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2.3. EL MODELO DE ESTRÉS COMO INTERACCIÓN INDIVIDUO-AMBIENTE

2.3.1. Factores Procesuales y Estructurales del Modelo

2.3.1.1. Los Procesos de Valoración Cognitiva

Podremos comprender mejor la denominación aproximación mediacional cognitiva

que últimamente se le ha asignado a este enfoque si exponemos que, cuando Lazarus publicó en 1966 su teoría inicial sobre el estrés, insistió en que no se podría llevar a cabo una formulación teórica consistente sin tener en cuenta procesos mediadores tales como la evaluación cognitiva individual ante un desafío, un daño o una amenaza, y la forma de hacerles frente. ¿Cómo comprender y explicar, si no, las diferentes reacciones que las personas manifiestan ante idénticos o similares acontecimientos? ¿Por qué el grado de estrés varía entre ellas? ¿Qué puede provocar la versatilidad reactiva entre individuos en un mismo ambiente y ante las idénticas situaciones?

Para Lazarus, no podremos comprender el estrés psicológico si no tenemos en cuenta que entre el estresor y la respuesta se activa un procesamiento cognitivo que determina el

carácter de la especial relación causa-efecto entre ambos, ni ignorar la presencia de una serie de factores moduladores de variadas características (personales, sociales, culturales,…) que

inciden sobre la relación de interacción y, por lo tanto, sobre la disparidad de efectos sobre los individuos.

Esto nos lleva a una nueva dimensión con respecto a la relevancia que, frente al impacto de los hechos externos, adquiere la valoración que hagamos de los mismos y en cómo ésta afecta a nuestras emociones y conductas. De la percepción individual de una situación, de la significación que una persona dé a un determinado acontecimiento dependerá la reacción de estrés del individuo. En consecuencia, ¿cómo valoramos si una situación, por las demandas que conlleva, es potencialmente peligrosa o perjudicial?

Según Lazarus (1991), ante una situación de amenaza las personas realizamos una

valoración primaria de la misma para decidir su grado de relevancia o de peligrosidad por riesgo emocional, pudiendo ser considerada en categorías distintas, aunque no excluyentes entre sí, como irrelevante, benigna o bien como estresante, al implicar daño o pérdida, amenaza o desafío (Lazarus y Folkman, 1984); también llevamos a cabo una valoración secundaria de los recursos de los que disponemos, seleccionando la manera en que podremos hacer frente a la amenaza o desafío. Esta doble valoración implica que la forma en cómo juzgamos una situación es esencial para afrontarla. Es decir, poner el acento sobre los aspectos desafiantes de la situación o sobre sus aspectos amenazantes variará completamente nuestro modo de afrontarla.

Por lo tanto, para este modelo, la valoración cognitiva llevada a cabo por el sujeto entre el momento en que se presenta el acontecimiento y el momento en el que se produce la respuesta sería el proceso cognitivo básico a considerar, el cual presenta dos formas evaluativas de actuación: la primaria y la secundaria. Ambas formas de valoración cognitiva interactúan entre sí y con los datos ambientales, sin destacar una sobre la otra en importancia ni tener un

orden de activación predeterminado. Así mismo, dependiendo de la información procedente del entorno y/o de su propia conducta reactiva, puede producirse una tercera forma de valoración, denominada reevaluación.

La primera evaluación:

Ya en la primera evaluación de la situación, la persona cambia su conducta en función de su valoración de la misma. Se ha señalado que decide acerca de la trascendencia que los efectos de un evento tendrán para su bienestar; esto es, si serán irrelevantes, benignos o perjudiciales.

