Duelo de pareja por muerte
En la escala de elaboración de los duelos, éste es uno de los más difíciles por todo el significado que tiene. Los seres humanos, cultural y afectivamente, estamos formados para hacer algunas rupturas necesarias, salir de la casa de los padres, dejar a los amigos de infancia y adolescencia, cambiar de lugar de empleo, salir de los espacios académicos, incluso, en la condición de padres se espera que los hijos vuelen solos y encuentren su propio camino. Lo anterior no acontece en el vínculo de pareja, al cual le damos la categoría de permanencia en el tiempo y en el espacio. La misma metáfora de indisolubilidad que le da la Iglesia hace que la percepción de vínculo para toda la vida sea, consciente o inconscientemente, una relación diferencial.
Es probable que no exista el compromiso matrimonial y legal, pero lo real es que una de las razones más importantes para establecerlo es tener a alguien para compartir la vida y eso lleva implícito el futuro. Por eso, en el momento de la muerte de alguno de los dos la sensación de pérdida es inmensa y la angustia de enfrentamiento y afrontamiento del futuro es complicada.
Existen variables que hacen que este proceso sea diferente en cada pareja. Veamos algunas: la edad del fallecido, la forma de su deceso, el rol que tenía y que desempeñaba, la calidad del vínculo, el tiempo de convivencia, las perspectivas de futuro, los proyectos compartidos, las condiciones en que queda la persona sobreviviente, los días finales, los asuntos inconclusos, los sentimientos de culpa que casi siempre aparecen y, especialmente, esa sensación permanente de no haber hecho o dado lo mejor y que el tiempo fue insuficiente para realizar todo lo planeado. También es importante analizar todo el sistema y el sexo de la persona fallecida. Para las parejas heterosexuales, el fallecimiento de la mujer es más desestructurante, pues los hombres en estas culturas machistas generan mayor dependencia de las esposas o de sus compañeras, no se sienten a gusto y, emocionalmente, se sienten agobiados en el espacio de la casa sin la compañía y cuidado de la mujer. Por ello, usualmente, el padre sobreviviente va a vivir con alguna de sus hijas, quien hace un símil de madre en los cuidados. La situación se vuelve compleja, más aún, si ésta tiene establecida su propia familia, ya que dicho sistema también se verá alterado.
Cuando fallece el padre, la viuda permanece en casa, que es, en esencia, su espacio vital, acompañada por hijos solteros que no huyen, lo que sí sucede cuando muere la madre. La supervivencia de las mujeres que enviudan es altísima en comparación con la de los viudos. Las enfermedades y la depresión se agudizan y la persona decide muy rápido deponer las armas y, en términos de mi madre: “Dejarse morir”.
Algo interesante a tener en cuenta es la famosa expresión “reorganizar la vida”, que significa volver a contraer otro compromiso, situación difícil de manejar a nivel emocional y familiar. Los hijos pretenden que su madre nunca sea reemplazada, eso significa que no perdonan al padre una nueva relación y éste, a veces, por la prisa que da el dolor y las incompetencias hogareñas, establece un nuevo vínculo rápidamente. Las críticas y los cuestionamientos no se hacen esperar y la dinámica familiar recién ensamblada, a veces se torna insoportable, lo cual también precipita a los hijos solteros a salir del hogar pues ya no lo sienten suyo.
En terapia, cuando me he encontrado con el fallecimiento de un esposo que también era padre, he confirmado que a cada uno de sus hijos se le muere un padre diferente. Así las cosas, la terapia y el acompañamiento deben ser únicos para ese sistema que requiere ser reestructurado con sus propios recursos y no con los que el terapeuta considera válidos.
La muerte de parejas jóvenes y sin hijos es también muy dolorosa, especialmente por la vivencia de no haber logrado cumplir algunos sueños. En la elaboración del duelo influye mucho el tipo de muerte, porque si la causa de ésta fue la enfermedad, se tiene un tiempo entre el diagnóstico y el fallecimiento que da la oportunidad de prodigar cuidados y manifestaciones amorosas, permitiendo un duelo anticipatorio, situación, claro está, que no acontece en muertes repentinas y, especialmente, las que hemos denominado muertes injustas (accidentes de tránsito, homicidios, muerte por acciones terroristas). En estos casos, no sólo se sufre dolor sino, además, toda la rabia contenida y una pelea con Dios por haber permitido este hecho. Es necesario mencionar que la causal de mayor confrontación en la situación de pareja y que mayor duelo patológico genera es el suicido, y si a éste agregamos una nota suicida1 culpabilizante, el duelo se convierte en un problema del cual es difícil salir bien librado.
