las actividades más convencionales. Por ello, los sujetos de status superior, que son presuntamente los poseedores de esas habilidades, frentre a los de status
inferior que no están iniciados en las mismas, serían los que manifestarían una mayor tendencia a desarrollar ese tipo de actividades. Hunt y Goel ( 1980) aportan datos que apoyan la existencia de una relación positiva entre status socioeconómico y participación política no convencional.
Las consideraciones de estos autores se ven en parte refrendadas en el estudio transcultural de Barnes, Kaase, et al. ( 1979). En el caso de la participación política no convencional existe una relación positiva entre el status socioeconómico, evaluado a través del prestigio ocupacional y de nivel de ingresos, y este tipo de actividad. Las correlaciones obtenidas entre estas dos medidas oscilan para los distintos países entre el 0,07 y el 0,05 cuando se considera el prestigio ocupacional, y entre el 0,14 y 0,23 cuando se toman los ingresos económicos. Pero esas correlacio nes resultan menores, e incluso en el caso de la muestra holandesa es ligeramente negativa, cuando se adopta como criterio de agrupamiento la clase social a la que dicen pertenecer los sujetos. Estos resultados nos llevan a plantear que si bien es cierto que los sujetos de status socioeconómico alto, para hablar en términos generales, son más proclives a la realización de conductas políticas no convenciona les, la incidencia de esta variable no resulta excesivamente potente.
Una tendencia similar se encuentra al estudiar la participación política conven cional. Los sujetos de mayor status aparecen como los más decididos a emprender este tipo de acciones. Incluso, a nivel global, las correlaciones obtenidas en este caso son ligeramente superiores a las logradas con la participación política no convencional. La única excepción ocurre en la muestra austríaca, donde las puntuaciones de los sujetos con una posición más elevada en las tres categorías socioeconómicas utilizadas (prestigio ocupacional, nivel de ingresos y clase social) son más altas en el
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potencial de protesta que en la participación política convencional. En la muestra británica se observa un resultado similar cuando se consideran los ingresos económicos.
No obstante, y pese a la relación positiva mostrada en esos estudios entre participación política y status, conviene tener presente que el status socioeconómico se halla estrechamente relacionado con otras variables sociodemográficas. Esto quiere decir que el poder explicativo de este factor puede deberse no tanto a que los sujetos ocupen un status determinado, sino a otras características que también están presentes en los sujetos que ocupan esa posición. En el resto de este apartado iremos profundizando en esta problemática.
Edad
La edad es otra de las variables sociodemográficas importantes en el campo de la participación política. La tesis clásica apunta a la existencia de un vínculo estrecho entre juventud y participación política no convencional. Las razones para que se produzca esa relación son de muy distinta índole. Entre las más importantes podríamos citar las siguientes: la no identificación con las reglas de juego existentes, la falta de responsabilidades sociales, la existencia de tiempo libre, etc. Todo ello podría resumirse aludiendo a la posición marginal que normalmente tienen los jóvenes dentro del sistema.
En el trabajo de Kaase y Marsh (1979) se muestra que las correlaciones entre la edad y el potencial de protesta oscila entre el -0,17 de la muestra austríaca hasta el -0,32 de la muestra americana. Ello respalda la afirmación anterior sobre la relación entre edad y participación política no convencional.
De todos modos, de las consideraciones anteriores también se desprende que la incidencia de la edad sobre el modo de actuación política se ve mediatizada por otra serie de circunstancias, entre las que cabría destacar el clima social y político en el que vive una comunidad en un momento histórico determinado.
La existencia de cauces participativos y de estructuras socioeconómicas que permitan la integración real de los jóvenes redundará en una menor conflictividad por parte de éstos. Al mismo tiempo, la preocupación por objetivos de carácter más general en el que se vean implicados todos los segmentos de la población, también afectará negativamente al protagonismo de ese grupo social. Las diferencias que se pueden observar en el activismo juvenil entre países y entre distintos momentos históricos puede explicarse, en gran parte, atendiendo a esos elementos más estructurales.