Los componentes implicados en la valoración primaria son la relevancia motivacional y la congruencia o incongruencia motivacional. La relevancia motivacional es una evaluación que alude a los compromisos personales y al grado en que la situación es relevante para la persona. Mientras que la congruencia motivacional se refiere a si la situación es consistente o inconsistente con los deseos y las metas de la persona. (Fernández-Abascal, 1999, p. 331)

Sin perder de vista que los procesos cognitivos para evaluar un suceso concreto son importantes por sí mismos, con independencia de la conclusión que se alcance, el sujeto puede llegar a interpretar los estímulos estresores en tres dimensiones de riesgo (daño o pérdida, amenaza, y/o desafío) para su integridad o equilibrio:

 Una evaluación que devenga en daño o pérdida suele asociarse con las experiencias vitales previas del sujeto, bien porque haya padecido anteriormente vivencias dolorosas similares, bien porque haya sufrido sus consecuencias o porque haya perdido la confianza en sí mismo. Este tipo de evaluación está impregnada de una fuerte carga emocional, ya que generalmente se produce cuando se rompen acuerdos y compromisos importantes que se viven como deslealtades, infidelidades y traiciones. Según Fernández-Abascal (2003), el proceso cognitivo-emocional de esta valoración conduce directamente a una respuesta de estrés.

 Una evaluación situacional como amenaza se diferencia de la anterior porque se caracteriza por el carácter anticipatorio de lo que se prevé que puede ocurrir. En este sentido es una valoración que se asocia con la toma de decisiones conductuales anticipatorias o preventivas que impidan o reduzcan posibles y perjudiciales consecuencias.

 El tercer tipo de evaluación cataloga una situación concreta como un desafío, compartiendo con la anterior su dimensión de afrontamiento anticipativo, pero no dirigido a paliar los daños posibles sino a poner en marcha todos aquellos recursos que permitan al sujeto hacerse con el problema, enfrentarse al mismo y dominarlo. Es un tipo de valoración que activa emociones positivas y recursos constructivos. Se viven como un reto, una demostración de valía y, en cierto sentido, casi como un divertimento. La propia experiencia vital avala que los dos tipos de valoraciones precedentes (amenaza

o desafío), así como sus emociones asociadas, a menudo suelen presentarse conjuntamente, y que la prevalencia de un afrontamiento de la situación de forma positiva o negativa, desde un punto de vista cognitivo-emocional, puede depender en muchos casos de cambios de situación que reequilibren o desequilibren la posición de un sujeto en un entorno determinado, o bien de la puesta en marcha de nuevas estrategias cognitivas para encarar y reconducir en su beneficio una grave situación de riesgo.

¿Amenaza o desafío? ¿Qué es lo que nos lleva a evaluar y catalogar una situación de riesgo en una u otra dimensión? Lazarus y Folkman (1986) sostienen que las personas que tienden a interpretar los acontecimientos estresantes como un reto se caracterizan por un ánimo y unas emociones positivas que les ayudan a encararlos con confianza y menor carga emocional.

Sin duda estos recursos pueden ayudar a enfrentar el acontecimiento, pero muchas veces la carga de profundidad que lleva asociada una situación de amenaza, que pueda devenir en

desafío, va a depender de otros factores como la experiencia, la vivencia previa de hechos parecidos o la íntima decisión de convertir la amenaza en una oportunidad porque se valora que uno tiene recursos emocionales, cognitivos y sociales que le pueden permitir afrontar la situación, eliminar el peligro y ganar el reto, o cuando menos neutralizar el riesgo implícito según le convenga.

Sería conveniente señalar que, en este caso, más que tratarse de un admirable equilibrio emocional poco podría hacerse si éste no fuera acompañado de un importante proceso de análisis cognitivo, de una delicada toma de decisiones, de una preparación de estrategias de afrontamiento y de una consistente finalidad resolutiva, todo lo que nos sitúa directamente ante la segunda evaluación.

La segunda evaluación:

Una vez determinada la presencia de una situación de riesgo, el sujeto debe decidir cómo actuar frente a ella. A este proceso se le denomina evaluación secundaria y consiste en valorar el qué podemos hacer para salir airosos de la situación y de qué recursos disponemos para afrontarla. “La actividad evaluativa secundaria es característica de cada confrontación estresante, ya que los resultados dependen de lo que se haga, de que pueda hacerse algo, y de lo que está en juego” (Lazarus y Folkman, 1986, p. 59).

Ante un acontecimiento que suponga un peligro para el sujeto, éste va a valorar no sólo de qué recursos dispone sino si éstos son los más adecuados para cumplir con éxito sus expectativas y si está entre sus posibilidades recurrir a su activación de un modo práctico y positivo para sus intereses.

