Capítulo 4. Planteamiento de la investigación
4.2. Fundamentos onto-epistemológicos
4.2.1. Procesos identitarios más allá del esencialismo moderno
El concepto de identidad ha ocupado largamente el debate en ciencias humanas y sociales, y ha sido tomado por variadas corrientes como un pivote conceptual para el desarrollo de las diversas teorías que se tiene del ser humano, tanto en su capacidad agencial como en los procesos que lo determinan socialmente. Con todo, interrogarse respecto de la identidad implica necesariamente ubicarse dentro de las discusiones epistemológicas
73
referentes a la definición de sujeto y self, según corresponda. Como modo de introducir la problemática sobre cómo entender la identidad, Altman (1946/2010) ha sido claro en definir que las corrientes modernas de pensamiento han tendido a definir el self como una unidad, es decir, como un centro agencial con capacidad de autonomía, mientras que las corrientes estructuralistas posteriores han definido un sujeto determinado por la estructura social dominante, organizada como un lenguaje.
Por su parte, el self postmoderno y postestructuralista, más coherente con corrientes epistemológicas de fines del siglo XX, es un self múltiple, cambiante, aunque inextricablemente relacionado con su entorno social, con quien mantiene una relación dialéctica de mutua determinación. Siguiendo a Altman (1946/2010), la corriente postestructuralista plantearía que las categorías sociales que nos definen (clase, raza, etc.) están ‘allá afuera’, en el discurso, y nos constituimos como individuos en la medida en que tomamos posición en este sistema: son cualidades objetivas del mundo real, en tanto que un punto de vista postmoderno, pero no solipsista, implicaría concebir al sujeto como inserto en una realidad externa que no le es del todo dependiente de sus propias construcciones subjetivas.
En efecto, la diversidad de planteamientos teóricos respecto de cómo podemos comprender la noción de identidad da cuenta de que la tensión individuo-sociedad es clave para abordar este problema. Al respecto, largo es el avance que la Psicología Social de grupos ha desarrollado con relación a procesos de categorización social y prejuicios, tomando como base la teoría de la identidad social de Tajfel y Turner (1986). En esta línea teórico-empírica, la identidad estaría dada por la necesidad de identificarse con grupos sociales de pertenencia a la vez que diferenciarse -con más o menos hostilidad y rechazo- de aquellos grupos de los que el individuo se siente diferente o lejano (Capozza & Brown, 2000; Scaillet & Leyens, 2000; Brewer, 1999, 1991; Blascovich, Wyer, Swart & Kibler, 1997; Brown, 1995). Así, la identidad estaría definida tanto por lo que identifica al individuo respecto de los otros, como por lo que lo diferencia de ellos, en un movimiento que más que lineal, parece constituirse en un vaivén. Sin embargo, muchas veces el sesgo
74
de la investigación y desarrollo conceptual dentro de la Psicología Social ha consistido justamente en una mirada psicológica a los procesos sociales o grupales, además de tender hacia una perspectiva más bien socio-cognitivista.
Por su parte, aproximaciones culturales que se toman de esta dimensión narrativa de la identidad nos recuerdan que el constructo identidad revela justamente que se trata de un artificio ontológico, que da cuenta de la irreductibilidad de esta relación individuo- sociedad, en la medida en que la identidad necesita de la diferencia de lo otro para constituirse, necesita de la experiencia simbólica del límite yo-otros, aunque su constitución es tan fluida y cambiante como lo son los procesos sociales, históricos y culturales que la provocan (Dubar, 2002; Hall, 1996). Es decir, la identidad no es un concepto esencialista, “precisamente porque las identidades se construyen dentro del discurso y no fuera de él, debemos considerarlas producidas en ámbitos históricos e institucionales específicos en el interior de formaciones y prácticas discursivas específicas, mediante estrategias enunciativas específicas” (Hall, 1996, p.18). Aún más, la identidad involucra una continuidad entre el yo y los otros marcada por procesos identificatorios en continua co-producción entre el individuo, los otros y los marcos societales en general (Dubar, 2002).
En tercer lugar, las corrientes epistemológicas que han enfatizado la capacidad de los individuos de construir relatos sobre su propia autobiografía, sobre los cambios y transiciones en sus procesos identificatorios, sobre las elecciones de pertenencia categorial y sobre los procesos de prejuicio y estigma que los excluyen de ciertos grupos sociales, parecen presentar una buena articulación de los paradigmas anteriormente citados. Estas teorías han definido la identidad como un modo de responder a la pregunta sobre quiénes somos, desde una articulación inherente entre identidad, lazo social y subjetividad (Legrand, 1993). En este sentido, el Enfoque Biográfico de tradición francófona ha enfatizado la capacidad del sujeto, sujetado por las estructuras sociales dominantes que toman forma en el lenguaje -siguiendo las corrientes estructuralistas mencionadas
75
anteriormente-, de tomarse a sí-mismo como objeto, de volver sobre sí y ponerse en cuestión (Legrand, 1993).
