Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y úl- tima aparición de la Santísima Virgen a los tres pastor- citos. Por lo avanzado del otoño, la mañana estaba fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y el frío calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.
Cerca de las once y media, aquel mar de gente abrió paso a los tres videntes que se aproximaban, vestidos con sus trajes de domingo.
Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:
“Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.
— ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?
— Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Ro sario, que continuéis re- zando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.
— Quería pedirle muchas cosas. Si curaba unos en- fermos y convertía unos pecadores...
— A algunos sí, a otros no. Es preciso que se en- mienden, que pidan perdón por sus pe cados.
Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.
Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol”.
Habiendo la Santísima Virgen desaparecido en esa luz que Ella misma irradiaba, se sucedieron en el cielo tres nuevas visiones, como cuadros que simbolizaban los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos del Rosario.
Junto al sol apareció la Sagrada Familia: San José, con el Niño Jesús en los brazos, y Nuestra Señora del Rosario. La Virgen vestía una túnica blanca y un manto azul, San José estaba también de blanco y el Niño Jesús de rojo. San José bendijo al pueblo trazando tres veces en el aire una cruz, y el Niño Jesús hizo lo mismo.
Las dos escenas siguientes fueron vistas sólo por Lucía. Primero, vio a Nuestro Señor, transido de dolor en el camino del Calvario, y a la Virgen de los Dolores, sin la espada en el pecho. El Divino Redentor también bendijo al pueblo.
Por fin apareció, gloriosa, Nuestra Señora bajo la advocación del Carmen coronada Reina del Cielo y del Universo, con el Niño Jesús en brazos.
Mientras los tres pastorcitos contemplaban los per- sonajes celestiales, se operó ante los ojos de la multitud el milagro anunciado.
Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al ter- minar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: “¡Miren el sol!”. Se entreabrieron las nubes, y
el sol apareció como un inmenso disco de plata. A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuan- do, súbitamente, el astro se puso a “bailar”. Giró rápida- mente como una gigantesca rueda de fue go. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmen- te, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas di- recciones. Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamen- te tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zigzag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada. Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos ca- yeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consu- midos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zig-zag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces impo- sible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.
El ciclo de las visiones de Fátima había terminado.
CAPÍTULO V
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El mensaje de Fátima encontró siempre un eco filial en la persona de este inolvidable Papa. De tal manera que, un año después del atentado que lo hirió gravemen- te en la plaza de San Pedro — el 13 de mayo de 1981, fecha misteriosamente coincidente con la de la primera aparición de la Virgen —, quiso él dirigirse a Fátima en memorable peregrinación, para agradecer a la Santísima Virgen su maternal y casi milagrosa protección. Como señal de reconocimiento hizo incrustar en la corona que ciñe la frente de la imagen allí venerada, el proyectil que sacrílegamente lo alcanzara.
Juan Pablo II fue a Fátima no sólo para manifestar su gratitud, fue también como jefe espiritual de la Cris- tiandad, a fin de llamar la atención de la humanidad des- orientada del final de milenio, para la importancia fun- damental del mensaje dirigido por la Madre de Dios a los tres pastorcitos portugueses. Y aún, para rogar a la Santísima Virgen que apresurase el día del triunfo de su Inmaculado Corazón, profetizado por Ella en 1917, en Cova da Iría.
Mariae Mater Eclesiae, ergo Mater Papae...
Si María es Madre de la Iglesia, en consecuencia es Madre del Santo Padre. María escucha a todos los hom- bres, pero una palabra proferida desde la cátedra de Pe- dro le da una especial alegría.
“Queridos niños y niñas, veo que muchos de vo- sotros estáis vestidos como Francisco y Jacinta. ¡Estáis muy bien! Pero luego, o mañana, dejaréis esos vestidos y … los pastorcitos desaparecerán. ¿No os parece que no deberían desaparecer? La Virgen tiene mucha necesi- dad de todos vosotros para consolar a Jesús, triste por los pecados que se comenten; tiene necesidad de vues- tras oraciones y sacrificios por los pecadores”.