Esta valoración no se reduce a determinar de cuáles o de cuántos recursos de afrontamiento disponemos, sino que exige una calibrada evaluación de qué respuesta será la más adecuada para neutralizar o eliminar el evento amenazante y cuáles serán las consecuencias de nuestra elección estratégica.

Es importante tener en cuenta que de la interacción de ambas evaluaciones, la primaria en la que se valoran los riesgos de la situación y la secundaria en la se valoran las mejores estrategias de afrontamiento a la misma, se derivará el nivel de estrés, y la magnitud y naturaleza de la reacción emocional que se va a manifestar.

La reevaluación:

Esta interacción entre ambas evaluaciones no deja de ser un fenómeno complejo y, en según qué circunstancias, difícil de comprender. De hecho, debemos de tener en cuenta, tal como señalan Lazarus y Folkman (1986), que “los procesos de evaluación cognitiva son mediadores de (…) complejas transacciones bidireccionales entre el individuo y el entorno” (p. 62), de tal manera que se puede producir una reevaluación del problema a medida que vamos obteniendo nueva información del entorno o de la idoneidad o no de nuestras propias reacciones a la hora de afrontarlo.

Una reevaluación lo que hace es realizar correcciones sobre las evaluaciones previas del sujeto. Todas estas modificaciones sobre la valoración inicial pueden dar lugar a una mejora o a un empeoramiento del estrés experimentado por el sujeto.

Pero la activación de este proceso cognitivo no sólo se produce in situ sino también en relación con experiencias anteriores ante situaciones que supusieron una amenaza para el individuo. A este tipo de evaluación los autores la denominan reevaluación defensiva, considerándola más como un proceso de afrontamiento que como un mecanismo mediador de evaluación de carácter interactivo individuo-entorno.

Sería un tipo de reevaluación buscado por el propio sujeto o auto-inducido y no producto de la emergencia de un acontecimiento estresor real y concreto. Aludiría bien a una reinterpretación en positivo de vivencias pasadas o bien a un recurso constructivo para afrontar amenazas actuales y vigentes.

Pero ¿podrían estas evaluaciones servir como predictores del grado de estrés real del sujeto? Desde mediados de la década de los ochenta del siglo pasado los psicólogos Michael Scheier y Charles Carver (1985, 1987) han estudiado la influencia en las personas de factores como el optimismo y el pesimismo, relacionándolos con su vulnerabilidad al estrés y su grado de bienestar físico y psicológico. Según ellos, las personas optimistas son capaces de afrontar mejor y con más éxito las tensiones de la vida diaria y los acontecimientos estresantes, disfrutando, sin duda, de un mejor estado de salud general. De hecho para los psicólogos de la salud, la incidencia de la enfermedad parece presentar una íntima relación con factores de la personalidad como el optimismo (Eysenck, 1994; Martínez-Correa, Reyes del Paso, García- León, y González-Jareño, 2006). En su investigación del año 1991 (cit. Myers, 1997), Scheier y Carver informaron que:

Durante el último mes del semestre, los alumnos identificados como optimistas padecen menos fatiga y afrontan menor número de episodios de tos, jaquecas y dolores. Los optimistas también responden al estrés con menores aumentos de presión sanguínea, y se recobran más deprisa cuando hay que practicarles un bypass cardíaco. (Myers, 1997, p. 463)

Los resultados de los diferentes estudios llevados a cabo por ambos autores informan que se produce una relación negativa entre el nivel de estrés de los sujetos, la autorregulación y los recursos de afrontamiento reales o percibidos por los mismos (Carver y Scheier, 1999, 2001).

Muchas otras investigaciones (por ejemplo, Chang, 1998; Martínez–Correa et al., 2006) confirman la vinculación de los rasgos de personalidad optimismo-pesimismo con el nivel de salud general y el sentimiento de bienestar físico. En el estudio de Chang (1998) con estudiantes universitarios, por ejemplo, se muestra la relación de una sintomatología física y psíquica con una predisposición en sus personalidades al pesimismo. En el estudio de Martínez–Correa et al. (2006), los resultados evidencian que los estudiantes optimistas informan que no han experimentado un número tan elevado de síntomas como sus compañeros pesimistas. Todos

estos trabajos han estimulado “una nueva investigación acerca del papel de las emociones positivas en el proceso de estrés y el papel del afrontamiento en el proceso de generación de esas emociones” (Folkman y Moskowitz, 2004, p. 747).

