En el reino de ultratumba Tersites tuvo un extraño destino. Polignoto lo re- presenta tomando parte en una partida de dados en la que juegan con él Odi- seo, Áyax y Palamedes (Pausanias X. 31, 1 ss.).También se encuentra en el inframundo con Nireo (que, según Il. 2. 671 ss., era el más hermoso de cuan- tos acudieron a la guerra de Troya), y Luciano (Diálogos de los muertos 25) refiere cómo ambos disputan acerca de su respectiva belleza, teniendo por juez al filósofo Menipo. Este zanja la discusión afirmando que “en el Hades reina la igualdad y todos son idénticos” y Tersites se da por satisfecho175. En la Vera historia 2, 20 presenta a Tersites litigando en el Hades con Homero, contra el que se querella por haberse burlado de él en sus versos. El defensor del poeta es Odiseo, que gana el pleito con sus argucias.
En la Antología Palatina también se hace hincapié en la igualdad de to- dos en el Hades, donde Minos no es inferior a Tersites176. Por su parte Platón (Pol. 620c) afirma que el alma de Agamenón tiene aspecto de águila y la de Tersites de mono, y observa:
“En cuanto a Tersites y a otros malvados de inferior categoría, ningún poeta los ha representado sufriendo los mayores suplicios... sin duda porque no poseyeron todo el poder, por lo que tuvieron más suerte que los que impunemente pudieron ser perversos” (Gorgias 525e).
Alejandro Magno habría dicho que hubiera preferido ser el Tersites de Homero mejor que el Aquiles de Quérilo177, poeta que acompañaba al rey y escribía sus hazañas en versos de dudosa categoría (Hor. Epist. 2, 1, 232 ss.) .
173Quinto de Esmirna. Posthoméricas. Eds. Clásicas.1991. Trad. de Inés Calero Secall. 174Fragmentos de épica griega arcaica. BCG, 1979, p.144.
175 Antología de Luciano. Eds. L. Gil, J. Gil y J. Zaragoza. Madrid, 1970.
176 Antología Palatina, vol. I , 56 (VII 727) BCG. Trad. de M. Fdez. Galiano. 1978. 177 Porfirio, ad Hor. A.P.357.
Con estos presupuestos vamos a abordar la figura de Tersites a partir de los discursos mencionados más arriba. En ellos se perfila la imagen del dema- gogo, atrayente para el lector, curiosa para sus camaradas, repugnante para sus oponentes. Sin duda con su alocución empieza a despuntar la democracia, en la que cada hombre manifiesta ante los demás, sus iguales, sus deseos y aspiraciones por medio de la palabra. En el poema homérico Tersites se pre- senta oponiéndose a Agamenón de manera frontal y directa, porque de Aga- menón había surgido la orden de volver a las naves (2. 140-141) tras un ensueño. Pero quien le responde contundentemente es Odiseo y no el Atrida, que es al que aquél pretendía atacar. Tersites se enfrenta a Odiseo tras haber- se dirigido éste a las tropas en una breve arenga llena de invectivas y de vio- lencia física (Ilíada 2. 198-206), que surte su efecto, pero:
Todos se fueron sentando y se contuvieron en sus sitios.
El único que con desmedidas palabras graznaba aún era Tersites, que en sus mientes sabía muchas y desordenadas palabras
para disputar con los reyes locamente, pero no con orden,
sino en lo que le parecía que a ojos de los argivos ridículo iba a ser. Era el hombre más indigno llegado a pie de Troya: era patizambo y cojo de una pierna; tenía ambos hombros encorvados y contraídos sobre el pecho; y por arriba tenía la cabeza picuda, y encima una rala pelusa floreaba. Era el más odioso sobre todo para Aquiles y para Ulises, a quienes solía recriminar. Mas entonces al divino Agamenón injuriaba en un frenesí de estridentes chillidos. Los aqueos le tenían horrible rencor y su ánimo se llenó de indignación. Mas él con grandes gritos recriminaba a Agamenón de palabra: Ilíada 2. 211-224
El discurso de Tersites (Ilíada 2. 225-242), impecable desde el punto de vista formal, creemos que es un referente adecuado para acercarnos a la ín- dole del personaje:
“¡Atrida! ¿De qué te quejas otra vez y de qué careces? Llenas están tus tiendas de bronce, y muchas mujeres hay en tus tiendas para ti reservadas, que los aqueos
te damos antes que a nadie cuando una ciudadela saqueamos. ¿Es que aún necesitas también el oro que te traiga alguno de los troyanos, domadores de caballos, de Ilio como rescate por el hijo que hayamos traído atado yo u otro de los aqueos, o una mujer joven, para unirte a ella en el amor,
y a la que tú solo retengas lejos? No está bien que quien es jefe arruine a los hijos de los aqueos.
