1952-1960
Te ruego intercedas ante Nuestro Señor por mí, para que, en lugar de limitarme a escribir algo, pueda ser algo y, en concreto, para que pueda ser tan plenamente lo que debo ser que no tenga ya necesidad de escribir, puesto que el simple hecho de ser lo que debo ser resultaría más elocuente que muchos libros.
Carta a Étienne Gilson, en The School of Charity
La voz del silencio le habla siempre al monje recordándole que él es una cosa perdida que alguien ha buscado y encontrado, una realidad perecedera que alguien ha rescatado y devuelto a casa para que se encuentre seguro,
pues existe un mundo que tiene que ser salvado juntamente con él.
Silence in Heaven
Tengo la inmensa dicha de ser hombre, miembro de una raza en la que Dios mismo se ha encarnado. Como si las tristezas y estupideces de la humana condición pudieran abrumarme ahora que me doy cuenta de lo que somos todos nosotros. ¡Si por lo menos todo el mundo pudiera comprenderlo! Pero es imposible explicarlo. No hay manera de decirles a los humanos que todos ellos caminan brillando como el sol.
3 de septiembre de 1952
Ahora mismo estoy casi absolutamente convencido de que solo soy realmente un monje cuando me encuentro a solas en el viejo cobertizo de las herramientas que el padre abad ha puesto a mi disposición. (Se encuentra en pleno bosque, detrás de la zona de pasto del caballo, adonde el hermano Aelred lo transportó con la excavadora la víspera del domingo de la Trinidad). Es verdad que estoy decidido a ser un monje en una comunidad, pero mi oración es la de un monje en el silencio de los bosques y del cobertizo de las herramientas. Para empezar, el lugar es sencillo y realmente pobre, con la pobreza desnuda que yo necesito más urgentemente que cualquier otra medicina y que, al parecer, nunca me administran. Y silencioso. Y –materialmente– inactivo. Por consiguiente, aquí el Espíritu está ocupado. ¿Hay algo más fácil que dialogar contigo, oh Dios, sobre los tres cuervos que emprendieron el vuelo en pleno día, con la luz del sol resplandeciendo en sus lustrosas alas? ¿O sobre la luz solar que penetra silenciosamente por las rendijas de los tablones? ¿O sobre los grillos en la pradera? Tu nombre es santificado en ellos cuando, más allá de las colinas azules, mi mente se pierde en Tus intenciones con respecto a todos nosotros, que vivimos con esperanza sometidos a la servidumbre de la corrupción.
Me has introducido en este silencio en reconocimiento por el silencio que observo y para que lo utilice deseando más.
15 de septiembre de 1952
Fuera, en el bosque, no puedo pensar en nada que no sea Dios. No se trata tanto de que yo piense en Él, sino, sobre todo, de que tengo de Él idéntica conciencia que del sol y de las nubes y del cielo azul y de los esbeltos cedros. Cuando salí aquí por primera vez, estaba soñoliento (porque nos hallamos en la estación invernal y ya no hacemos siesta), pero leí unas cuantas líneas de los Padres del desierto y, como consecuencia de esa lectura, todo mi ser se llenó de serenidad y adoptó una actitud vigilante.
De todos modos, ¿para quién escribo todo esto? ¡Es una pérdida de tiempo! Baste decir que mientras estoy aquí, no puedo pensar en la Camáldula: no es cuestión de estar aquí y soñar con otro lugar distinto. Me siento inmerso en la sencilla y lúcida actualidad de esta tarde –me refiero a la tarde de Dios–, este momento sacramental del tiempo en que las sombras se alargan más y más, un pajarillo canta tranquilamente en los cedros, un coche pasa a lo lejos, y el viento mueve las hojas de un roble.
Allá arriba, en el cielo del verano que toca a su fin, observo el vuelo silencioso de un buitre, y dedico el final del día a la oración. Esta soledad confirma mi vocación a la soledad. Cuanto más la experimento, tanto más la amo. Algún día me poseerá por entero, y nadie volverá a verme de nuevo.
26 de septiembre de 1952
Estoy escribiendo esto para mí mismo, porque el papel desempeña una función importante en la formación espiritual de un escritor, incluso en la formación que, con el tiempo, le llevará a dejar de ser escritor y lo transformará en algo diferente.
Porque yo creo que esta transformación es necesaria.
Durante treinta y siete años he estado escribiendo mi vida, en lugar de vivirla, y el efecto es pernicioso, aunque por la gracia de Dios mi vida no ha sido tan mala como podía haber sido. Pero no puedo permitirme personalmente el lujo de convertirme en un ermitaño simplemente con la excusa de que tal idea parece creíble sobre el papel.
