CAPÍTULO XXV Amor y devoción sensibles
PROVECHO DE LA CONTEMPLACIÓN SUPRAESENCIAL
CAPÍTULO LXIII
Vamos, por fin, a tratar de la consurrección de esta vida o estado, aunque todo lenguaje es impropio de tan maravillosa realidad. Efectivamente, sobrepasa nuestro entendimiento por la incomprensible y noble sutileza con que somos atraídos por la Santísima Trinidad y los innumerables modos de su operación en el alma, según los planes amorosos de Dios y nuestra preparación.
Discreción de las operaciones divinas en el alma
Las operaciones de la Santísima Trinidad son comunes a las divinas personas. Son, por tanto, inseparables. Pero in divinis se apropia a cada una de las divinas personas su operación distinta en las tres facultades superiores del alma. El Espíritu Santo, con su atracción, actúa en la voluntad o potencia amativa superior. Entonces el alma se hace apta para contemplar a Dios esencialmente.
Operación del Espíritu Santo en el alma
El Espíritu Santo está más próximo a nosotros en cuanto lazo de unión trinitario, pues procede del Padre y del Hijo. La voluntad es atraída primero y después el entendimiento y la memoria.
Esta consurrección o ascensión está figurada por Moisés, cuando Dios le llamó a subir al Monte Sinaí (Ex 19,3). Moisés veía a Dios de lejos con todos los hijos de Israel. La cara de la gloria de Dios sobre el Monte Sinaí era como fuego que arde en la presencia de los hijos de Israel. Estos son figura de los que salieron de la vida secular para el desierto de la penitencia. Le mandó Dios que se retirase del pueblo común y subiese un poco al pie de la montaña con Nadab, Abihú y los setenta y dos ancianos, colaboradores en el gobierno del pueblo (Ex 24,1). Entonces vio Moisés, a los pies del Señor, cierta obra en color, como si estuviera hecha de piedra de zafiro, o como el cielo cuando está sereno. Con la subida se significa la actuación interna y atracción del alma por el Espíritu Santo. Como allí se producían grandes truenos, relámpagos y terremotos antes de que Moisés fuese llamado a subir, así el Espíritu Santo produce en el alma impetuosas llamas de fuego con los consiguientes sufrimientos corporales. Llega entonces el espíritu de Dios, deslizante arroyo de agua viva, supradulce fuente en que el amoroso espíritu es bautizado e inmergido, y se levanta infaliblemente a un íntimo abrazo del amor divino. Allí aprende los ejercicios del amor secreto: la mutua contemplación y aspiración, la mutua familiaridad y abrazo, el mutuo deleite y gusto, a placer y complacer, a derretirse en amor y volar hacia el Amado.
Dios es fuego
Éstos contemplan a Dios como fuego ardiente. Sienten la bondad divina como un abisal e incomprensible ardor del amor eterno, que les infunde y consolida inmutablemente
una inefable dulzura y divina sensación en el amor fruitivo. Se derriten en Dios, que es fuego de amor de infinita grandeza, y cada uno de los bienaventurados y amantes espíritus es como un carbón encendido que Dios enardece totalmente con su fuego. Los espíritus bienaventurados, en unión con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, forman este fuego inmenso, donde se confunden por amor las divinas personas en la unidad de esencia, en un infinito abismo de simple bienaventuranza. No se distinguen el Padre ni el Hijo ni el Espíritu Santo, ni hay criatura alguna. Sólo una simple esencia, la simplicísima Trinidad, donde todas las criaturas son absorbidas en la supraesencia. Todo gozo se consuma y perfecciona en la bienaventuranza esencial.
Luz centelleante sobre el espíritu
Cuando el hombre introvertido aprendió libremente, puramente, total y eficazmente a sumergirse en el inmenso y divino amor, para dejarse absorber por él, centellea la faz del amor divino, cierta luz intelectual, repentina y momentánea, como un relámpago que parte del cielo y se posa en el espíritu. Ampliamente se expande con pujante y admirable impulso en amoroso pugilato entre el espíritu divino y el humano. Sobrepasando todo conflicto, ambos se abrazan deliciosamente en puro y gozoso amor. El espejo
Pongamos un ejemplo de uso corriente, para ilustrar a los más sencillos. Coge un espejo cóncavo, llamado lupa.
