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Primeros pasos como monje y escritor:

In document DIARIOS 1939-1968 - THOMAS MERTON (página 54-106)

1941-1952

Al fin, voy a poder estar en el lugar donde perteneceré por entero a Dios y a nadie más por debajo de Él, como un escritor dotado de estatuto jurídico. Supongo, pues, que habrá algunos problemas con el tema de la escritura y que en adelante no tendré muchos problemas con todo lo demás. Harlem no es para mí. Ni tampoco un colegio. Ni Nueva York.

Probablemente salga para Kentucky el día de Santa Lucía (próximo sábado). Iré bien acompañado de oraciones. No tengo palabras para expresar las cosas que tendría que decir sobre este asunto, como no sean palabras propias del lenguaje del amor: Él me enseñará allí a utilizar ese lenguaje como un niño y un santo. Mientras tanto, no puedo hablar de Él, que es lo único que me interesa como tema de conversación.

Mientras yo cante en la gran iglesia, en Él estarán también Lax, Gibney, Seymour, Slate, Rice, Gerdy, Knight, Huttlinger y Van Doren y la Baronesa y Mary Jerdo y mi hermano y mi tío y mi tía y mi padre y mi madre, ya fallecidos, y Bramachari y todo el cuerpo místico de Cristo, todos y cada uno: Roger, Gil, toda la gente, Jinny, Lilly. Toda la gente. Los vivos y los muertos. Todos los días, todos los tiempos, todas las edades, todos los mundos, todos los misterios, todos los milagros...

13 de diciembre de 1946. Fiesta de Santa Lucía. Abadía de Gethsemani

Desde que entré en Gethsemani, han pasado los años como si de cinco semanas se tratase. Fue un día claro, no muy frío, con pequeñas nubes muy altas en el cielo. Ayer, aunque estamos en Adviento, y se supone que no recibimos cartas, el padre Frederic, nuestro abad, me entregó una carta de Naomi Burton, de Curtis Brown, Ltd. Yo le había remitido el manuscrito de La montaña de los siete círculos. Su carta acerca de la obra fue muy positiva, y está casi segura de que mi libro encontrará un editor. De todos modos, mi idea –y también la suya– es remitírselo también a Robert Giroux, de la editorial Harcourt Brace.

En mi trabajo –escribir– las cosas me van algo mejor. Me refiero a que me siento menos atado a él, más tranquilo y más independiente. Me ocupo de una cosa cada vez y la examino lenta y pacientemente (si es que puede decirse de mí que soy capaz de hacer algo lenta y pacientemente) y me olvido de otros asuntos, que tendrán que esperar su turno. Por ejemplo, Jay Laughlin me está pidiendo dos antologías para New Directions Press. Me pregunto si voy a ser capaz de completarlas. ¡Si Dios lo quiere! Mientras tanto, para mí mismo solo tengo un deseo, a saber, el deseo de soledad: desaparecer en Dios, sumergirme en Su paz, perderme en el secreto de Su Rostro.

20 de abril de 1947. Domingo del Buen Pastor. Día de retiro

Si tuviera que tomar algunas resoluciones, serían las mismas de hace tiempo. No tengo ninguna necesidad de tomarlas de nuevo. Ya están tomadas. No necesito reflexionar sobre ellas. No necesitaré concentrarme mucho tiempo para ver cómo las llevo a la práctica. Lucho para que así sea. Es inútil romperte la cabeza semana tras semana y año tras año sobre los mismos viejos detalles, podando las mismas diez ramitas de lo alto del árbol. Vete a la raíz: la unión con Dios. Despréndete de todo y ocúltate en ti mismo para encontrarlo a Él en el silencio, donde está escondido contigo. Escucha lo que tiene que decir.

¡Qué cantidad de cosas desde el último día de retiro mensual...! Es como si hubiese pasado un año. Sigo pensando en la profesión solemne, y cada vez que me viene a la mente me siento más profundamente feliz. Solo hay una cosa por la que merezca la pena vivir: el amor. Solo existe una infelicidad: no amar a Dios. Lo que me apena en los días de retiro es ver mi propia alma tan llena de movimientos y sombras y vanidades, de contracorrientes de viento seco que remueve el polvo y la basura del deseo. No espero poder librarme de esta humillación en toda mi vida; pero ¿cuándo resultará esta más limpia, más sencilla, menos hiriente? No puedo dejar de escribir, y a cualquier parte adonde me dirija encuentro muestras de mis escritos que se me pegan como papel matamoscas, el gramófono que dentro de mí reproduce la misma vieja melodía:

«Admiración, admiración. Eres mi ideal. Eres un genio único, original, enclaustrado, la maravilla tonsurada del mundo occidental».

No resulta muy agradable ser un simio tan odioso.

