El objetivo fundamental del presente capítulo es sustentar la tesis de que, a partir del abandono del concepto de ajuste categorial, el análisis del curso que toma la conducta humana respecto a las delimitaciones de pertinencia consiste en caracterizar lo que será denominado el posicionamiento individual en prácticas convencionales. Las razones que se ofrecerán para sustentar dicha tesis son las siguientes: (a) el carácter convencional de los eventos en las interacciones psicológicas humanas se deriva inmediatamente de la participación de un individuo en una práctica social, ya que se dice que un individuo genuinamente ‘participa’ en ella si y solo si puede comportarse de acuerdo con sus límites de pertinencia; (b) esta participación puede ser caracterizada según la efectividad y pertinencia: por un lado, el dominio o destreza, que se refiere a la efectividad del proceso de conocimiento progresivo de los aspectos característicos de la práctica, y por otro, el posicionamiento en la práctica, que se refiere a la forma sistemática de ‘hacer’ conforme a la aceptación implícita o explícita de los límites de dicha práctica.
Por otro lado, acogiendo la clasificación que hicieron Ribes y sus colaboradores (2016) de las prácticas sociales el posicionamiento individual puede ser caracterizado según las propiedades de cada uno de esos tipos (prácticas interpersonales y prácticas impersonales). Así, se distinguirá el posicionamiento individual en prácticas interpersonales, del posicionamiento individual en prácticas impersonales, pero se sugerirá que es posible añadir el análisis del posicionamiento que tiene lugar en prácticas en las que se abstraen o separan las condiciones particulares en términos de relaciones entre las categorías y conceptos que la constituyen. De ahí que se denomine posicionamiento individual en prácticas teóricas.
También se distinguirán tres facetas o aspectos inherentes de todo posicionamiento individual: (a) la perspectiva, como la manera de hacer y decir episódico respecto de algo ; (b) la postura, como la tendencia o propensión justificada que se configura a través de la actualización sistemática de una perspectiva, y (c) la posición, entendida como las coordenadas que ocupa el comportamiento de un individuo en un espacio categorial analíticamente definido, y que se identifica a partir de la perspectiva y la postura.
Participación y posicionamiento en las prácticas convencionales
Tal como se señaló en el capítulo anterior, la propuesta sobre el ajuste categorial (Ribes, 2006) ha sufrido variaciones que si bien implican precisiones diversas, permiten delimitar universos empíricos pertinentes para la comprensión de algunos fenómenos de conducta humana compleja desde una perspectiva no mediacional, atendiendo a su vez a sus propiedades convencionales (Pérez-Almonacid y Quiroga, 2010; Ribes y Pérez-Almonacid, 2012; Pérez- Almonacid, 2014; Pérez-Almonacid, García y Ortiz, 2015). En ese contexto, la precisión realizada por Pérez-Almonacid y Quiroga (2010) sugiere que el ajuste categorial, como ajuste a criterios de pertinencia de una práctica social, conlleva dos aspectos de relevancia analítica: i. e. la aceptación de dichos criterios de pertinencia y el desplazamiento por el sistema de criterios aceptados (pp. 86- 90).
En primer lugar, la aceptación hace referencia a la “forma fundamental de hacer pertinente” (p. 86) que se da con base en los criterios de una práctica social particular; en ese sentido, se vincula con el concepto de doxa (Bourdieu, 1979, citado por Pérez-Almonacid y Quiroga, 2010) que se refiere a la adhesión a las relaciones sociales que preexisten a un individuo particular: “Desde este punto de vista, la persona acepta los criterios de las prácticas sociales y cuando lo hace se afirma que cree en algo. Así, esta forma fundamental de ajuste categorial corresponde a lo que
denominamos creer” (p. 87). De tal manera, dichas relaciones parecen “dadas” o evidentes de modo que se convierten en una segunda naturaleza en la que la conducta humana tiene lugar (cf. Ter Hark, 1994; Ribes, 2012).
