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Mercantilización de la vida y crisis alimentaria

3. Promesas de abundancia y crisis de escasez

El problema de la escasez ha sido una preocupación recurrente en la historia humana, y su forma más aguda han sido las sucesivas y numerosas hambrunas que han asolado poblaciones enteras. No se puede reducir su análisis a explicaciones malthusinas sobre el crecimiento demográfico, sino que debemos considerar una multiplicidad de factores sociopolíticos, como las guerras, las catástrofes ambientales, las grandes migraciones, y también los factores económicos. La promesa que el extraordinario desarrollo capitalista de las fuerzas productivas terminaría con la escasez, se desmiente una y otra vez, no solo por el incremento de la pobreza, sino por la incapacidad del sistema mundo de dar respuestas a problemas tan puntuales (y pequeños a escala global) como los generados por el reciente terremoto en Haití.

Porque si en el escenario mundial, la crisis adquiere visibilidad en la voracidad de la especulación financiera (sobre-producción), en los países latinoamericanos toma cuerpo como escasez de demanda solvente (sub-consumo), ante la imposibilidad de millones de

personas de satisfacer las necesidades elementales por no tener dinero para pagar el precio que “fija el mercado”. Desde la visión economicista de mercado, la preocupación por la recesión se concentra en su impacto sobre la caída de las tasas de ganancias y de acumulación, por lo que las propuestas de “intervención” se orientan a inyectar dinero en el mercado, bajar las tasas de interés para fomentar inversiones, “salvar” grupos económico- financieros con fondos públicos, o bajar los costos reduciendo salarios y despidiendo trabajadores. Nada dice que estas mismas medidas coyunturales, que posponen los efectos inmediatos, ocultan las consecuencias sociales y sobre la vida de la tiranía del dinero y de la falacia del mercado, al soslayar los sujetos y velar sus intereses, contribuyendo a agudizar la “gran crisis” del capitalismo a más largo plazo23.

La crisis ya no puede ser explicada simplemente como un “desajuste” pasajero entre el crecimiento de la oferta de bienes y servicios, y la insolvencia de la demanda para consumirlos. El capital, ha ido postergando los efectos deletéreos, a partir de una especie de fuga tecnológica hacia adelante, que le ha permitido recuperarse de las crisis cíclicas, pero a costa de agudizar la injusticia en el reparto del ingreso, de aumentar el hambre y de incrementar la explotación del trabajo, al tiempo que su presión sobre el uso del espacio y de los recursos naturales, la tierra, el agua, el aire, se hacen cada vez más insoportables.

La promesa que la “revolución verde” acabaría con el hambre a partir de la difusión de tecnologías modernas más eficientes y con mayores rendimientos, resultó una de las mayores falacias del capitalismo24. Los fuertes incrementos en la producción y en los rendimientos (esgrimidos como indicadores del éxito tecnológico del modelo) significaron una brutal intensificación en la extracción de recursos, en la concentración de la tierra y en la expropiación de millones de campesinos de los medios que les permitían la producción y la reproducción. Y si aumentó la riqueza, también favoreció que ésta se concentrara en gigantescas empresas trasnacionales, que en su intermediación comercial y financiera se apropian del valor generado por los productores y del dinero de los consumidores que pagan cada vez más para acceder a los alimentos.

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“Si por su índole económica el capitalismo genera contradicciones internas que remiten a las dificultades para realizar la plusvalía y a la tasa decreciente de ganancia, su naturaleza tecnológica es fuente de contradicciones externas que remiten a la dificultad de controlar el núcleo duro de la restauración de las condiciones naturales y sociales de la producción” (Bartra, 2010).

