El proceso educativo se materializa en una serie de habilidades y valores, que producen cambios intelectuales, emocionales y sociales en el individuo. De acuerdo al grado de concienciación alcanzado, estos valores pueden durar toda la vida o sólo un cierto periodo de tiempo (Fermoso, 1985).
Dentro de este contexto los protagonistas del acto educativo se vinculan, y practican la relación vista desde una perspectiva profesional, enmarcada en perfiles éticos, morales, justificando valores, para fomentar formación, actitud, aptitudes, en los seres humanos, específicamente a niveles universitarios.
En otro orden de ideas, la educación también se considera como una necesidad cultural. Es vista como un proceso a través del cual se desarrolla la cultura de las sociedades y se preservan sus valores fundamentales (Infante y Hernández, 2011). Sin embargo la necesidad de la misma se puede explicar por la distancia que pueda existir entre los adultos y los seres en formación, en función de la riqueza de la cultura existente. De allí que ésta es grande en las sociedades cultas, o viceversa. En consecuencia este autor afirma “la necesidad, por tanto, de la educación está condicionada por la cultura” (Fermoso, 1985: 225).
En este mismo orden de ideas, el proceso educativo también puede concebirse como un proceso de maduración y aprendizaje al mismo tiempo. El mismo puede verse como un proceso de maduración puesto que el sujeto manifiesta su carga hereditaria, y de aprendizaje, ya que en él modifica su actitud y asume un comportamiento acorde con la instrucción recibida (Fermoso, 1985).
Un proceso educativo supone el inicio de una trayectoria de enseñanza- aprendizaje en la que se involucran docentes y estudiantes como protagonistas de dicho proceso. Además de todos los elementos inherentes al hecho educativo, tales como el currículo, el programa, los contenidos, los objetivos, entre otros, un elemento puntual del proceso es la relación docente-alumno, que constituye el eje central de este estudio.
Al respecto, Larraín y González (2005) señalan que “no puede entenderse el proceso educativo como una relación lineal unidireccional de maestro-alumno,
ambos actores pueden y deben implicarse activamente en la organización y desarrollo de los contenidos educativos aportando experiencias, debates de opiniones, iniciativas, etc.” (p.5).
En este orden de ideas, hay dos elementos del proceso educativo que son de interés particular en esta investigación, dados los objetivos planteados en la misma. En primer lugar se hará referencia a los programas educativos como elemento donde confluyen las actividades que desarrollan los actores del proceso educativo. Y en segundo lugar, se planteará como tema central de esta investigación la relación docente alumno, que le da vida a dicho proceso educativo.
Relación docente-alumno
La educación se desarrolla en un contexto de relaciones sociales, específicamente a través de la interacción entre el docente y el alumno (Soriano, 2009). Dicha relación es una parte neurálgica de la labor docente, ya que la calidad de ésta influirá en el resultado del proceso de aprendizaje (Zárate, 2002). Castañeda (2009) y Polanco (2005) coinciden con lo anterior.
Algunos opinan que frecuentemente la relación docente-estudiante resulta difícil, por lo cual se propician actitudes inadecuadas entre ambos actores de la interrelación educativa. Este hecho es particularmente notorio en el contexto universitario, pues muchos profesores se centran más en la información y en los contenidos de sus clases que en el sujeto que aprende.
No obstante, se puede mejorar la relación docente-alumno si el docente asume una actitud positiva hacia el grupo, lejos de prejuicios y de los sesgos que se pueda formar en los primeros contactos de la relación, por ello “la relación se puede mejorar dedicando tiempo a comunicarse con los alumnos, a expresar afecto e interés, a alabar con sinceridad, a interaccionar con los alumnos” (Moya, 2010, p. 5).
Esta autora añade que la relación docente-alumno es compleja, puesto que así como el docente influye en sus alumnos, éstos influyen sobre el primero, por lo cual se refuerza el estilo de la relación, que si es potenciador redundará en
beneficios para el aprendizaje de los alumnos y el mantenimiento de la relación positiva.
En concordancia con esto, se tiene que si los docentes establecen una relación auténtica con sus alumnos, están potenciando el aprendizaje de sus alumnos, y éstos a la vez encuentran en el docente el apoyo para la ejecución de la tarea debido al clima de aceptación desarrollado en el aula. De allí se deduce que el modelado de actitudes positivas por parte del profesor facilita el aprendizaje de las mismas por parte de los estudiantes (Fernández, 2006).
Como éstos, Delaire y Ordronneau (1991) se refieren a la relevancia de la relación docente-alumno dentro del proceso educativo, y más específicamente en la obtención de los objetivos propuestos por dicho proceso.
Con base en los planteamientos anteriores, puede decirse que la Relación Docente-Alumno, consiste en la convivencia de ambos en el ámbito educativo partiendo de las competencias profesionales, genéricas y específicas, que posea el docente, e incluyendo los roles y cualidades de ambos actores (docente y alumno). Todo ello con la finalidad de lograr un proceso de aprendizaje significativo por parte del alumno y una mediación exitosa por parte del docente basada en principios éticos.
1.2.3 Los métodos, las técnicas y las estrategias