• No se han encontrado resultados

Primera parte El proceso-del cristianismo

LA RAZON LAS LUCES

46 Primera parte El proceso-del cristianismo

de la estimación más distinguida. Este gran rumor de alas se ensordeció pronto, y Christian Wolff no tiene ya epitafio más que en los tratados de historia de la filosofía. Pero ¿muere, o no está eternamente presente entre nosotros todo hombre que ha sabido comunicar sus vibraciones al espíritu?

Siempre había adherido a una religión positiva; había refutado a Spinoza, a Locke, a Bayle; había protestado tanto contra «la desagradable librepensería de los ingleses» como contra «el invasor deísmo, materialismo y escepticismo de los franceses»; unas dos horas antes de su muerte, sintiendo que iba a entrar en los trabajos de la agonía, descubrió la cabeza, haciendo todo el esfuerzo que le permitía su extremada debilidad, y, juntando las manos, dijo: «Ahora, Jesús Redentor mío, fortaléceme durante esta hora...» Actitud del cristiano, que reza y espera. Sin embargo, no era cristiano en su pensamiento profundo. Para él, la moral era racional; la fe era una operación racional que no llegaba hasta creer en el milagro; y Dios no era, en suma, más que un producto de la razón humana. Este es el sentido en que Christian Wolff será interpretado por sus sucesores.

Cuando se llega a John Locke se queda asombrado. En una primera apariencia, en efecto, su monarquía no tiene rival y no tolera ninguna rebelión. En 1690, su Essay on human understanding ha propuesto una orientación nueva del pensamiento; este Ensayo sigue siendo, hasta Kant, el libro de cabecera de la filosofía. La frase de Helvétius en el libro De l'homme, Analogie de mes opi- nions avec celle de Locke, vale para la inmensa. mayoría; se pueden contar con los dedos los que no lo han leído, frecuentado, admirado, mientras la multitud de sus seguidores es innumerable. Yo no sé si ha habido nunca un manejador de ideas que haya moldeado su siglo de un modo más manifiesto que éste. Ha salido de las escuelas, de las Universidades, de los círculos doctos, de las academias, para llegar hasta los profanos; se ha convertido en uno de los accesorios indispensables de la moda intelectual. Pope cuenta que una joven inglesa que se estaba haciendo un retrato quiso que el pintor la representara teniendo en las manos un grueso vo- lumen, las obras de Locke; y Goldsmith nos dice que los petimetres franceses no se contentaban con brillar por la elegancia y el refinamiento de su atavío; además querían que su espíritu estuviese adornado, adornado por Locke. Destouches, en su comedia La fausse Agnès pone en escena una muchacha que se ha hecho pasar por loca para deshacerse de un pretendiente a quien no

III. La razón. Las luces 47

ama; después de lo cual muestra que es perfectamente razonable, explicando la doctrina del conocimiento, tal como está explicada en el Ensayo. A menudo una alusión, una cita, una referencia, no ya siquiera de las obras maestras, sino de las obras menos conocidas, indican que se lo tiene dispuesto en las reservas de la me- moria, moneda de oro que se siente uno feliz de sacar y hacer relucir de paso.

Raros son los autores que van por instinto a todas las cuestiones esenciales, y sólo a ésas, la creencia, la moral, la política, la educación, y que en todos esos grandes temas ponen su huella indeleble: John Locke fue de ésos. Hoy se descubre que ha hecho la revolución hasta en literatura; no sólo porque destruyó de un solo golpe las viejas retóricas y las viejas gramáticas, al mostrar que el arte de escribir no consistía en aplicar reglas y preceptos, y procedía más bien de la actividad interior del alma, sino porque dio a la impresión, a la sensación, un puesto qué todavía no se les había reconocido. Yo no le debo nada a la naturaleza, decía Sterne a Suard, que se preguntaba si aquel extraño inglés no se burlaba de él; lo debo todo al estudio asiduo de algunas obras; el Antiguo y el Nuevo Testamento y Locke, a quien empecé a leer en mi juventud y que he seguido leyendo toda mi vida. En este sentido, Locke está en el origen de una literatura que registra, coherentes o no, las reacciones del Yo ante los fenómenos que lo impresionan, la literatura de la impresión, la literatura de la sensación.

¿De dónde viene una influencia tan extensa como profunda? ¿De dónde viene esa acción que aparece en todas partes? Locke ha prefigurado la actitud que quería tomar el siglo ante el problema del ser. De él procede la renuncia solemne a lo incognoscible; de él procede el decreto imperial De coercendo intra fines imperio. Suya es la idea de que lo que no nos es útil no nos es necesario; el marino no necesita sumergirse en los abismos del océano, le basta llevar señalados en su carta los escollos, las corrientes y los puertos. Suya es, la haya tomado dondequiera, la idea de que no hay nada innato en el alma; de que nuestras ideas abstractas, nuestra razón misma, son el resultado de las sensaciones que ésta registra y de la labor que ejerce sobre sí misma. Suya es la idea de que el conocimiento no es más que la relación entre los datos que aprehendemos en nosotros, de que la verdad no es sino la coherencia de esa relación. Suya es la reducción del hombre al hombre. Está en la fuente del empirismo.

Los portadores de las antorchas avanzaban, la verdad iba a salir de sus escondrijos. Se llamaban orgullosamente Amigos de la

48 Primera parte. El proceso del cristianismo

verdad, los Aletófilos. En una medalla cuyo anverso representaba a Minerva hacían grabar su divisa Sapere aude: Atrévete a conocer. Marchaban «con la mirada libre y el espíritu lleno de claridad» 5.

Y lo que había producido la tosca ignorancia Desaparece al pleno día en un siglo de luz6.

5 Wieland, Die Natur der Dinge, Erstes Buch, versos 77 y 78. 6 Chabanon, Sur le sort de la poésie... 1764.

Capítulo IV

Outline

Documento similar