C
on mucha frecuencia, las personas me preguntan en terapia: “¿Qué fue lo que no funcionó, si todo al principio iba tan bien?, ¿qué me faltó, para ser una buena pareja?, ¿qué hice mal?, ¿qué me falta que nunca puedo tener una relación completa?”.
Intento dar respuesta a estas preguntas con un ejercicio reflexivo que parte de entender que la pareja no se construye en el momento de la unión y la consolidación de un vínculo, se construye en una vivencia que tiene sus orígenes en el vientre materno y que se va desarrollando en lo que he denominado proceso para la vivencia de pareja.
Incondicionalidad
Lo primero que se debe recibir, incluso antes de nacer, es el amor incondicional de los padres y, especialmente, de la madre. La progenitora es quien instala en cada hijo ese referente de amor sin condiciones. Su aceptación y espera amorosa son necesarias desde el útero. Este proceso permite lo que posteriormente veremos en el vínculo de amar a otro en forma segura e incondicional (tarea difícil, como ya lo vimos en las fases de la pareja). La madre conserva este amor por toda la vida. Es lo ideal, pero lo debe hacer consciente y demostrativo los primeros tres años, pues en esta etapa se asegura la esencia afectiva, un niño amado podrá luego amar sin miedos. En situaciones de abandono primario los adultos posteriormente generan vínculos dependientes y temerosos, también encontramos la repetición de la pauta abandónica, que hace mucho daño en quien la sufre.
La madre no sólo regala su amor sin condiciones, sino que imprime en el psiquismo, el amor en femenino, la contención y el útero, lo que luego nos permite acompañar y acunar a otro ser en sus dolores.
Recuerdo con gratitud a Mechitas, la señora que nos preparaba con devoción los cafés en la oficina. Ella, una mujer indígena caucana, no sabía abrazar; en sus códigos afectivos y culturales no tenía inscrito ese aprendizaje. Un día, buscando agradarla, le organizamos una fiesta sorpresa de cumpleaños. Ante nuestro asombro, ella se sintió muy violentada. Se podía decir que en un primer momento le molestó, pero la verdad es que esta mujer había sido arrancada de su familia desde los dos meses de vida, por situaciones de desplazamiento forzado. Vino a saber de sus padres 20 años después, cuando nuevamente restableció algún vínculo con un par de hermanos. En tanto, se crió en hogares de paso y cuando tenía 10 años inició su trabajo de empleada doméstica. En la universidad se vinculó a servicios generales. Lo que sé de su historia es que nadie le
había hecho una fiesta; ella desconocía la palabra “merecimiento”, su servicio amable era la fórmula de supervivencia no sólo económica sino de vida. Su hijo, un adolescente tímido, le mostraba la posibilidad de luchar cada día. Cuando se pensionó a los 55 años y regresó al cuarto donde siempre había vivido, falleció a los pocos meses. Me pregunto si al concluir su ciclo laboral, muy en su interior, su existencia carecía de sentido. No lo sé, pero en homenaje suyo y con lágrimas en los ojos recuerdo los abrazos que aprendió a recibir y a dar; especialmente, recuerdo cuando me acompañó en mis momentos de mayor dolor por la muerte de mi amado hermano Caliche; en su absoluto silencio llegaba a mi oficina con un pocillo de agua aromática y, en su humildad acompañante, se quedaba hasta que la terminara, luego me regalaba un abrazo temeroso que me calentaba el alma (aún los recuerdo). Gracias Mechitas.
La madre es irremplazable e insustituible, especialmente, en los primeros años. Es importante decir que las mujeres muy jóvenes que tienen hijos y que los dejan al cuidado de las abuelas, cuando pase el tiempo, no tendrán la patria potestad emocional sobre éstos, ellos las asumirán como hermanas1. Situación transgeneracional que tiene una altísima probabilidad de repetición.
En terapia, con excesiva frecuencia, encuentro a consultantes con reclamos afectivos a sus madres por el abandono, revalúan y devalúan lo material que se les brindó, el tenerlo todo pero sin la cercanía y el amor maternos. Es significativo lo que acontece con algunas madres, en su mayoría solas, que intentan en sus palabras: “Sacar un hijo adelante”. Le dan todo lo material (un buen colegio, universidad y todo lo que necesite) no obstante, su presencia es mínima y, en algunos casos, inexistente, porque en su afán de tenerlo todo resuelto, se ven obligadas, incluso, a buscar oportunidades fuera de sus países de origen. Lo triste es que todo este esfuerzo y sacrificio queda relegado al reproche de: “Yo hubiese preferido tenerte a ti y no tus regalos y encomiendas”. Les aseguro que el amor y la compañía son vitales, pues la salud mental y emocional se construye en presente y en presencia.