Ponlo frente al sol cuando luce con fuerza. Toma luego un papel bañado en azufre y tenlo a dos palmos del cristal en el eje de reflexión procedente del espejo. Deténlo allí inmóvil, por espacio de un Miserere. Notarás cómo arde por el punto de reflexión. Esto acontece espiritualmente cuando nos introvertimos y levantamos nuestra alma hacia Dios, purificada ya de todos los pecados, con gran deseo, amor ardiente y devota reverencia. Resplandece entonces la claridad de la gracia divina contra el espejo del alma. Allí es tan eficazmente actuada por el amor eterno que la mente o ápice nobilísimo del alma es encendida por el amor, iluminada con una simple y clara noticia sobre todas las potencias intelectuales. El espíritu humano se derrumbará, cayendo en el amor eterno, muriendo a si mismo y viviendo para Dios. Hecho un solo amor con el amor eterno, nada siente sino el amor. Se hace libre y ocioso con todos los ejercicios y actos de amor de modo que no se siente a sí mismo, se ignora. Ninguna criatura le impresiona, ni aun Dios mismo es preocupación al estar en El ocupado. Sólo el amor que gusta y siente, el mismo amor que le posee felizmente en desnuda y simple ociosidad.
CAPÍTULO LXIV
En segundo lugar, el Hijo actúa con su atracción en la facultad del entendimiento. Esta operación fue significada en Moisés, cuando lo llamaba el Señor por segunda vez para subir más arriba en el Monte (Ex 24,2). Josué, puesto en pie, dijo a los demás que le esperasen allí, y él subió a lo alto del Monte. Esperaron Moisés y Josué la llamada del Señor. Luego, Josué quedó en el valle, mientras Moisés subió a las tinieblas, donde permaneció seis días él solo, antes de ser nuevamente llamado por Dios (Éx 24,2). Especulación
Este ascenso significa la espiritual acción y atracción del entendimiento, atribuida al Hijo. Se llama propiamente especulación, que quiere decir ver en espejo. El espíritu humano se ha transformado ya en su vivo espejo espiritual, con el cual Dios forma el espíritu de verdad. Dios mismo habita en él por la plenitud de su gracia. Se manifestó también Dios en aquel espejo vivo, no como es en su esencia, sino con imágenes relevantes y muy nobles. Iluminado y elevado el entendimiento, sin ningún error, reconoce claramente con imágenes intelectuales todas las cosas que pudo oir acerca de Dios, de la fe y de toda verdad secreta. Cómo Dios es la majestad suma, la verdad, la bondad, la sabiduría, la misericordia, la justicia y el amor. Después, cómo se hace la distinción de personas y que cada una de ellas es Dios omnipotente. Conoce también la unidad de la naturaleza divina en la Santísima Trinidad y la Trinidad en la unidad de la naturaleza y que cada una de las personas es Dios en la unidad de esencia.
Conoce, además, que hay fecundidad en la naturaleza divina y simple ociosidad en su esencia. El entendimiento, así sublimado y clarificado por el espíritu de la verdad, ve a Dios en el propio espejo de tantas maneras, formas e imágenes como se pueda pensar o desear ver. Sin embargo, el entendimiento elevado busca siempre ver qué es Dios en sí mismo. La imagen esencial de Dios es propuesta al entendimiento elevado y clarificado. No puede comprenderla o contemplarla por la inmensa claridad con que el ojo intelectual es deslumbrado y se oscurece. Esta es propiamente la oscuridad o sombra, bajo la cual el alma se gloría de estar sentada, cuando dice: «A su sombra apetecida estoy sentada» (Cant 2,3).
Amar sin entender
Hasta aquí anduvo Josué con Moisés, es decir, el entendimiento con la voluntad; pero ahora tiene que detenerse el entendimiento y avanzar sola la voluntad. Se requiere más unión que contemplación.
El alma se introduce en la claridad incomprensible, en que el entendimiento elevado se oscurece como se deslumbra el ojo ante la excesiva claridad del sol. Recibe entonces un ojo simple, abierto en la voluntad, que intuye con simple mirada en claridad divina todo lo que Dios es.
Resulta imposible explicar lo que pasa entonces por el espíritu humano y lo que éste conoce. Ni él lo sabe con claridad después que vuelve en sí. El ojo intelectual a veces sigue al ojo simple, y desea conocer e investigar, a la misma luz, qué es-y quién es Dios. Pero es necesario que allí desfallezca toda inteligencia y consideración. El ojo simple guía simplemente la voluntad atraída por Dios, sin que la mente advierta su salida. Sucede esto tantas veces cuantas el sol de justicia atrae hacia si nuestra simple mirada, hacia su inmensa claridad. Allí contemplamos a Dios y todas sus criaturas sin diferenciar ni consideración particular, con simple mirada en divina claridad.
