Siguiendo los argumentos del historiador riocuartense Eduardo Escudero:
… tan importante como la reconstrucción misma del pasado de una sociedad, es el análisis de las condiciones y del modo en que se han forjado las imágenes que lo componen. Desna- turalizar el relato histórico de base y poner en proceso analítico a sus autores y a las institu- ciones que lo han consagrado o aún lo ofrecen, se vuelve un ejercicio a todas luces enriquecedor y aleccionador. Impulsamos, entonces, una historia que dé cuenta de cómo se escribió la historia local, quiénes alzaron la pluma autorizada y qué instituciones los legiti- maron; en qué contexto trabajaron y desde qué pragmática afrontaron la tarea de intervenir en el pasado desde presentes situados (Escudero, 2013: 37).
De este modo, podemos reconstruir el paisaje historiográfico, dando luz sobre el juego de intereses y posiciones, donde el texto y el contexto se mimetizan. El debate se enmarcó en la disputa por la pertenencia que de la batalla hicieron las localidades de Oncativo y Laguna Larga, aunque subterráneamente logramos atisbar el campo intelectual de una época deter- minada y la construcción de una cultura simbólica fruto de ese debate.
Diversos historiadores se hicieron eco de la querella pero ninguno tuvo tanta producción historiográfica como el reconocido cronista-historiador Efraín Bischoff9, que acentuó su labor
en establecer el punto de referencia en la mencionada localidad de Laguna Larga. Bischoff participó de un concurso para plasmar la historia oficial de este pueblo en 1953, junto con otros reconocidos historiadores cordobeses, como el caso de Pedro Grenón (SJ), Vidal Ferreyra Videla, Arturo Lazcano Colodrero y Aníbal Montes10. El mencionado Bischoff ganó este con-
curso obteniendo el primer puesto y su trabajo fue premiado con la edición, debido al mi- nucioso trabajo de archivo, que aventajaba por mucho en calidad a las investigaciones de sus colegas. El segundo lugar quedó en manos del jesuita Pedro Grenón11, con su trabajo Historia
de Laguna Larga, actualmente perdido.
Ya en su libro sobre la Historia de Laguna Larga, Bischoff hizo un primer acercamiento al asunto que nos compete refiriéndose a la batalla de Oncativo y poniendo bajo cuestión la nomenclatura de la misma, prestando especial atención al testimonios de lugareños, siendo el único en incluir esta temática en su labor. Tiempo después, retomaría la senda de dicha investigación y la acometería con creces en un trabajo que decidió titular, ya sin medias tintas, Batalla de la Laguna Larga. Luego, en varias publicaciones posteriores referidas a la historia de la Provincia de Córdoba, impuso permanentemente la doble terminología ‘batalla de On- cativo-Laguna Larga’ o ‘batalla de la Laguna Larga’ a secas, estableciendo ese canon como obligada referencia para futuros investigadores.
Si bien la disputa entre las localidades de Laguna Larga y Oncativo por la pertenencia del sitio histórico data de mucho antes, es desde 1953 en que se marca un punto de inflexión en la producción historiográfica a partir del trabajo de investigadores abocados a la búsqueda de fuentes documentales sobre el mismo. Se inicia aquí tras la publicación de Historia de La- guna Larga, de Efraín Bischoff, primera divulgación que aborda el tema en cuestión haciendo hincapié especialmente en el error de ubicación geográfica de la referencia histórica, abriendo el debate al campo académico-historiográfico.
Otro historiador interesado fue el sacerdote jesuita Pedro Grenón quien, si bien su trabajo final sobre la historia de Laguna Larga se perdió en el tiempo, dejó correspondencia donde cimentaba con argumentos taxativos la veracidad de la ubicación del sitio de la batalla en las cercanías de la mencionada localidad, citando a varios testigos de la contienda y sus ambi- güedades en relación a la nomenclatura del sitio12.
En el espectro opuesto, se posicionó un historiador que apuntaló la historia tradicional con su estudio titulado El Combate de Oncativo, como parte de una serie de publicaciones que la Junta Provincia de Historia editó en 1977, cuando el mismísimo Efraín Bischoff pre- sidía la misma y en un contexto referenciado en el rescate de la argentinidad, ‘abrevando’ ejemplos en el pasado apoteósico de los héroes nacionales. En este libro, José Ferreira Soaje, el autor, no menciona en ningún momento a Laguna Larga como parte de una disputa terri- torial, pese a que cita los trabajos previos de Bischoff, sino que remarca la centralidad de On- cativo como sitio indubitable. A la par, la figura del general Paz, loada como gran estratega y justo gobernador, en contraste con la de Facundo Quiroga, un gaucho improvisado y huidizo, permiten inferir un posicionamiento más clásico.
