Los otros cuatro miembros de la CEE desconfiaban de esta alianza que esbozaba una suerte de directorio franco-alemán de los Seis. Fue una de las razones que los lle- vó a apoyar con entusiasmo al Reino Unido, cuando éste renovó, en 1967, su solicitud de adhesión a la CEE (2). Consideraban la inte- gración de Londres como un contrapeso del eje París-Bonn que permitía reforzar la pre- sencia estadounidense, a la que considera- ban un reaseguro frente a la amenaza sovié- tica y al avasallante general De Gaulle.
El muy atlantista Jean Monet, que con- cibió a las comunidades europeas, logró por medio de un lobby intensivo que el Par- lamento alemán acompañara la ratificación del Tratado del Elíseo con una reafirmación de la adhesión de la República Federal de Alemania (RFA) a la Alianza Atlántica.
Irritado por esta iniciativa, el general De Gaulle no se desanimó. Celebró la conclusión de un acuerdo que en lo esencial lo satisfacía, ya que aportaba a Francia un apoyo diplomático poco incómodo, ya que Alemania se encontra- ba amordaza por la culpabilidad de los críme- nes nazis. Por su parte, Adenauer esperaba de París un apoyo para la reunificación nacional que la Guerra Fría postergaba incesantemente.
Un traje a medida
A partir de los años 70, los medios de comu- nicación empezaron a hablar de la “pareja franco-alemana”, que efectivamente tendría muchos hijos: la creación del Consejo Euro- peo en 1975, la de la serpiente monetaria y
luego del sistema monetario europeos (1978), la elección del Parlamento Europeo por su- fragio universal directo (1979) o incluso el Tratado de Maastricht (1992) fueron produc- tos de acuerdos entre París y Bonn (Berlín).
La reunificación de Alemania, impuesta por el canciller Helmut Kohl en 1990 y amplia- mente sufrida por François Mitterrand, tras- tocó las relaciones entre ambos socios. Alema- nia ya no era el enano político de la posguerra. En 1991 se afirmó de manera espectacular al reconocer unilateralmente la independencia de Croacia y de Eslovenia, contra la opinión del Consejo Europeo, que temía que el estallido de Yugoslavia degenerara en guerras fratricidas. En la Cumbre de Niza (diciembre de 2000), las divisiones franco-alemanas se hicieron evi- dentes. Berlín exigía un peso más importante en el seno de las instituciones europeas, par- ticularmente un aumento de su cantidad de votos en el Consejo de Ministros, frente a un presidente Jacques Chirac intransigente. Fi- nalmente, la RFA conservó la misma cantidad de votos, pero París le concedió una reforma mayor: desde entonces para que una decisión sea adoptada por la Unión Europea, no sólo es necesario alcanzar una mayoría calificada, si- no que ésta sea el resultado de países que repre- senten en su conjunto al 62% de la población europea. Entre los países más poblados, la RFA obtuvo así una ventaja tanto más significativa cuanto que supo tejer lazos con los ocho paí- ses de Europa Central y Oriental –ingresados en 2004 (3)– que le permitirían en ciertos casos verdaderas mayorías automáticas en su favor.
La arquitectura del euro está diseñada a medida de Alemania: moneda fuerte, banco central independiente (con sede en Fráncfort), rigor y austeridad. Desde los años 2000, Ber- lín, que en ese entonces parece escapar de la crisis, lleva la batuta. París –sin brújula polí- tica y sin proyecto nacional– se conforma con seguir los pasos de su poderoso vecino. Lejos quedó el socio “complaciente”, y algunos se preguntan si sigue siendo tan “indispensable”. ¿No debería Francia, por ejemplo –sin abando- nar a Berlín– reforzar los lazos con los países del Sur de Europa, o incluso del perímetro me- diterráneo, con los cuales comparte una larga historia y un antiguo espacio económico? g
1. Entre 1945 y 1990, la capital de la RFA era Bonn, y no Berlín. 2. En 1963, una primera solicitud de adhesión británica (presentada en 1961) había chocado con el veto del general De Gaulle, que veía en Londres al “caballo de Troya” de EE.UU. 3. Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Eslovenia.
*De la redacción de Le Monde diplomatique, París.
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uando tengan que caracterizar las operacio- nes militares francesas de principios del si- glo XXI, los historiadores hablarán quizás de “sobresaltos estratégicos”, a tal punto el movi- miento de conjunto de los diez últimos años aparece sincopado. Para completar el relato de la expedición malí, es necesario inscribirla en el largo plazo. Afga- nistán, 2001: tras los atentados contra el World Trade Center, Francia decide apoyar las operaciones relám- pago que conducirán a la caída del régimen talibán. Sin embargo, como la región no le resulta de mayor in- terés, y como la toma de Kabul por los “señores de la guerra” no implica ningún cambio estructural respec- to del caos afgano corriente, toma la precaución, en un primer momento, de no inmovilizar efectivos pesados en el terreno. Costa de Marfil, septiembre de 2002: el Elíseo envía la fuerza Licorne a mediar con éxito en la antigua “vidriera del África francófona”. Varios miles de soldados se involucran por completo en el territorio para evitar una guerra civil total, en una zona de cen- tral importancia para los intereses franceses.Irak, 2003: después de algunas vacilaciones, París rechaza la impulsiva aventura neoconservadora, ob- jetando a Washington el previsible espectro del caos regional, así como el riesgo de una fractura entre las autoproclamadas potencias morales y un mundo ára- be en plena crispación política e identitaria. Afganis- tán, 2007: Francia, que mantenía un “compromiso abierto”, se deja embarcar por Estados Unidos en una interminable empresa de democratización contra- insurreccional atiborrada de objetivos morales utó- picos, y destinada al fracaso a pesar del profesiona-
lismo de las tropas enviadas en misión. Libia, 2011: con una mezcla tragicómica de retórica malruciana (1) desenfadada y de eficacia militar innegable, Pa- rís pone fin a un régimen dictatorial ni más ni menos ubuesco que otros, desestabilizando de manera dura- dera al conjunto del África septentrional y abriendo la puerta a un islamismo duro, financiado y armado ciegamente por el petróleo del Golfo (2).
Lecciones de Afganistán
Encontrar una lógica en este vals-vacilación entre realismo por impotencia e idealismo por inconscien- cia parece un desafío imposible. El episodio malí es por ello más interesante de analizar. Envuelto en sus contradicciones, y después de largos meses de inde- cisión –dejando a sus adversarios el tiempo necesario para prepararse–, el gobierno francés trató de repa- rar los daños de la intervención libia. Ésta, al contri- buir a armar las facciones sahelianas más radicales, consagró la preponderancia de los salafistas yihadis- tas del Movimiento para la Unidad y la Yihad en Áfri- ca Occidental (MUJAO, en francés) y de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) sobre la rebelión tuareg, acelerando la derrota de las fuerzas gubernamenta- les malíes y la inestabilidad política en Bamako.
Se demoró mucho en definir el modo de acción. “No habrá hombres en el terreno, no habrá tropas francesas involucradas”, afirmaba todavía el 11 de octubre de 2012 François Hollande, que prefería ha- blar de una simple ayuda material a las fuerzas ma- líes (3). Con esta petición de principio imprudente, el Elíseo restringía de entrada su propia libertad de