Recuerdo la experiencia de una de mis estudiantes que llevaba un mes de haber contraído matrimonio. Se presentó un “accidente” en la empresa donde laboraba su esposo (situación que jamás se logró esclarecer completamente) y él, a la edad de 27 años, falleció. Sus amigas, sin saber cómo abordar la situación, me pidieron que fuera a la funeraria para acompañarla. Eso hice y en el momento de ingresar al lugar, se me acercó y, sin mediar saludo, me abrazó, preguntándome una y otra vez: “¿Con quién voy a abrir los regalos de matrimonio que aún no habíamos destapado?, dime, dime”. Pasaron muchos minutos, eternos minutos hasta que por fin el padre se acercó y dijo: “Hija ya encontraremos con quien hacerlo”. El señor la abrazó y la condujo al sitio que correspondía, una silla cerca del féretro.
Pasaron meses antes de que pudiera abrir los regalos y disponer de ellos en compañía de sus padres.
Recuperarse de la muerte de la pareja es tarea difícil que requiere, en la mayoría de los casos, acompañamiento para reiniciar la vida, transformar los proyectos y reencontrar sentido a la existencia.
vínculo adquiera un carácter inconsciente de permanencia y de inmortalidad. Cada uno de los miembros de la pareja, en el fondo de su corazón, espera ser el primero en morir, por temor al sufrimiento que produce la viudez. Para los hombres se hace más difícil sobrevivir en los espacios cotidianos del hogar, pues éste es, culturalmente hablando, un espacio con mayor percepción de lo femenino.
Manuel quedó viudo a los 65 años, y cuando regresó del sepelio de su esposa con quien había vivido 40, se sorprendió al constatar que no sabía dónde estaba la llave que permitía abrir el gas. Tampoco sabía dónde encontrar su pocillo del té. “En ese momento entendí que mi esposa me hacía la vida muy fácil”.
La soledad se instala en la vida y en el alma de los sobrevivientes de parejas mayores, y la fantasía del reencuentro en el más allá no demora en hacer su aparición. En el caso de la viudez masculina, generalmente, la sobrevida es muy corta, por ello, y como una forma inmediata de superación del conflicto emocional, fácilmente los hombres establecen vínculos “reemplazo”2 casi de inmediato, lo que es mal visto familiarmente y, por supuesto, mal interpretado en términos económicos.
No niego que hay quienes manipulan este tipo de situaciones y se aprovechan de la vulnerabilidad emocional del doliente para obtener beneficios económicos; sin embargo, es importante decir que no siempre sucede así.
Otra de las múltiples consecuencias de la viudez es la imposibilidad de los hijos de cuidar al padre o a la madre sobreviviente. Para ello se han creado los “hogares geriátricos”; allí, los hijos, ge neralmente ocupados, visitan de vez en cuando a sus viejos. Aunque los gastos queden cubiertos, esta situación puede generar estados depresivos en el progenitor y dificultades en pautas de adaptación. Los seres humanos, en esencia, preferimos nuestras redes parentales y esperamos recibir al final de la existencia compañía y amor. Es posible que la intención del cuidado profesional sea un argumento válido, especialmente en cuanto a la salud física, pero también es necesario mirar lo emocional y el equilibrio entre el dar y recibir3.
Tener pareja es, entonces, una apuesta a la convivencia y a la no soledad; quizá nunca hablamos de la realidad de muerte para evitar un dolor anticipatorio, pero negarla dificulta la elaboración en el momento de la pérdida. Es falso que estemos ciento por ciento preparados para el deceso del otro, lo que sí es cierto es que cuando la vida está centrada en este vínculo, la muerte arrasa con las posibilidades sanas de entender el duelo, por ello, siempre sugiero no reducirla a una sola área de la existencia. Es necesario tener muchos espacios y escenarios vitales que compensen y den equilibrio.
Sofía pertenece al grupo de danzas de la tercera edad de su comunidad, también asiste los martes al grupo de oración, hace gimnasia con la vecina los miércoles en la tarde, cuida a una de sus nietas el viernes y sale de compras los sábados. A sus 82 años siempre encuentra algo nuevo para hacer y para transformar en su casa. Su esposo murió hace 20 años, pero quizá el duelo mayor ha sido la muerte de su hija soltera 2 años atrás como consecuencia de un cáncer, luego de sobrellevarlo durante cinco.