¡Blandos, ruines baldones, aqueas, que ya no aqueos! A casa, sí, regresemos con las naves, y dejemos a éste aquí mismo en Troya digerir el botín, para que así vea si nosotros contribuimos o no en algo con nuestra ayuda quien también ahora a Aquiles, varón muy superior a él, ha deshonrado y quitado el botín y lo retiene en su poder. Mas no hay ira en las mientes de Aquiles, sino indulgencia; si no, Atrida, ésta de ahora habría sido tu última afrenta.” Así habló recriminando a Agamenón, pastor de huestes, Tersites
A la primera pregunta retórica del verso 225 va respondiendo con la enu-
meración de los bienes acumulados por Agamenón (226-8). Luego plantea una segunda cuestión, más compleja (229-233) a la que contesta de forma rápida, con un juicio de valor (233-4). A continuación se dirige a los aqueos. Los insulta (235) y exhorta a regresar a casa, dejando en Troya a Agamenón (236-7), lo que constituye una llamada al amotinamiento y a la deserción. Quiere que los héroes de a pie se hagan valer. Después, y siempre hablando a la tropa, expone la situación de Aquiles, a quien alaba (239-41). Con esto sem- braría una semilla de discordia entre los jefes, si el Pelida hubiera respondido a la provocación. Y termina encarándose con el Atrida para manifestarle que, gracias a la actitud de Aquiles, no es ésta su última afrenta. (242).
La respuesta de Odiseo nos ofrece más datos para caracterizar a Tersites:
…. A su lado pronto se plantó el divino Ulises
y, mirándolo con torva faz, le amonestó con duras palabras: “¡Tersites, parlanchín sin juicio! Aun siendo sonoro orador, modérate y no pretendas disputar tú solo con los reyes. Pues te aseguro que no hay otro mortal más vil que tú de cuantos junto con los Atridas vinieron al pie de Ilio.
Por eso no deberías poner el nombre de los reyes en la boca
ni proferir injurias ni acechar la ocasión para regresar.
Ni siquiera aún sabemos con certeza cómo acabará esta empresa si volveremos los hijos de los aqueos con suerte o con desdicha. Por eso ahora al Atrida Agamenón, pastor de huestes,
injurias sentado, porque muchas cosas le dan
los héroes dánaos. Y tú pronuncias mofas en la asamblea.