22 de octubre de 1952
Desde que hice el último retiro, he estado sufriendo otra de mis depresiones nerviosas. La vieja dolencia familiar de siempre. Ahora me estoy acostumbrando a ella: desde aquellos lejanos días de 1936, cuando creí que iba a sufrir un colapso nervioso total en el tren de Long Island, y la más reciente a partir de mi ordenación sacerdotal. Y ahora, esta. Pienso que es bueno poner por escrito todo esto sin preguntarse demasiado obsesivamente por qué es bueno. Poner por escrito estas experiencias forma parte de una documentación que me exige –me sigue exigiendo todavía, pienso yo– el Espíritu Santo.
12 de noviembre de 1952
La verdad adquiere forma en el silencio, el trabajo y el sufrimiento, gracias a los cuales nos hacemos verdaderos. Pero a menudo ponemos trabas a la obra de Dios, hablando excesivamente de nosotros mismos –incluso diciéndole a Él qué es lo que tenemos que hacer nosotros–, aconsejándole cómo puede Él hacernos perfectos y prestando oídos a Su voz para respondernos a nosotros con aprobación. Enseguida nos impacientamos y dejamos de lado el silencio que nos perturba (en el silencio es donde mejor lleva Dios a cabo su obra) e inventamos la respuesta y la aprobación, que nunca llegarán.
El silencio es, pues, la adoración de Su verdad. El trabajo es la expresión de nuestra humildad. El sufrimiento nace del amor que solo busca una cosa: que se haga la voluntad de Dios.
29 de noviembre de 1952
La conferencia del padre Phelan sobre el Sagrado Corazón me ha conmovido enormemente: gran profundidad teológica y un lenguaje claro y sencillo. Me ha mostrado cómo realmente hay un abismo de luz en las cosas que creen y aman los creyentes más sencillos, aunque a veces todo esto les parezca un tanto trivial a los intelectuales. En realidad, tal vez sean las verdades más sencillas y populares las que, después de todo, son también las más profundas.
Por lo que a mí se refiere, pienso que en el curso de este retiro he recibido múltiples gracias: en desolación y desamparo y humildad. Consciente de que en cualquier momento puedo venirme abajo, encuentro, no obstante, que, cuando me pongo a rezar, lo hago mejor que nunca. Me refiero a que ya no tengo un grado especial de oración. La simple oración vocal, especialmente el Oficio Divino y los salmos, parecen haber adquirido una sencillez y profundidad que yo nunca había conocido hasta este momento con ninguna oración. No tengo otra cosa que fe en el amor de Dios y confianza en los sencillos medios que Él ha puesto a mi disposición para llegar hasta Él. Pendiente enteramente como estoy de Su misericordia, todo lo que acontece es para mí motivo de satisfacción.
29 de diciembre de 1952. Fiesta de Santo Tomás Beckett
La semana pasada leí a los escolares el sermón de Navidad de T. S. Eliot en Asesinato en la catedral. También les leí algunos de los coros. Hoy, considerando lo que se ha producido en mí después de la Navidad, tengo la sensación de haber vivido una experiencia muy parecida a la decisión de santo Tomás en la citada obra.
Empiezas deseando algo: un fin, una vocación. Te pones a buscarlo de manera imperfecta y corres el enorme peligro de desear la cosa correcta por una razón equivocada. Y no hay decisión posible. De pronto se produce el «cambio de la mano derecha del Altísimo». Ahora ya no somos nosotros los que cuestionamos y suplicamos y preguntamos y oramos, sino que es Él quien nos impulsa. Sentimos de pronto el poder de Dios sobre nosotros, y nuestro deseo experimenta un cambio total. Objetivamente es lo mismo que nosotros deseamos, pero nosotros lo vemos a una luz completamente distinta cuando sabemos que, por voluntad de Dios, la cosa va a hacerse realidad. Porque, desde el momento mismo en que algo se ha cumplido ya en Su intención, deja de ser un mero deseo, un anhelo con el que podamos jugar. ¡No se puede jugar con la voluntad de Dios!
Es fácil comprender por qué resulta tan fácil y tan agradable malgastar nuestras vidas jugando con deseos a los que inconscientemente sabemos que Dios no presta atención. ¡Qué frivolidad!
¡No! Nuestra felicidad consiste en dejarnos conducir por Él hacia lo que Él desea, aunque se trate de algo terrible en algún sentido. Tan pronto como Él desea algo, ese
algo de ser «nuestra voluntad» y se convierte en un sacrificio que exige la entrega de todo nuestro ser.
Así sucedió con el sacerdocio. Y creo que ahora sucederá lo mismo con la soledad. Es algo muy serio. Y muy sencillo.
