La economía como nueva ciencia de la política
4. La política como ciencia moderna: El nacimiento del Estado
En la Inglaterra del siglo XVII, después de los graves disturbios sociales –verdadera guerra civil– provocados por los confusos prin- cipios antropológicos y políticos del protestantismo, en un intento de recuperar una política que no estuviese fundada ni en la ley na- tural, ni en la Biblia, Thomas Hobbes propuso un nuevo enfoque de la política elaborado sobre principios evidentes por sí mismos.
Siguiendo el método reductivo de Descartes, tomó como punto de partida una hipotética situación inicial de la humanidad, el “es- tado de naturaleza”, antes de toda acción política, en la que el hom- bre no sería más que un individuo, del tipo descrito por Lutero. Un ser vacío, sin intimidad, precario y necesitado, que como no puede crecer en virtudes, solo se “realizaría” desarrollando su deseo in- agotable de poseer. Un individuo que se comportaría como la peor de las bestias, capaz de robar y matar para seguir deseando. Frente a esa bestia inviable, hacía falta otra bestia mucho más fuerte –el Le- viatán– capaz de someterla, un dios artificial, creado de modo con- tractual10por los individuos a imagen y semejanza de ellos mismos.
Un poder que por pretenderse absoluto –del mismo modo que los deseos del individuo– no puede dejar de crecer.
Era la maldad radical de la naturaleza humana la que creaba una situación inviable de guerra de todos contra todos, de la que solo se podría salir mediante el sometimiento de todos a una vio-
10 Un punto oscuro de este planteamiento, que Hobbes no pudo aclarar muy bien, es cómo unos in- dividuos bestiales, en un instante, se convertían en calculadores de sus ventajas y capaces de respe- tar los contratos.
lencia irresistible –la del Leviatán, la bestia del poder absoluto– ca- paz de poner orden mediante el miedo a la muerte.
Hobbes se inspiraba en el modelo de la física de Newton, el pa- radigma de la nueva ciencia. A partir de una situación inicial, el apa- rente caos de los movimientos de los astros, con el auxilio del cál- culo, y la hipótesis de una fuerza universal –la gravitación– se llegó a establecer la ley de gravitación universal, una posible explicación del orden de movimiento de los astros.
Para el caso del orden de la sociedad, Hobbes tomaría como fuerza universal el miedo a la muerte. Mediante el cálculo, cada in- dividuo llegaría a la conclusión de que bajo el poder absoluto del Es- tado, la posesión sería mayor, en cantidad y duración, que en la hi- potética situación inicial, en la que la vida de los individuos era mi- serable, insegura y corta.
El supuesto orden social sería resultado de la imposición, por medio de una violencia irresistible de la voluntad del soberano. La política, así entendida, excluía toda participación en lo público, de- jaba de fundarse en la pluralidad de autoridades, ni siquiera en la potestas, sino en la pura violencia legal11. Solo habría un protago-
nista, el soberano, el único que establece y dispone de la verdad, que posee en exclusiva la acción política, el único libre e independiente. Otro personaje, también inglés y protestante, John Locke, in- tentaría moderar los terribles supuestos de partida del modelo de Hobbes. Con ese fin sostuvo que, en estado de naturaleza, el hom- bre no era una bestia incontrolable, sino un individuo que se movía por interés individual, capaz de relacionarse con los otros por puro cálculo de utilidad.
Según el enfoque de Locke, el poder absoluto del Estado no era imprescindible para que los individuos no se mataran unos a otros, sino para que los individuos pudieran ser estrictamente apolíticos, perseguir solo su propio interés. No rechazaba el Estado de Hobbes, pero se daba cuenta del peligro de totalitarismo de ese tipo de po- der absoluto; su objetivo era ponerle un límite natural, indepen- diente de la voluntad del soberano.
En estado de naturaleza, cuando un individuo recolecta frutos –sin dueño– de la naturaleza, la propiedad –según Locke– de lo re- colectado se puede explicar como una “compra y venta” con la na- turaleza. La naturaleza cede sus frutos a cambio del trabajo de re- colectarlos. El dinero es el trabajo, el medio natural de pago del que dispone cada individuo en cuanto propietarios de su cuerpo. Ni la propiedad, ni el trabajo, ni el mercado eran –según Locke– fenó- menos sociales, sino pertenecían al plano de la naturaleza, someti- dos a leyes naturales, fuera del control de la razón humana.
El derecho de los individuos a la apropiación de los frutos de la naturaleza se fundaba en una tendencia natural a la subsistencia, al mantenimiento de la propia vida. Algo muy similar al miedo a la muerte de Hobbes.