Mas te voy a decir algo, y eso también quedará cumplido:
Si vuelvo a encontrarte desvariando como en este momento,
ya no tendría entonces Ulises la cabeza sobre los hombros ni sería llamado padre de Telémaco,
si no te cojo y te arranco la ropa,
la capa y la túnica que cubren tus vergüenzas, y te echo llorando a las veloces naves
Así habló, y con el cetro la espalda y los hombros
le golpeó. Se encorvó, y una lozana lágrima se le escurrió. Un moratón sanguinolento le brotó en la espalda
por obra del áureo cetro, y se sentó y cobró miedo. Dolorido y con la mirada perdida, se enjugó el llanto. Y los demás, aun afligidos, se echaron a reír de alegría. Ilíada 2. 243-270
Una vez examinados estos versos podemos diferenciar los siguientes ras- gos que Homero atribuye a Tersites tanto física como moralmente:
- características físicas:
-voz malsonante (212) y estridente (222) -es patizambo y cojo de una pierna ( 217)
-sus hombros están encorvados y contraídos sobre el pecho (217-8) -cabeza picuda (218)
-pelo escaso (218) - características morales:
-su talante es polemista, ofensivo y reivindicativo (214, 221, 222, 224, 225, 235, 243, 251, 255)
-poco juicioso (246) y desvaría (258)
-sonoro orador (246) que sabe muchas y desordenadas palabras (213), pero desmedido al hablar (212) y se expresa a voces (224) -el mortal más vil (248), es cobarde (251 y 268)
-busca lo ridículo y las mofas (215, 256) -y provoca la risa con esta actitud (265-270)
Tras esta intervención malograda, Tersites desaparece de los textos homé- ricos. “La andreia de Tersites… se confirma asimismo con el testimonio de Homero. Tersites afirma en su famoso parlamento haber tomado ciudades y hecho prisioneros; y como hablaba ante testigos, no podía mentir, a menos de estar loco. Pero el poeta no dice de él eso, sino que tenía la cabeza puntia- guda y el pelo ralo…Al valor físico se une en su caso el valor moral, cimen- tado en dos virtudes: la sabiduría y la justicia (dikaiosyne). El conocimiento de lo que estaba bien hecho o mal hecho le permitía discernir lo justo de lo injusto. Su entereza le movía a recriminar torpezas y abusos, sin acritud para con los débiles –pues sabía que les bastaba para ser comedidos su propia in- digencia- y sin adulación, ni respetos humanos para con los poderosos y los amigos. Si en valentía podía medirse con Aquiles, en sabiduría y elocuencia no se quedaba a la zaga de Ulises y Néstor. Pero les aventajaba en parrhe- sia…En la elocuencia de Tersites hay, por tanto, un elemento pedagógico que le aproxima asimismo a la figura del sabio cínico”178.
178 Luis Gil. “El cinismo y la remodelación de los arquetipos culturales griegos”, RUC, 1980/1, pp. 43-78,
Quinto de Esmirna retoma su figura como orador y vuelve a atribuirle otro discurso lleno de cólera y de propósitos malintencionados. Parece como si Tersites fuera ya algo semejante al prototipo del gruñón intempestivo, el inoportuno que tiene que hablar cuando menos falta hace. Así, como ya indi- camos arriba, se burla del amor que embargó a Aquiles después de herir mor- talmente a Pentesilea y pronuncia una segunda invectiva para echar en cara al Pelida su afición a las mujeres:
“Entonces Tersites le injurió en su cara con funestas palabras: “¡Aquiles de terrible corazón! ¿Por qué ahora un dios ha seducido tu corazón en el pecho a causa de una perversa amazona, que se propuso maquinar muchos males contra nosotros? Tú, que tienes un corazón mujeriego en tus entrañas, te preocupas de ella como si fuera una mujer prudente a la que con regalos habías cortejado con pretensión de hacerla tu esposa legítima. ¡Ojalá se hubiera adelantado a herirte con la lanza en el combate! Tú gozas demasiado con las mujeres y te preocupas en tu funesto corazón de los gloriosos actos de valentía, cuando ves a una mujer. ¡Desdichado! ¿Dónde están ahora tu valerosa fuerza y tu inteligencia? ¿Dónde el vigor de un irreprochable sobera- no? ¿No conoces cuántos males han sufrido los troyanos mujeriegos? No hay nada más funesto para los mortales que el placer ávido de lecho que deja sin razón al hombre por muy sensato que sea. Al esfuerzo acompaña la gloria, pues para un guerrero la gloria de la victoria y los trabajos de Ares son causantes de placer, pero es al cobarde a quien le gusta el lecho de las mujeres” 179.