(Palabras del Siervo de Dios Juan Pablo II, en la beatificación de Francisco y Jacinta el día 13 de mayo de 2000)
Recordemos las palabras que pronunció el siervo de Dios Juan Pablo II en la plaza de la Basílica de Fátima, el 13 de mayo de 1982:
“Desde el tiempo en que Jesús, muriendo en la cruz,
dijo a Juan: ‘he ahí a tu Madre’ desde el momento en que el discípulo ‘la recibió en su casa’, el misterio de la ma- ternidad espiritual de María, ha tenido su cumplimiento en la historia con una amplitud sin límites. Maternidad quiere decir solicitud por la vida del hijo. Ahora bien, si María es Madre de todos los hombres, su atención por la vida del hombre es de un alcance universal. El cuidado de una madre alcanza al hombre entero. La maternidad de María comienza con el cuidado maternal de Cristo. En Cristo, a los pies de la cruz, Ella aceptó a Juan y, en él, aceptó a todos los hombres y al hombre en su totali- dad. María abrazó a todos, con una solicitud particular en el Espíritu Santo. En efecto, es Él, como profesamos en nuestro credo, el que ‘da la vida’. Es El que da la ple- nitud de la vida abierta hacia la eternidad.
La maternidad espiritual de María es pues participa- ción en el poder del Espíritu Santo, es el poder de Aquel que ‘da la vida’. Y es al mismo tiempo el servicio humil- de de Aquella que dice de si misma: ‘He aquí la sierva del Señor’ (Lc. 1, 38).
A la luz del misterio de la maternidad espiritual de María, tratemos de comprender el mensaje extraor- dinario, que empezó a resonar en todo el mundo desde Fátima, el día 13 de mayo de 1917 y se prolongó du- rante cinco meses hasta el día 13 de octubre del mismo año. La Iglesia ha enseñado desde siempre y sigue pro- clamando que la revelación de Dios ha sido llevada a
cumplimiento en Jesucristo, el cual es su plenitud y que ‘no hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor’ (Dei Verbum, 4). La misma Iglesia valora y juzga las revela- ciones privadas según el criterio de su conformidad con la única revelación pública. Así, si la Iglesia ha acogido el mensaje de Fátima es sobre todo porque este mensaje contiene una verdad y un llamado, que en su contenido fundamental son la verdad y el llamado del Evangelio mismo.
‘Arrepentíos, haced penitencia y creed en el Evan- gelio’ (Mc. 1, 15): son éstas las primeras palabras del Mesías dirigidas a la humanidad. El mensaje de Fátima es, en su núcleo fundamental, un llamado a la conversión y a la penitencia, como en el Evangelio.
Este llamado ha sido hecho al comienzo del siglo XX, y por tanto dirigido particularmente a este siglo. La Señora del mensaje parecía leer con una perspicacia es- pecial los ‘signos de los tiempos’, los signos de nuestro tiempo.
El llamado a la penitencia es un llamado maternal: y, a la vez, es enérgico y hecho con decisión. La cari- dad que ‘se complace en la verdad’ (1 Cor. 13, 6), sabe ser clara y firme. El llamamiento a la penitencia se une, como siempre, con el llamado a la plegaria. De acuerdo con una tradición plurisecular, la Señora del mensaje de Fátima indica el rosario, que justamente puede definirse ‘la oración de María’, y la plegaria en la que Ella se sien- te unida particularmente a nosotros. Ella misma reza por nosotros. En esta oración se incluyen los problemas de la Iglesia, los de la sede de Pedro y los del mundo entero.
Además se recuerda a los pecadores, a fin de que se con- viertan y se salven, y a las almas del Purgatorio.
Las palabras del mensaje han sido dirigidas a niños cuya edad oscilaba entre los 7 y l0 años. Los niños, como Bernardita de Lourdes, son personas particularmente privilegiadas en estas apariciones de la Madre de Dios. De aquí deriva el hecho de que su lenguaje sea sencillo, acomodado a su capacidad de comprensión infantil. Los niños de Fátima se convirtieron en los interlocutores de la Señora del mensaje, y además en sus colaboradores.
Cuando Jesús dijo en la Cruz: ‘Mujer, he ahí a tu hijo’ (Jn. 19, 26), de un modo nuevo abrió el corazón de su Madre, el corazón inmaculado, y le reveló la nueva dimensión y el nuevo alcance del amor, al que era lla- mada en el Espíritu Santo, en virtud del sacrificio de la cruz.
Nos parece encontrar precisamente en las palabras del mensaje de Fátima esta dimensión del amor materno, que en su radio abarca todos los caminos del hombre ha- cia Dios: el que conduce a través de la tierra y el que va, a través del Purgatorio, más allá de la tierra. La solicitud de la Madre del Salvador se identifica con la solicitud por la obra de la Salvación: la obra de su Hijo.
