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Por GUY GUGLIOTTA Cronista del Miami Herald

PANAMA. El magnate, un hombre sencillo 56 años de edad, aficionado a los cigarros cubanos, fuma solo en su cuarto de estar, mirando hacia el océano Pacífico, y esperando a que suene el teléfono.

Han pasado dos meses desde que los secuestradores hicieron contacto por última vez. Enviaron nuevas fotografías y una cinta con la voz de Camila. Nada le había pasado aún, y rebajaban el precio del rescate a 3.5 millones de dólares.

“No puedo pagar”, les dijo el magnate. Había dicho lo mismo cuando pedían US$35 millones, y nuevamente cuando exigían US$17.5 millones. Los

secuestradores no creyeron lo que les decía. Se pondrían en contacto, respondieron. Es lo que espera el magnate. No tiene alternativa.

Hace tres años, Jaime Michelsen Uribe era uno de los hombres más ricos y poderosos en Colombia, un mago de la banca industrial con activos calculados en US$4.000 millones y un capital líquido de US$158 millones. Hoy, viviendo en exilio voluntario en un pequeño apartamento a la orilla del mar en Ciudad de Panamá, su mundo se ha reducido. Lo más importante para él en la actualidad es su hija Camila, de 20 años, quien fuera secuestrada hace 14 meses en uno de los salones de la universidad a la que asistía. Dice que no puede pagar más de US $400.000, agregando que es todo lo que le queda.

Michelsen está en el punto final del juego en una de las más sofisticadas magias negras criminales de América Latina. Los secuestros se planean cuidadosamente y se ejecutan de manera impecable. Las amenazas son raras, y pocas veces se menciona la palabra muerte.

El secuestro es una herramienta. A las guerrillas les sirve para financiar sus actividades subversivas, a los narcotraficantes para cobrar deudas pérdidas y como medio de vida a los aspirantes a capitalistas. El objetivo del juego es el dinero. Es, en resumen, un trato comercial.

El secuestro de Camila es como para ilustrar un libro de texto, explicando los estándares más altos de la profesión, y poniendo de presente que los secuestradores colombianos son los mejores del mundo.

Excepto que Michelsen dice que no puede pagar. Los US$3.5 millones representan el 10 por ciento de la demanda original, y la norma establece que se cumplía la exigencia. Diez por ciento es el precio estándar de cierre. Para Camila, esto es fatal. Si el pago se efectúa, el libreto siempre tiene un final feliz. O los secuestradores cometieron un tremendo error matemático, o Michelsen miente.

Las negociaciones llegaron a un impasse, y Michelsen decidió hablar, quebrantando así la regla más importante. La publicidad pone nerviosos a los secuestradores, intensifica la búsqueda por parte de la policía, asusta a la familia y aterroriza a la víctima.

“Me dicen que lo dejan a uno en suspenso para perturbarlo”, dijo Michelsen. “Estoy perturbado, realmente perturbado. Siento la presión y quiero que ellos lo sepan”.

En conversaciones sostenidas en Panamá y Colombia, Jaime Michelsen y algunos miembros de su familia hicieron al “Miami Herald” un recuento

detallado del secuestro de Camila y sus consecuencias, siendo quizás la primera vez que en América Latina se discuten a fondo los aspectos de las negociaciones para liberar a un secuestrado. Michelsen cree que “ya no le queda nada por hacer”.

El secuestro

Comenzó la mañana del 24 de septiembre de 1985. Camila Michelsen Niño, una chica afable, de pelo claro, regordeta, de buen genio, y popular entre sus compañeros, tenía entonces 19 años.

Estudiaba en el Instituto Politécnico Grancolombiano, un complejo cerrado de edificios con salones de clase, hábilmente diseñado en un desfiladero de la montaña andina al norte de Bogotá, que fue construido en la década del 70 por el Grupo Grancolombiano,38 imperio comercial de Michelsen.

Poco después de las 9:15 a.m. llegaron tres vehículos al parqueadero del Politécnico, de los cuales se apearon 10 jóvenes vestidos con jeans, suéteres y chaquetas. Nadie les prestó atención.