Por su parte, el desplazamiento hace referencia al “despliegue de actos pertinentes simultáneos y sucesivos con respecto a criterios aceptados. Una vez la persona se inserta19 en un
sistema de prácticas sociales, transita entre estas” (p. 88). En tal virtud, los autores sugieren que este tránsito o desplazamiento puede ser visto en dos direcciones: i. e. vertical y horizontal, que se traducen en dos ejes, respectivamente: abstracción y extensión. La abstracción es definida como el “tránsito desde categorías episódicas a categorías teóricas [que] se concreta en transiciones sub y supracategoriales en la forma de relaciones género- especie progresivas” (p. 88). De acuerdo con lo sugerido en el capítulo anterior, los autores afirman además que, en los casos de mayor abstracción, esta forma de ajuste categorial coincidiría con contactos funcionales transituacionales, dado que implica vínculos teóricos novedosos entre sistemas de categorías asimismo teóricas. Por su parte, la extensión se refiere a “transiciones entre sistemas categoriales prácticos, como cuando una persona cambia la forma de tratar a otra una vez que conoce que es su suegro, o cuando una persona deja de creer en algo para creer en otra cosa” (p. 88). Por lo tanto, este tipo de desplazamiento se vincula con el universo empírico del cambio conceptual o la resistencia al cambio (cf. p. 99).
La propuesta que será desarrollada en el presente capítulo es que los conceptos de aceptación y desplazamiento siguen siendo útiles en tanto subrayan aspectos de laparticipación individual en sistemas de prácticas convencionales. Sin embargo, se requiere su redelimitación más allá del concepto de ajuste categorial, dado que, como se mostró en el capítulo anterior, en Ribes y Pérez-
Almonacid (2012) dicho concepto no es equivalente al que se sugiere en Pérez-Almonacid y Quiroga (2010), en tanto que en su forma más reciente este tipo de ajuste se restringió a la forma particular de actualizar criterios de pertinencia que implica su explicitación, lo que implicaría excluir de su universo empírico la aceptación de criterios o aún diversos casos de lo que podría denominarse ‘desplazamiento horizontal’.
Actividad Humana como Participación Individual en Prácticas Convencionales
Como se sugirió en el capítulo anterior, el comportamiento humano opera en función de las delimitaciones de pertinencia de las prácticas sociales y, en ese sentido, podría decirse que es regulado por estas delimitaciones. Así, de acuerdo con Ter Hark (1994) con base en la propuesta de Wittgenstein (1953), es posible analizar este tipo de comportamiento como “conducta guiada por reglas” y, en efecto, señalar que se deriva inmediatamente de la práctica social a través del aprendizaje de lo que podría denominarse la ‘técnica’ característica de dicha práctica (p. 36- 37)20.
De acuerdo con Ter Hark, los límites de una práctica se actualizan en las relaciones interindividuales a través de nuestra crianza y educación (p. 37). Por tanto, es posible afirmar que la actuación individual en una práctica convencional se deriva inmediatamente de sus límites y, en ese sentido, la relación entre límite convencional y práctica individual es interna: “Seguir la regla es una práctica” (Wittgenstein, 1953, observación 202), o, en otras palabras, aprendemos a jugar diversos juegos de lenguaje ‘jugándolos’. De tal manera, se hace innecesario apelar a procesos o
20 El autor recoge estas características bajo la noción de ‘conducta guiada por reglas’; sin embargo,
se privilegia aquí el uso de expresiones como ‘comportamiento pertinente’ o ‘comportamiento convencional’ porque permiten evitar la carga semántica del término “regla”, así como los problemas derivados de su uso en una propuesta psicológica (cf. Ribes, 2000), y al mismo tiempo permiten resaltar los aspectos primordiales del contexto teórico en que tiene lugar este trabajo. No obstante, el uso heurístico que se hace de la noción wittgensteiniana de ‘conducta guiada por reglas’ está soportado en la interpretación que se ofrece de la propuesta de Bloor acerca del concepto de “regla”, como acto dirigido al acotamiento del comportamiento en las relaciones interindividuales.