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En un nuevo intento de subordinar materialmente la agricultura al capital, la llamada “Revolución Verde” de mitad del siglo pasado busca reemplazar saberes y prácticas de origen campesino por un “paquete tecnológico” basado en la mecanización, el uso de semillas híbridas, e insumos químicos (fertilizantes y pesticidas) insostenibles en términos socioambientales; y omite “en los costos ‘externalidades’ como erosión, contaminación de suelos y aguas, pérdida de biodiversidad, envenenamiento de los trabajadores rurales, exclusión económico-social de pequeños productores no competitivos…” (Bartra. 2008:108)

Para Bartra, la separación entre la ciudad y el campo “…suscita una perversa relación industria – agricultura por la cual una y otra devienen insostenibles”, citando a Marx, “…el sistema industrial acaba robando también las energías de los trabajadores del campo, a la par que la industria y el comercio suministran a la agricultura los medios para el agotamiento de la tierra“(Marx, 1946, t.m:752, 753; citado por Bartra, 2008:98)

La continua elevación del precio de los alimentos, genera hambre. Sobre todo en aquellos lugares donde el avance de los monocultivos fue erosionando la capacidad de los pueblos de producir sus propios alimentos. Además del interés de las grandes empresas trasnacionales en el comercio internacional, las ventajas de trasladar grandes volúmenes de alimentos, se asentaron en el supuesto del aumento en la eficiencia de los transportes y en la disponibilidad de combustibles baratos, que permitían comprar y vender cereales, pero también carnes, frutas y otros alimentos de un continente a otro, incluyendo el costo de los sistemas de acopio, almacenaje, fletes, seguros e intermediación. Aún desde organismos internacionales como la FAO, se promovió el comercio internacional de millones y millones de toneladas de alimentos, aún descuidando el abastecimiento de los lugares más cercanos a la producción.

Pero el aumento en el precio de los alimentos, aún en años de cosechas record e incremento de la oferta, desafían las creencias de autorregulación de los mercados. Así como en épocas de escasez, son las grandes compañías comercializadoras las que embolsan los diferenciales por suba en los precios de venta a los consumidores, en épocas de abundancia aprovechan para presionar a la baja de los precios que pagan a los productores. Como afirma Bartra, la especulación financiera “agudiza extremadamente la crisis alimentaria y energética al manipular en su beneficio la escasez”25

Y como se dio recientemente en el caso de Argentina con el intento de establecer de retenciones móviles a la comercialización de granos (Res 125), son las que mostraron una gran capacidad de presión sobre el poder político para mantener sus ingresos extraordinarios en un contexto de precios internacionales en alza.

A la escasez y a la especulación, se suma la tendencia hacia un modelo alimentario global con mayor consumo de carnes, y del uso de alimentos (como maíz y soja) como insumos para forrajes. Igualmente, la transformación de alimentos (como el maíz y la caña), en materia prima para producir biocombustibles (como etanol y alcohol), no sólo significa dejar de consumirlos para la alimentación humana, sino que la expansión de éstos monocultivos “más rentables”, desplaza la producción de otros alimentos más diversos. El

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uso de alimentos como insumos para la producción de combustibles26, es la manifestación más reciente y atroz de cómo la aplicación de la matriz de insumo-producto, y de las tasas de rentabilidad, pueden ‘indirectamente’ incrementar la dificultad de sobrevivir de millones de personas. No es ya una economía de la producción, sino de la transferencia de valor por despojo: junto a la explotación del hombre, se agudiza el saqueo de la naturaleza27.

El ‘cambio climático global’ es síntoma del deterioro de los ecosistemas y la pérdida de biodiversidad, fruto del modelo tecnológico dominante en que se asienta el capital, pero muestra sus más deletéreas consecuencias en los pueblos ecuatoriales y del sur, que son los que más sufren la explotación y la desigualdad económica. Y no sólo en el presente, sino también comprometiendo las posibilidades de futuras generaciones, ya que “la herencia de estrés hídrico, deforestación, desertificación, degradación de los ecosistemas y cambio climático” incrementará los costos ambientales mucho más que la “eficiencia” tecnológica, agudizando la escasez. (cf. Bartra, 2008:132)