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LA PRIMERA JORNADA DEL APOCALIPSIS

El poder recae siempre en manos de una pequeña minoría fuertemente organizada e integrada exclusivamente por sujetos individuales o, todo lo más, por pequeños grupos. Aquí estriba precisamente la clave última de su superioridad, la razón de su éxito, el secreto que habitualmente le permite imponerse con asombrosa facilidad. Pero incluso el poder más omnímodo y colosal quebraría en pocos instantes y sus más eficaces e imponentes instrumentos quedarían automáticamente reducidos a

40 No se debe olvidar que este libro fue concebido y escrito entre los años 1940

la nada, si, por un momento todos sus súbditos, todos sus fieles subordinados, decidieran espontánea y unánimemente negarle obediencia. Ello se explica porque el mundo entero vive en un orden relativo, en el que los diferentes Estados que lo integran pueden imponer su voluntad gracias a que el generalizado y universal rechazo a la obediencia no es más que una posibilidad teórica de impensable plasmación práctica.

Ahora bien, imposible del todo no lo es, hasta donde yo sé, la humanidad conoció al menos una situación, única, o si se prefiere, tan única, como el contagio espiritual de donde provino, que consiguió romper la regla.

El 14 de julio de 1789, un colosal amotinamiento popular tomaba primero y demolía después la Bastilla, en circunstancias de todos conocidas. Menos sabido es, posiblemente que la victoria del buen pueblo de París fue seguida por única vez en la historia, por aquel suceso que hace unos segundos calificábamos de imposible. En toda Francia, durante las siete semanas, que siguieron a aquel acontecimiento y a medida que se iban difundiendo las noticias provenientes de la capital, las masas campesinas y obreras, los pequeños burgueses, los burócratas, las clases superiores y medias, reaccionaron al unísono —como si estuvieran a la espera de una señal previamente convenida— negando colectivamente obediencia al poder. Se desencadenó entonces un proceso de proporciones terribles y colosales: las masas, sintiendo en sus carnes la ausencia de autoridad, se revolvieron enloquecidas contra cualquier signo que representara al viejo poder caído: la autoridad,

y más concretamente los individuos que hasta aquel entonces la habían encarnado, consciente de su incapacidad real para imponer sus decisiones a las masas, las dejaban simplemente actuar. La mayoría, de repente, se vio poseída por un frenesí irresistible y la minoría, de mejor o peor grado, se dejó arrastrar, aunque mucho más aparentemente de lo que en aquel momento se dijo.

Todos, en resumidas cuentas, se revolvieron, todos participaron en la revolución generalizada contra el sistema de poder establecido: los monjes abandonaron despavoridos los conventos, los soldados desmoralizados huyeron de las casermas olvidando en ellas sus armas..., el ejército se dispersó, la administración se dislocó, la policía desapareció, la justicia enmudeció, los recaudadores estatales cesaron de percibir impuestos, los señores se sintieron impotentes para exigir las ancestrales gabelas feudales, por doquier iglesias y castillos cayeron presas del fuego y del pillaje. En medio de aquel marasmo, las autoridades y jerarquías naturales del Ancien

Régime no fueron reemplazadas por una fuerza hostil destinada de

antemano a sustituirlas, sino que se diluyeron en la nada, desapareciendo como engullidas por un enorme y voraz torbellino que la historia parecía querer desencadenar en un abrir y cerrar de ojos sobre los que justamente hasta pocos días antes habían sido inamovibles fundamentos constitutivos de la sociedad.

La monarquía francesa, contrariamente a lo que repiten miméticamente los autores, no pereció el 10 de agosto de 1792, antes al contrario, resultó destruida para siempre en las seis semanas posteriores a la caída de la Bastilla. El 28 de junio de 1789 un conflicto entre Corona y Estados Generales de perfiles claros y definidos, había significado para el monarca la pérdida de la potestad legislativa, en las semanas que siguieron al 14 de julio de 1789, Luis XVI se encontró convertido de la noche a la mañana en un rey sin ejército, sin policía, sin jueces, sin leyes, sin dinero, sin recursos... en una palabra, sin atribuciones de ningún género. Una generalizada y universal negativa de sus súbditos a obedecerlo, le había desposeído de hecho que no de derecho, de todas sus potestades, sin que mediara el más mínimo conflicto constitucional, sin que el vacío que de esta manera se abría a los ojos de todos fuera aprovechado por una nueva forma de poder.

Jamás la historia de occidente había conocido un proceso de contagio espiritual tan inesperado, tan enorme, tan vertiginoso. En pleno centro de Europa, en medio de una situación de paz generalizada, se derrumbaba de improviso, en cuestión de días, uno de los más grandes edificios políticos construidos por el hombre, una de las más exquisitas y refinadas civilizaciones de la humanidad. Una buena mañana el rey absoluto se despertaba, se incorporaba en su lecho y tras llamar vanamente a gritos a sus servidores, a sus chambelanes, a sus soldados, a sus jueces, a sus gendarmes, a sus burócratas, comprobaba perplejo que, como por encanto, todos habían desaparecido y carecía incluso de un miserable jirón de orden y autoridad para cubrirse púdicamente sus más íntimas miserias.

