Súbitamente, en medio de su inocente recreo, los tres niños vieron como una claridad de relámpago que los sorprendió. Contemplaron el cielo, el horizonte y, después, se miraron entre sí: cada uno vio al otro mudo y atónito; el horizonte estaba limpio y el cielo luminoso y sereno. ¿Qué habría pasado?
Lucía, siempre con cierto tono imperativo ordenó agrupar el rebaño y retomar el camino de regreso a casa, pues podía venir una tormenta.
Juntaron el rebaño y lo condujeron descendiendo hacia la derecha. A medio camino entre el monte que dejaban y una encina grande que tenían delante, vieron un segundo relámpago.
Con redoblado susto, apresuraron el paso continuan- do el descenso. Sin embargo, apenas habían llegado al fondo de la “Cova” se pararon, confusos y maravillados: allí, a corta distancia, sobre una encina de un metro y poco de altura, se les aparecía la Madre de Dios.
Según las descripciones de la Hermana Lucía, era
“una Señora vestida toda de blanco, más brillante que el sol, irradiando una luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente. Su semblante era de una belleza indescriptible, ni triste ni alegre, sino serio, tal vez con una suave expresión de ligera censura”. ¿Cómo
describir con detalle sus trazos? ¿De qué color eran sus ojos y los cabellos de esa figura celestial? ¡Lucía nunca lo supo con certeza!
Nuestra Señora comenzó a elevarse serenamen- te, subiendo en dirección al naciente, hasta desapa- recer en la inmensidad de la distancia. La luz que cir- cundaba iba abriendo un camino en la oscuridad de los astros, motivo por el cual alguna vez dijimos que vimos abrirse el Cielo.
La Hermana Lucía continúa diciendo: “El vestido,
más blanco que la propia nieve, parecía tejido de luz. Tenía las mangas relativamente estrechas y el cuello ce- rrado, llegando hasta los pies que envueltos por una te- nue nube, apenas se veían rozando la copa de la encina. La túnica era blanca, y un manto también blanco, con bordes de oro, del mismo largo que el vestido, le cubría casi todo el cuerpo. Tenía las manos puestas en actitud de oración, apoyadas en el pecho, y de la derecha pen- día un lindo rosario de cuentas brillantes como perlas, con una pequeña cruz de vivísima luz plateada. [Como] único adorno, un fino collar de oro reluciente, colgando sobre el pecho y rematado casi a la altura de la cintura, por una pequeña esfera del mismo metal”.
Lo que ocurrió a continuación es así relatado por la Hermana Lucía:
“Estábamos tan cerca, que quedábamos dentro de la luz que la cercaba, o que irradiaba. Tal vez a un metro y medio de distancia, más o menos. Entonces, Nuestra Señora nos dijo:
— No tengáis miedo, no os haré mal. — ¿De dónde es Vuestra Merced?
— Le pregunté
— Soy del Cielo.
— ¿Y qué quiere de mí Vuestra Merced?
— Vengo a pediros que volváis aquí durante seis me- ses se guidos, los días 13 y a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Y volveré aquí aún una séptima vez.
— ¿Y yo también voy a ir al Cielo?
— Sí, vas. — ¿Y Jacinta? — También. — ¿Y Francisco?
— También, pero tiene que rezar muchos Rosarios. Me acordé entonces de preguntar por dos niñas que habían muerto hacía poco. Eran amigas mías y [frecuen-
taban] mi casa [para] aprender a tejer con mi hermana
mayor.
— ¿María de las Nieves ya está en el Cielo? — Sí, está.
— ¿Y Amalia?
— Estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo. ¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los su- frimientos que os quiera enviar, en reparación por los pecados con que Él es ofendido, y en súplica por la con- versión de los pecadores?
— Sí, queremos.
— Vais pues, a tener mucho que sufrir, pero la gra- cia de Dios será vuestro consuelo.
Fue al pronunciar estas últimas palabras (‘la gracia de Dios’, etc.), cuando abrió las manos por primera vez, comunicándonos una luz tan intensa, como el reflejo que de ellas procedía, que, penetrándonos en el pecho y en lo más íntimo del alma, hacía vernos a nosotros mismos en Dios, que era esa luz, más claramente que como no- sotros vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior, también comunicado, caímos de ro- dillas y repetimos interiormente: Oh, Santísima Trini-
Los tres pastorcitos después de la visión del in- fierno, el día 13 de Julio. Asustados y como pidiendo socorro, levantamos los ojos hacia Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: “Visteis el infier- no, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os diga, se salvarán muchas almas y tendrán paz”.
dad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento.
Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió:
— Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra.
Enseguida comenzó a elevarse serenamente, su- biendo en dirección al naciente, hasta desaparecer en la inmensidad de la distancia. La luz que la circundaba iba abriendo un camino en la oscuridad de los astros, motivo por el cual alguna vez dijimos que vimos abrirse el Cielo”.
Después que la Aparición se eclipsó en la infinitud del firmamento, los tres pastorcitos permanecieron silen- ciosos y pensativos, contemplando durante un largo rato el Cielo.