Con su presencia se construye un vínculo indisoluble (quizás por aquello del cordón umbilical) que se hace evidente, incluso, en el momento de morir. La investigación que he adelantado por muchos años sobre el análisis psicológico de las notas suicidas, da cuenta de lo que estoy diciendo. Quienes deciden acabar con su vida, casi siempre dejan en sus notas una despedida amorosa, en la que piden perdón a su madre. Es muy frecuente que el suicida mencione a su progenitora para, incluso, solicitarle ser la cuidadora de sus hijos y de sus bienes más preciados, lo cual no sucede frecuentemente con el padre. Lo que me sugiere que este vínculo trasciende no sólo en situaciones de suicidio, lo hace también después del fallecimiento.
La celebración del día de la madre, que podría pasar por una fecha comercial, se maximiza en el dolor luego de muerta la progenitora.
Mi madre, en la actualidad, es una mujer enferma que para vivir necesita estar conectada a un tanque de oxígeno. Su insuficiencia renal, respiratoria y cardíaca se agravó hace dos años. Para ese entonces, yo tenía 45 años. Recuerdo que mi cuerpo −que siempre habla− reaccionó, y mi útero se silenció, a pesar de haber reflexionado y
asimilado con profundo amor su posible partida. Al desaparecer mis períodos menstruales de forma repentina, consulté a mi médico y encontramos que mi silencio de sangre era una forma de sentir su enfermedad como una muerte de mi “útero”. Recuerdo haberle dicho: “Juan, siento con la enfermedad de mi madre, como si se estuviera muriendo mi útero”, a lo cual él replicó: “Eso es lo que está haciendo tu cuerpo”. Mi madre inicia su proceso valiente de estabilización y mi período menstrual regresa tan silenciosamente como se había ido. Así es como sabemos el significado de nuestras madres, pasados los años. Gracias madre por tu fortaleza y por enseñarnos con tu enfermedad el camino de la grandeza. Te amo. Estoy segura de que en nuestra niñez y, aún hoy, lo sigues haciendo, instalaste en nosotros el más seguro sentimiento de incondicionalidad.
Alguna vez escuché un cuento, de Anthony de Melo, creo, y aunque intenté buscarlo para escribirlo en este libro, no lo encontré. Con esta salvedad intentaré reconstruirlo.
Cuenta la historia que, en épocas de guerra, había dos grupos que combatían, uno de ellos estaba siendo derrotado y el coronel al mando dio la orden de retirada. Cuando los pocos sobrevivientes estuvieron atrincherados, José se acercó temeroso pero decidido, para solicitar a su jefe, permiso para regresar al campo de batalla. Éste último, sorprendido, no podía entender cómo un soldado a salvo quería arriesgar su vida. Su petición era irracional y, enfáticamente, se negó a autorizarle. Éste insistió, pues su amigo Roberto había quedado allí y quería conocer cual había sido su suerte. “No puedo permitirme perder dos de mis mejores hombres”, afirmó el coronel. José hizo caso omiso de esta advertencia y retornó. Pasadas algunas horas regresó herido pero con el cuerpo de Roberto. El coronel de inmediato y citando todos las irregularidades en que había incurrido gritó: “Dígame soldado ¿valió la pena ir al campo de batalla por un muerto?”. “Sí, señor –contestó–, porque cuando llegué aún estaba vivo y al verme dijo: –gracias, sabía que vendrías por mí y luego falleció”.
Cuando, en terapia, pretendo conocer la vinculación incondicional, narro al consultante este cuento y sé con certeza que la respuesta ante la pregunta: “¿Quién crees que iría al campo de batalla por ti?, no se hace esperar la respuesta: “Mi mamá”, seguida de papá, hermanos, pareja. También indago al(la) consultante por quién iría y si es madre, la primera respuesta es: “Por mis hijos”, seguida por: “Mi madre o mis padres”.
Traigo a colación este relato pues confirma mi argumento sobre la incondicionalidad. Te invito a que hagas tu lista.
Autonomía
La tarea del padre en el mundo afectivo es instalar en sus hijos la autonomía, el respaldo, la certeza de que existe alguien que se llama papá “que responde por mí”, el co-equipero de la madre. El profesor psicoanalista Guillermo Carvajal, en sus amenas conferencias sobre las funciones de la paternidad, dice que el oficio del padre es decirle al bebé: “No llores, tu mamá ya viene”. Esto puede sonar jocoso, sin embargo, encierra una importante verdad: la esencia de la protección radica en reafirmar que el vínculo más importante para el niño es la madre, pero cuando ella no está, está papá, para asegurarle que ella pronto estará con él. El progenitor brinda compañía y seguridad. A este proceso de compañía y respaldo lo he denominado proceso de autonomía, porque al crecer se transfiere al vínculo de pareja.