5 de mayo de 1947

Hoy ha sido un día de gracia.

Después de recorrer las estaciones del viacrucis, el padre Anthony, mi nuevo confesor, me hizo ir al confesonario para decirme que, tal como él veía las cosas, yo tenía que hacer el firme propósito de no abrigar nunca voluntariamente la idea o el deseo de hacerme cartujo o algo por el estilo. Me recordó que ni el abad de Gethsemani ni el Abad General me darían nunca permiso para marcharme. Me dijo que lo mejor era olvidarlo todo y dejar el asunto en manos de Dios.

Gethsemani –el lugar y la comunidad, locus et fratres, el lugar y los hermanos– es la fuente de donde voy a beber las aguas de vida; y si miro hacia otro sitio, es, por lo que a mí se refiere, hacia una cisterna rota, porque, independientemente de la excelencia que pueda tener en sí misma, no es lo que Dios quiere para mí.

4 de enero de 1948. Día de retiro

Acabo de leer algunas de las notas que escribí en mi diario hace un año (a finales de 1946), y me pregunto qué pensaba yo mismo de lo que hablaba entonces. Lo primero que me impresiona es que, prácticamente, todo lo que escribí acerca de mí mismo y de mis conflictos fueron estupideces, porque yo trataba de expresar lo que pensaba que tenía que pensar, sin que me moviera alguna razón especialmente buena, y no lo que yo pensaba de hecho. No supe muy bien qué quise decir, si es que en realidad lo dije.

En ese diario había algo penosamente artificial, a saber, el hecho de que yo pusiese tanto empeño en escribirlo con un estilo parecido al que emplean tantos diarios piadosos como se han escrito hasta la fecha: «Me propongo esto»… «Pido esto». Bien, ¡soy muy lento a la hora de aprender qué es inútil en mi vida! Sigo pensando que tengo que adaptarme a un montón de normas artificiales, a cosas externas y fragmentarias que tienden a mantener mi vida interior en la superficie, donde corre el peligro de la dispersión y la desaparición brusca.

Han llegado las pruebas de imprenta de La montaña de los siete círculos. Hay que eliminar un montón de palabras –unas 8.000 todavía–, pero eso no me va a resultar duro. Suprimiré más aún. Suprimir palabras no es simplemente algo que ha de hacerse para ahorrarle gastos a la editorial. Forma parte del proceso de configuración del libro, y es un paso tan importante como la acción misma de escribirlo, especialmente en mi caso. Aquí está todo este amasijo de material, este árbol enorme, descuidado y agreste que ha de podarse para que recupere un poco de orden y fecundidad. ¡San Pablo, ven en mí ayuda y afila mis tijeras! Como sucede habitualmente cuando se escribe deprisa, abundaban de manera alarmante los detalles mediocres y negativos. Me alegro de que la cosa se haya demorado lo suficiente como para que mis ojos vean con mayor claridad el panorama.

Apuesto a que esta noche va a nevar.

27 de enero de 1948

Hoy, cero grados de temperatura en honor de San Amadeo, y ayer en honor de San Pablo, y los días anteriores muchos días con cero grados. La nieve se conserva limpia y seca, y alguien ha marcado en ella unas cuantas pisadas falsas de ciervo bajo los árboles del jardín.

Las pruebas de La montaña de los siete círculos no están tan mal como parecía. De hecho, por lo que a la impresión se refiere, son magníficas. En 50 galeradas no he encontrado un solo error de imprenta, pero algún experto que ellos tienen en la editorial ha hecho todo tipo de correcciones de mis faltas, especialmente de puntuación. En conjunto, siento que este es el estilo que realmente debo seguir en mi escritura.

Que Dios me libre del remilgado lenguaje académico y de la jerga piadosa en que yo mismo caí en muchos pasajes de Exile Ends in Glory (El exilio y la gloria) con la disculpa de que, siendo yo monje, tenía que escribir de esa manera. ¡No! ¡Así no se escribe! No merece la pena.

Por otra parte, resulta aleccionador verme a mí mismo –sí, a mí mismo, y no simplemente mi escrito– en letra impresa. A veces parezco repugnante incluso ante mis propios ojos. Mis arrebatos de indignación me sorprenden. Demuestran mi petulancia y debilidad. Pienso que muchos de mis improperios son fruto de algo que no marcha bien en mí, y no tanto de errores del mundo; y no sé cómo pararlo. Necesito dejar de chillar de esa manera.

8 de febrero de 1948. Quincuagésima. Cuarenta horas

Tal vez me espante el hecho de verme absorbido en el anonimato público del sacerdote, de convertirme en una de esas máscaras tras de las cuales se esconde y actúa Cristo.