¿Existió algún vínculo de relación que permita conectar la revolución del 28 de junio con el desfondamiento de los meses posteriores? Es evidente que la victoria del tercer Estado excitó, de una parte, el espíritu de la revolución y, de otra, desacreditó a la Corte, empero no es menos cierto que no es posible establecer una relación de proporcionalidad entre la humillación infringida a la Corona en tal fecha y el enorme desmoronamiento de la legalidad monárquica y aristocrática sobrevenido mes y medio después. La humillación del 28 de junio fue un evento demasiado exiguo, demasiado insignificante, como para explicar por sí sólo la enorme catástrofe que se desencadenó tras él.

El edificio real, por el que se ordenaba la incorporación de los estamentos privilegiados a la reunión general del tercer Estado, fue más que otra cosa el golpe de gracia que abatió de un tajo el tronco de un viejo árbol cuyas raíces estaban corroídas de tiempo atrás por un mal invisible. Y ¿cuál podría ser aquel mal? ¿cuáles sus síntomas?, ¿cuáles sus causas próximas y remotas?

Estoy firmemente convencido de que la historia del siglo XIX hasta nuestros días41 se llegará a entender completamente sólo

cuando se logre despejar de plano ese inmenso interrogante que flota en suspenso desde los orígenes del mundo moderno. Más adelante, y en la medida de mis posibilidades, trataré de dar cumplida respuesta a tal pregunta, por el momento me limitaré a analizar la naturaleza, la eficacia, y las consecuencias de un acontecimiento que resulta difícil de comprender porque es, en sí mismo, único en su género, y todo este examen previo será el que más tarde me permitirá explicar con claridad meridiana, tanto sus auténticas causas como sus más dramáticas consecuencias.

Las seis semanas subsiguientes a la toma de la Bastilla no son, ni debieran ser consideradas nunca, tal y como hasta la fecha han venido haciendo los historiadores, una de tantas explosiones de desorden que jalonan la historia de la revolución francesa, porque la revolución comienza, ni más ni menos, el primer día de las siete semanas que siguieron a la toma de la Bastilla.

Si por revolución francesa se entiende el conjunto de acontecimientos que conmovieron a Europa entre 1789 y 1814, removiéndola en lo más profundo de sus entrañas, es preciso recordar a continuación que el elemento inicial decisivo que la desencadenó no fue ni la agitación promovida por las sociedades filosóficas, ni el proselitismo de las logias, ni el panfleto de Sieyés, ni el déficit presupuestario, ni la convocatoria de los Estados Generales, ni el descontento del tercer estado, ni el juramento del

Jeu de paume, ni la capitulación real del 28 de junio, sino la

41 Obviamente Ferrerò está escribiendo en 1940 y en plena Segunda Guerra

Mundial, pero la actualidad de su pensamiento es tan fuerte en momentos como los actuales, en los que el artificial parón histórico impuesto en Yalta parece haber desaparecido, que nadie dudaría en reconocer el valor profético a estas afirmaciones. (N. del T.)

destrucción de la legalidad aristo-monárquica representada por la toma de la Bastilla, aquel gigantesco cataclismo que sorprendió a todos porque nadie lo habían previsto ni querido. Después de la Bastilla la revolución abandonó definitivamente el grandioso programa que había llevado a Versalles a los representantes de la sociedad francesa y concentró todos sus esfuerzos en un objetivo único, reconstruir una legalidad aceptable para Francia que, al mismo tiempo, fuera compatible con la paz de Europa.

Sin embargo, los contemporáneos se vieron obligados a esperar veinticinco años soportando mientras tanto enormes torrentes de sangre, para rehacer lo que seis semanas habían bastado para destruir. ¡He aquí la clave última y profunda de la revolución! A lo que debo añadir que la toma de la Bastilla y sus consecuencias inmediatas representan, desde un punto de vista universal, uno de los sucesos posiblemente más importantes, más misteriosos, más extraordinarios, que la historia ha ofrecido nunca. Todavía hoy se baila en París, bajo los farolillos, la noche del 14 de julio, recordando lo sucedido en 1789. ¡Hasta aquí llega la inconsciencia humana! Mejor sería que en ese día los hombres conmemorasen tan infausto aniversario retirándose a meditar sobre el destino de su especie, recuperando así el significado que verdaderamente corresponde a la efemérides en razón de los acontecimientos que en ella se sucedieron. Y el fatal evento debe ser necesariamente valorado en estos términos, porque el hecho de que a finales del siglo XVIII uno de los pueblos más ilustrados y cultos de la tierra se negara a obedecer al poder únicamente durante seis semanas, tan sólo seis semanas, desencadenó una especie de apocalipsis revolucionario que dura ya más de un siglo y medio y que después de haber devastado Europa, amenaza con extenderse por todo el mundo para destruirlo. Ésta es, en resumidas cuentas, la tesis que pretendo demostrar.

