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Preocupación por el uso de sustancias y relación con la droga

PARTE II. Casuística y categorías de análisis de investigación.

Capítulo 1. La casuística y las categorías de análisis de

4. Motivo de consulta

4.1. Preocupación por el uso de sustancias y relación con la droga

Pudimos observar que la institución especializada, por su misma denominación, condicionó la consulta a partir de las causas que se adjudicaban a las manifestaciones de los adolescentes, tal como señala Ghía (2009) y lo confirman otras investigaciones (ONUDD, 2013). El término “adicto”, término cuyo correspondiente en la literatura especializada suele aparecer como “toxicómano” (Freda, 2009; Miller, 2005), se presentó en muchas de las entrevistas iniciales, bajo dos modalidades:

1. ldentificación con el significante adicto o la asunción de una dependencia con alguna sustancia.

2. Rechazo del término adicto como marca identificatoria.

A continuación analizaremos estas dos modalidades y cómo se manifestaban en los enunciados de los pacientes de la casuística delimitada.

1. Una forma correspondió a la afirmación del propio paciente o la persona que lo acompañaba (padres o representantes de instituciones públicas o privadas) sobre su adicción, con la consecuente solicitud del turno.

En este aspecto debimos hacer una diferenciación entre los pacientes que se definieron como “adictos” o “drogadictos” y aquellos otros que describieron una relación de dependencia con la sustancia que implicaba que su existencia diaria estaba regulada por el consumo pero sin nominarse con el significante referido. En estos últimos casos podían definir esta relación como un “problema con las drogas” o “un vicio”, no siempre circunscribiéndola al término adicción.

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Entre los casos que se definían como “adictos” se encuentra Eugenio (caso 111, 22 años), el cual planteaba que había adquirido “la adicción del alcohol”. Describió en la primera entrevista diferentes situaciones en la cuales se hallaba alcoholizado: robar el arma de su padre (en una de esas ocasiones, intentar matarse), discusiones con su madre y familiares, entre otras.

Otro caso es el de Rodrigo (caso 28, 21 años), el cual había solicitado él mismo el turno en el hospital pero, al haber decidido no asistir, su madre igualmente concurrió y explicó a los profesionales la situación de su hijo. Lo describió como adicto a la cocaína y subrayó su impotencia para que interrumpa el consumo. Solicitó un nuevo turno indicando que en el siguiente encuentro él se haría presente. La semana posterior Rodrigo arribó al hospital comenzando la entrevista diciendo “Mi adicción es a la cocaína, nada más, ni alcohol, ni marihuana, co-ca-í-na”. Señalaba que su consumo era diario desde hacía tres años, nunca se había detenido y que le estaba trayendo consecuencias a nivel familiar y en su cuerpo. Hacía dos semanas que había dejado de consumir, lo que le hacía experimentar una gran abstinencia, no sabía si recurrir “a la heladera o a las pastillas”. Los motivos o coyuntura de la consulta era ver a su madre “tan mal” a partir de su consumo. Suponía que el uso de la droga cambiaba su comportamiento: “Te cambia la personalidad, no sos vos, yo era diferente antes. Me cambia actitudes mías, histérico, de mal humor, cargoso”. Dentro de este grupo también encontramos a Víctor (caso 88, 24 años), quien solicitó personalmente un turno en el hospital. Ya había realizado tratamiento en el Hospital de Día de la institución hacía unos años (por pedido de sus padres) y había estado internado en un centro de rehabilitación durante dos años. Expresó que volvía a demandar asistencia a partir de haber “caído otra vez en la droga, se descontroló todo de nuevo”. El hecho disruptivo fue conocer una mujer con la cual “otra vez” comenzó a consumir. Había terminado su relación con ella pero no así con la cocaína ya que le gustaba. Reclamaba atención por parte de su familia diciendo “porque yo soy drogadicto y sé que me mandé mil, pero la verdad no los entiendo, y siento que no sienten orgullo de mí, mirá, prefiero que no hagan nada antes de lo que hacen, de tratarme como si nada pasa”.

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Andrés (caso 82), de 18 años, acudió nuevamente al centro de salud luego de haber realizado allí un tratamiento hacía dos años y de haber estado internado en una comunidad terapéutica hacía cuatro meses. En la entrevista expresaba “me sigue pasando lo de las adicciones. El tema es que cuando recaigo, recaigo en las actitudes, contestaciones que me hacen volver a drogarme. Se me complica mucho. A mí me es mucho esfuerzo hacer algo por mí”. Planteaba que había abandonado el centro especializado donde estaba internado sin que le dieran “el alta” a partir de “un par de errores que no puse en palabras sino que los actué”, refería.