Cinco minutos después, tres de ellos irrumpieron en el salón donde se encontraba Camila Michelsen, se acercaron a su pupitre, le pusieron un pañuelo en la cabeza, le dieron un par de gafas oscuras, la amordazaron, y se la llevaron. Las protestas de sus 30 compañeros fueron acalladas con pistolas y ametralladoras.

Cinco minutos después habían desaparecido. Dispararon al aire ráfagas de ametralladora para amedrentar a 2.600 estudiantes, y cuando uno de ellos trató de intervenir, le propinaron tres balazos en las piernas. Un guardia de seguridad recibió un balazo en la cara, y murió dos semanas después.

Los secuestradores escaparon sin problema y guardaron silencio durante un mes, ablandando a los Michelsen para el primer contacto, el cual se produjo en octubre 25 mediante una carta escrita a mano que le fue entregada al abogado bogotano Darío López Ochoa, amigo íntimo de Jaime Michelsen. “Entre varios candidatos, usted fue el elegido para servir de intermediario en el caso de Camila”, decía la nota. Se refería a “las magníficas relaciones de Ochoa con el padre”.

La nota era burda, pero redactada con astucia, para calmar temores, superar objeciones y anticiparse a los problemas. “Ella está a años luz del portador de la presente” (no ataje al mensajero); “no tenemos prisa” (ella está bien, hay tiempo suficiente); “US$35 millones, no olvide, ni un dólar más ni un dólar        

38  Jaime  Michelsen  era  la  cabeza  del  grupo  GranColombiano,  conformado  por  varias  entidades  crediticias entre las que sobresalieron el Banco de Colombia (en 1969 se adquirió una buena parte de  las acciones), la compañía de seguros Grancolombiana, Granfinanciera, Pronta, entre otras.  

menos” (la exigencia, presentada casi de manera casual, era definitivamente el paso inicial, no la oferta final).

Don Jaime no se preocupe

Y, finalmente, la carta para Michelsen padre: “Don Jaime, no se preocupe; no estamos interesados en una venganza política en contra suya” (el secuestro es solo por dinero, no por publicidad).

Esto, por lo menos, eran buenas noticias, pues Jaime Michelsen era uno de los colombianos más famosos –o notorios—del mundo. Publicidad era lo que menos quería, o necesitaba.

Durante años había sido el blanco por haber convertido un pequeño negocio de seguros en Bogotá en un gigantesco conglomerado bancario y financiero: el Grupo Grancolombiano.

Se convirtió, según él mismo admite en una “especie de zar financiero”, con inmenso poder, no solo por su riqueza, sino también por su familia. Era primo en segundo grado de Alfonso López Michelsen, presidente de Colombia entre 1974 y 1978.

Tenía muchos competidores, y muchos enemigos. Secuestradores potenciales –guerrilleros y gangsters—seguían sus pasos y los de su familia. Para frustrar sus intenciones siguió el ejemplo de muchos colombianos en su posición: en Florida del Sur buscó un refugio para su esposa, María Cristina, y varios de sus hijos.

En 1980 compró el Eagle National Bank de Miami, y envió a su hijo Pablo a trabajar allí.

Pero en 1983, el gobierno colombiano entabló pleito contra el Grupo Grancolombiano acusándolo de auto préstamos. A esto se agregó una acusación anterior de manipulación de acciones, definida por el código penal como “pánico económico”. 39

En Diciembre 31 de 1983, Michelsen voló a Miami y al exilio voluntario.

Michelsen estaba convencido de su inocencia, pero disgustado con el alboroto público. En 1984, el gobierno nacionalizó su gran banco, y nombró fideicomisarios para administrar el Grupo Grancolombiano y pagar sus deudas.

        39

 Dicho escándalo ocurrió bajo la presidencia de Belisario Betancur, después de que se hiciera efectiva  una ley que prohibía los auto préstamos 

Bajo los términos del fideicomiso, Michelsen ha perdido control del grupo y no puede tocar sus activos durante 20 años. Los dos procesos continúan pendientes.

“Dije: ´Aquí tienen, tómenlo todo, y páguenlo todo´”, recuerda Michelsen. “Ya no quería intervenir en nada”.