“Ella murió pero me dejó su paz interior y sus deseos de vivir. Yo no me quiero morir, quizás de viejita, por ahora tengo mucho para hacer… realmente, vine a terapia para pedirle que ayude a mi otra hija, ella está consumida por la pena… ¡Eran tan unidas! Yo siempre le digo: ‘A quien le va llegando la hora se va yendo, nunca antes, jamás después’. Es difícil que lo entienda. Sólo cuando se es viejo se va entrando en razón y se le deja a Dios la fecha. ¿Para qué preocuparse? Mire, mi hija tan joven, era su turno y se fue… claro, yo sufrí, pero sufrí más por su cáncer y por los dolores que le daban. Fue muy triste (llanto). Dios me ha dado fuerzas y salgo todo el tiempo y trato de ser una mujer feliz”.
Este relato nos muestra una de las fortalezas más importantes en los procesos de duelo y está relacionada con la actitud que se asume. Existen, además, otros factores como, por ejemplo, los religiosos, la red familiar y comunitaria que son vitales en el soporte que se necesita cuando se trata de desprendernos de los seres amados. La cultura occidental nos muestra la muerte como una pérdida y así nuestro psiquismo la asume, lo que sugiere la visión de túnel y de dolor con unas fases para su elaboración, ampliamente descritas4.
Finalmente, plantearé que ante el acompañamiento de un duelo por muerte de la pareja es necesario mirar las múltiples situaciones que este deceso conlleva. No existen, y por fortuna es así, formulas mágicas que permitan predeterminar las asesorías. Lo real en la cotidianidad es que cada persona y familia tienen un potencial ilimitado de posibilidades para resolverlas. Corresponde a cada uno de nosotros ser acompañantes e ir al encuentro de esos tesoros escondidos y de los recursos sin límites que la vida nos ha regalado. Concluyo en honor a mi hermano que la muerte de alguien amado es una hermosa oportunidad para entender e intentar vivir el amor incondicional.
Procesos de duelo por separación
Como planteé anteriormente, durante la primera fase de enamoramiento se piensa que la relación nunca va a terminar; ese primer momento es de promesas y de necesidad de decir que es para toda la vida. Aunque en estas nuevas generaciones las dinámicas vinculares han cambiado, en la fantasía y en el inconsciente siempre se espera compartir con ese alguien la existencia.
Los compromisos afectivos se establecen, se ritualizan, algunos asumen compromisos sacramentales, sociales y civiles que hacen que la pareja salga de la díada y se convierta en una estructura con obligaciones, derechos y deberes y que, a partir de ellos, se construyan las familias. Lo que sí es cierto es que no se establece pareja para pensar en separación, por ello, la primera manifestación y emoción que se experimenta en el momento de la separación es de fracaso, algo así como “esto nos quedó grande”. Se buscan culpables y, usualmente, se termina por múltiples razones. La primera de ellas es que existe una nueva relación y, como es de suponer, se está en fase de luna de miel, lo cual es muy motivante, porque siempre que se inicia esta fase se cree que se encontró el
amor de la vida. Otras razones frecuentes son: los conflictos cotidianos, sexuales, económicos, comunicacionales, con terceros, pérdida del amor5.
La verdad es que, en todo conflicto, otros pueden opinar demasiado, agudizando la crisis. Se presenta también la famosa generalización causada porque alguno de los miembros de la familia ya ha pasado por alguna separación y hace coincidir su experiencia con la de quien ahora vive la misma realidad, transmitiendo la sensación de que ésta siempre es igual. Sin embargo, todos los vínculos son distintos. Los seres humanos somos totalmente diferentes cuando construimos y amamos, y cuando terminamos y rompemos una relación.
En cuanto a la separación, que va acompañada de una emocionalidad tan alta en el dolor, la rabia y el resentimiento, es mejor hacerla rápido y lo más sanamente posible. Ello incluye pautas de humildad y el reconocimiento de que todo lo que pasa en pareja es en pareja, es decir, la aceptación de que no existe un culpable único para señalar. Ojalá que el conflicto, la desilusión y la rabia puedan ser superados y acompañados para que ambos salgan bien librados de este duro trance. Si logramos pasar del reproche a la reflexión y de ésta al crecimiento, este evento no producirá tanta sensación de vacío y fracaso, y con el tiempo se convertirá en esperanza y aprendizaje. Conozco infinidad de personas que se sintieron morir en una ruptura de pareja, pero pronto encontraron un compañero de vida y sienten que ésta es su verdadera relación; ahora, dan gracias por haber roto, un día, su vínculo anterior.
Otra dificultad radica en quienes, aparte de los directamente implicados, se involucran en estos procesos, especialmente, me refiero a los hijos, los amigos, las familias de origen y, en algunas ocasiones, los empleados, si la pareja tenía negocios familiares en común.