Ayer, entre dos cedros, observando las rodadas del furgón sobre la blanda tierra del suelo, y divisando los bosques a lo lejos, supe que, cualquier cosa que la voluntad de Dios me conceda –por ejemplo, cualquier tipo de soledad–, será verdaderamente para la salvación de mi alma. Entonces vi lo mucho que necesito la soledad por esa razón.
No soledad por el gusto de algo especial, de algo exaltado, sino soledad como clima que, simplemente, me permita ser lo que pretendo: vivir en presencia del Dios vivo. Soledad para poder ser un simple cristiano. Como si se tratara de bajar de una montaña o descender de una columna y comenzar una vez más a comportarme como un ser humano, así necesito yo la soledad para poder alcanzar la plenitud que busco: la de ser una persona corriente.
La vida en el mundo se había hecho para mí absolutamente anormal.
La vida en el monasterio no es algo corriente. Es un tipo un tanto extravagante de vida. Esta extravagancia no debe achacarse a san Benito, sino que tal vez sea algo necesario. En la soledad dejaré finalmente de ser una persona corrompida por estar en boca de todos, dejaré de crearme a mí mismo a imagen de una sociedad ligeramente desequilibrada. Viviendo a imagen del Dios que es mi vida: es decir, viviendo como un desconocido. Porque un cristiano es alguien a quien el mundo realmente no conoce.
9 de febrero de 1953. Fiesta de Santa Escolástica
Atardecer en Santa Ana. Me han concedido permiso para permanecer aquí fuera hasta la hora de la cena.
Es maravilloso no tener que debatir en mi mente la cuestión de «ser un ermitaño», aunque yo todavía no lo soy. Por lo menos, la soledad es ahora para mí algo concreto – es «Santa Ana»–: la amplia perspectiva de las colinas, los campos de maíz vacíos en los terrenos más bajos, los cuervos en los árboles, y los cedros que se amontonan en la ladera de las colinas. Cuando estoy aquí, me encuentro siempre debajo de un cielo inmenso y lleno de paz; no tengo distracciones, y la serenidad reina por doquier, excepto entre las ratas de la pared. Ellas constituyen mi distracción y en ocasiones son muy ruidosas.
Parece como si aquí tuviera cada vez una menor necesidad de libros. ¡Si pudiera estar siempre aquí y solo aquí...! Mañanas frescas, tardes calurosas. El otro día (domingo de Sexagésima) salí afuera cuando todavía había una gruesa capa de hielo en el suelo, pero el sol calentaba ya lo suyo.
El Espíritu está aquí a solas con el silencio del mundo.
Santa Ana es como una muralla entre dos existencias. A un lado, sé que hay una comunidad a la que he de volver. Y, de hecho, soy capaz de volver a ella con amor. Pero esta vuelta me parece un despilfarro. Es un despilfarro que debe ofrecerse a Dios. Al otro lado se encuentra el gran desierto silencioso, en el que tal vez no voy a volver a hablar, mientras viva, con nadie que no sea Dios.
(De vuelta en la cripta, aquí está enterrada una existencia que empieza a resultarme un tanto lejana y extraña, un lugar al borde del camino que he dejado atrás en el desierto, aunque siga tomando esa dirección cada mañana. Las críticas de mi libro El signo de Jonás aparecen amontonadas bajo la mesa de la máquina de escribir, atascadas en la primera edición del libro, que todavía necesita algunas correcciones más. Pero todo eso no tiene nada que ver con el silencio de Santa Ana).
14 de febrero de 1953
Hoy conmemoramos la fiesta del beato Conrado, un ermitaño cisterciense.
Por otra parte, reconozco que en el noviciado no me caían muy bien los ermitaños de nuestra orden: beato Conrado, san Galgano, san Firmiano.... Tal vez yo congeniaba mejor con las historias de san Alberto de Sestri y del beato Juan de Caramola. Sin embargo, los ermitaños «no parecían conseguir nada». Sus historias eran poco convincentes. Parecían haber muerto antes de alcanzar el objetivo que se suponía debían alcanzar.
Ahora sé en qué radica la verdadera importancia del carácter inacabado que descubrimos en la vida del beato Conrado: ermitaño en Palestina con la autorización de san Bernardo, emprende el camino de vuelta a casa –más concretamente, a Claraval– cuando se entera de que este se encuentra a punto de morir. Llegado a Italia, se entera de que san Bernardo ya ha fallecido. Se instala en una capilla situada al borde de un camino a las afueras de Bari, donde muere. ¡Qué vida tan desordenada y falta de planificación...! Ningún orden, ningún sentido, ningún sistema, ningún punto culminante. Es como un libro sin signos de puntuación que termina bruscamente a mitad de una frase.
