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3. La mente, el cerebro y sus problemas 1 Las preguntas, los problemas y las respuestas

3.3 Primer balance

Hemos afirmado que los planteamientos vitalistas, mecanicistas y dualistas, son la consecuencia de intentar responder a un pseudo problema, generado por una pregunta mal planteada; y la pregunta tiene que ver con el modo de relacionarse lo corporal y lo mental.

Ahora bien, como adelantábamos al comenzar, lo corporal y lo mental, no son dos realidades sustantivas que puedan ponerse, una frente a la otra, para que interactúen entre ellas. Eso no es real.

Una manera atenuada de esta tesis consistiría en afirmar que lo corpóreo es sustantivo y lo mental adjetivo, es decir, que lo mental es un aspecto, un efecto, o un producto de lo corpóreo. En esta forma de conceptualizar, se concibe a lo corpóreo como formando parte de la naturaleza del viviente, mientras que lo mental se lo piensa como haciendo parte del obrar de esa naturaleza, o como un subproducto de ese operar. En esta variante no se salva tampoco lo que podemos observar en nuestra experiencia del conocer y del amar.

En efecto, la corporeidad tiene que ver con el modo como experimentamos sensiblemente nuestra relación con las cosas sustantivas que existen en el mundo. Pero la percepción sensible no nos abre directamente a la realidad como tal, sino sólo a sus apariencias. Por ejemplo: el color que percibimos como existente en las cosas, varía si modificamos la luz incidente, o si ingerimos una sustancia que afecte la retina. Esto muestra que si bien el color de las cosas parece ser algo absolutamente real, nuestra experiencia de la realidad misma del color parece ser algo relativo. Un daltónico ve colores, pero no ve los mismos que una persona sana, y entre los mismos «sanos», la variación es bastante considerable. En conclusión, experimentamos el color, tenemos la experiencia de que por la vista podemos acceder a algo estable, sustantivo, absoluto, independiente de nosotros, pero el modo en que lo experimentamos es variable y relativo. Algo del color tiene que ver con la realidad (lo estable, lo invariable, lo incondicionado) y algo del color tiene que ver con nuestra propia subjetividad (lo inconstante, lo relativo, lo condicionado). En consecuencia, todo indica que por el conocimiento sensible accedemos a algo real, común, estable, incondicionado, pero de un modo variable, condicionado, subjetivo.

Lo mismo, analógicamente, ocurre con el tacto. Lo que llamamos corpóreo tiene algo de relativo, y corresponde al modo como nosotros los humanos accedemos a las realidades sustantivas que llamamos «táctiles». Podemos suponer que un animal, con órganos sensoriales diversos y con otro desarrollo del sistema nervioso central, debiese tener experiencias táctiles muy diversas a las nuestras. Sin embargo, ambos accedemos a ciertos aspectos que son comunes, incondicionados y estables, que nosotros estimamos configuran «lo real», independientemente de nosotros, y que nos permite interactuar

adecuadamente con un animal, sin que el animal parezca tener la menor conciencia de «lo real».

Lo anterior implica que buena parte de lo que experimentamos en nuestra percepción acerca de lo corpóreo, lo material o lo físico, pertenece al ámbito de nuestra experiencia subjetiva, y no a algo existente independientemente de nosotros. En efecto, y como decíamos más arriba: ¿Cuánto de la suavidad de la pluma le pertenece realmente a la pluma? La separación, entonces, entre lo mental y lo corpóreo se nos comienza a difuminar. La suavidad, la dureza, lo caliente y lo frío, pensamos que corresponden usualmente a «algo» existente con independencia de nosotros (a menos de estar delirando o sufriendo una crisis epiléptica), pero es claro que «la suavidad» no es una propiedad que esté como tal en los cuerpos. Sentimos claramente calientes a ciertos cuerpos, y sin embargo no sabemos qué es realmente el calor, aunque afirmamos que existe y hasta lo intentamos medir. Creemos saber cuándo hay luz y cuando no la hay, pero «no tenemos idea» de lo que es realmente la luz. Tenemos «sensación» de la luz pero no tenemos su «idea». Todo esto que venimos de ilustrar subraya el hecho de que el conocimiento intelectual no es el conocimiento sensible, y que el conocimiento sensible «casi no es conocimiento».

Pero aun cuando fuese cierto que el conocimiento sensible no nos permite acceder a lo real como real, sino sólo a partir de sus manifestaciones «corpóreas», seguiría siendo cierto que, analógicamente, el conocimiento sensible «es» verdadero conocimiento, ya que por su intermediación accedemos a la común realidad. De modo oscuro y enigmático, es cierto, pero «verdaderamente». Por ello, no podemos responder de modo absoluto que todos estemos viendo el mismo color, cuando miramos una misma corbata; empero, todos podemos convenir en que estamos mirando una corbata. Y esto porque «la idea» de corbata no tiene color, ni suavidad, ni temperatura, aunque las corbatas reales y concretas sí la tengan.

Sin necesidad, entonces, de caer en el subjetivismo de filósofos como Locke, Berkeley y Hume, podemos reconocer con ellos que, buena parte del modo concreto como experimentamos las «propiedades» que llamamos corpóreas o materiales, son productos de nuestra mente. En consecuencia, la realidad de «lo que se ve y lo que se toca», no es tan «sustantiva» y la realidad mental no es tan «adjetiva» como a veces a uno le parece. Pensar que puede haber tanta, o más, «sustantividad» en lo mental que en lo corpóreo, no significa desconocer la realidad de lo corpóreo.

Por lo tanto, más que enfrentar lo corporal a lo mental, como si fuesen realidades ajenas la una a la otra (que sería la alternativa «paralelista»), el verdadero problema está en entender cómo es que los seres vivos orgánicos conocen y apetecen, y en reconocer que las realidades mentales son actos de ese mismo viviente.

existiría «al lado» de lo corpóreo, o que interaccionaría con él; lo mental nos aparece como el acto de un viviente, de modo análogo a como se nos aparece el nutrirse o el crecer. Pero lo mental es un modo de operar de un viviente, que supera con mucho la clausura física de los actos de la vida vegetativa, porque a diferencia de esas acciones, que «se clausuran» en la interioridad física, el operar mental «abre» al animal a su entorno, generando un nuevo universo existencial, en el que se despliega la conducta. Porque nutrirse no es ni conocer, ni desear, aunque sean todos actos del viviente. Todos ellos son actos de un viviente, pero no son actos del mismo género. Dicho de otra manera, esta diversidad genérica de actos, nos está señalando que son dos géneros distintos de vivientes los que están «detrás» de esos dos géneros de actos. Esta última afirmación puede parecer escandalosa, a una «mirada cultural» excesivamente influenciada por el pensamiento empiriológico. Nuestra permanente inmersión cultural en esta perspectiva ideológica reduccionista nos ha acostumbrado a mirar plantas y animales bajo un concepto unívoco, y no análogo, como es el que corresponde en este caso. Aquello que hoy es una dificultad para el «pensamiento univocante», no es en el fondo otra cosa que lo que la sabiduría atesorada en el sentido común reconoce, cuando distingue a los animales de las plantas.

Lo que plantea dificultad a nuestra mentalidad contemporánea, es la comprensión de la particular naturaleza de los actos de conocimiento y de amor, y eso es lo que es necesario examinar con más detención. En consecuencia, antes de seguir preguntándonos acerca de cómo se relaciona lo mental con lo corpóreo, o lo cerebral con lo mental, es necesario aclararse, con un poco más de profundidad, acerca de lo que entendemos por “mental”.