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PSICOLOGÍA DE LA SEPARACIÓN

LAS RAÍCES DE LA AGRESIÓN

15. PSICOLOGÍA DE LA SEPARACIÓN

(Artículo escrito en marzo de 1958 para uso de los asistentes sociales)

Recientemente se ha escrito mucho sobre el tema de la separación y sus efectos; éstos pueden enunciarse basándose en los resultados de la observación clínica. Hoy en día se ha llegado a un acuerdo considerable con respecto a qué se puede esperar cuando se separa de la figura parental al bebé, o niño de corta edad, por un lapso demasiado prolongado. Se ha comprobado que existe una relación entre la tendencia antisocial y la deprivación.

A continuación intentaré estudiar la psicología de la reacción ante la pérdida, aprovechando los grandes aportes hechos a nuestra comprensión del tema desde que Freud publicó su trabajo Duelo y melancolía, influido, a su vez, por las ideas de Karl Abraham.

Para comprender a fondo la psicología de la angustia de separación, es necesario e importante que procuremos relacionar la reacción ante la pérdida con. el destete, la aflicción, el duelo y la depresión.

Quienes trabajan con niños deprivados deben adoptar ante todo, como base teórica de su labor, el principio de que la enfermedad no deriva de la pérdida en sí, sino de que esa pérdida haya ocurrido en una etapa del desarrollo emocional del niño o bebé en que éste no podía reaccionar con madurez. El yo inmaduro es incapaz de experienciar el duelo. Por tanto, cuanto haya que decir acerca de la deprivación y la angustia de separación debe fundarse en una comprensión de la psicología del duelo.

PSICOLOGÍA DEL DUELO

El duelo en sí es un indicador de madurez en el individuo. Su complejo mecanismo incluye el siguiente proceso: el individuo que ha sufrido la pérdida de un objeto introyecta a éste y lo odia dentro del yo. Desde el punto de vista clínico, lo muerto del objeto introyectado varía de un momento a otro, según predomine el odio o el amor hacia él. Durante el duelo el individuo puede ser feliz por un tiempo, como si el objeto hubiese resucitado, porque ha revivido en su interior, pero aún tiene por delante más odio y la depresión volverá tarde o temprano. Algunas veces vuelve sin una causa obvia; otras, retorna traída por sucesos fortuitos o aniversarios que recuerdan la relación mantenida con el objeto y subrayan, una vez más, el modo en que le falló al individuo al desaparecer. Con el tiempo, en los individuos sanos, el objeto interiorizado empieza a liberarse del odio (tan poderoso al principio) y el individuo recobra la capacidad de ser feliz pese a la pérdida del objeto y a causa de su resurrección dentro del yo.

Un bebé que no ha alcanzado determinada etapa de madurez no puede llevar a cabo un proceso tan complejo. Hasta el individuo que ha llegado a esa etapa necesita que se cumplan determinadas condiciones para poder elaborar el proceso de duelo. El ambiente que lo rodea debe prestarle apoyo y sostén mientras efectúe esa elaboración; asimismo, el individuo debe estar libre del tipo de actitud que impide experimentar tristeza. A veces los individuos que ya son capaces de hacer el duelo se ven impedidos de elaborar los procesos por falta de comprensión intelectual, como sucede cuando en la vida de un niño se teje una conspiración de silencio en torno a la muerte. En algunos de estos casos, una información simple sobre el hecho basta para posibilitarle al niño el cumplimiento del proceso de duelo; de lo contrario, caerá en la confusión. Lo mismo puede decirse con respecto a la información que se da a un niño acerca de su adopción.

Se ha señalado convenientemente que una parte del odio hacia el objeto perdido puede ser consciente; sin embargo, cabe prever que habrá más odio del que se siente. Cuando este odio y la ambivalencia hacia el objeto perdido son hasta cierto punto conscientes, no hay duda de que nos hallamos una vez más ante una señal de buena salud.

Podemos examinar globalmente el tema de la deprivación basándonos en esta breve enunciación de la psicología del duelo, y percibir que el asistente social trata el efecto de la pérdida(ya ocurrida o en curso) que el yo inmaduro del individuo es incapaz de afrontar con madurez, o sea, mediante el proceso de duelo. El asistente social necesita tener un diagnóstico. En otras palabras, tiene que ser capaz de comprender en qué etapa de su desarrollo emocional se hallaba el bebé o niño cuando ocurrió la pérdida, para poder evaluar el tipo de reacción que ella ha provocado. Por supuesto, cuanto más cerca esté el niño de poder hacer el duelo, tanto mayor será la esperanza de que pueda recibir ayuda aun cuando padezca alguna enfermedad clínica grave. Por otro lado, cuando la pérdida activa unos mecanismos muy primitivos, el asistente social quizá deba admitir que está sujeto a una limitación fundamental con respecto a la ayuda que puede prestarle a ese bebé o niño. Este no es el lugar adecuado para las reacciones primitivas ante una pérdida, que indican un grado de madurez insuficiente para el duelo. No obstante, puedo dar algunos ejemplos. A veces podemos demostrar que la pérdida simultánea de la madre y su pecho crea una situación en la que el bebé pierde no sólo el objeto, sino también el aparato para utilizarlo (la boca). La pérdida puede ahondarse hasta abarcar toda la capacidad del individuo, en cuyo caso, más que una desesperanza de redescubrir el objeto perdido, habrá una desesperanza basada en la incapacidad de salir en busca de objeto.

Entre estos dos extremos - reacciones muy primitivas la pérdida y duelo- hay toda una escala de fallas de comunicación atormentadoras. Dentro de este campo se observa clínicamente toda la sintomatología de la tendencia antisocial; el robo aparece aquí como una señal de esperanza, quizá bastante temporaria pero positiva mientras dure, antes de que el individuo recaiga en la desesperanza. A medio camino entre los dos extremos descritos hay un tipo de reacción ante la pérdida que indica la anulación de lo que Melanie Klein dio en llamar el establecimiento de la posición depresiva en el desarrollo emocional. Cuando todo marcha bien, el objeto (la madre o figura maternal) permanece cerca del bebé hasta que éste llega a conocerlo plenamente, en el momento de su experiencia instintiva, como una parte de la madre que está siempre presente. En esta fase el individuo experimenta un aumento gradual de su sentido de preocupación; si en su transcurso pierde a la madre, el proceso se revierte. El hecho de que la madre no esté allí cuando el bebé se siente preocupado provoca la anulación del proceso integrador, de manera tal que la vida instintiva queda inhibida o disociada de la relación general entre el niño y el cuidado que le prestan. En tal caso, el sentido de preocupación se pierde; en cambio, cuando el objeto (la madre) continúa existiendo y desempeñando su rol, el sentido de preocupación se robustece paulatinamente. El florecimiento de este proceso da como resultado esa madurez que denominamos "capacidad de hacer el duelo".