Empezaré por estudiar los efectos más primarios, evidentes y universales a que diera pie tan impresionante catástrofe. La más directa e inmediata secuela en la vida francesa de aquel cataclismo sin par fue llamada por sus contemporáneos «la grande peur»42, el

primer gran miedo de la historia contemporánea que, después de haberse iniciado entre las masas rurales y urbanas, necesitó tan sólo de unos pocos días para expandirse de una punta a otra de Francia. Por campos y ciudades corrió un grito, una voz de alarma, se decía que bandas de salteadores estaban quemando los bosques, arrasando las cosechas, asediando las ciudades, que las tropas del rey comandadas por príncipes de sangre real se acercaban, que ejércitos extranjeros habían invadido Francia para castigar, encadenar, exterminar a sus habitantes. El pueblo entero se alzaba en armas, en las ciudades y los pueblos se levantaban barricadas, los campesinos recorrían las haciendas buscando enemigos imaginarios.

Por primera vez en la historia de la Francia contemporánea, las masas se levantaban contra el poder establecido y paradójicamente el primer resultado de tan victoriosa revolución fue justamente que las masas se asustaron de... su propia revuelta. ¡Tremenda lección para cualquier revolucionario o aprendiz de la revolución! Con «le grande peur» dio comienzo el gran pánico de toda la sociedad, aterrorizada por la desobediencia de quienes, teóricamente, estaban

42 La grande peur vino siendo una expresión un tanto indefinida e imprecisa hasta

que George Lefebre la utilizara por primera vez en el plano académico, en una obra de igual título, para referirse a la situación de pánico colectivo vivida por toda la sociedad francesa después del 20 de junio de 1789, y caracterizada, como señala Ferrero, por la quiebra de toda autoridad en medio del temor generalizado de toda la ciudadanía.

Por el fuerte carácter ideográfico de la expresión, que carece de significado al margen de la historia francesa, se ha preferido no verterlo al castellano. (N: del

llamados a soportar la acción del poder. La Corte, la Asamblea Nacional, la nobleza, el clero, del tercer Estado..., grandes y humildes, ricos y pobres, sabios e ignorantes, fueron presas del terror desde el momento en que descubrieron que la ley no existía, que nadie estaba seguro de nada, que todo, absolutamente todo era posible... Si las masas temblaban ante una inexistente conspiración aristocrática de salteadores y ejércitos imaginarios, la aristocracia por su parte pensó en huir, en escapar al extranjero para alejarse de un peligro que todavía no era real y que tan sólo comenzaría a serlo con su fuga. El conde D'Artois, el hermano de Luis XVI, en el instante mismo en que las alucinadas masas de los más distantes lugares de Francia juraban haberlo visto marchar hacia Versalles a la cabeza de un gran ejército para aplastar a la Asamblea Nacional, atravesaba a uña de caballo los Alpes, seguido de unos pocos secretarios y criados, para refugiarse en Turín. Él, el futuro Carlos X, sería el primer príncipe de la sangre real que decidiría refugiarse en el extranjero a raíz de los acontecimientos del 14 de julio, y contrariamente a lo que pudiera pensarse en aquellos trágicos momentos, tendría que esperar todavía un cuarto de siglo para poder regresar a su patria.

«La grande peur» fue el monstruo que surgió del apocalíptico mar re- volucionario, el monstruo que se asemejaba a un leopardo con fauces de león, el monstruo al cual «le había sido conferida la potestad de hacer la guerra a los santos y de vencerlos a todos», el monstruo «a quien le fue atribuida autoridad sobre todas las tribus, sobre todos los pueblos, sobre todas las lenguas y sobre todas las naciones». Protagonista invisible del drama revolucionario, no dejaría de desempeñar hasta 1814 el papel de personaje principal del escenario, obligando a toda una generación a sumergirse en un espeluznante delirio de sangre y fuego.

Sólo un milagro, difícilmente explicable, le obligaría a desaparecer bruscamente en 1814, de suerte que las generaciones sucesivas,

crecidas en orden y en paz, terminarían perdiendo su recuerdo. Ninguno de los hombres venidos al mundo después del tratado de Viena llegará a imaginar ni siquiera los efectos de su invisible y terrible presencia, nadie de entre los nacidos en los plácidos tiempos que transcurrieron entre 1814 y 1914, podrá llegar a comprender nunca nada de aquel gran drama, que privado de sus protagonistas, no tendría ya ningún sentido. Las generaciones de la paz difícilmente captarán el significado de la increíble audacia de la Asamblea Nacional, como tampoco serán capaces de entender el alcance de sus efectos, tan sólo verán el primer gran acto, el prolegómeno de la tremenda orgía revolucionaria que siguió después.