CAPÍTULO LXV
Operación del Padre en la memoria
El Padre celestial actúa con su atracción en la memoria. Esta operación quedó significada por Moisés, cuando no se contentó con estar sentado en tiniebla, sino que, llamado por el Señor el día séptimo, se le acercó y habló con El familiarmente «como habla un hombre con su amigo». Oraba diciendo: «Déjame ver, por favor, tu gloria» (Éx 33,11.13.18). Y el Señor respondió: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad», pero no mi verdadera esencia. «Porque no puede yerme el hombre y seguir viviendo», sino que «verás mis espaldas», es decir, te mostraré una noticia imperfecta (Ex 33,18- 23). Moisés consiguió luego contemplar a Dios en su esencia.
Atracción del Padre
La operación interna y atracción espirituales que nuestro espíritu recibe del Padre celestial están figuradas aquí. Cuando nos adherimos a nuestro liberal y generoso Padre suplicando perseverante espíritu, El hace descender a lo intimo de nuestro desnudo y elevado pensamiento una clara luz intelectual, que excede todo entender y consideración natural. Esta luz no es Dios, sino un medio clarificado entre Dios y el espíritu amante. Lo más noble que existe entre todas las cosas creadas por Dios. Con ello la naturaleza se ennoblece y perfecciona (Sab 7). Nuestro simple y desnudo pensamiento es un ejemplo vivo en que refulge esa luz, exigiendo de nosotros conformidad y unión con Dios. Por lo demás, esta luz se llama candor de la luz eterna y requiere un espejo sin mancha de cualquier otra imagen. Se llama también espíritu del Padre, en el cual Dios sencillamente se manifiesta sin distinción de personas, tan sólo en la desnudez de su naturaleza y sustancia. Pero no se manifiesta tal cual es en su inefable gloria. Se comunica a cada uno según el modo de luz conferida, con lo cual el ojo del mismo espíritu se hace claro y apto. Esta luz da a los espíritus contemplativos verdadera convicción de que ven a Dios, en cuanto se le puede ver en la presente vida. Contemplación propiamente
Y esto se llama propiamente contemplación: ver a Dios simple e indistintamente de manera que el ojo del pensamiento desnudo no reciba ninguna otra imagen. Sólo e íntegramente la imagen divina. La reconoce al punto de recibirla, porque por la presencia de esta imagen el espejo se clarifica y dispone a contemplarla.
Sabor de la divina imagen
Esta imagen de Dios da inmensa claridad. Es tan profundamente sabrosa a nuestro espíritu que, profundizándolo más, lo sumerge esencialmente en aquella claridad y lo hace una sola cosa con su inmensa luz, muerto para sí, viviendo en la misma luz. Recibe entonces esta luz divina sin ningún objeto intermedio y se hace vidente en la luz deiforme. El alma se esclarece en la luz de gloria con que contemplamos a Dios esencialmente. Y puesto que esta luz se renueva sin interrupción en lo más recóndito, también nuestra alma se regenera gloriosamente en eterna novedad. Allí el espíritu glorificado posee sin medida todas las delicias, riquezas, conocimientos, y todo lo deseable. Más aún: las cosas admirables, reservadas en el infinito tesoro de esta inmensa gloria, sobrepasan muy por encima el entender de todas las criaturas, que no son atraídas por el lumen gloriae al conocimiento fruitivo de Dios.
Sería gran presunción querer escribir sobre estas cosas, porque, aunque alguien tuviese visión esencial como San Pablo, no lo podría expresar. Nada se le puede comparar.
He hecho lo posible para presentar el camino que lleva a la vida contemplativa supraesencial. Pero qué sea lo que el alma recibe cuando entre allí lo dejo para que lo piensen aquellos que lo conocen experimentalmente y que, con San Pablo, han merecido ser arrebatados hasta el tercer cielo (2 Cor 12).
Amor inaccesible
Tal estado señala el noveno grado en la escala del amor. Se llama amor inaccesible, porque guía al hombre hasta la luz donde sólo Dios mora, siempre que hacemos lo posible por disponemos a ello. Es tan vehemente el ímpetu de este amor, que quienes lo hayan experimentado una vez quedan fácilmente extasiados en Dios. Andan embriagados constantemente con el sabor de la dulzura de este bien incomparable. Las potencias externas e inferiores, mediante esta divina embriaguez, son atraídas a las superiores y éstas a su origen, el ápice de la mente. De ahí se levanta nuestro espíritu hacia el espíritu de Dios y se consume en El. Puede volar al abismo infinito donde siempre se renueva y regenera felizmente. El Padre celestial puede decirle: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7).
Concédanoslo oir en este tiempo y en el futuro la amable majestad, sabiduría y bondad del Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.