Pero había algo más, decisivo para lo que sucedió posteriormente. Era evidente que Michelsen vivía modestamente en el exilio, como un hombre sin millones a su disposición. El problema era que siempre había vivido así, y sostenía que su fortuna personal era insignificante.

Nadie le creyó. En Colombia sus enemigos murmuraban que era un avaro, incapaz patológicamente de separarse de un solo peso. Estaban convencidos de que, cuando se marchó, ya había enviado a Suiza todo su dinero.

“Mi problema es la fama que tengo de ser un millonario, y nada más lejos de la realidad”. A menudo repetía lo mismo, con la esperanza, quizás, de convencer a sus enemigos. Jamás pudo hacerlo.

Abandonar Colombia, según su opinión, era prueba fehaciente de que no tenía dinero. Se había separado del Grupo Grancolombiano para acogerse a la tranquilidad de su refugio en Panamá. A nadie le importaba dónde estuviera. La amenaza de secuestro, dijo, era “cosa del pasado”. Sus hijos querían regresar a Colombia.; ¿Por qué no?

Y regresaron. El hijo Pablo, graduado en Oxford en administración de negocios, ingresó a una empresa comercial en Bogotá y se dio a la tarea de seguir la pista de los asuntos legales de su padre. Cristina regresó a la facultad de arquitectura. Camila, séptima de ocho hijos, estaba en el Politécnico. Laura, la menor, aún estudiaba bachillerato. Jaime Michelsen se trasladó a Panamá; no quería tener nada que ver en Colombia. Jamás.

Una familia Unida

Pese a la separación, la familia Michelsen es unida y leal a las tradiciones familiares, lo cual es factor favorable para enfrentar la angustia del secuestro. En su seno ha habido recriminaciones, aspavientos, accesos de llanto o ataques de histeria.

Jaime, hombre de calvicie incipiente, de estatura mediana y ligeramente avuncular, es fácil de subestimar. Pero tiene control absoluto de sus emociones, y la capacidad de asumir una actitud amable sin dejar traslucir sus sentimientos. El resto de la familia sigue su ejemplo.

“En cuestiones financieras todo el mundo está en peligro”, dijo. “No se puede bajar la guardia”.

Esta habilidad lo ayudó mientras pasaban los meses, hasta que finalmente tuvo que enfrentarse a la peor canallada de América Latina –policías inmorales, informantes, negociadores profesionales, nigromantes—el cuerpo de parásitos que forma la “sub-industria” del secuestro.

A través de todo, Michelsen no perdió la sonrisa ni los buenos modales. El problema es que no se tenía armas para defenderse. “La impotencia es lo que más afecta”.

La impotencia y la brecha de credibilidad. Secuestradores tan hábiles como los que retienen a Camila, por regla general reciben información confidencial que les permite calcular el pago final con una diferencia de unos centenares de miles de dólares. En tales casos, las negociaciones marchan sobre ruedas hasta el desenlace final.

Pero US$35 millones ya era demasiado. Después de recibir el primer mensaje, Michelsen ya sabía que “sería en extremo difícil negociar una rebaja”. El único factor inquietante era el temor de López Ochoa para asumir su papel de negociador.

Los Michelsen debían esperar el desarrollo de los acontecimientos.

Entre tanto, el Departamento Administrativo de Seguridad, el FBI colombiano, había comenzado su propia investigación. Los informes de inteligencia de experiencias pasadas llevaban a concluir que los secuestradores no eran simples extorsionistas. Eran demasiado hábiles.

El DAS atribuyó el secuestro a la coordinadora Nacional Guerrillera,40 una coalición de 7 a 10 grupos insurgentes que operan en el territorio colombiano. Un rescate multimillonario financia varios años de guerra de guerrillas.

Las negociaciones de la familia Michelsen con el DAS y otras agencias oficiales eran difíciles y debían ser manejadas con extrema cautela. La tarea recayó en el hijo, Pablo, de 29 años, un soltero culto, delgado y discreto, quien lo mismo que su padre es difícil de intimidar e imposible de amedrentar o provocar.