eslabones externos (bien sean estos de naturaleza mental, biológica o sociológica) que permitan o medien la actualización de las delimitaciones de pertinencia para dar cuenta de dicho aprendizaje, por lo que las explicaciones que los invoquen resultarían falaces. Según Ter Hark (1994):
Podemos inferir que Wittgenstein asigna las siguientes tres características a las relaciones internas. 1. Es imposible que ambos términos no tengan la misma relación entre ellos. 2. La relación no es mediada por un tercer término. 3. La relación interna existe en una práctica, en lenguaje […] En otras palabras, la identificación de A es en sí misma la identificación de B […] El criterio para la identificación de una acción es el criterio para identificar una regla […] Comprensión no es una cosa y aplicación otra. Una regla es sólo comprendida si es correctamente aplicada […] la comprensión de una regla es una habilidad, una práctica. La práctica es el criterio de dominio de una habilidad y así para la comprensión de la regla (p. 47-48).
En ese sentido, la actuación individual implica el desarrollo de la ‘habilidad’ para actuar conforme los límites de la práctica convencional, y afirmar que alguien se comporta pertinentemente equivale a afirmar que muestra dominio de la práctica convencional, de acuerdo con los criterios que ella misma ofrece21. En efecto, este dominio de la práctica es relativo al
sistema de criterios o límites convencionales con que se sancione la actuación individual, tal como se ha señalado previamente con el concepto de “actuar como” (Ribes, 2012).
21 Conviene distinguir en este punto el sentido de habilidad como ‘habilitación para’, de su sentido
de ‘destreza’. De acuerdo con la función heurística sugerida para el concepto a partir de la propuesta de Wittgenstein, predicar habilidad para la “aplicación de las reglas de un juego de lenguaje” no es distinto de afirmar que se es capaz de actuar conforme a la práctica, de modo que el ‘actuar como’ es muestra directa de dicha habilidad. De tal manera, un individuo es hábil en tanto está habilitado (is able to), no en tanto tiene un nivel de destreza (skill) particular, aunque estar habilitado pueda verse en términos de destreza. En ese sentido, hablar de tal habilidad no circunscribe el análisis al desarrollo de competencias particulares sino al del actuar pertinente (cf. Pérez-Almonacid, García y Ortiz, 2015).
De tal forma, realizar una acción puede ser muestra o no del dominio de la práctica, dependiendo de la práctica-criterio con que se sancione; puede ser pertinente o una ‘infracción’, o contravención, si se da conforme con los criterios de sanción de la práctica vigente, y como un “absurdo” en caso contrario. Por tanto, el ‘actuar como’ subraya dos aspectos de las actuaciones convencionales individuales: (a) denota un manejo práctico de la gramática funcional de una práctica colectiva (cf. Ribes, 2012), que se da como resultado de la participación en dicha práctica (o aun en una práctica similar), antes que como resultado de un razonamiento abstracto previo a su dominio, y (b) es relativo a la práctica-criterio que ofrezca límites de pertinencia para la sanción de dicha actuación.
La noción de ‘actuar como’ requiere, en principio, suponer o asumir que todo el comportamiento humano está mediado funcionalmente por el lenguaje, y que el lenguaje no es una entidad abstracta ajena, externa a los individuos, sino que forma parte de y se identifica en sus prácticas aprendidas de otros y compartidas en concordancia con ellos. Todas las variedades y formas de `actuar como’ son aprendidas y entrenadas directa o indirectamente mediante prácticas que son equivalentes, parcial o totalmente. Los que enseñan la práctica, enseñan a compartir la práctica y a actuar en concordancia o de acuerdo con ella. Este es el sentido último de seguir una regla cuando se aprende a ‘actuar como’ (Ribes, 2012, p. 120).