En general se puede confirmar que a mayor tensión asociada al suceso, más elevado será el nivel de estrés vivido. En un estudio sobre los procesos cognitivos implicados en la apreciación de estrés, Guillet, Hermand y Mullet (2002) se centraron en comprobar la naturaleza de la interacción entre la evaluación primaria y secundaria, constatando que ésta no tiene un carácter sumatorio o de tipo complementario, ya que se ve alterada por la intensidad de la tensión situacional; esto es, si ésta es de baja intensidad, el grado de estrés dependerá más de los recursos personales del sujeto; pero si se da el caso contrario, la importancia de estos recursos puede llegar a ser nimia.

Estas investigaciones confirman la necesidad de subrayar que, con respecto a los procesos de valoración cognitiva, no debemos ignorar la relevancia que adquieren sobre los mismos tanto las variables individuales como las situacionales, que actúan directamente sobre estos procesos e interaccionan entre sí dentro del modelo transaccional.

Las variables individuales se manifiestan principalmente en las creencias y compromisos que de manera directa influyen en la evaluación de una situación. Las creencias

pueden ser entendidas, desde un punto de vista psicológico, como el conjunto de estructuras cognitivas a partir de las cuales percibimos la realidad, conformando nuestro entendimiento de la misma.

De entre todo el conjunto de creencias del individuo, se considera que aquellas de carácter existencial, como creer en un orden superior divino o en la ciencia, y las referidas a la capacidad de control del individuo tienen una relación directa con la forma en que evaluamos un determinado acontecimiento como estresante. De hecho, la mayoría de las investigaciones parecen avalar que cuanto más controlable parezca la situación para el sujeto, menor será la

cantidad de estrés asociada a la misma, siempre que esta capacidad de control no entre en conflicto con la dinámica conductual característica de esa persona o con sus expectativas o compromisos.

Un aspecto interesante que señala Peiró (2009) es en qué medida las creencias y valores de las personas influyen en la evaluación de los eventos estresantes como algo positivo (p. ej., realización del potencial humano) o algo negativo (por ej., pérdida del bienestar y de los logros vitales) en sus “interpretaciones como amenazas u oportunidades, y las emociones y sus valencias influyendo también sobre las conductas de afrontamiento y la interpretación de los efectos producidos” (p. 9).

Con respecto a los compromisos, podemos considerarlos como las obligaciones contraídas por el propio individuo con respecto a sí mismo y a su entorno inmediato. Como señalan Lazarus y Folkman (1986), los compromisos “expresan lo que es importante para el individuo y determinan sus decisiones” (p. 103). Ante un evento potencialmente estresante que interfiera o tenga que ver con algún compromiso personal previo, será inevitable que este último influya en la valoración que realice el sujeto del mismo, y en ella se contemplará que las consecuencias de las decisiones de afrontamiento que se adopten no conlleven resultados negativos para el compromiso previamente establecido o que, si ello es posible, faciliten su cumplimiento.

También se ha relacionado la importancia de un compromiso con un aumento de la vulnerabilidad subjetiva al estrés; es decir, cuanto mayor sea el grado de implicación de un individuo con respecto a un proyecto vital, mayor será su vulnerabilidad al estrés psicológico si ese compromiso se ve amenazado por un determinado acontecimiento.

Con respecto a las variables situacionales, ya en el apartado 2.1 hemos reflexionado acerca de aquellas que, por su particular relevancia, pueden influir de manera decisiva a la hora de caracterizar un evento como generador de una amenaza, un daño o un desafío. Factores

relacionados con la carencia de control del individuo sobre la situación (novedad, predictibilidad e incertidumbre de un acontecimiento), con su duración (inminencia, duración e incertidumbre temporal), y ciertos factores contextuales asociados a un suceso determinado (ambigüedad y cronología) parecen contribuir de manera directa a la forma en que evaluamos los riesgos asociados al mismo.

Sin duda, la interacción de ambos tipos de variables incide directamente sobre los procesos cognitivos que ponemos en marcha para valorar el peligro que ciertas situaciones pueden tener sobre nuestro estado de equilibrio, de adaptación y de bienestar general.