Vemos pues que Tersites acusa repetidamente a Aquiles de entregarse a la pasión amorosa, recordándole los sufrimientos que el amor de Paris a Helena ha acarreado a los troyanos y asociando la cobardía con la concupiscencia. Lo que siente Aquiles ante el cadáver de Pentesilea es comparado con el dolor que le produjo la pérdida de Patroclo (720). Esto no mermó en absoluto el ardor guerrero del Pelida, como Tersites debía conocer sobradamente. Hay, por tanto, repetidas ganas de ofender y una sensación de inoportunidad per- sistente. Si lo que pretendía era sólo enfurecerlo, con esta diatriba lo logra y, además, consigue provocar su propia muerte.
“Así le increpó con duras palabras y el corazón del Pelida de gran ánimo se llenó de cólera. De repente con su mano fuerte le golpeó en la mandíbula y en la oreja. Todos los dientes a la vez se esparcieron por el suelo y cayo él mismo de cabeza. Salía de la boca sangre a borbotones. En un instante el alma débil se escapó de los miembros del guerrero ya sin fuerzas, lo que llenó de júbilo al ejército de los aqueos, porque a ellos les injuriaba continuamente con invectivas
funestas, siendo como era él un canalla, era la deshonra de los demás dánaos. Entonces uno de los argivos ágiles en el combate dijo: “No es bueno que un hombre inferior insulte a los soberanos ni en público ni en secreto porque le acompañe una terrible cólera. Existe Temis y a una lengua desvergonzada castiga Ate que siempre añade dolor a los dolores mortales”180.
[Aquiles] “con desaforada ira en su corazón le dirigió tales palabras: “Yace ahora en el polvo y olvídate de tu locura, pues no conviene que un hombre vil dispute con uno mejor que él. Así también antes al pa- ciente corazón de Odiseo de manera cruel excitaste mediante miles de palabras injuriosas. Pero yo, el Pelida, no me he mostrado a ti de la misma manera, porque te he quitado la vida y eso que no te he golpeado demasiado fuerte. A ti el implacable destino te ha cubierto y por tu debilidad pierdes la vida, así que aléjate de los aqueos y ante los muertos pronuncia tus invectivas” 181.
Por segunda vez vemos a Tersites derrotado, ahora definitivamente. Y también por segunda vez sus compañeros no lamentan su suerte, sino que celebran el castigo que le ha infligido Aquiles. La muerte de Tersites no sus- cita compasión más que en Diomedes, su pariente, quien siente, sobre todo, indignación contra Aquiles. Incluso hace amago de atacarlo, pero las pala- bras persuasivas de los aqueos lo disuaden, y no llegan a las manos porque otros retienen al Pelida. Los muertos de ambos bandos reciben las honras fú- nebres pertinentes y “tras enterrar el miserable cadáver del cobarde Tersites se dirigieron a las naves”182.
180 Quinto de Esmirna ibid. I. 741 ss. 181ibid. 756 ss.
Conclusiones
Presentado como el prototipo de los kakoi, tanto a nivel físico como moral, no leemos en ninguna fuente que Tersites fuera un pobre en el sentido en que hoy lo entendemos, si bien, como ya señalamos anteriormente, entraría de lleno en esa categoría dentro de lo que la sociedad homérica suponía por tal. Lo que sí resalta Homero es que Odiseo se acerca a “cada rey y sobresaliente varón…con amables palabras” (2. 188-189), mientras que “al hombre del pueblo que veía y encontraba gritando, con el cetro le golpeaba y le in- crepaba de palabra” (198-199). Con Tersites no tiene la más mínima contem- plación, luego no debía considerarlo un igual, sino uno más de los kakoi. Homero pasa de puntillas sobre su linaje y se centra en destacar sus ras- gos negativos. Combate con los demás, como afirma en su parlamento, y con ello colabora a engrosar las arcas de los Atridas. Pero sin decirlo, entre líneas, podemos leer que Tersites no parece estar al mando de ninguna tropa. Nadie está bajo sus órdenes directas. No se presenta como un caudillo. No ha traí- do barcos, ni caballos, ni soldados. No se menciona ninguna destreza suya en el manejo de las armas. Se mueve entre las filas del ejército emitiendo sofla- mas, con cierta habilidad para intentar la confrontación entre los jefes, pero molestando también a sus camaradas. Como remarca Luis Gil183 debía re- sultar incómodo en una sociedad tan jerarquizada, un adversario difícil a la hora de polemizar, al que si no se podía acallar con la fuerza de los argu- mentos, se acudía a la de los golpes.