En suma, puede decirse que la actividad individual característicamente humana es equivalente a participar efectivamente en una práctica convencional, en tanto comportamiento acorde con un sistema o entramado de criterios sobre propiedades de objetos y acciones, que caracterizan a un grupo social de referencia. Técnicamente, entonces, esta participación puede ser definida como la actualización de las propiedades convencionales de acciones y objetos en el
ámbito de la actividad individual (Kantor, 1982; Ribes y López, 1985), por lo que se utilizará convenientemente la expresión “participación” como categoría que describe genéricamente la actividad individual convencional y, en efecto, lo que podría denominarse asimismo como el proceso de desarrollo o socialización humana a nivel individual (cf. Ribes, 2010). En ese contexto, el desplazamiento al que se refieren Pérez-Almonacid y Quiroga (2010) alude al aspecto dinámico de dicha participación, en virtud de su acepción como “tránsito”, independientemente del carácter implícito o explícito que tenga dicha participación. Es decir, se habla de desplazamiento siempre que se dé el aprendizaje de una nueva práctica, o bien siempre que haya un cambio en el tipo de relaciones convencionales que se actualizan en una interacción psicológica.22 Podría afirmarse,
por ejemplo, que una persona se desplaza (i. e. transita) a lo largo de su desarrollo por diversos sistemas de prácticas y que dicho desplazamiento adquiere características, y resulta en logros particulares, en virtud o con respecto a las categorías vigentes de un sistema de prácticas específico.
Caracterizada de esta manera, la participación en prácticas convencionales implica un proceso de inclusión progresiva que resulta en el dominio de sus ‘mínimos’ distintivos, y cuya consecución (i. e. aprendizaje de la práctica) permite hablar de una genuina actuación conforme con sus límites de pertinencia. A este proceso se le denominará inserción en la práctica y estará definido por el dominio progresivo de su técnica correspondiente; no obstante, en tanto proceso, es posible caracterizar esta inserción como un continuo con límites generalmente borrosos en relación con la suficiencia o destreza necesaria para afirmar dicho dominio, dado que, como se ha sugerido, esto depende de la práctica-criterio con que se valore o sancione la actividad. En ese sentido, se afirma que el individuo está habilitado para participar en una práctica en tanto consigue
los logros de pertinencia, habilidades y competencias característicos de la práctica, de acuerdo con los criterios vigentes en ella. Por lo tanto, dicha inserción en una práctica convencional se relaciona con la emergencia de lo que Pérez-Almonacid (2010) denomina de un sistema subpráctico, y a su vez abarca lo que Ribes y López (1985) denominan el desarrollo de “sistemas reactivos convencionales”, o lo que en ámbitos específicos adopta la forma de logros conceptuales y categoriales (Ribes, 2006) 23.
En otro sentido, esta inserción resulta en lo que Pérez-Almonacid y Quiroga señalan como aceptación (cf. p. 87), ya que es el dominio o ‘aprendizaje’ de las técnicas de una práctica convencional lo que habilita al individuo para adoptar o adherir a sus criterios. Por lo tanto, la participación en una práctica convencional también puede ser analizada en términos de la identificación de los límites que el individuo acepta o rechaza, tácita o explícitamente a través de su forma idiosincrásica de hacer y decir en dicha práctica; esta manera particular de hacer, hablar, valorar, opinar, creer, etc., será denominada posicionamientoindividual, tratando de enfatizar que no se trata del análisis del comportamiento psicológico en términos de logros, como el caso de anterior, sino en términos de los criterios de pertinencia c de una práctica convencional específica, si bien en buena medida lo primero es condición de posibilidad para lo segundo.