Pienso en tantos sacerdotes que conozco en su incómodo y difícil aislamiento: hombres inocentes y francos, honestos y nada originales, generalmente sin complejos, pero todos ellos perdidos en medio de una privacidad pública. Son propiedad de Cristo y de cada hombre. Además de todo eso, tienen sus propias características, en las que yo no me reconozco a mí mismo. Temo que se decepcionen si no actúo ni pienso en todas las cosas como ellos piensan que habría actuado y pensado el cardenal Newman o, por poner otro ejemplo, Gerard Manley Hopkins.

22 de febrero de 1948. Segundo domingo de Cuaresma

Hace seis años que recibí el hábito de novicio, y hasta hoy no me había dado cuenta de que la fecha de mi toma de hábito había coincidido con el aniversario del nacimiento de Washington. El padre Hilary, que es quien sabe todas estas cosas, me dijo por señas que era «el gran día laico del presidente que taló el bosque».

Humble George está aquí de nuevo. Va por ahí rezando con una medalla en la boca. El otro día estaba arrodillado en la iglesia con un libro, con un rosario alrededor del cuello y con la cruz del rosario en la boca. Creo que Humble George necesita una cierta dirección espiritual.

Tal vez pueda hacer algo contra las distracciones si contengo mi voraz apetito de las cosas que me distraen: nuevos libros sobre los trapenses, mi propia obra en prensa, etc. No espero verme libre de todas las distracciones: ellas son mi cruz. Las sufro con amor, en el sentido de que me he resignado al monótono asunto de procurar hundirme bajo ellas cuando puedo y permanecer con el Dios que mantiene mi voluntad en Su noche. Pero ya he dejado de lado la esperanza de vencer las distracciones a base de métodos. Simplemente, he de amar, y amar ciegamente, y profundizar la unión que ya existe a pesar de todo, y no romperla luchando contra molinos de viento.

Hoy, de pronto, he caído en la cuenta: soy un monje, un monje cisterciense, con votos solemnes, preparándome para recibir el sacerdocio. ¡Es casi increíble! Yo pertenezco a esta orden, a esta orden austera con una regla que goza de una terrorífica reputación con su larga historia de doce siglos. Yo formo parte de todo eso. Es fantástico.

Pero no eran estos los sentimientos que me embargaban el año pasado.

19 de marzo de 1948. Fiesta de San José

He pasado el aniversario de mi profesión solemne en la enfermería, lo cual, según estoy empezando a comprender, representa una muestra especial de benevolencia por parte de san José. Tiene todo el aspecto de ser un plan trazado con el único propósito de ofrecerme un pequeño consuelo en esta fiesta y hacer que este sea un día muy feliz.

Tan pronto como entro en una celda en la que me encuentro a solas, soy otra persona. La oración se convierte en lo que tiene que ser. Todo está muy tranquilo. La puerta permanece cerrada, pero tengo la ventana abierta. Hace calor, por el cielo se desplazan algunas nubes grises, las ranas croan de noche y de día. El padre abad vendió todos los patos (el padre Peter había estado censurando al hermano Isidore y al hermano Cyril porque los patos graznaban toda la noche). En algo hemos mejorado.

Mi traslado a la enfermería se produjo de la siguiente manera:

El martes agarré un resfriado. Hacía calor y había humedad, y cuando entré en la iglesia para rezar durante el descanso de la tarde previo al trabajo, algo se instaló en mi garganta y empecé a toser mucho. Aquella noche lo pasé fatal en el dormitorio, y lo mismo la noche siguiente. La pintura hizo que me sintiese enfermo. Tosía mucho. Mis pulmones se llenaron de flemas de un color verdoso. Finalmente, ayer por la mañana, jueves, me llegué hasta el padre Gerard y comprobé que tenía un poco de fiebre: 37,30 grados, o algo así. Sin embargo, la situación empeoró. Ayer lo pasé muy mal. Traté de acabar la revisión del manuscrito de The Waters of Siloe (Las aguas de Siloé), que finalmente quedó en condiciones de ser remitido por correo, aunque la revisión no fue completa. El padre abad me envió de nuevo a la enfermería al finalizar el trabajo vespertino, y como a partir de ese momento el termómetro no ha bajado de los 38,33 grados, me han obligado a guardar cama en la habitación dedicada a Santa Gertrudis.

Ya estuve en esta misma habitación hace seis años, tal día como hoy, con el mismo mal: «gripe». Es la habitación donde falleció el hermano Hugh. Sin embargo, no parece que yo vaya a permanecer aquí mucho tiempo.

Aunque los ojos te duelan y la cabeza te dé vueltas, ¡qué bueno es estar solo, en silencio...! ¡Qué cerca está Dios en esta habitación...! La presencia de otras personas a mi alrededor es algo que siempre divide mi atención entre el mundo y Dios. Bueno..., tampoco siempre. Durante la meditación o después de la comunión en la iglesia no suelo percibir la presencia de otras personas cerca de mí; pero durante los descansos ver a la gente que anda de un lugar para otro constituye una distracción.

