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ti PODER DE LAS PALABRAS DE AMOR

Un señor japo n és llamado Masaru Emoto se hizo famoso por una prueba muy extraña. Pegó palabras de am or a ciertos frascos de agua e insultos en otros frascos. Luego congeló am bos frascos y tomó fotogra­ fías de los cristales de agua. Así descubrió que el agua de las palabras am orosas se cristalizaba en formas sim étricas de estrellas, com o copos de nieve, m ientras que los cristales del agua insultada tenían formas redondeadas y am orfas, com o gelatina. De esto el señor Emoto con­

cluyó que las vibraciones positivas forman cristales bellos, y que si los

seres hum anos som os un 80 % agua, las palabras de am or tam bién nos convierten en estrellados copitos de nieve. No sé si las experiencias del japonés han ayudado a alguien más que a él, ya que lo llevaron a mostrar sus fotografías por todo el m undo. Tampoco entiendo por qué el señor Emoto considera que las formas angulares y simétricas son más bellas que las onduladas y asim étricas. ¿Será un traum a de la infancia porque de niño lo azotaban cuando cortaba el sushi torcido?

Pese a eso, el señor Emoto nos hace reflexionar sobre el poder de las palabras. En eso hay que darle la razón: las palabras dulces que salen del corazón —no las fórmulas de com prom iso a! estilo “Huele usted maravillosamente, señor Kawasaki. Mis ojos saltan de regocijo al verle"— producen un efecto positivo en quien las oye, que a su vez será am able con quien las dice, lo que lleva a una escalada ilimitada de cor­ tesía que acabará en ápices fastuosos de generosidad, com o que alguien erija una pirám ide de Keops en tu m em oria y vaya a hacer cincuenta abdom inales al gim nasio por ti.

No hay duda de que un am or durará m ás si en la com unicación flo­ recen palabras com o “dulce”, “cariño”, “corazón”, “cielo”, “mi vida”, y si abundan las frases del tipo “Eres lo m ejor”, “Qué buena idea has tenido”, “Me siento tan bien contigo”, “Te quiero tanto”, “Te am o con todo mi corazón”, “Por favor”, “Perdón“ y “Gracias”. Desde ya, es m u­ cho mejor hablarse así que com unicándose con preguntas. Si te fijas, los peores problem as de pareja nacen de com unicarse con preguntas como: “¿Qué hace esto tirado aquí?”, “¿Es que no lo entiendes?”, “¿No tienes nada m ejor que hacer?”, “¿Qué tienes en la cabeza?”, “¿Qué has dicho?”, “¿Eres sordo?”, “¿Estás loca?”, etc. Cuando hay intenciones de cuidar la relación, no sólo es inteligente decirse cosas agradables sino

Cómo seguir enamorados para siempre

que es más inteligente contener la tentación de decir la m aldad ad e­ cuada en el m om ento en que haga m ás daño, com o cuando estam os muy enojados.

Hay m aridos que detestan lo de “a m o ra to ” y “cielito” porque saben que tres palabras después viene el pedido de “necesito que c o m p re s...” También hay m aridos que no soportan que les digas “Cuchi-cuchi”, por­ que dicen que así le dice Betty Mármol a Pablo, el de Los Picapiedras. Muchos hom bres piensan que decirse cosas dulces es cursi y reblande­ cido. Como él no te las dice a ti, tú no se las dices a él... y así am bos cada vez se alejan m ás del trato am oroso.

Aunque tam poco creo que la profusión de lisonjas sea la m edida del amor, si los hom bres supieran cuánto mejor se siente un a mujer cuando le dicen cosas dulces, y cuán dispuestas estam os a p erdonar que se sienten toda la tarde a m irar fútbol, dirían m uchísim as m ás cosas dulces.

Yo se lo he dicho a mi m arido, y tres días después —ellos necesitan tiem po para com prender lo que les has dicho—, m e despertó dicién- dome: “P recio sa...” Yo abrí los ojos com o platos, y entusiasm adísim a le dije: “¿Qué? ¿Dijiste “preciosa”? ¡Dime m ás!” Y se cerró com o una ostra diciendo: “Ah, n o ... [No m e presiones!” Esperé des días m ás y no

Ana von Rebeur

volvió a decirm e nada lindo. Entonces le expliqué que el m otor de las mujeres son las palabras de amor. Me dijo: “Es verdad, pero no se me ocurre qué decirte que no sean obviedades. Es obvio que me gustas, es obvio que te quiero, es obvio que m e alegra estar contigo... ¿Qué m ás quieres que te diga?” Y le dije que, como es hombre, com prendo que no se le ocurra ninguna palabra bonita, por lo cual le aconsejé que fuera a una tienda de venta de tarjetas de días especiales —del tipo Hallmark de las que hablábam os al principio—, que buscara entre las que llevan corazones im presos, que apuntara disim uladam ente todas las frases de las tarjetas y que pegara el listado de frases am orosas en la mesilla de luz para recitárm elas cada m añana. Me hizo caso, y a la m añ an a si­ guiente me despertó, am orosam ente, y me dijo: “¡Buen viaje, am igo!”, “Mucha suerte en tu nuevo trabajo”, “¡Felicidades, es una niña!”, “¡Feliz cum pleaños, abuelita!”, y “Esperam os que te repongas pronto”.

Tíil vez tú tengas una mejor idea para hacerle entender a tu hom bre que las palabras cariñosas son im portantes. Pero lo más im portante es que le transm itas tus necesidades con claridad.

OCHO TRUCOS PARA QUE