Emilio (caso 46, 17 años) llegó al hospital a partir de un oficio penal. Mencionó que había querido asistir al hospital cuando se lo ofrecieron desde el instituto en que se encontraba porque cuando estaba “en la calle era muy adicto a la marihuana y a la merca”. Describía un consumo diario de marihuana y cocaína pero que hacía dos meses había interrumpido. En el centro de detención le habían dado “la medicación más alta que tienen” pero no le hacía efecto, explicaba, “la tomé recién y estoy normal”. Señalaba que sentía “puntadas en el corazón, en el pecho y en la sien, “como que te meten una lapicera”, exclamaba en referencia a la experiencia de abstinencia.

Otros pacientes describían su relación de dependencia y adicción con una sustancia que utilizaban y no con otra. Por ejemplo Simón47 (caso 38, 21 años) aseveraba que

desde los 15 años consumía cocaína y marihuana, pero su relación con esta última no era “una adicción”, arguyendo que podía abandonar su uso. “Me da lo mismo si fumo o no”. En cambio, no describía la misma relación con la cocaína, ya que comprarla le implicaba invertir todos sus ingresos. Su vida giraba en torno a su consumo, cuya satisfacción primaba en su existencia.

Asimismo Miguel48 (caso 23, 17 años) afirmaba su adicción a la cocaína y a la

marihuana, aunque también consumía benzodiacepinas y drogas de diseño. Las otras drogas no tenían para él las mismas implicancias subjetivas. Con respecto a

47 Retomaremos luego este caso en el Apartado I. Presentaciones en la admisión: la primera entrevista del Capítulo 2. Estudio de casos: la primera entrevista y un recorrido terapéutico. Metodología, resultados y discusión (Parte II).

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las primeras, que había empezado a consumir entre los 12 y 13 años, les adjudicaba las reacciones violentas que solía tener y los robos que realizaba para poder conseguirlas.

Gerardo (caso 72, 20 años) pidió un turno personalmente por “el tema de la droga”, para que lo ayudasen a realizar un tratamiento ya que había intentado “por voluntad propia” pero había fracasado. Inició su consumo de marihuana y cocaína a los 15 años. Hacía siete meses que había salido en libertad luego de ser detenido a los 18 años por un robo. En el momento de su egreso de la cárcel aumentó su consumo, lo cual describió de este modo: “Cuando salí, salía el jueves, viernes, sábado y domingo y tomaba demasiado y ahí me agarró un vicio con el alcohol”. Insistía en los problemas que le había acarreado, el “descontrol” que le provocaba, donde solía salir a robar bajo los efectos de diversos tóxicos (benzodiacepinas, alcohol, cocaína y marihuana). Muchas veces se despertaba en su casa con mucho dinero en su ropa y no podía recordar cómo y dónde lo había conseguido. “Me metí en problemas por estar empastillado”, remarcaba.

Diferente era el caso de Alejandro (caso 3, 18 años), quien había asistido previamente durante dos años a un servicio especializado en adicciones, y concurría al hospital llevado por sus padres. No le interesaba realizar el tratamiento en el momento de la consulta y expresaba que tampoco deseaba abandonar el consumo, que incluía varias sustancias, especialmente la marihuana. En ningún momento de la entrevista se definió como adicto o dependiente. Sin embargo, cuando se le preguntó si él compartía la preocupación de sus padres respecto a su uso de tóxicos y el interés por su posible interrupción respondió “Pero yo no quiero porque si tengo que dejar me tengo que encerrar o medicar porque ya se me hizo mucha costumbre”.

2. Otra modalidad correspondió al rechazo por parte del sujeto entrevistado de ser capturado por el significante “adicto”, en la medida en que el paciente no se consideraba alguien que presentase una relación de dependencia con respecto al tóxico. Esta posición la encontramos en varios de los pacientes.

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Ismael (caso 87), de 18 años, quien llegó a partir de un oficio penal por haber cometido un robo luego de consumir cocaína, repitió dos veces en la entrevista la misma frase: “yo no soy drogadicto…el cuerpo no me pide”. Pensaba en su familia ya que estaba sufriendo, a lo que añadió “dijo mi papá que me está perdiendo…yo no soy adicto a las drogas…”.