¡No tener otra cosa que hacer que abandonarte en manos de Dios y amar a Dios! Es el mayor lujo imaginable. ¡El silencio y la soledad son los supremos lujos de la vida!

De todos modos, me desperté cuando sonó la campana para la hora de laudes. Estaba empapado de sudor, lo que quería decir que en buena medida la fiebre se había ido. Continué despierto en la cama y escuché el croar de las ranas.

¡Hasta qué punto llega uno a sentir el silencio como una exigencia permanente...! Tan pronto como empiezas algo, te dice: «¡Vuelve por un momento! ¡Reza! ¡Estate tranquilo! ¡Descansa en tu Dios!».

¡Abundancia de tiempo! ¡Abundancia de tiempo! ¡Nada de manuscritos, ni máquina de escribir, ni prisas para ir a la iglesia y volver de ella, ni scriptorium; nada de romperte la cabeza para que cada cosa se haga a su debido tiempo!

Bajé al capítulo porque el padre abad quiere que asistamos a él siempre que tengamos menos de 37,77 grados de fiebre. Ese era mi caso. El padre Amadeus predicó acaloradamente sobre los sufrimientos de san José, sobre sus sufrimientos mentales cuando descubrió que María estaba embarazada. Por mi parte, no debería haber hecho gestos de extrañeza cuando dijo que Abrahán había nacido 1959 años después de la creación del mundo, y tampoco entiendo por qué sugiere que este acontecimiento debería conmemorarse el próximo año, 1949. Pero él dice cosas de este estilo. Le vienen a la mente, y él las dice.

Después regresé a la celda. Sobre la mesa había pan y mantequilla y una lata de café de cebada. Antes de que yo dijese gracias, vino el padre Gerard con la botella del vino de misa, que, dado que el padre Odo no había podido decir la suya, contenía todavía bastante vino. El padre Gerard dijo: «Hoy es un día de fiesta». Y escanció medio vaso de vino. Él no estaba al corriente de que yo celebrase ningún aniversario especial, pero en aquel momento comprendí lo que estaba pasando y que san José había organizado todo aquello para darme una muestra del amor de Dios, de la que yo tenía que alegrarme.

Así pues, bebí el vino, que me supo estupendamente y me devolvió el apetito. La mantequilla de la noche anterior me había parecido repugnante y no había podido comerla.

A continuación, acerqué la mesa a la ventana y comí mirando a través de ella, como hacen los cartujos. Las nubes pasaban, los cobertizos de los patos estaban vacíos, y las ranas croaban en el hermoso estanque verde.

Fue un feliz día de fiesta.

Anochece. Las ranas siguen croando. Tras los chaparrones que se produjeron a la hora de la cena, el cielo se ha aclarado. He permanecido toda la tarde sentado en la cama, redescubriendo el significado de la contemplación, redescubriendo a Dios, redescubriéndome a mí mismo, el Oficio Divino y la Escritura y todo.

Ha sido uno de los días más maravillosos de toda mi vida, aunque tampoco a esto me siento apegado. El placer o la satisfacción que hayan podido brindarme el silencio y la ausencia de todo tipo de preocupaciones es algo sin importancia. Sin embargo, sé que esa es la manera en que yo debo vivir: con la mente y los sentidos en silencio, los contactos con el mundo de los negocios y de los conflictos de la guerra y de la comunidad suprimidos, despreocupado de todo, ya sea alto o bajo, lejano o próximo, sin maltratarme a mí mismo con mis propios deseos, fantasías o proyectos, sin dejar que mis pies se vean arrastrados por la tremenda corriente de actividad natural que fluye de Gethsemani con toda su fuerza.

Una vez más, se plantea la cuestión: ¿Es posible permanecer tranquilo en medio de una atmósfera como la que reina en esta casa? ¿Debería trasladarme a un lugar donde

pudiera encontrar soledad, silencio y paz para estar a solas con Dios en un ambiente de absoluta tranquilidad, que es imposible para un cisterciense?

El padre Anthony vino a visitarme a última hora de la tarde. Dijo que si yo deseaba ser cartujo, él nunca se opondría. Por otra parte, Europa hay que descartarla.

Pero no hay prisa. No es necesario que este problema nos preocupe o angustie más que ningún otro. Dios está dentro de mí. Yo lo encuentro encerrándome en el silencio en que Él se esconde. Todas las cosas que no son medios para purificar mi corazón y tranquilizarlo en su voluntad son inútiles. Pero, si yo le sigo, Él me conducirá a su paz.

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