Una gratificación

Pablo no tardó en descubrir que cualquier esfuerzo especial por parte de la policía y varias otras personas agencias para represión del crimen requería una “gratificación”. Cualquiera estaba dispuesto a servir de investigador por 250 dólares. El primer año gastó 12 mil dólares.

       

40 La coordinadora Nacional Guerrillera (CNG) fue conformada en principio por el M‐19 en asociación  con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército Popular de Liberación (EPL) y  el  Ejército  de  Liberación  Nacional  (ELN).  El  propósito  era  participar  en  las  negociaciones  de  paz,  así  como también realizar acciones armados en conjunto.   

Pero, con el paso del tiempo, la familia abandonó las tácticas de fantasía y decidió confiar en el jefe del DAS, coronel Miguel Maza Márquez41, quien en 1986 asumió el control personal del caso de Camila.

Maza, un policía educado y discreto, ha resuelto en su carrera 38 casos de secuestro, sin pagar rescate y sin que las víctimas perdieran la vida. Cree saberlo todo acerca de los secuestradores de Camila, excepto el sitio donde la tienen retenida.

“inteligencia casi siempre da con la víctima, si él, o ella, están en la ciudad”, dijo Maza en una entrevista. Pero el caso es totalmente diferente si la víctima se encuentra en un fuerte guerrillero de las montañas.

La brigada marxista-leninista Ricardo Franco42 y el movimiento nacionalista de izquierda 19 de Abril (M-19) —los dos grupos que, según se cree, raptaron a Camila –tienen abundancia de escondites rurales.

Fue Pablo Michelsen quien recibió el segundo mensaje. Fechado el 5 de noviembre de 1985, fue escrito en esténcil, doblado, colocado en una bolsa de plástico, y depositado en el tanque de un inodoro del cuarto para damas de una funeraria bogotana. Una amiga de Michelsen recibió instrucciones de recogerlo.

La carta era breve. Reprendía a Pablo por rechazar la mediación de López Ochoa; los secuestradores aparentemente era ajenos al hecho de que López no quería saber nada del asunto. Le daban instrucciones de reunir el dinero y publicar un aviso en el diario EL TIEMPO cuando lo tuviera listo.

Los Michelsen no tenían el dinero para el rescate, pero de todas maneras publicaron el aviso. No hubo respuesta hasta diciembre cuando alguien llamó pidiendo más avisos. Aparecieron en los tres últimos días de 1985, y hablaban de “oportunidades de negocios” para quien se pusiera en contacto con los Michelsen llamando a un determinado número telefónico.

Llamaron más de 100 personas. Menos uno de los secuestradores.

Y después no hubo nada casi durante cinco meses. Jaime y Pablo Michelsen lo recuerdan como el período peor. La guerrilla colombiana tenía problemas ajenos al caso de Camila. Parecía que a los encargados del secuestro se los hubiera tragado la tierra.

Primero Javier Delgado, cabecilla del Ricardo Franco, torturó y asesinó a más de 100 de sus seguidores por sospechas de infiltración. Esto fue causa para        

41  El  Coronel  Miguel  Maza  Márquez,  participó  activamente  en  la  guerra  contra  el  Narcotráfico,  convirtiéndose blanco de los narcotraficantes (Los extraditables).  

42

 Grupo armado por José Fedor Rey y Hernando Pizarro Leongómez que partió de la las FARC en los  años ochenta. El centro de operaciones se ubicó en el sur del Cauca.  

que el M-19 expulsara al Ricardo Franco de la Coordinadora Nacional Guerrillera.

Después, tres meses más tarde, el ejército dio muerte a Alvaro Fayad, comandante en jefe del M-19 y según parece encontró en sus bolsillos un boleto de avión a Panamá y un pedazo de papel con el nombre de Jaime Michelsen y su número de teléfono.

¿Quién tenía en sus manos a Camila?

Un nuevo mediador

Fue en el mes de abril cuando Edgar Plazas, yerno de Michelsen, recibió una llamada telefónica en sus oficinas de Ciudad de Panamá, proveniente de un costarricense que quería discutir “una carta interesante”.

Se trataba de Juan José “Johnny” Echeverría, ex ministro costarricense de Seguridad Pública y célebre izquierdista. Se cree que tiene vínculos estrechos con el gobierno sandinista de Nicaragua.