El padre utiliza expresiones como: “Tú puedes”, “hazlo solito”, “súbete en la bicicleta, yo te acompaño... realmente te suelto”. Así, la misión se va cumpliendo: la compañía, el respaldo y el amor masculinos dan la seguridad necesaria para que las niñas aprendan un vínculo seguro y los niños aprendan a amar con protección. La madre nos da un amor femenino de cuidado y el padre un amor de protección, cuidado y riesgo seguro.
No recibir de niños el pasaporte de la autonomía, genera de adultos vínculos inseguros, dependientes y temerosos al abandono. Estoy segura de que los rasgos de celotipia, tanto en hombres como en mujeres, tienen su origen en el abandono primario del padre.
De igual forma, puede acontecer que en las rupturas afectivas, la persona no pueda tomar la decisión de una separación y espere que alguien externo lo haga por ella. Quizá la misma demanda terapéutica es un indicio de la dificultad en la apropiación de la autonomía.
Aunque es diferencial el trato que los padres dan a sus hijos dependiendo del género, ello no significa que los procesos de autonomía sean diferentes. Es claro que el orden emocional cambia, eso quiere decir que si el primer hijo es un hombre se acentúa la autonomía con la percepción del respaldo. No, en vano, cuando el padre fallece el hijo mayor, sin importar su edad, asume en muchos casos su rol. Situación por demás errónea, pues altera el sistema familiar. Ningún hijo es padre o madre reemplazo, los hijos son hijos y los padres son padres, así estén muertos. El orden no puede ser alterado.
Los adultos, en forma un tanto irresponsable, reducen su rol a un compromiso económico y de sustento. Un hijo necesita presencia, compañía, amor, dedicación y renuncia. Desde la primera infancia se hacen las “consignaciones” preliminares para la futura decisión de pareja. Tengo para esto una metáfora: suelo decir que el mundo afectivo del niño se asemeja a una cuenta de ahorros: cuando se pretende hacer un retiro, debe haberse realizado previamente un depósito. Esto garantiza que, ingresando una clave, el cajero responda y entregue lo solicitado, de lo contrario, aparecerá en la pantalla el mensaje de “fondos insuficientes” y, así repitamos una y otra vez la operación y la clave, los resultados serán los mismos. En la vida emocional sucede igual. No podemos pretender hablar con la angustia de tener un hijo adolescente, cuando jamás se ha tenido el tiempo para verlo. No es la cuota de alimentos lo que construye la salud emocional en los niños, de eso estoy segura.
El orden de lo emocional no puede alterarse. El padre y la madre son irremplazables en los roles que asumen al embarazarse; no es suficiente una madre amorosa intentando dar lo mejor, porque siempre se va a caminar por el mundo con el vacío que dejó la no presencia y compañía segura del padre. Esto se hace evidente en la repetición inconsciente, por ejemplo, en el madresolterismo suele repetirse y en una cadena infinita de tiempo. Siempre se estarán buscando parejas reemplazo, que aporten con su vínculo todos los vínculos deficitarios del pasado, por ello, encontramos frases como: “La media naranja” que significa que la emocionalidad es incompleta. Y siempre lo será.
Homosocialidad
El(la) niño(a) tiene que salir del cascarón familiar y encontrar la socialización secundaria fuera de casa. El jardín escolar y la escuela son el futuro escenario a sus tres años; allí encontrará la vida diferente, entenderá el valor de compartir y competir, sabrá que no es el(la) dueño(a) del universo y que su egocentrismo cederá terreno a favor de los amigos, ya no imaginarios sino reales, con nombres y apellidos. Este proceso, difícil al inicio, especialmente, en estas generaciones de hijos únicos, de padres mayores, en donde el centro de atención entre muchos adultos es el(la) niño(a) será asimilado, pasados unos pocos días. El(la) pequeño(a) regresará a casa con innumerables historias nuevas y con nuevos afectos que permitirán ir creando ese mundo que siempre resulta vital: el mundo de los amigos y amigas. Es importante señalar que, en la primera infancia los(las) niño(a)s se sentirán más a gusto al descubrir el mundo con otros niños de su mismo sexo.
Este hermoso ejercicio de salir del centro familiar y enfrentarse a la vida de otro modo y con otros seres se denomina homosocialidad. Se trata de permitirle al niño cometer errores, vivir dificultades, para que aprenda a caminar por ese mundo mitad fantasía y mitad realidad. Los padres deben acompañar sin invadir. Es necesario permitir el proceso natural de elección y selección de los amigos, ejercicio que además durará toda la vida.
Cuando niña, mi madre oraba en voz alta y decía: “Te pido, Dios mío, que les des sabiduría a mis hijos, para elegir a sus amigos”. Ella no estaba pidiendo sabiduría para elegirlos por nosotros. Ahora, cuando pienso en nuestros amigos, creo que las oraciones de mi madre fueron escuchadas.
