VI. Funciones, propósitos y fines de la evaluación
VI.2. Propósitos
En relación estrecha con las funciones surge la pregunta: ¿qué se propone la evaluación? Al respecto, podemos decir, siguiendo a Weiss (1998, 25 -28) que con la evaluación nos proponemos:
− Conocer qué está pasando en el programa para poder tomar las medidas correctivas pertinentes durante el transcurso del mismo.- Generalmente, este propósito se lo plantean los gerentes y directores de organizaciones que pretenden conocer las consecuencias del programa en sus clientes para poder decidir si lo amplían a otros participantes. Se trata de “evaluar para decidir” o de una “evaluación para la decisión”, quizás sea éste el propósito más perseguido por la gente que asume evaluaciones.
− Corregir durante el transcurso del programa y/o proyecto.- Una razón importante para emprender una evaluación es descubrir pronto, durante de su desarrollo, qué cambios está produciendo o puede producir. A veces, con la evaluación se descubren signos de que algo no está marchando adecuadamente. En otros casos, un compromiso de evaluación está fundamentado en que se pueden identificar prácticas impropias, antes que se produzcan daños definitivos e irreparables.
− Descubrir la extensión que están alcanzando los objetivos de un programa.- La información en este sentido, debe servir para continuar el programa y, en su caso, ampliarlo; o, si debe suspenderse para el caso que esté produciendo efectos negativos.
− Descubrir qué opciones tienen los mejores resultados con la finalidad de que la mejor sea la adoptada, para el caso que varias versiones de un programa han empezado.
− Decidir si se continúa con el financiamiento.- Los financiadores de un conjunto de proyectos quieren conocer qué agencias están recibiendo financiación y si deben continuar recibiéndola. Este es un propósito legítimo para la evaluación pero, es un tipo de propósito que tiende a convertir hostiles a los proyectos evaluados.
− Registrar la historia del programa.- A veces, la evaluación se utiliza como un mecanismo para conocer la historia del programa, ya sea por la creencia que determinadas cosas ocurridas deben estar debidamente documentadas o, por un vago sentido de que deben aprenderse lecciones de la historia.
− Retroalimentar a los ejecutores, antes que la evaluación provea de información a los impulsores del programa y/o proyecto.- A veces, se espera que la evaluación retroalimente de información a los impulsores del proyecto. En ese sentido, se espera que el evaluador sea un observador que provea de información acerca de lo que se está haciendo, cómo se está haciendo y en qué condiciones se está haciendo o desarrollando el programa.
− Controlar el gasto o la inversión.- Esto más en el caso de tratarse de programas y/o proyectos financiados con fondos públicos ya que las agencias públicas tienen que dar informes detallados sobre de los fondos que administran.
− Conocer lo que ha influido en el cambio social y en el comportamiento humano, así como sus consecuencias.
Aquí Weiss incide en el carácter eminentemente práctico de la evaluación y, es por ello que sus planteamientos están orientados a ilustrar las razones de la praxis evaluativa. La adecuada comprensión y operatividad de los mismos está en función de la consideración del contexto político en el cual se desarrollan, pues las políticas y/o programas son de decisiones políticas adoptadas en un entorno que por esencia es dinámico.
Por otro lado, Chelimsky (1997, 9) presenta también una variedad de propósitos de evaluación: (i) medir y controlar los resultados de las políticas públicas y de los
programas; (ii) determinar la eficiencia de los programas; (iii) ganar en claridad respecto de los problemas sociales y públicos que se investigan; (iv) entender cómo aprenden las organizaciones; (v) fortalecer las instituciones y mejorar el rendimiento de la gestión; (vi) incrementar la responsabilidad de las agencias públicas frente a los ciudadanos; (vii) reformar estructuras gubernamentales en base a la información producida por las evaluaciones; y, (viii) para replicar los resultados o las medidas de eficiencia obtenidos por la evaluación respectiva.
Chelimsky (1997, 10 – 14) resume esta relación de propósitos en tres perspectivas diferentes, en virtud de las cuales puede llevarse a cabo una evaluación: evaluación para rendir cuentas (evaluation for accountability), evaluación para desarrollar o mejorar (evaluation for development) y evaluación para ganar en conocimiento (evaluation for knowledge):
− Evaluación para la rendición de cuentas (evaluation for accountability), esta intención la tienen, principalmente, los auditores, los responsables en estudios de evaluación de los Gobiernos, los donantes a organizaciones internacionales, etc. Para responder a esta intencionalidad se utilizan muchos métodos tales como: diseños aleatorios, diseños experimentales y cuasi – experimentales, diseños controlados, diseños de costo – beneficio, etc.
− Evaluación para el desarrollo o el mejoramiento (evaluation for development), esta intención la tienen, generalmente, aquéllos que quieren verificar reformas gubernamentales, cuestiones de calidad y otros. Lo que se pretende es mejorar el rendimiento institucional. Es decir, con esta intencionalidad se busca mejorar el diseño del proyecto, medir y recomendar cambios en las actividades de la organización, etc.