La relación entre edad y participación política convencional es mucho más
difusa. Marsh y Kaase (1979) obtuvieron correlaciones de valor O o próximos a éste
en cuatro de los cinco países estudiados. En el quinto país, Alemania, la correlación entre esas dos variables era del -0, 1 1 . Como puede observarse, la edad resulta menos importante en la participación política convencional que en la no convencio nal. Y, de hecho, tampoco está claro el sentido de esa relación. Milbrath (1981) afirma que entre estos dos factores existe una relación positiva y a veces curvilínea,
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en el sentido de que la participación política convencional se va incrementando hasta cierta edad a partir de la cual desciende. Sin embargo, Glenn y Grimes (1968), Riley, Forner et el. (1968) aseguran que esa relación curvilínea no se produce si se mantienen constantes factores como el sexo y la educación. En un momento posterior volveremos a tratar esta cuestión.
De lo anterior podríamos extraer dos conclusiones. Primera, la baja correlación entre edad y participación política convencional puede explicarse por el hecho de que los más jóvenes y los de más edad muestran poco interés por este tipo de actividades. Ambos grupos, y por distintas razones, se sienten al margen de la dinámica social más oficial representada en este tipo de comportamientos. Los sujetos situados entre esos dos grupos de edad serían los que manifestarían un mayor interés por esta modalidad de la participación política. Esto, evidentemente, guarda relación con el mayor protagonismo que desempeñan estos sujetos en la sociedad. Segunda, resulta necesario considerar la contribución de otras variables que están siendo tratadas implícitamente cuando se considera la edad: el sexo y la educación. A ellas dedicaremos nuestra atención en las páginas que siguen.
Sexo
La diferencia en el nivel de participación política en función del sexo es una constante que aparece en prácticamente todos los estudios que tratan esta cuestión. En dos investigaciones transculturales, la de Barnes, Kaase et al. (1979) y la de Verba, Nie y Kim (1978), se presentan resultados que muestran que el grado de participación política es mayor en los varones que en las hembras, al margen de la versión de participación política de la que se trate. Ésta es una tendencia que se muestra en prácticamente todos los países y, aún más importante, en todos los segmentos de edad. Sin embargo, existen trabajos que apuntan que estas diferencias entre sexos se van reduciendo paulatinamente (Milbrath, 1 98 1; Baxter y Lansing (1980), etc.
Si al igual que ocurría con otras características sociodemográficas, se tiene en cuenta la posición en el sistema social que entraña el estar adscrito a una u otra categoría de esta variable, los resultados no pueden sorprendernos. Las razones para esa menor presencia de las mujeres en el mundo político son de muy dist(nta índole. Algunas de las principales teorías que se han manejado son las que vemos seguidamente (Orum et al., 1974; Welch, 1980; Jennings, 1983). En primer lugar, los factores situacionales que tienen que ver con el tipo de actividad que normalmente desarrolla la mujer en nuestras comunidades: madre, esposa, etc. En general, roles que la mantienen marginada de la dinámica social y que, al mismo tiempo, les impi de la adquisición de las destrezas necesarias para adoptar un papel activo en el mun do exterior. En segundo lugar, los factores estructurales, que a través de la educa ción, legislación, trabajo, etc., no posibilitan una igualdad plena y real entre ambos sexos. En tercer lugar, las prácticas de socialización. La sociedad, y en su nombre los distintos agentes socializadores, van induciendo en los sujetos un determinado tipo de actitudes y comportamientos que será distinto según su sexo.
Participación política
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No es éste el momento de entrar a analizar en detalle esas teorías sobre la baja participación política de la mujer, pues se alejaría del objetivo previsto en estas páginas. Lo que pretendíamos al referirnos a ellas es destacar la clara conciencia que existe sobre este problema y dejar constancia de los estudios que, como los de Jennings (1 983) y Christie ( 1 985), se están realizando para cono�er las auténticas claves de un fenómeno social de tanto interés: la poca incidencia que un sector muy importante de la población, las mujeres, tienen en el proceso político.