Los soldados, a su vez, dan la impresión de tener interiorizado quiénes
son en el ejército, y a quiénes han de obedecer, aunque en Homero la asam- blea “estaba alborotada… y había gran bullicio” (2. 95-96) cuando empieza a hablar Agamenón. Tersites no suscita simpatías ni apoyos; habla en nombre de las huestes llegadas a Troya y pretende dotar de voz a esos hombres que no se manifiestan abiertamente contra sus superiores. No carece de razones ni es injusto lo que exige. Pero es que, además, la asamblea que tenemos que visualizar no es una asamblea de iguales, sino de desiguales: por un lado es- tán los agathoi, y frente a ellos se sitúan los kakoi. Estos no constituirían un grupo homogéneo y no aceptarían que Tersites se erigiera en su portavoz. En las Posthoméricas la soldadesca tiene a Tersites por un “hombre inferior” y censura que insulte a los reyes.
Por tanto, que sea de origen noble no supone que pueda equipararse a un Agamenón, un Aquiles o un Odiseo. No sabemos cómo enfrenta el combate,
porque nunca aparece en una escena bélica. No debía de ser un guerrero al uso. Nada que ver con un Filoctetes o un Aquiles en la batalla. No hay manera de determinar qué edad podría tener y sólo el dato de su cabello ralo indica que tal vez no era ya un joven cuando participó en la guerra de Troya. El discurso de la Ilíada rebosa ideología política, mientras que el de Quin to de Esmirna apunta de manera personal contra Aquiles. Se percibe en Ho- mero un anticipo de la lucha de clases, porque Tersites se siente injustamente tratado e intenta aglutinar en torno a su persona el descontento de los solda- dos. No duda en insultarlos para moverlos a la acción, protesta de que la tro- pa se vea perjudicada por los caprichos de sus caudillos y, al proponer a sus camaradas que abandonen el campo para hacer evidente quiénes ganan las batallas, se anticipa en unos siglos a la voz del Pseudo Jenofonte cuando pro- clama: “es el pueblo el que mueve los barcos…”
Hemos destacado que tanto en la épica como en la lírica antigua los tra- zos negativos son propios de las clases inferiores. Los kakoi son feos y ruines, por contraposición a los agathoi. A pesar de su progenie ilustre Tersites no forma parte de los elegidos por el poeta para alinearse entre los héroes y, por tanto, carece de cualquier característica común a otros personajes nobles de la epopeya.
En Homero no hay ni una sola voz que arrope a Tersites o que deplore su fracaso. Y en Quinto de Esmirna es más la furia contra Aquiles que la pena por su muerte lo que mueve a Diomedes. Es muy probable que en un ejército como el que atacó Troya hubiera más de un Tersites, y en la Ilíada se insinúa que en la asamblea existían tensiones acerca de las decisiones de los Atridas (198-199, 201-206). Tersites intentaba canalizarlas, pero carecía de la fuerza necesaria para cohesionar en torno a su persona a un número suficiente de guerreros que pudiera cambiar los designios de los jefes y orientarlos en su provecho.
Sólo se destaca un factor positivo en este hombre: era un sonoro aren- gador. Pero su capacidad retórica se ve mermada por la falta de criterio, por la desmesura moral que lo lleva al desvarío. Néstor utilizaba mejor las palabras y construía mejor los argumentos. Tampoco en el tono de voz está Tersites a la altura de Odiseo, de Agamenón o de Aquiles. Y no es capaz de concordar con sus palabras el sentir de los demás guerreros. Es más, ellos no simpatizan con él y no lamentan su derrota. Tersites ha llegado al fracaso definitivo. Las hu- millaciones iniciadas en tiempos de la cacería de Calidón, cuando Meleagro lo castigó severamente, han tenido su continuación en la intervención de Odi-