− Evaluación para el conocimiento (evaluation for knowledge), esta intencionalidad se presenta en investigadores que trabajan de manera independiente en universidades u otras instituciones científicas. Con esto se pretende generar conocimiento y explicación de las realidades evaluadas. Se trata de entender mejor las causas esenciales de los problemas públicos, la relación existente entre esas causas y el problema en sí y la lógica subyacente de la política.
Esta triple intencionalidad propuesta por Chelimsky (1997), percibida ya en otros términos por Bustelo (2002), tal como veíamos en el apartado anterior, refleja muy
bien lo que, generalmente, se pretende con la evaluación. Sin embargo, considero que esta visión es bastante optimista en cuanto a intencionalidad se refiere. Es decir, la intencionalidad es un elemento subjetivo y como tal personal, está en función de las pretensiones de uno o más sujetos, por lo que cabe que se presenten distorsiones entre lo realmente querido y lo aparentemente pretendido o, que haya lo que en literatura de evaluación se denomina “propósitos encubiertos”. Este tipo de propósitos suelen plantearse por las siguientes razones (Weiss 1998, 22):
− Para aplazar decisiones.- Algunos agentes que ostentan posición de autoridad pueden ver en la evaluación un medio para aplazar una decisión.
− Para evadir responsabilidades.- Puede ocurrir que una parte de los ejecutores del programa está impulsando un determinado curso de acción y la otra parte está oponiéndose a ello. Tales ejecutores pueden ver en la evaluación la oportunidad para librarse de la obligación de producir información imparcial que influirá en sus propias decisiones.
− Hay casos en que los ejecutores saben las decisiones que han de tomar incluso antes de encargar una evaluación; sin embargo, quieren darle legitimidad con la evaluación.
− Para fomentar las relaciones públicas.- Puede ocurrir que, ocasionalmente, la evaluación es vista como un camino hacia la propia exaltación. Así, los promotores creen que merece la pena dar a conocer los resultados de un programa y/o política exitosos.
A mi modo de ver, este tipo de propósitos denominados “encubiertos” no tienen en cuenta que la evaluación es un instrumento de mejora, control y aprendizaje, sino más bien, tienen a la evaluación como un instrumento de solapamiento de intereses determinados. Con propósitos de este tipo se “cubren” con la evaluación intereses, muchas veces, distintos a las funciones y fines de la misma; la evaluación es tomada como un “cobertizo” de intenciones que pretenden satisfacer unas necesidades ajenas a las planteadas por la propia evaluación, existiendo el riesgo que los propósitos se tornen en subjetivos.
El conocimiento de los propósitos de la evaluación es clave para conocer qué es lo que inspira a los evaluadores en su labor específica y, de alguna manera, para conocer qué es lo que se pretende con la realización del proceso evaluativo y su modo de concreción. Así, por ejemplo, el que se elijan unas herramientas y no otras; o, el que dure más o menos, el proceso evaluativo, pueden ser indicadores de que la evaluación se está llevando a cabo con tal o cual intención. Quizás, una de las primeras preguntas que podríamos plantearnos al formular o, incluso, al evaluar algún proceso evaluativo es la relativa a los propósitos es decir, si se evalúa para rendir cuentas, para mejorar o para ganar en conocimiento; o, simplemente, para aprender más sobre la práctica evaluativa, sus fortalezas y sus debilidades. Al respecto, desde mi punto de vista, lo ideal sería que se tengan en cuenta estos tres propósitos para que la evaluación sea completa y beneficie más a los realmente interesados en ella. Esta podría ser un modo acertado de empezar una evaluación puesto que, el planteamiento de fondo es el que va a guiar o latir en todo el proceso evaluativo.
Aplicando estos planteamientos a una evaluación como la que queremos plantear en esta investigación, nuestros propósitos se aproximan más a una evaluación que pretende conocer para mostrar con intención de aprender y mejorar, lo cual contribuirá en cierta medida, a ilustrar el actuar de la administración pública. Así, antes que ejercer un control sobre la administración, sea de la índole que sea – económico, político, democrático, etc. – y, además, porque no nos compete hacerlo, orientamos nuestra investigación hacia una análisis que nos muestre aquello que da origen a las evaluaciones – una función de evaluación –, con la intención de dar a conocer un estado de cosas que ayude a los interesados a tener una visión amplia de la evaluación en la cooperación española para el desarrollo.
Podemos apreciar que los propósitos tienen un cariz marcadamente subjetivo es decir, establecen un interés específico por parte de la Administración y de los evaluadores; no obstante, para que la evaluación alcance un sentido más pleno, es necesario que se concrete. Es decir, la evaluación implica todo un montaje de medios humanos, materiales, metodológicos, etc. organizado en función de un particular interés y, para que todo ese montaje consolide su razón de ser, es necesario que se concrete, que sus resultados se tomen en cuenta y se concreten. Incluso, desde el punto de vista de su definición, uno de los aspectos fundamentales que distingue a la evaluación de los demás tipos de investigación, es su aplicación concreta una vez realizada. Entonces, entramos ya, en el ámbito referido a la concreción o aplicación de la evaluación.