Es la solicitud por la salvación, por la salvación eter- na de todos los hombres. Al cumplirse ya 65 años desde aquel 13 de mayo de 1917, es difícil no percibir como este amor salvador de la Madre abrace en su radio, de modo particular, a nuestro siglo.
A la luz del amor materno comprendemos todo el mensaje de Nuestra Señora de Fátima. Lo que se opone más directamente al camino del hombre hacia Dios es
el pecado, el perseverar en el pecado y, finalmente, la negación de Dios. La programada cancelación de Dios del mundo, del pensamiento humano. La separación de Él de toda la actividad terrena del hombre. El rechazo de Dios por parte del hombre.
En realidad, la salvación eterna del hombre será úni- camente en Dios. El rechazo de Dios por parte del hom- bre, si llega a ser definitivo, guía lógicamente al rechazo del hombre por parte de Dios (Mt. 7, 23; 10, 33), a la condenación.
¿La Madre que —con toda la fuerza de su amor que nutre en el Espíritu Santo— desea la salvación de to- dos los hombres, puede callar sobre todo lo que destruye las bases mismas de esta salvación? ¡No, no lo puede hacer!
Por esto el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, tan maternal, es a la vez tan vigoroso y decidido. Parece severo. Es como si aún hablase Juan el Bautista en las orillas del río Jordán. Exhorta a la penitencia. Advierte. Llama a la oración. Recomienda el rezo del rosario.
Este mensaje se dirige a todos los hombres. El amor de la Madre del Salvador llega donde quiera que llega la obra de la salvación. Objeto de sus cuidados son todos los hombres de nuestra época, y, a la vez, las sociedades, las naciones y los pueblos.
Las sociedades amenazadas por la apostasía y la de- gradación moral. El hundimiento de la moralidad lleva consigo la caída de las sociedades”.
(De la homilía pronunciada por el siervo de Dios Juan Pablo II durante la misa celebrada en la explanada del Santuario de Fátima, el 13 de mayo de 1982. L’OSSERVATORE ROMANO, Edición Semanal en Lengua Española, Año XIV n. 21(699), 23 de mayo de 1982).
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aríaLa Consagración del Mundo al Inmaculado Corazón de María, tuvo lugar en la plaza de S. Pedro, en el Vati- cano, el 25 de marzo de 1984.
Para ese momento, el Papa Juan Pablo II pidió la presencia de la Imagen de Nuestra Señora de Fátima, venerada en la Capilla de las Apariciones.
Delante de la imagen, el Papa repitió el acto de entre- ga que había hecho en Fátima el 13 de Mayo de 1982.
En las últimas palabras del Acto de Entrega, Juan Pablo II rogó a Nuestra Señora:
“¡Acoge, Madre de Cristo, este clamor cargado de
sufrimiento de todos los hombres! ¡Cargado del sufri- miento de sociedades enteras! Ayúdanos, con la fuerza del Espíritu Santo, a vencer todos los pecados: el pe- cado del hombre y el “pecado del mundo”, en fin, el pecado en todas sus manifestaciones. Que se revele, una vez más, en la historia del mundo, la infinita potencia salvífica de la Redención: ¡la fuerza infinita del Amor Misericordioso! ¡Que él detenga el mal! ¡Que él trans- forme la conciencia! ¡Que se manifieste para todos, en Vuestro Corazón Inmaculado, la luz de la Esperanza!”
Lo que más impresionaba y absorbía al beato Francisco era Dios en esa luz inmensa que ha- bía penetrado en lo más íntimo de su ser. Además sólo a él Dios se dio a conocer “muy triste”, como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le respondió: “Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se comenten contra él”. Francisco vive movido por el único deseo de “consolar y dar alegría a Jesús”. (Juan Pablo II, Homilía en beatificación de Francisco el día 13 de Mayo de 2000).
La pequeña Jacinta sintió y vivió la aflicción de la Virgen por los pobres pecadores, ofrecién- dose heroicamente como víctima por los pecadores. Un día la Vir- gen María fue a visitarla a su casa, como cuenta la pequeña: “Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que muy pronto volvería a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir más pecadores. Le dije que sí”. Y al acercase la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: “Da muchos saludos de mi parte a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores”.