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2.3. Estructura y desenvolvimiento de la investigación

2.3.1. Primer capítulo

Esta necesidad significativa del prólogo se desdobla hacia la propia obra y se multiplica significativamente puesto que, en efecto, necesidad puede significar, a la vez, exigencia y carencia y éstas pueden serlo tanto del prólogo como, no lo olvidemos, de la obra. Esta estructura (cuádruple) dota al prólogo de una cierta exigencia que tiene como primera consecuencia desmentir la idea de que el prólogo es simplemente dependiente de la obra a la que se subordinaría completamente; en efecto, el prólogo, puesto que tiene una necesidad (exigencia) significativa, señala también el emplazamiento dentro del libro de la obra a la que complementa.

Quizá esta exigencia significativa podría hacer pensar en el prólogo como en un tramo textual siempre construido según sentido, según razón y motivo. Una perspectiva histórica del prólogo desmiente esta idea pues, como sabemos, el prólogo se convierte rápidamente en un texto topologizado, lleno de figuras y giros históricamente compartidos que no tienen ninguna finalidad significativa. Es esta necesidad (carencia) significativa la que hace del prólogo un tramo textual exterior a la obra, conservando así, aunque por el motivo contrario, la posición que tenía cuando se consideraba su necesidad (exigencia) significativa. En consecuencia, tanto si es necesario para la obra —porque completa su sentido— como si no lo es —porque la obra es autosuficiente para completarlo—, el prólogo se declara asociado a ese emplazamiento que deviene entonces una posición, exterior a la obra, necesariamente.

Esa exterioridad muestra, en primer lugar, el carácter inasumible que el prólogo tiene siempre para la obra. Su exterioridad radical, que convierte su simple coordenada en una posición legítima, instaura en cierto modo una indagación no coyuntural, una indagación, por decirlo así, de carácter ontológico.

En segundo lugar, puede deducirse que precisamente por su exterioridad el prólogo no dice el significado de la obra, pues de este modo se reintegraría en ella perdiendo su carácter de exterioridad y convirtiéndose en un metadiscurso de la obra. El prólogo no sólo es exterior a la obra sino también a su sentido. El trabajo del prólogo media entre la obra como significante y el significado de la misma aunque el prólogo no es ninguno de los dos elementos. En efecto, el prólogo actúa como una

extraña suerte de condición de posibilidad para que se dé el significado de la obra,

obra.

¿Cómo se puede definir entonces esa posición que ocupa el prólogo?, ¿cómo atender a ese posicionamiento que tiene que ser necesariamente histórico (coordenado) y significativo?

Una primera precaución se impone, sin embargo, al empeño de interpretar significativamente la posición del prólogo. En efecto, al ser texto él mismo, el prólogo no puede mediar entre el significado y el significante de un modo definitivo, pues él mismo está sujeto a la operación que pretende desarrollar. Esa no es, sin embargo, la objeción más relevante contra la reducción significativa del prólogo. La objeción más profunda se cumple cuando a través del prólogo se ponen en circulación —en cuestión por lo tanto— las nociones de espacio, tiempo y subjetividad encaradas como elementos de condición de posibilidad del significado y, en consecuencia, de la escritura y de la lectura.

En cuanto a la categoría de espacio, la tesis se pregunta si el prólogo puede determinarse como un espacio cerrado y propio. Sin embargo, él es espacio de mediación que no persevera sino que tiende a borrarse —un prólogo si lo es tiene que borrarse ante el acontecimiento de la obra—, de tal modo que tampoco permite la configuración de este a priori desde el que pudiera darse el salto a la configuración de un momento reconocible de interpretación. El prólogo actúa como elemento de reenvío constante de los múltiples sentidos de la obra de tal modo que no es posible establecer ninguna espacialidad, ni propia ni metaforizada, que actúe como elemento estable desde donde poder constituir siquiera un significado coyuntural. La espacialidad del prólogo es precisamente un ahondamiento de la fisura, del nexo —que sólo es posible a través del prólogo pero que él reorienta siempre hacia una

condición de (im)posibilidad esencial— que se establece entre las diferentes realidades

que parecen tener lugar en él: significante y significado, necesidad e historia, sujeto y objeto, y otras.