Así, el proceso de producir un relato sobre la propia historia trae consigo una articulación de la identidad, desde el hacerse sujeto del discurso, apropiándose de la propia historia mediante una narrativa autobiográfica, a la vez que dando cuenta de los trazos sociales que la contienen (Legrand, 1993). Desde la corriente denominada dialógica, el concepto de identidad refiere a una toma de posición discursiva pues, dentro de los ejes discursivos estructurales, el sujeto es capaz de tomar una posición que le permite definirse a sí mismo, a la vez que incorporar, al discurso subjetivado de lo propio, aquellas voces de otros que terminan produciendo un hablar tan subjetivado como polifónico (Bajtín, 1982).
En la misma línea, la Psicología Narrativa señala que la identidad no es sino una forma particular de producción narrativa, que permite al sujeto otorgar sentido subjetivo a los contextos socioculturales que lo circunscriben de alguna forma (Pujadas Muñoz, 1992). Si bien los sujetos se encuentran inextricablemente en una relación de mutualidad con los otros, realidades y personas del mundo social, cambiantes por definición, la identidad consiste en la sedimentación de un sentido de continuidad en el tiempo, algo del sí mismo que permanece para definir el quién soy a partir de la relación con otros, entendiendo el lenguaje como una práctica social (Hammack & Toolis, 2015; Hammack & Pilecki, 2014; Gasparini, 2010). A partir de esto, es posible pensar la relevancia que tiene el sentimiento de pertenencia (a lugares, grupos sociales, instituciones, etc.) en la construcción narrativa de la identidad (Sarbin, 1983).
La pregunta deviene entonces respecto de cómo se relacionan estas dimensiones en la construcción narrativa de la identidad, especialmente una narrativa donde el diálogo con otros adquiere un rol clave (Glocer Fiorini, 2015; Smorti, 2011) pero que a la vez tiene fundamentos geográficos o territoriales en su constitución (e.g. Esteban-Guitart, 2012; Twigger-Ross & Uzzel, 1996; Proshansky, et. al., 1983; Proshansky, 1976; Sarbin, 1983). Por último, resulta interesante recordar el aporte que realizan los investigadores de
76
narrativas para pensar lo que han denominado “narrativas maestras”, definidas como: historias compartidas culturalmente que proveen los marcos de referencia desde dónde los individuos pueden situarse a sí mismos e historizar sus propias experiencias biográficas (McLean & Syed, 2015). El sujeto, entonces, se define a sí mismo mediante su narrativa respecto de quién es, la que a su vez está intrínsecamente vinculada con su relación con los otros, así como con el contexto histórico-social en el que se encuentra situado y que opera también por medio del lenguaje.
La presente Tesis revisa las definiciones que instalan una direccionalidad en la relación sujeto-sociedad -determinado por, o transformador de- y las desafía, incorporando una visión de los procesos identitarios que difumina el límite yo-otros: se cree que hay una relación dialéctica y permanentemente fluida entre el individuo y la sociedad. Así, se comprenderá que la identidad va aparejada de manera directa y profunda con la noción de narración, pues los procesos identitarios estarían dados por la capacidad de los sujetos de devenir actores dentro de la polifonía de voces que hay en su propio discurso (Bajtín, 1982): una toma de posición, una subjetivación posible, dentro del juego de fuerzas imperante que tensiona al sujeto entre discursos-otros. Así, el sujeto ya no es pensado sólo como una entidad pasiva dentro de las fuerzas estructurantes de la sociedad, sino que se concibe como sujeto dialéctico, a la vez producido por, y actor de, su propia historia, por medio de los relatos que produce sobre sí mismo -recordando la tríada actor, producto y productor- (De Gaulejac, 2009).
En definitiva, se entenderá entonces que el nivel de registro de la experiencia humana biográfica se sitúa en el nivel de mediación entre el factor subjetivo irreductible y las reglas sociales y códigos culturales en los que se enmarca cada sujeto dentro de su grupo y sociedad (Pujadas Muñoz, 1992). Al modo de un continuum entre la identidad personal y la identidad social, se comprende entonces la identidad como un flujo, un proceso en continuo desarrollo y mutua determinación entre individuo y sociedad, sin anclajes residuales que la determinen, aunque no completamente libre de ellos. Con todo, optar por constructos más literalmente fluidos como el de procesos subjetivos, podría haber sido un
77
camino clarificador de la posición epistemológica aquí descrita; sin embargo, al igual que el antropólogo cultural Stuart Hall (1996), creemos que evitar las tensiones que suponen la pregunta por la identidad conlleva el riesgo de no pensarlas en absoluto. De esta manera, no entendemos la identidad como un concepto fijo, sino que se actualiza cotidianamente a partir de las interacciones del individuo con su entorno, ofreciendo cada vez la oportunidad de hacerse sujeto de su propia posición en el mundo: los otros, los lugares, los estigmas, son todos procesos vinculados y reactualizados continuamente con la identidad.