P ROBLEMAS ESPIRITUALES DE C HILE
POBREZA DE LA IGLESIA CHILENA
Desde hace mucho tiempo se ha difundido la fantástica idea de las grandes riquezas de la Iglesia Chilena, que hace eco a los millones de los jesuitas guardados en los recónditos subterráneos. ¡Si conociese nuestra gente la realidad tan distinta de estos cálculos quiméricos!
Un Obispo nortino escribe: “Hoy la mayor parte de las parroquias no alcanzan a dar al párroco $50 mensuales por sus servicios y atenciones, porque sus feligreses son pobrísimos. Y hay que pensar que solo el agua en el Norte llega a costar $4 el metro cúbico. En otras diócesis del Norte la asignación a los párrocos llega a $200 mensuales. ¿Qué se hace con esa suma? Ha de vivir, viajar, ayudar a los pobres… y los hay tan numerosos. Hay barrios obreros que son una vergüenza humana. En Tocopilla existe el barrio llamado Manchuria, vergüenza humana, horror de pobreza, suciedad y desorden, construido en gran parte de latas, tablas de cajones y gangochos. Estos suburbios existen a lo largo de todo Chile, incluso en Santiago, donde muchos hermanos nuestros van a vivir bajo los puentes del río. El sacerdote que se acerca a ellos para hablarles de Cristo no puede menos de ayudar de su pobreza al que tiene menos que él, pues no puede predicar donde hay estómagos vacíos”.
En pleno centro del país hay parroquias que no tienen más que la modesta subvención que les da la Curia y algunas entradas parroquiales, que en total suman una entrada que no llega a $400 mensuales, con los cuales el Párroco ha de vivir y alimentar a veces a personas de su familia. Vive urgido por la pobreza y cuando ve los libros que debiera comprar para continuar su formación, para hacer bien a las almas, tiene que quedarse con el deseo de adquirirlos porque no le alcanzan las entradas para cubrir su costo.
Un Obispo del Sur nos escribe: “Afirmo en conciencia que ni siquiera vivo al día. Las pocas entradas fijas que tengo son $2.500 mensuales para todos los gastos de mi diócesis: sostener la Curia, al Obispo, Vicario General, Tesorero, pago de hipotecas, ayuda de obras religiosas y a los párrocos”. ¿Qué puede hacer con este presupuesto que apenas basta a una familia de un mediano empleado fiscal?
En la diócesis de Temuco de sus 18 parroquias, solo tres tienen su templo y casa parroquial en buen estado. Las 15 restantes o tienen la iglesia inconclusa o no tienen casa
parroquial siquiera en regular estado. Hay muchos caseríos distantes que han de ser atendidos en forma transitoria por los párrocos menos lejanos, lo que ocasiona gastos de viajes que no pueden hacer los propios párrocos porque viven con suma estrechez.
En la diócesis de Ancud el Obispo apenas puede ayudar con $50 mensuales a los párrocos más pobres, para proveer a su mantenimiento. Misioneros que han recorrido algunas de esas parroquias han vuelto con el corazón oprimido al ver no la pobreza sino la miseria. Hay parroquias donde apenas hay una cama, una mesa, una silla, un cubierto, y el propio párroco ha de hacer su cocina. El sacrificio de la pobreza se agrega a las privaciones que significan el alejamiento en medio del océano donde apenas llegan los diarios y el correo, donde no hay ni luz eléctrica ni la más mínima comodidad. Los viajes los han de hacer en barcos de pequeño calado, en botes expuestos a hundirse en medio de las fuertes tormentas del Sur, y en el interior de las islas a caballo por caminos intransitables, sobre todo en el invierno. Recuérdese que en Chiloé llueve casi nueve meses en el año, lo que dificulta enormemente la atención de los feligreses.
Un aspecto de la pobreza sacerdotal en la que muchos cristianos no han reparado, es la vejez del sacerdote, sus enfermedades, su invalidez. A veces hemos visto heroicos curas que no han tenido en su enfermedad más remedio que ir al hospital, y sus hermanos en el sacerdocio han debido hacer una colecta para comprar el ataúd y darle una sepultura que no sea la fosa común. Y esos hombres abnegados consagran su vida al servicio de los demás.
La educación religiosa de los alumnos debe hacerlos conscientes de estas realidades: debe hacerlos ver a qué precio sus Obispos, sus párrocos, sus educadores han sembrado y cultivado en sus almas la semilla de la fe, lo que exige de ellos la respuesta de la gratitud, virtud por desgracia demasiado rara.
Hay quienes creen que se les deben a ellos todos los servicios, los reciben con la mayor naturalidad sin haber reparado nunca en el inmenso sacrificio de sus pastores y educadores y mucho menos sin haber jamás pensado en mostrarles su gratitud. Por el contrario, los defectos de sus maestros están bien presentes en su espíritu y en sus conversaciones. La ingratitud de los fieles, tomada como fenómeno colectivo, es un hecho demasiado frecuente y demasiado triste que denota ausencia de educación social.
El despertar del sentido social hará a los alumnos más conscientes que la Iglesia es su Iglesia, que los sacerdotes son sus sacerdotes, que los fieles son sus hermanos y los pródigos el objeto de sus desvelos. Una comunidad cristiana con sentido social será una comunidad regida por el vínculo del amor, de la gratitud, del apostolado, será el testimonio viviente que Cristo pidió a sus discípulos para que el mundo conociera que lo son.
1 Nos servimos de los datos publicados por el autor en el libro agotado ¿Es Chile un país católico?, capítulo: “La
vida cristiana en Chile”.
2 Eduardo Frei, Chile desconocido (Santiago, 1937) p. 7. 3 Revista de Estadística, 1939.