En otras palabras, es posible caracterizar la participación individual en prácticas convencionales, con base en dos atributos diferentes: la destreza y el posicionamiento. Lo primero resulta ser una caracterización del comportamiento en términos del dominio que se tiene de las técnicas características de la práctica, que se establece en un eje que va desde la simple habilitación
23 Se hace referencia entonces a un tipo de condición inicial ‘modal- reactiva’ de orden histórico
e idiosincrásico que se distingue de las condiciones iniciales de permisión/ restricción (cf. Ribes y Pérez-Almonacid, 2012, p. 238), como las que son propias de la organización de los sistemas de prácticas convencionales en los que se da la inserción y participación individual.
hasta la pericia, representada por el desarrollo de diversas habilidades, competencias o aptitudes funcionales (Ribes, 1990). Lo segundo se refiere más bien a la caracterización del comportamiento en términos de ‘coordenadas’ convencionales, establecidas en términos de los criterios distintivos de la práctica de referencia. De tal manera, la destreza se identifica con base en la efectividad del comportamiento, mientras que el posicionamiento se identifica con base en su pertinencia; no obstante, tal como se estableció en el capítulo anterior, es posible analizar múltiples circunstancias o prácticas convencionales en términos de la intersección entre pertinencia y efectividad, lo cual deriva en la posibilidad de que el posicionamiento sea caracterizado en virtud de logros particulares, e incluso de plantear que existan formas de posicionamiento que estén basadas en logros o competencias particulares, tal como será desarrollado más adelante.
Por supuesto, se concede sin embargo que, bajo la óptica del desplazamiento (i. e. la dimensión dinámica de la participación), representada en términos del proceso ontogenético, dicha distinción entre inserción y desplazamiento no es taxativa, y de hecho, como el mismo concepto de desplazamiento lo indica, es dinámica, ya que evidentemente mientras ocurre la inserción inicia asimismo el proceso de establecimiento del posicionamiento: en la medida en que el individuo se adentra en la práctica empieza a comportarse más o menos sistemáticamente de acuerdo con ciertos criterios (i. e. aceptarlos), lo cual se hace relativamente estable una vez el individuo domina la práctica, y por tanto, es allí donde es posible la cualificación convencional de sus interacciones. Así mismo, una vez es posible establecer un posicionamiento particular en una práctica, es posible insertarse en otra con base en el posicionamiento inicial. Estas consideraciones serán desarrolladas más adelante.
En síntesis, y de acuerdo con lo que se planteó en el capítulo anterior, sería posible afirmar que la organización de límites de pertinencia que caracterizan una práctica convencional permite
la dimensión de pertinencia de la actividad de los individuos que participan en ella, de manera que esta participación puede ser vista como la actualización permanente de las propiedades convencionales delimitadas por dicha práctica. Así, participar en una práctica es actuar pertinentemente en relación con sus límites característicos y, en efecto, siempre es ‘actuar como’. Dicho actuar pertinente, visto en términos de su dinámica, consistiría en un proceso de desplazamiento o tránsito funcional, a partir y en virtud de los límites convencionales de la práctica; esto implica la posibilidad de distinguir dicho proceso en términos del dominio progresivo de la técnica de la práctica, o de la aceptación de criterios o límites instanciados o identificados, lo cual, a su vez, permite la caracterización del posicionamiento en dicha práctica convencional. Esto último será el foco general de interés del presente trabajo y por lo tanto será desarrollado a continuación.
El Concepto de Posicionamiento
De acuerdo con Bourdieu (Bourdieu y Wacquant, 1995; Bourdieu, 2002), las prácticas sociales pueden ser vistas como “campos”, ya que implican sistemas organizados de relaciones objetivas entre agentes institucionales, sean estos personas o instituciones. En ese sentido, constituyen “microcosmos sociales relativamente autónomos” (p. 63) que, si bien son analíticamente distinguidos, se asumen como inherentemente diferenciados por su devenir histórico (v. g. campo artístico, económico, intelectual, etc.). Así, para Bourdieu, los límites de estos campos se establecen siempre en el campo mismo, por lo que no admiten una delimitación a priori, tal como sucedería en el caso de los juegos:
El campo puede ser visto como un juego, sin embargo, no obedece a una creación deliberada,