Sin embargo, ¡reconozco que esos son los libros que realmente me gustan!
Probablemente, el beato Conrado no puede objetivarse o anquilosarse en una historia. Tal vez pueda ser captado y retenido en un cuadro, pero él es como la fotografía de un pájaro volando: demasiado preciso para que nuestros ojos logren percibir cómo es un pájaro volando. Nunca habíamos visto las alas en esa posición. Algo así es la vocación del solitario. De entre todos los hombres, el solitario es el que menos sabe hacia dónde va; sin embargo, goza de mayor seguridad, porque hay algo de lo que no puede dudar: de que camina hacia donde Dios lo está conduciendo. Por eso, precisamente, ni él
mismo conoce el camino. Y por eso, además, el camino es para la mayoría de los hombres algo que puede escandalizarlos.
16 de febrero de 1953
Tengo la sensación de que la ermita de Santa Ana es lo que yo había estado esperando y buscando a lo largo de toda mi vida, y que ahora he tropezado con ella de manera casual. Ahora, por primera vez, soy consciente de lo que le ocurre a un hombre que realmente ha encontrado el lugar que le corresponde en su mundo.
He descubierto, con enorme alivio por mi parte, que ya no necesito fingir nada. Porque cuando no has encontrado lo que buscabas, llevado de la ansiedad finges haberlo encontrado. Obras como si lo hubieses encontrado. Pierdes el tiempo diciéndote a ti mismo lo que has encontrado y, sin embargo, no lo deseas.
No tengo que comprar Santa Ana. No tengo que venderme a mí mismo aquí. ¡Todo lo que alguna vez fue real en mí ha vuelto a la vida en esta puerta abierta de par en par al firmamento! No necesito ya seguir aplastándome a mí mismo, cortarme por la mitad, arrojar parte de mí por la ventana y mantener apartado el resto de mí mismo.
En el silencio de Santa Ana todo ha recobrado la unidad. Y esta unidad no es la mía, sino la Tuya, Padre de la Paz.
Reconozco en mí mismo al niño que paseó por todo Sussex. (Yo no sabía que estaba buscando esta chabola o que algún día la encontraría). Todos los países del mundo son uno solo bajo este cielo: ya no necesito viajar. A un kilómetro de aquí se encuentra el monasterio, rodeado del paisaje de colinas que durante once años me obsesionó con la incertidumbre. Ya sabía que había venido para permanecer aquí, pero realmente nunca me lo creí, y las colinas parecían hablarme, a cada instante, de algún otro país.
El tranquilo paisaje de Santa Ana no habla de ningún otro país.
Si me lo permiten, seguiré aquí, a no ser que se produzca una invasión de tractores y construcciones. (Ahora hay un todoterreno en los campos que quedan enfrente de donde estoy. Desde la cosecha del maíz, es la primera vez que aparece algo por ahí). Y si hay que ir a algún otro lugar, bastará con desplazarse dos o tres kilómetros de aquí.
Esta situación es diferente. El silencio que la envuelve me está haciendo bien.
17 de febrero de 1953. Martes de carnaval
Hoy –carnaval–, adiós a la carne. Es como un mal chiste celebrar el dejar de comer carne como si tuviéramos que volver a comerla alguna vez. ¿Qué tendría de positivo la Cuaresma si fuese un compromiso puramente temporal?
A pesar de todo, Jesús murió para volver a Su carne, para resucitar su propio cuerpo glorioso de entre los muertos y para resucitar nuestros cuerpos con Él. «Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo». Así pues, nosotros prescindimos de la carne, no porque la despreciemos, sino para sanarla por medio de la penitencia y devolverla al Espíritu, al que pertenece. Y toda la creación espera ansiosamente nuestra victoria y la gloria de nuestros cuerpos.
Dios quiere que recuperemos todos los gozos de Su mundo creado en el Espíritu negándonos a nosotros mismos algo que en realidad no es un gozo, porque termina en la carne. «La carne no sirve de nada».
Contemplando el crucifijo en la blanca pared de Santa Ana, me sobrecogió el tomar conciencia de que soy sacerdote, un don que se me ha dado para que pueda conocer algo del significado de la Cruz, y de que Santa Ana es una parte especial de mi vocación sacerdotal: el silencio, los bosques, la luz del sol, las sombras, el cuadro que representa a Jesús, Nuestra Señora del Cobre, y los angelotes del paraíso de Fra Angelico. Aquí soy un sacerdote y tengo todo el mundo por parroquia. ¿O es que pensar todo esto constituye una tentación? Tal vez no sea necesario recordar la fecundidad apostólica de este silencio. Lo único que yo necesito es ser nada y esperar la revelación de Cristo: estar en