Incluso algunos historiadores ligados a la corriente del revisionismo histórico mantendrán la línea impuesta por la historiografía liberal, como el caso de Benjamín Atala Mansilla, quien publicará La Batalla de Oncativo a pedido del Municipio de Oncativo en 1980, refrendando las ‘certezas históricas’ del lugar de la contienda. O el caso de la historiadora Lily Sosa de Newton, quien en su biografía El General Paz, renueva la afirmación del sitio de la batalla “… en un punto denominado Oncativo, cerca de Laguna Larga” (Sosa de Newton, 1969: 129). Hasta el mismo José María Rosa menciona en su libro Rosas, nuestro contemporáneo la cam- paña como de Oncativo, sin hacer siquiera mención de cualquier otra posibilidad topográfica (Rosa, 1976: 25).
Sin embargo, el accionar de mayor trascendencia en este debate, lo configuró la misma Junta Provincial de Historia13, a cargo del asesoramiento al gobierno provincial en temas re-
ferentes al pasado, quien debió expedirse oficialmente respecto de esta disputa entre Laguna Larga y Oncativo, dadas las presiones y rispideces políticas surgidas del mismo. En el año 1982, este organismo publicó un informe ‒resultado de un tribunal que incluía a Ferreira Soaje‒ en el que desestimó el petitorio presentado por la Comisión Reivindicadora del campo de la Batalla de la Laguna Larga, entidad creada por vecinos de la localidad homónima (Fe- rreira Soaje, Rodríguez Brizuela, Rimondi, 1982), estableciendo una solución salomónica al ubicar geográficamente la contienda en una zona comprendida por un triángulo imaginario entre la ciudad de Oncativo, la localidad de Laguna Larga y la comuna de Impira, publicán-
dolo luego en la revista de la institución. Si bien el debate académico ha perdido vigencia, continúa abierto hasta nuestros días en los usos políticos que de ella aún se sirven14.
El campo ‒en un sentido bourdiano‒ de disputa regional por la pertenencia de un hito del pasado dio pie a una escenificación de ‘intelectuales provinciales’ (Bischoff, Grenón, Fe- rreira Soaje), a la vez que de ‘intelectuales de pueblo’ (el párroco Manuel Tejerina y otros re- conocidos vecinos abocados a la investigación histórica como Abelardo García Oria y Alejandro Mansilla), productores culturales en un dispar juego de fuerzas pero que establece un buen ángulo de análisis para reconocer los mecanismos por los cuales las comunidades se construyen y se relatan a sí mismas.
Siguiendo los conceptos vertidos por Ana Teresa Martínez, podemos reconocer con cla- ridad la presencia de estos intelectuales en la disputa simbólica del capital cultural a producir:
Concretamente: un intelectual de provincia está en su espacio en una posición homóloga a la de un intelectual de la capital, aunque subordinada si lo miramos respecto de aquel y de la relación de un espacio con otro. La cuestión sigue siendo cómo definir esa posición y aclarar de qué se trata esa subordinación. Pero un intelectual de pueblo tiene una posición homóloga al de provincia, en una escala menor (Martínez, 2013: 172).
En posiciones distintivas, los intelectuales de provincia buscan establecer su reconoci- miento en el campo cultural reconociendo las fronteras que la hegemonía del centro (refiérase en este caso, historiadores cordobeses frente a historiadores de Buenos Aires) les impone. En tanto que, los intelectuales de pueblo no necesitan tal legitimidad sino que se plantean dentro de un mercado de estatus social, donde sus nombres son enlazados con disputas académicas que exceden lo meramente local y, por ello, adquieren una valoración superlativa frente a cualquier otro vecino. Grenón, Bischoff y los miembros de la Junta Provincial de Historia apuntan a establecer cánones distintivos de la historiografía impuesta por el centro, mientras que el accionar del sacerdote Manuel Tejerina, Alejandro Mansilla o Abelardo García Oria apuntan a legitimar su posición social, cotizando un capital cultural simbólico, a la vez, de productores y creadores de identidades locales. La autora reconoce este campo de disputa y producción aclarando:
... no necesariamente hay en cada provincia o en cada pueblo un campo intelectual para es- tudiar, pero sí hay un espacio social cualitativamente diferenciado donde es posible discernir subespacios específicos entre los que se puede delimitar circuitos de circulación, de intercam- bio y de cosas en juego, sin olvidar que todos tienen que ver con un campo general del poder (económico, político y simbólico) que incide de diversas maneras sobre el conjunto del espacio social y del espacio físico. En general, cuanto más reducida la escala, la incidencia tiende a ser mayor (Martínez, 2013: 178).