Los amigos o las amigas permanecen durante toda la vida y, en el mundo de la pareja, no pueden ser retirados, cuestionados o vetados. La experiencia terapéutica me permite insistir en esto. Cuando un vínculo se inicia, en esa primera fase tan cerrada y amorosa, éstos “estorban”, por decirlo de alguna forma, y tenemos la sensación de que la persona que llegó a nuestra vida suple todo el mundo afectivo. Esto es falso. Eso, automáticamente, lleva a un alejamiento que luego no será difícil recuperar y, con el tiempo, terminaremos pasando cuentas de cobro, injustas por demás, porque las decisiones que se asumen son personales e intransferibles. Lo sugerido, incluso en beneficio futuro de la pareja, es que no existan distancias de los amigos y que los espacios logren ser diferenciales. La fórmula mágica será: tus amigos, mis amigos, los nuestros.
Con nuestros amigos hablamos en borrador, el afecto es incondicional, y el reclamo de espacio y tiempo es prácticamente inexistente, lo que da a estos vínculos una posibilidad de permanencia en la historia. Fácilmente podemos encontrar una persona que, a los cincuenta años, comparte con amigos de su adolescencia, sus compañeros de colegio y universidad.
Heterosocialidad
Tener amigos del mismo sexo y que se establezcan vínculos indisolubles con el tiempo es vital, así como también lo es aprender en la diferencia, aprender a mirar otros
puntos de vista y, especialmente, aprender a construir con el lado complementario; en términos de Jung, aprender a integrar el lado masculino y femenino de la existencia. Descubrir que existen amigas y amigos, y que con ellos se pueden generar lazos diferentes a los de pareja es una gran oportunidad para la afectividad. Los amigos nos darán, en todo el recorrido de la vida, una gran lección de tolerancia y compañía; con ellos aprenderemos cómo se ama en generosidad y en complicidad.
La heterosocialidad debe permanecer siempre en pareja, lo que significa que nuestros amigos no deben estar en el terreno de negociación. No puedo entender cómo algunas personas para poder tener y mantener un vínculo aparentemente estable en el tiempo, solicitan y ponen como requisito la eliminación del círculo de amigos, por sentirlos amenazantes. Este hecho puede llegar a ser una condena de muerte a corto plazo, para el equilibrio de la pareja. Los reclamos no se harán esperar y en las peleas siempre aparecerán frases como: “Tú me quitaste mis amigos”, situación que no puede ser cierta porque nadie le quita nada a nadie. Siempre, y por fortuna, podemos optar y decidir, y si la decisión es permitir que éstos no estén, es nuestra responsabilidad. Lo paradójico es que culturalmente se refuerza esta actitud, con frases tales como: “Para qué tiene amigos, si ya tiene marido”. Al suponer que el cónyuge suple todos los espacios y todas las necesidades afectivas, se cae en un mito. Los amigos del sexo opuesto son equilibrio y son la balanza afectiva, también se convierten en los confidentes en el dolor cuando el corazón sufre.
La heterosocialidad y la homosocialidad dan el pasaporte de preparación para ir eligiendo a quien se quiere que sea el o la compañero(a) de y para la vida. Tarea difícil por muchas razones, entre ellas, la excesiva idealización en la inversión y apuesta a la felicidad. Es usual que las personas en sus áreas vitales, simplemente, funcionen, pero en pareja la expectativa de felicidad y de permanencia en ese estado es total. Las novelas y las historias rosa dan por sentado que, cuando se encuentra pareja, se da con el final del sufrimiento pues es el otro quien tiene la responsabilidad de garantizarla (este aparte será ampliado en mitos de la pareja). A los amigos y amigas se les hace los menos requerimientos posibles, se disfruta de su compañía y se incluyen en la aventura de la vida. A la pareja, en cambio, se le cuestiona, se le reclama, se le dan pautas de conducta, se le condiciona, por ello, con razón ase gurábamos en el capítulo de fases, que nada más condicional que el verdadero amor incondicional de la pareja.
Elección de carrera u ocupación
Los años de adolescencia van pasando, igual que la educación media, y se van estableciendo relaciones frágiles o fuertes dependiendo de las construcciones afectivas de cada quien. Se dan los primeros encuentros de noviazgo, las primeras experiencias de enamoramiento, quizá también, las primeras desilusiones. Todo va sucediendo bajo la mirada preocupada de los adultos y de su afán de evitar dolor, muy seguramente, el que ellos vivieron a esta edad. Lo que sí es cierto es que jamás se puede evadir y cada quien en el amor debe experimentar por sí mismo lo que éste significa.