La clara influencia diferencial de una variable sociodemográfica básica como es el sexo en la participación política nos alerta de la necesidad de ser cautos a la hora de jnterpretar la contribución particular de cada una de las variables de este nivel de análisis. Esto es, al considerar un factor como la edad, el status socioeconómico, etc., se están tratando también, aunque ello no se explicite, otros aspectos que inevitablemente van unidos a los anteriores, como, por ejemplo, el sexo. Por lo que, si no se adoptan las estrategias metodológicas precisas para bloquear el efecto de esas otras variables, los resultados obtenidos serían la manifestación no sólo del factor presuntamente estudiado, sino también de las otras características propias del sujeto que pueden resultar relevantes para la conducta que se estudia.
Nivel educativo
La última de las variables a la que vamos a hacer referencia en este apartado es el nivel educativo. Como señalamos anteriormente, la significación de las distintas variables sociodemográficas se justifica no tanto por ellas mismas, como por las características que a ellas van asociadas. Y una de las cualidades más notorias en este aspecto, y que está de una u otra forma implícita en las variables tratadas anteriormente, es el nivel de instrucción alcanzado por los sujetos.
La importancia de este factor resulta fácil de entender. El comportamiento de los sujetos ante cualquier situación en general, y ante el mundo político en concreto, depende en buena medida del conocimiento que tenga del mismo y de su repertorio de destrezas para enfrentarse a él. En este sentido, la educación ofrece a los individuos la posibilidad de dotarse de esos recursos necesarios al permitirles adquirir un conocimiento más exhaustivo de las habilidades intelectuales y una información que resultan básicas para actuar en ese medio. Junto a ello, y también debido a esto, la educación también ha de despertar en el individuo una serie ,de inquietudes y preocupaciones por el mundo social y político en el que se hallan insertos.
Marsh y Kaase ( 1979) nos ofrecen datos que muestran la importancia de la educación en el ámbito de la participación política. La educación incide positiva mente tanto en la participación política convencional como en la no convencional, y esta tendencia se observa en todos los países analizados en ese estudio. En el caso del potencial de prot�sta, aspecto al que esos autores dedicaron una atención especial, los universitarios presentaban, frente a los sujetos que sólo habían recibido una educación primaria, un porcentaje sensiblemente menor de actividad en el punto inferior de esta escala y muy superior en las categorías más altas de la misma.
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Dicho de otra manera, cuanto más elevado fuese el nivel educativo de los sujetos mayor posibilidad existía de que éstos se vinculasen a actuaciones políticas no convencionales.
En el caso de la participación política convencional, y en concreto la participa ción electoral, Aldrich y Simon (1986), después de revisar distintos estudios realiza dos con las variables sociodemográficas, señalan que la educación es el factor más importante en este tipo de conducta política. Asimismo, Wolfinger-Rosentone (1980), en un trabajo realizado sobre una muestra de 1 36.203 sujetos, también resaltan la relevancia de esta variable. A juicio de estos autores, la educación no sólo ejerce una influencia directa sobre el voto, sino que también, y de modo indirecto, está determinando el . grado de incidencia de otros factores sobre esa conducta. En concreto, características de status como la ocupación o el nivel de ingresos resultan de menor significación para este tipo de participación política si se controla la variable educación. Del mismo modo, aquella relación curvilínea que, tal y como habíamos expuesto anteriormente, algunos autores señalan como característica de la relación entre edad y participación electoral, se convierte en lineal si se neutraliza la influencia de la educación. La importancia de esta caracterís tica se debe, según los autores, a que «incrementa la capacidad de comprensión de materias complejas e intangibles tales como la política, y estimula la ética de la responsabilidad cívica. Además la escuela proporciona experiencias con problemas
burocráticos ... » (pág. 102).
De lo anterior se desprende no sólo la significación que tiene la educación en el terreno de la participación política, sino también la importancia de tener controla das una serie de características para poder comprender en sus justos términos la contribución de las diferentes variables sociodemográficas a las distintas conductas