Frente a la idea del espacio, diseminada por el movimiento del prólogo, la

investigación se pregunta si quizá la categoría de tiempo puede ayudarnos a entender cuál es la posición del prólogo. En efecto, decimos del prólogo que se sitúa, en el proceso creativo, después de la escritura y antes de la lectura; quizá esa exterioridad

observada desde el punto de vista de lo temporal pueda ayudar a situar la virtud significativa del prólogo. Sin embargo, el prólogo establece una estructura temporal que desestabiliza todo el sistema puesto que él se instaura en una suerte de presente permanente. Ese presente permanente es, en los prólogos, el momento crucial en que el autor se refiere a su propia escritura y, en ocasiones, a la lectura. Sirve como ejemplo resumido la enunciación de Cervantes: «Esta prefación que vas leyendo» que instaura un presente irrealizativo donde la temporalidad basada en el tránsito del pasado al futuro a través del presente se engolfa al instaurar el prólogo un presente —necesario paso entre la escritura ya pasada de la obra y el porvenir de la lectura— del que no es posible salir porque es lectura y escritura, a la vez.

De este modo, al desestructurar y como sacar de quicio el espacio y el tiempo, coordenadas de la investigación exigidas por el carácter inherentemente histórico del prólogo, la investigación se ve obligada a afirmar que el prólogo es un lugar que ya no es ni significativo ni comunicativo, ni material ni ideal, un lugar que ya no da lugar, que no deja que se inscriba ninguna subjetividad y que media desde la obra a la obra, en un tiempo insensato que sólo promueve una iteración de la obra. Inserto en esa repetición, el prólogo se diluye y se muestra igual de relevante que el resto de la obra, igual de significativo, deshace así el prólogo esa dualidad entre él y la obra que sólo había previamente invertido. Esta similitud no es, sin embargo, un modo de restañar la fisura que el prólogo deja ver, sino el modo en que esa fisura se repite, cada vez, en el paso del prólogo a la obra y viceversa, de tal manera que en su repetición se

ahonda y cada vez se hace más problemática.

No es posible deshacer ese entuerto, estamos condenados a repetirlo y a

situarnos en un espacio indecidible que el prólogo muestra y promueve. Esa posición indecidible pone en suspenso por lo tanto, ya una indagación ontológica del prólogo —puesto que quedan subvertidas y desactivadas las estrategias del tiempo y del espacio como trascendentales—, pero también una elucidación dialéctica con la que había coqueteado este primer capítulo en sus inicios al señalar una cierta oposición de prólogo y obra, una cierta disputa que pasaba por un momento en que los roles y la importancia se invertían.

El prólogo muestra, por el contrario, que es precisa una perspectiva literaria de sí mismo para poder dar cuenta de él. Quizá la polisemia del término literaria, literatura desoriente plausiblemente el camino que debe tomar esta investigación, pero también ayuda a no clausurar ese espacio que, sin embargo, ha mostrado una necesidad que no puede reducirse a la necesidad de un estudio ontológico o de un estudio dialéctico.

En su trabajo, el prólogo ha mostrado que no se trata de la denuncia de sistemas ontológicos sensu stricto que se han desplazado hacia el terreno literario, sino, lo que es mucho más grave, que algunos sistemas específicamente diseñados para el análisis de lo literario durante el siglo XX no son sino transposiciones de sistemas ontológicos o de metodologías dialécticas. Así, el prólogo, su estudio e indagación, muestra la necesidad de una perspectiva puramente literaria que, por mor de la historia y del contexto en que se escriben los textos de que nos ocupamos, ha de empezar a indagarse en torno al arte Retórica, verdadero eje de la comprensión de lo literario durante el Siglo de Oro.

Abandonamos así, en consecuencia, un estudio estrictamente objetual y significativo del prólogo para adentrarnos en una perspectiva en la que lo literario pueda emerger con toda su virulencia.

El capítulo II hereda (y acepta) en consecuencia el reto de llevar a cabo una lectura literaria sin dar por concluida, no obstante, su indagación sobre el prólogo como objeto textual, sino atendiendo a las imposibilidades que su análisis denuncia cuando se emplean determinadas estrategias de elucidación, fundamentalmente una

perspectiva ontológica o una perspectiva dialéctica. El tránsito, por lo tanto, entre el primer y el segundo capítulo es un tránsito desde lo lingüístico hacia lo literario, también un paso de Retórica a Poética (de Retórica a Poética también), un paso de ampliación, de extensión y, en cierto modo de diseminación, que no es un paso de superación sino un paso de ahondamiento.