Sin hacer una apología a la psicoterapia, diré que lo mejor, frente a estos procesos, es pasarlos con la mirada y acompañamiento de alguien que tenga objetividad, puede ser el sacerdote, el consejero matrimonial, el terapeuta, etc.
Cuando se está viviendo la crisis de separación aparecen demasiados obsesiones y falsas expectativas de recuperación del vínculo. Cuando el otro o la otra inician una nueva relación, aparce cible: las súplicas, el arrepentimiento y los detalles de conquista no se hacen esperar. Todo lo que antes hubiese sido importante para la otra persona, se asume a destiempo: las serenatas, regalos, mensajes, tarjetas, flores y chocolates están en la lista secuencial. Se utiliza a los amigos para enviar misivas de arrepentimiento y para que aboguen en favor del antiguo vínculo, insistiendo en que “es mejor malo conocido que bueno por conocer”, lo cual, tampoco es siempre cierto. Cuando no se cae en la trampa mortal de las promesas de cambio, aparecen las siguientes frases típicas: “Tan rápido me olvidaste”, “me cambiaste por ese(esa)”, “te arrepentirás”, “cuando te vaya mal no te quejes”, “ojalá cuando te pase el capricho yo esté todavía para ti”, “ese era el amor que decías tenerme”, y un sin fin de reproches. Se utilizan a los hijos como chantaje y a las familias de origen como aliados o enemigos. Es realmente una situación de difícil manejo y muy desgastante.
posibilidades de ingesta de alcohol o sustancias psicoactivas para tratar de olvidar el dolor. En ocasiones, puede darse el abandono del trabajo, la pérdida momentánea y transitoria del sentido por la vida, dejando de lado los proyectos vitales, la pérdida de la autoestima y el distanciamiento de los allegados por la presencia del síndrome de disco rayado, ya que el(la) afectado(a) se torna monotemático(a), lo cual agobia a los no involucrados. En casos extremos, surgen amenazas, ideas o intentos suicidas.
La recuperación es lenta, muy lenta y se hace necesario tener fuerza y determinación para no regresar ante tantas presiones, máxime si se tienen hijos.
La probabilidad de fracaso de un nuevo vínculo es real, pues nadie garantiza la promesa de: “Esta vez sí, juntos y felices para siempre”. Lo sugerido es hacer una evaluación, la más honesta posible, incluso a riesgo de equivocarse.
El pronóstico suele ser reservado cuando la relación se ha iniciado como un vínculo paralelo y la persona (amante) sabe de todas el deseo de recuperarlo(a)6, dando cuenta del adagio popular que reza: “Nadie sabe lo que tiene hasta que no lo pierde”. El guión es bien prede las mentiras y engaños que se han dicho. Se produce la ruptura de la primera unión y desaparece la clandestinidad de la segunda. La principal razón para ello es la fantasía de infidelidad pues se ha vivido en carne propia. La experiencia terapéutica me ha enseñado que estas segundas relaciones terminan siendo fácilmente relaciones patológicas, celotípicas y de excesivo control; en ocasiones, el cuadro se agrava con el sentimiento de culpa por el sufrimiento causado a la anterior pareja.
Es importante insistir en que la intensidad y la crisis de la separación dependen de miles de factores y la forma de asumirlos es diferente en todas las personas, por ello no se pueden hacer generalizaciones. Intentaré enumerar algunos de los factores para superarlas.
Lo primero es plantear un constructo de la realidad que valore objetivamente la relación y su proceso de pérdida. Se puede hacer un balance de la misma y saber si es positiva o no. Aunque resulte difícil de creer, es muy frecuente que las personas decidan permanecer con su pareja, odiándose, maltratándose y haciéndose la vida imposible. Esto es devastador e inaceptable; insistiré en el capítulo de pareja sana que el único argumento válido de permanencia es el amor.
El segundo argumento es el manejo adecuado de las emociones, tener claridad entre el apego y el amor, poder distanciarnos de los relaciones co-dependientes y simbióticas que se reconocen con la expresión “sin ti me muero” o “yo no sé qué hacer sin ti”, y lograr clarificar qué es lo que realmente vincula y sostiene la relación: ¿las familias de origen, las tradiciones, el contrato matrimonial, los hijos, las deudas? y ante cada interrogante tener una respuesta y una alternativa.
Los factores de crianza y las vivencias familiares en las rupturas o situaciones similares, tienden a repetirse tanto consciente como inconscientemente. Al clarificar los patrones familiares podremos, muy seguramente, distanciarnos de los mismos.
el terapeuta harán el acompañamiento antes, durante y después de la ruptura.
Diré además que un factor protector es el económico, no el único, como a veces suele creerse, pero como diría un consultante en crisis: “Esto es muy duro, y más cuando