La anarquía se propagó por toda Francia a velocidad de vértigo, por doquier el ejército se desmoronaba, la justicia y la policía desaparecían, el tesoro se vaciaba, la administración yacía inerme, mientras que en Versalles se reunían todos los días mil doscientos hombres para hacer leyes, proponer enmiendas, discutir proyectos... Gotas de tinta que emborronaban papeles, leyes que en sí mismas eran otra cosa.

Sin embargo, aquellas gotas de tinta diluidas en papel eran el instrumento del que se serviría aquella extraordinaria Asamblea para destruir la vieja organización, elevando en su lugar un edificio nuevo sustentado en bases metafísicas nunca antes contrastadas con experiencia real alguna.

El 27 de agosto de 1789 la Asamblea dio por zanjada la discusión y aprobó sin más la Declaración Universal de Derechos del Hombre y del

Ciudadano. En medio del entusiasmo más sublime, aquellos

representantes del pueblo francés proclamaban que todos los hombres nacían libres e iguales; que el fin indeclinable de toda asociación política era y debía ser siempre la defensa y protección de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre: la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión; que la

soberanía residía por principio en la nación; que la ley era la expresión de la voluntad general; que todos los ciudadanos tenían derecho a concurrir personalmente o por medio de representantes a su proceso de formación; que la ley debía ser igual para todos los hombres; que todo ciudadano tenía derecho a exponer verbalmente o por escrito sus opiniones; sin cortapisas ni censuras previas, porque la libertad de comunicación del pensamiento era un derecho del hombre, de cuyo ejercicio deberá responder ante los jueces en los casos previstos por la ley. La soberanía del pueblo, tras sus correlatos lógicos: el derecho de oposición y la libertad política, así como la igualdad jurídica resultaban, de este modo, reconocidos y confirmados como fundamentos esenciales del Estado.

Todas aquellas aspiraciones, todos aquellos deseos de caminar hacia una nueva orientación del espíritu, hacia una nueva forma de comprender y de entender el poder y el Estado, que en la Francia e Inglaterra del siglo XVIII habían encontrado un magnífico cauce de representación en la filosofía y en la literatura, se veían traducidas ahora en términos jurídicos e incorporados a la ley fundamental de la nueva Francia.

Voltaire, Montesquieu, Rousseau, los enciclopedistas, los fisiócratas, Locke, Hume, los teóricos del derecho natural, son nombres de autores y enunciados de escuelas cuyas ideas estaban de una u otra manera, recogidas y condensadas en ese excepcional documento, nombres de seres que por sí solos justifican y explican la enorme repercusión posterior que la declaración tendría en todo el mundo. En aquellos días parecía como si estuviera por alumbrar un nuevo amanecer en la historia de la humanidad, por emerger un nuevo reino, el reino de la razón, de la libertad, de la igualdad, de la justicia. Los hombres no habían conocido jamás un cambio de proporciones tan gigantescas ni de dimensiones tan profundas. Pero, ¿en qué condiciones reales se encontraba Francia en el

momento de disponerse a abordar tan magno esfuerzo constructivo? Nos lo dice un discurso que el arzobispo de Burdeos, a la sazón Garde de Sceaux43 pronunciara el 7 de agosto

en el recinto de la Asamblea Nacional.

En las provincias las propiedades son violadas, las casas de los ciudadanos honrados incendiadas por manos desconocidas, los formalismos judiciales menospreciados y sustituidos por procedimientos de hecho, por todo el reino abundan situaciones de desenfreno, las leyes son desconocidas, los tribunales son inoperantes, el comercio y la industria han dejado de funcionar. Y, sin embargo, señores, no es la indigencia la causa de todo este mal, sino la destrucción generalizada de la policía y las autoridades.

En la misma sesión Necker anunciaría que el cobro de impuestos y tasas de cualquier género o especie había cesado casi por completo en toda Francia como consecuencia de la resistencia generalizada de los contribuyentes. De entre sus palabras conviene entresacar la siguiente frase:

Las oficinas encargadas de recaudar los arbitrios —las aides44— han sido

saqueadas, sus registros dispersados y las percepciones impedidas o suspendidas en un número tan extenso de sitios y lugares que su enumeración aquí resultaría imposible por ser excesivamente larga y prolija.

Es evidente que tal y como señalaba el monarca cada vez que tenía ocasión, similar situación hubiera requerido, antes que la proclamación de una metafísica Carta de Derechos del Hombre, la