• No se han encontrado resultados

Primera parte El proceso del cristianismo trata, pues, de engañar a la Policía Si los libros son enviados de Alemania, se los

LOS PROGRESOS DE LA INCREDULIDAD EL JANSENISMO LA EXPULSION DE LOS JESUITAS

92 Primera parte El proceso del cristianismo trata, pues, de engañar a la Policía Si los libros son enviados de Alemania, se los

desembala en Padua; allí, en pequeños paquetes con que se cargan las barcas que descienden el Brenta, en caso de necesidad por la posta, acaban su viaje en las librerías de la plaza de San Marcos. Si los libros han seguido la vía marítima, se abordan durante algunos minutos las barcas que van del navio al puerto y se efectúa una sustitución: se cogen las obras prohibidas, se ponen en su lugar obras inocentes. A veces, la mercancía es expedida para su tránsito; pero ciertas complacencias permiten retenerla en Venecía en vez de que continúe su camino. La franquicia diplomática desempeña también su papel. Conocemos esos libros por los informes de los agentes encargados de la represión, y que a pesar de todo consiguen decomisarlos; los de Locke, de Collins, de Mandeville, de Bolingbroke, de Hume; los de Bayle, del marqués de Argens, de Helvétius, del barón de Hol- bach; Rousseau, el Émile, Le Contrat social; Voltaire, La Pucelle, las Questions sur l'Encyclopédie, L'Ingénu. Sin hablar de las publicaciones licenciosas, que abundan.

A nuevas barreras, nuevas brechas. Incluso en el país menos permeable, España, acaba siempre por penetrar el pensamiento heterodoxo, a veces en las formas menos previsibles: una amistad personal con tal autor extranjero, a quien se ha conocido en otro tiempo durante un viaje; una correspondencia en apariencia anodina, pero en la que se deslizan algunas frases reveladoras; la reseña publicada por un periódico que, indignándose contra las ideas que refuta, empieza por exponerlas: todo esto, independientemente del comercio y del contrabando. Uno de los numerosos libreros que favorecieron esta difusión —como Gabriel Cramer en Ginebra, Marc Michel Rey en Amsterdam—, François Grasset, de Lausana, escribe a J. J. Rousseau el 8 de abril de 1765: «¿No sonreiréis, muy estimado compatriota, cuando sepáis que he visto quemar en Madrid, en la iglesia principal de los dominicos, un domingo, a la salida de la misma mayor, en presencia de gran número de imbéciles y ex cathedra, vuestro Émile, en la figura de un volumen en cuarto? Lo cual incitó precisamente a varios señores españoles y a los embajadores de las cortes extranjeras a procurárselo a cualquier precio y hacérselo llegar por la posta.»

Las complicidades vienen de los gobiernos mismos. El rey de Francia nombra a Malesherbes director de la librería, y Males- herbes tiene su política propia. Personalmente, juzga que la libertad de los hombres de letras es útil al Estado, y, por otra parte,

VII. Los progresos de la incredulidad 93

que no hay ley que se ejecute cuando una nación entera trata de favorecer el fraude. Lo cual está muy bien visto; pero ¿por qué encargar a Malesherbes del servicio que debe impedir la impresión y detener la circulación de los libros prohibidos? El rey de Francia es el protector de la religión, y Mme. de Pompadour, de la filosofía. El rey de Francia no quiere que Piron sea de la Academia, prefiere darle una pensión para consolarlo. De pronto, se toman medidas bárbaras que sublevan todo sentimiento de justicia: se encarcela a Giannone a traición, se enroda a Calas, luego se adormecen los rigores y se olvida. Se persigue a algunos desgraciados, pero el barón de Holbach tiene mesa franca y hace públicamente profesión de ateísmo. Se decreta la prisión del autor del Émile, pero se deja a sus amigos tiempo de avisarle, y a él mismo tiempo de escapar; mientras emprende el camino encuentra a los corchetes, que le hacen un saludo. Las obras antirreligiosas de Voltaire se suspenden, pero son difundidas, entre otros, por su amigo Da- milaville, primer oficial de la oficina de los vigésimos, que pone en las cartas y en los paquetes el sello del contador general. Los manuscritos de Naigeon, el ateo, son veneno, se lo sabe bien; pero los envía apaciblemente a su hermano, inspector de libros en Sedán, de donde pasan a Lieja, y de Lieja a Amsterdam. ¿Cómo explicar, en buena lógica, que el consejero favorito de la piadosísima María Teresa, Van Swieten, haga todos los esfuerzos para sustraer a la censura austríaca las obras que ésta querría condenar? ¿Que esta misma María Teresa tenga por marido un francmasón probado, Francisco-Esteban, duque de Lorena, cuando la francmasonería ha sido condenada expresamente por Roma? ¿Que el trono episcopal de Lieja esté ocupado por otro adepto, el obispo Delbrück, que protege a los filósofos en general y en particular a Pierre Rousseau, el redactor del Journal Encyclopédique, bastión de la impiedad en las posesiones austríacas? El periódico es censurado por la Facultad de Teología de Lovaina, suprimido el 27 de abril de 1759; Pierre Rousseau es desterrado. Se establece en Bouillon, funda el Journal de Boillon, que continúa la obra del Journal Encypclopé- dique, y recibe subsidios de la Majestad Imperial que lo ha expulsado: unión secreta del poder y la filosofía contra la Iglesia, a la que al mismo tiempo defendía el poder.

La prohibición, puesto que se quería una, hubiera podido ser constante y severa; de hecho se tendía una red con mallas tan anchas que no era muy difícil pasar por ellas. Accesos de fanatismo y anarquía. La época era propensa a las incoherencias, porque lo era a las facilidades. Se insistía y se cedía a un espíritu general, al que halagaba la dulzura de vivir. Una ola de independencia era

Outline

Documento similar