El problema se le planteó a Locke cuando se abandonaba el es- tado de naturaleza, cuando se entraba en sociedad. En ese caso, de- jaba de haber tierras sin propietarios, aparecía el dinero, y el trabajo y la propiedad podían ir más allá de la estricta necesidad individual. A partir de ese momento, cuando la apropiación deja de estar ligada al trabajo del propio cuerpo, el poder absoluto del Estado resultaba imprescindible para hacer respetar la propiedad del que tiene más de lo que necesita, para obligar al cumplimiento de los contratos de trabajo.
Se podría decir que, tanto Hobbes como Locke, pretendían algo así como una nueva creación del hombre: “hagamos al hombre de manera que no dependa ni de la cultura, ni de la historia, ni de Dios”. Se trataba de crear un hombre que viviese en presente, en el mundo de las cosas, que no tuviese otro fin que la posesión de lo in- mediato. Rechazaban no solo la metafísica y la fe, sino también la política; solo admitían la física empírica de los cuerpos y las fuer- zas.
5. La economía como alternativa a la política
La sociedad, tal como la entendía Locke, pasaba a ser el ámbito de la vida ordinaria de los hombres, cuya única finalidad sería el en- riquecimiento individual por medio del comercio. Un ámbito natu-
ral en el que no cabe perfección humana, solo realización hacia fuera: aumento continuado del poder y las riquezas.
La antropología protestante, al haber eliminado la posibilidad de la acción política, había dejado abierto el camino para sustituir la acción política por la operación económica: “ya que no podemos ser santos, ni tan siquiera perfeccionarnos como hombres, por lo me- nos hagámonos ricos, dediquémonos a la creación de riqueza”.
Los ilustrados escoceses, y de modo muy especial Hume, recha- zaron el método de Hobbes y Locke. Consideraba que el estado de naturaleza, ni había existido nunca, ni tenía sentido recurrir a esa hipótesis. En su opinión, ni el Estado ni el mercado eran capaces de establecer la verdad práctica. El orden de la sociedad no era moral, sino un resultado pragmático de simple conveniencia, establecido por parte de quienes tenían los resortes del poder y de los que se ha- cían ricos con el comercio. Desde el escepticismo de Hume, la polí- tica era una extraña simbiosis de poder absoluto con una crematís- tica monetaria desatada, destinada a mejorar siempre la posición de los que controlaban el poder y el dinero.
Influido, tanto por el “lado amargo o pesimista” de Maquiavelo, como por lo que él mismo pudo comprobar que sucedía en el Lon- dres de su tiempo, sostuvo Hume que el Estado, en cuanto poder ab- soluto, nunca podría dejar de crecer12. Por ser un poder negativo, no
productivo, siempre necesitaría de un flujo creciente de ingresos monetarios. Por su parte, los comerciantes, nunca podrían dejar de aumentar sus ganancias monetarias, siempre estarían interesados en ampliar el ámbito de los mercados, con el continuado incre- mento del flujo monetario. En otras palabras, Estado y comercio eran aliados naturales, expresión colectiva de la insaciabilidad del individuo moderno.
La política del Estado debía estar orientada a organizar la so- ciedad con vistas a que no se ininterrumpiera el crecimiento conti- nuado del flujo monetario. De todas maneras, dudaba Hume que
12 Ya había advertido Hobbes que el Leviatán se alimentaba de sangre, del dinero, de los deseos in- saciables de los individuos. Vivimos en la sociedad de la deuda, de la dependencia.
este modo de proceder asegurara para siempre el bienestar de un país. Si la política, la vida en sociedad, era resultado del juego ciego de las pasiones y los intereses, no se podía asegurar que el orden so- cial resultante fuese siempre el mejor posible, incluso podría cami- nar hacia el peor de los resultados.
Consciente del peligro que representaba esa inevitable alianza entre el Estado y el comercio, su amigo Adam Smith, influenciado tanto por el estoicismo, como por el método de Newton, sostuvo que las actividades de individuos que persiguen su propio interés, per- tenecían al ámbito del orden de la naturaleza, y no al de la política, de tal manera que, sin ninguna intervención del Estado, la econo- mía tendía necesariamente a un orden del mayor bienestar posible, condicionado por los recursos disponibles por cada nación.
Esa autorregulación, que reducía el papel del Estado a la fun- ción de vigilante de la propiedad y de los contratos, era resultado de una fuerza de la naturaleza, la “mano invisible”, que de manera no accesible a la razón humana, lograba que del desorden de los inte- reses individuales surgiera el orden de una sociedad que avanzaba hacia una situación de creciente satisfacción para todos.
Para Smith la “mano invisible” –al contrario de lo que pensaba Hume– realizaba la verdad, lo mejor para todos en el plano de los intereses de todos, sin que fuera necesaria la intervención directa del Estado. La economía surgía así como la nueva ciencia de la po- lítica, la que podía neutralizar el ansia de poder del Estado.