Marcos (caso 102), de 19 años, había asistido a la consulta por pedido de su madre. Expresaba que no se consideraba adicto, afirmando “no soy un pibe que anda drogándose todo el día. Me preocupó porque mi vieja estaba mal. La preocupación de ella es que me convierta en un adicto, que deje trabajar, de hacer deporte”. Agregó que consumía marihuana “cada tanto”, la cual le gustaba y no le acarreaba ninguna consecuencia para realizar actividad física, ocupación a la cual se dedicaba. Oscar (caso 18, 14 años) arribó al hospital a partir de la solicitud de su madre por recomendación de su médico psiquiatra. Se encontraba preocupada por el supuesto consumo de su hijo, a partir de encontrar elementos que le hacían creer que fumaba marihuana. Declaraba que su hijo tenía “problemas con las drogas” y que no sabía “hasta dónde llegó” Oscar, aludiendo tanto al consumo de otras sustancias como a robos y actos delictivos. Oscar, ya solo en la entrevista, se mostró reticente y luego de que se le explicara los alcances del secreto profesional, expresó a los psicólogos “No lo veo como un problema, porque yo lo controlo, si quiero lo dejo, si quiero no lo dejo”.

Leandro49 (caso 20), de 16 años, describía reiteradas situaciones de rechazo por

parte de sus familiares aduciendo que se debía a que consumía drogas. Así declaraba “Por la droga, porque si le decís que soy adicto a los caramelos no hay problema pero si decís que sos adicto a las drogas, ahí sí”. En la misma entrevista la madre insistía en que lo atendiesen, lo internasen o le diesen una solución inmediata al “problema” de su hijo quien no estaba “capacitado para manejar su adicción”, preguntando por qué no lo “querían” en la institución. Frente a esos dichos Leandro respondía “Porque me drogo, no soy adicto, si quiero lo dejo”. Entre el rechazo, la aceptación y el desafío, el significante adicto parecía circular entre los participantes

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pero sin que el paciente pudiera o quisiera apropiarse del mismo para identificarse con él. En este caso, la droga se presentaba como la supuesta causante de las problemáticas de Leandro (su deserción escolar y su errancia en la calle, entre otras) y de los conflictos entre el joven y su madre.

Daniela50 (caso 109, 17 años) también se presentó en el hospital junto con su madre,

quien se mostró muy preocupada por sus “problemas bastantes importantes de conductas”. Daniela exclamaba que su madre la juzgaba como “drogadicta todo el tiempo”, porque tenía una planta de marihuana y fumaba. La entrevista, como veremos luego, se desplegó a través de acusaciones constantes entre ambas participantes, pero Daniela insistía en que no tenía problemas con las drogas. Al final del encuentro aceptó concurrir a entrevistas con un psicólogo de la institución diciendo “Yo le quiero dar el gusto con esto de las drogas, yo concientizarme que soy eso que dice. Ella siempre me tira todo el tiempo abajo”, aunque seguía rechazando la nominación de adicta o alcohólica, que según Daniela la madre le había otorgado.

En ambas vertientes de las modalidades descriptas (nominarse como adicto, dependiente, con un “problema con las drogas” o el rechazo de estos conceptos) se destacaron, por un lado, una posición de responsabilidad e impotencia respecto al uso del tóxico y el padecer que les conllevaba. Por el otro, en otros casos prevaleció la ausencia de implicación subjetiva y, en la primera forma (nombrarse como adicto), se agregó la consolidación de una identidad conformada desde la nominación del ser “adicto” (Silitti, 1995), lo cual conllevó muchas veces la imposibilidad del inicio de un tratamiento.

En consecuencia, en la casuística observamos que en muchos de los casos se le asignó a la droga el valor de agente etiológico del malestar subjetivo, que podía expresar el adolescente o manifestarlo a través de sus actos y conductas (Carew, 2010; Deltombe, 2009, 2010). En consonancia con esta perspectiva, los consultantes (ya sea el propio paciente o el que solicitaba la consulta) señalaron que el consumo suponía algunas de las siguientes consecuencias:

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I. Inauguración de un camino progresivo en el uso de diversas sustancias a partir de la “inicial”. Es decir, la “escalada” (Arnoult, 2011) en el uso del tóxico, en la cual la utilización de una sustancia (especialmente la marihuana, considerada como droga “blanda”) constituiría la vía de acceso a otras (tales como la cocaína y las drogas de diseño, llamadas “duras” por algunos autores).

II. Dependencia del tóxico y comienzo de un derrotero que podría culminar en la cárcel, la internación o la muerte.

III. Malestar que interfería en la existencia del sujeto y el sufrimiento que les implicaba, puesto de manifiesto a través de la pérdida del lazo social y familiar. IV. Dificultades para establecer algún tipo de proyecto personal y estabilidad laboral,

adjudicadas al consumo de drogas.