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Poner orden en el caos

In document Bettelheim-pa Cuentos de Hadas (página 91-94)

Antes y durante el período edípico (aproximadamente de los tres hasta los seis o siete años), la experiencia que el niño tiene del mundo es caótica pero sólo desde el punto de vista del adulto, puesto que caos implica una conciencia de este estado de cosas. Si esta manera «caótica» de experimentar el mundo es la única que se conoce, se acaba por creer que el mundo es así.

En lenguaje bíblico, que expresa los sentimientos y percepciones más profundos del hombre, se dice que en un principio el mundo «no tenía forma alguna». Pero nos habla también de la manera de superar el caos: «Dios separó la luz de las tinieblas». Debido a las luchas del período edípico, el mundo externo adquiere un significado más importante para el niño, que empieza a tener interés por encontrarle un sentido. Ya no está tan convencido de que el modo confuso en que ve el mundo sea el único posible y adecuado. La manera en que un niño puede poner orden en su visión del mundo es separando todas las

cosas por parejas de contrarios.

Al final del período edípico y en el postedípico, esta disociación se extiende al niño mismo. Él, como todos nosotros, puede hallarse, en cualquier momento, con una confusión de sentimientos contradictorios. Pero, mientras los adultos han aprendido a integrarlos, el niño se siente abrumado por las ambivalencias que se producen en su interior. Experimenta la doble sensación de amor y odio, y de deseos y temores, como un caos incomprensible. No consigue sentirse, en el mismo momento, bueno y obediente y, también, malo y rebelde, aunque sea así en realidad. Puesto que no puede comprender los estadios intermedios de grado e intensidad, las cosas son o todo o nada. Se es valiente o cobarde; feliz o desgraciado; guapo o feo; habilidoso o torpe; se ama o se odia, pero

sin medias tintas.

Así es como el cuento de hadas describe el mundo: os personajes encarnan la maldad más atroz o la bondad menos egoísta. Un animal o sólo devora, o sólo ayuda. Todos los personajes son, esencialmente, de una sola dimensión, lo que permite que el niño comprenda fácilmente sus acciones y reacciones. A través de imágenes sencillas y directas, el cuento de hadas ayuda al niño a seleccionar sus

sentimientos complejos y ambivalentes, de manera que cada uno de ellos ocupa el lugar que le corresponde en vez de formar un conjunto incoherente y confuso.

Cuando escucha un cuento, el niño recoge ideas sobre cómo poner orden en el caos de su vida interna. El relato sugiere no sólo el aislamiento y la separación, por parejas de contrarios, de los aspectos dispares y confusos de la experiencia infantil, sino también su proyección en distintos personajes. Incluso Freud llegó a la conclusión de que la mejor manera de contribuir a poner orden en el caos increíble de contradicciones que coexisten en nuestra mente y vida interna, es mediante la creación de símbolos para cada uno de los aspectos aislados de la personalidad. Los denominó ello, yo y super-yo. Si nosotros,

como adultos, tenemos que recurrir a estas entidades separadas para ordenar nuestras experiencias internas, es lógico que el niño lo necesite en mayor medida. Actualmente, los adultos usamos términos como ello, yo, super-yo y yo ideal para separar nuestras experiencias internas y captar mejor su contenido. Por desgracia, al hacerlo, hemos perdido algo que es inherente a los cuentos de hadas: la conciencia de que estos símbolos son ficciones, útiles únicamente para ordenar y comprender los procesos mentales.*

Cuando el héroe de un cuento es el niño más pequeño o cuando ya se le llama concretamente «el mudo» o el «tonto o bobo» al principio de la historia, éste es el pago que el cuento tributa al estado originalmente débil del yo que comienza a luchar para enfrentarse al mundo interno de los impulsos y a los difíciles problemas que plantea el mundo externo.

Se describe a menudo al ello, de la misma manera que lo considera el psicoanálisis, como un animal que representa nuestra naturaleza irracional. Los animales de los cuentos de hadas pueden tomar dos formas: o bien ser peligrosos y destructivos, como el lobo de la «Caperucita Roja» o el dragón que devasta un país

* El hecho de dar nombres independientes a los procesos internos —ello, yo, super-yo— los convierte en

entidades, cada una con sus tendencias propias. Si consideramos las connotaciones emocionales que tienen estos términos abstractos del psicoanálisis para la mayoría de personas que los usan, nos damos cuenta de que estas abstracciones no son tan diferentes de las personificaciones de los cuentos de hadas. Cuando hablamos del ello asocial e irracional que impulsa al yo débil, o del yo que cumple las órdenes del super-yo, estos símiles científicos no se diferencian mucho de las alegorías de los cuentos de hadas. En éstas el niño pobre y débil se enfrenta a la bruja poderosa que conoce sus deseos y actúa sobre ellos sin atenerse a las consecuencias. Cuando el sastrecillo del cuento «El sastrecillo valiente» de los Hermanos Grimm consigue vencer a dos gigantes enormes haciéndolos luchar mutuamente, ¿no está actuando como el yo débil que enfrenta al ello y al super-yo y que, al neutralizar sus energías contrarias, consigue un control racional sobre estas fuerzas irracionales?

Se evitarían muchos errores en la comprensión de cómo funcionan nuestras mentes si el hombre moderno fuera siempre consciente de que estos conceptos abstractos no son más que apoyos adecuados para manipular ideas que, sin una externalización semejante, serían muy difíciles de comprender. Actualmente, no se da, por supuesto, una separación entre ellos, de la misma manera que no hay una separación real entre la mente y el cuerpo.

entero a menos que se le sacrifique cada año una doncella, en el cuento «Los hermanos» de los Hermanos Grimm; o bien ser inteligentes y bondadosos, que guían y rescatan al héroe, como en la misma historia «Los hermanos», en la que un grupo de animales resucitan al héroe que había muerto y le consiguen la justa recompensa de la princesa y su reino. Tanto los animales peligrosos como los buenos representan nuestra naturaleza irracional, nuestros impulsos instintivos. Los peligrosos simbolizan el ello en estado salvaje, con toda su peligrosa energía y no sujeto todavía al control del yo y del super-yo. Los animales bondadosos representan nuestra energía natural —el ello— puesta al servicio, en este caso, de los intereses de la personalidad total. También hay algunos animales, normalmente pájaros blancos, como las palomas, que simbolizan el super-yo.

In document Bettelheim-pa Cuentos de Hadas (página 91-94)