Pero Plazas no sabía nada de esto cuando se reunió con Echevarría para cenar en Sarti´s, un restaurante de moda. Todo lo que vio fue a un hombre gordo, con barba y ligeramente despeinado, Peter Ustinov a los 45 años de edad.

Echevarría le mostró a Plazas una carta, que había recibido por correo, pidiéndole actuar como intermediario en el secuestro de Camila. Echeverría debía insertar un aviso en un periódico de San José, Costa Rica, anunciando “grandes cachorros daneses para la venta”, y llamar a Plazas a los teléfonos indicados.

Echeverría presentó la carta como credencial, y dijo que había colocado los avisos. Plazas le preguntó cuánto esperaba ganar.

Nada, dijo Echeverría. Creía tener un “pacto con el destino”, que lo animaba a prestar su colaboración en estos asuntos desde que su propia hija había sobrevivido milagrosamente a un accidente automovilístico.

Plazas y Echeverría hablaron con Michelsen, quien aceptó la mediación sin pensarlo dos veces. ¿Qué alternativa tenía?

Echeverría regresó a casa y colocó otro aviso para “venta o permuta de una casa”. Los Michelsen estaban a bordo.

Hasta la fecha, la familia ha tenido siete contactos con Echeverría, en Panamá y Costa Rica. Michelsen encuentra que el mediador es “poco amigable, informal, reservado y nunca dice sí o no”.

Describe cuidadosamente las relaciones como “muy cordiales”, pero admite que “es enloquecedor tener que negociar la vida de una hija”.

En Costa Rica, Echeverría tiene reputación de ser hábil, inteligente y con magníficos contactos en Nicaragua. Los Michelsen sospechan que tiene reuniones con los secuestradores en Managua, pero Echeverría es poco lo que les dice acerca de sus movimientos.

En una entrevista con el Herald, Echeverría dijo que había comenzado a ocuparse del caso en el mes de mayo. Dijo que creía que los secuestradores eran simples extorsionistas y advirtió que la mención de su nombre en este reportaje podría ser fatal para los esfuerzos de mediación.

Negó también haber estado en contacto con los secuestradores, lo cual se contradice por la carta que trajo a Panamá. Los Michelsen le dan crédito por haber rebajado el rescate, primero a US$17.5 millones y finalmente a US$3.5 millones.

Falta de cabecilla

Jaime y Pablo Michelsen recibieron de Echeverría una fotografía de Camila, quien parecía estar pálida, pero bien. Una segunda fotografía llegó a Panamá el 7 de mayo, junto con una carta: “Dr. Michelsen: ya ha tenido tiempo suficiente para extraer el dinero que pedimos de sus recursos ilimitados”, decía. “Queremos saber la fecha en que proyecta entregarlo”.

Después una llamada telefónica en las primeras horas de la mañana a la esposa de Jaime María Cristina: “Queremos el dinero, y lo queremos ahora. Si no pagan, les enviaremos un brazo… o un ojo”.

Fue la única amenaza recibida por los Michelsen, que por lo inesperada, reforzó la sospecha de la familia de que los secuestradores no tenían cabecilla.

La incongruencia –por no hablar de la amenaza—era horrible. La confusión aumentó cuando Echeverría anunció sucintamente que el rescate se había reducido a US$17.5 millones. ¿Una amenaza seguida de inmediato por una concesión? No tenía sentido.

Michelsen trató de reunirse con los secuestradores, en la creencia de que hablando directamente con ellos podría convencerlos de su pobreza. A las 10:30 p.m. de una noche a mediados de septiembre, parecía que había llegado el momento. El teléfono del apartamento en Panamá había sonado: “Estoy listo para la reunión”. Era un voz juvenil, aguda, pero sin refinamiento. “Estoy acostado”, respondió Michelsen.

“¿Grandísimo hijo de puta, quieres decir que no puedes ni levantarte para venir a hablar de tu propia hija?”

“No, no. Simplemente quiero decir que tengo que vestirme”. “Tienes 15 minutos”.

La conversación continuó en este tono hasta que el interlocutor de Michelsen colgó el teléfono. Era la primera vez que insultaban a un miembro de la