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PUEDE SER INQUIETANTE ESTO?

In document El doble del Hombre-Dios RAYMOND (página 39-43)

SEGUNDA PARTE

PUEDE SER INQUIETANTE ESTO?

Ahí tienes un buen tema, Ned; un tema fuerte y que deberá hacer mella en los optimistas —dijo el Padre Jack— ¿Pero lo que a mí me interesa averiguar es cuál es el mayor defecto del clero? ¿Cuál es, a tu juicio, nuestra falta más grave? ¿Cómo la diagnosticas?

—De afeminamiento.

—¡Caramba! ¡Eso sí que es dinamita pura! —exclamé. —No te lo aceptarán—dijo Jack.

—Ya lo sé—río el Padre Eddie—. En conjunto no querrán admitirlo, aunque tal vez lo acepten con relación a algunos individuos aislados. Pero para acusar de tal a la colectividad habrá que endulzar la idea, lo cual, después de todo, no es más que otra prueba de lo fundado de la acusación.

—Y no pienso hacerlo. Pero me habéis pedido que os diga cuál es para mí el defecto mayor del clero y esa es mi respuesta: ¡el afeminamiento! Fijaos en su manera de vestir. Debemos ir siempre con decoro y decencia, pero el número de curas elegantes es incontable. Y déjame decirte, Jack, que esto es más frecuente entre los religiosos jóvenes que entre los seculares. Espero que no te moleste lo que te voy a decir, pero me hace el efecto de que la pobreza religiosa no se practica debidamente. El invierno pasado conocí a dos que eran una verdadera vergüenza para el alzacuellos romano. Llevaban elegantísimos sombreros hongos, bufandas blancas, guantes de gamuza, ¡y hasta bastones! |Eso es lo que yo califico de “decencia borracha”!

—¡No hay que acalorarse, Padre Eduardo —le reconvine—, que estamos en un clima muy cálido!

—Este asunto me saca de quicio. He contemplado la operación del afeitado matinal de algunos y podéis creérmelo: si la mujer emplea igual cantidad de tiempo y de trabajo para maquillarse, yo sancionaría la separación legal. No hace mucho tiempo eché un vistazo al necessaire que llevaba un joven religioso para su fin de semana, y os doy mi palabra de que las mujeres lo han solucionado todo con sus compactos. El necessaire en cuestión, contenía crema de afeitar, crema limpiadora, crema de masaje, loción para después del afeitado, otra loción vigorizadora de la piel y ¡un bálsamo para el cutis! En cuanto a los polvos, es probable que los llamados

masculinos sean para hombres, pero, desde luego, no para hombres

varoniles, y mucho menos para hombres de Dios. Os aseguro que aquello no era el maletín de un religioso, sino una barbería ambulante con su salón de belleza incluido.

—En fin, los de todos no son iguales... ¿No crees que ése a que aludes es una excepción?

—Vamos, Jack, tú lo sabes igual que yo. Ya sabes que ese cuidado de sí es corriente en mi generación y que tampoco supone una excepción en la tuya.

—El chico tiene razón, Jack. ¡Ya lo creo! Di que sí, Ed. Puedes llamarlo afeminamiento y decir que se manifiesta en el cuidado de nuestros cuerpos, de nuestras ropas, de nuestros alimentos y hasta de nuestras bebidas.

—Sí—interrumpió el Padre Ed—, en todo lo material. La lujosa América del siglo xx ha socavado galerías en la vida cotidiana del clero, y

no te quepa duda, Jack, que esas muestras externas hablan del afeminamiento del interior.

—Tendrás que probárnoslo.

—Nuestros curas piensan y predican de una manera anémica. Rara vez atacan por derecho. Rara vez exigen algo. Rara vez exponen la ley con llaneza. Insisten en que sólo debemos insinuarla. ¿Podéis imaginar siquiera cosa más absurda? ¡Insinuar la ley a nuestro mundo sofisticado, satisfecho de sí mismo y lleno de pecados! Muchos de los que acuden a las misiones son incapaces de comprender ni aunque se les golpee en la cabeza con un martillo y nuestros apóstoles modernos se empeñan en enseñarles

indirectamente. ¡Yo os digo que eso es afeminamiento y en su peor forma!

—Has dado un nombre diferente a lo que Joe llama mundanidad. No me sorprende tu idea, Ned, sino la fuerza con que la sientes.

—Hay veces que me siento materialmente asqueado. Tal vez se deba a mí juventud o tal vez a que enfoco sólo la excepción y hablo de lo extranjero, pero lo cierto es que me parece que muchos viven y predican un Quinto Evangelio. Prácticamente siguen un Novísimo Ascetismo, en el que han declarado tabú la mortificación.

—Eso ya suena mejor, Ned—intervine—. Si les dices que no se mortifican se revolverán, pero si les llamas afeminados se rebelarán.

—Ya lo sé, Joe. Y como antes decía, ésta es, precisamente, una de las pruebas más fehacientes de su afeminamiento. Ante ellos no puedo llamar sencillamente pico a un pico: tengo que decir que es “un hábil descubrimiento que mejora y ayuda considerablemente a la excavación”. ¡Bah! Se amparan en el terreno de la cultura y el refinamiento, pero eso, para mí, sólo es afeminamiento, afeminamiento y afeminamiento.

—¿Quieres decirnos cuál es ese Novísimo Ascetismo, Ed?—preguntó Jack.

—Pues, en resumen, la creencia de que mientras trabajamos lo hacemos todo. No necesitamos mortificación corporal alguna porque el trabajo es penitencia. No necesitamos meditación porque el trabajo es oración. No necesitamos disciplinarnos porque el trabajo es el flagellum. No necesitamos ayudas para la santificación porque el trabajo es santificación. El trabajo es el Camino Purgativo, Iluminativo y Unitivo. El trabajo es la Regla, la Cruz..., y el avión de línea que ha de conducirnos derechitos al Cielo... Pero lo peor de todo es que la mayoría de nosotros no tenemos trabajo suficiente para mantenernos alejados del peligro. Una

—Entonces—preguntó el Padre Jack—, ¿tú crees que la falta de mortificación es el cáncer que está acabando con la vitalidad del clero? Sospecho que hay bastante verdad en lo que dices, pero, ¿cómo vas a acoplar eso en tu teoría, Joe?

—Muy fácilmente. ¿Por qué nos mortificamos tan poco? ¡Porque no meditamos! Porque no tenemos conciencia de nuestro papel de dobles de Jesucristo. Si yo dirigiera una honda mirada

a Jesús, que siendo Dios tuvo ante Sí la Cruz desde Belén al Calvario, ¿creéis que podría dejar de mortificarme? Si yo estudiara en serio al varonil, al vigoroso, al divino “Hombre-Varón” que fue Jesucristo, ¿creéis que podría ser afeminado? ¡De ninguna manera! Creo, Jack, que ya he encontrado la curación... Consiste en la meditación matutina.

Con su laconismo y claridad habituales, el Padre Jack expuso al Padre Ed las líneas generales más importantes de la conversación que habíamos sostenido la noche del día en que Jimmie el aviador, el doble de Hollywood, me había abierto los ojos. Me impresionó ver la forma en que la idea del doble se apoderaba del Padre Ed. Parecía entusiasmado con ella, pero cuando llegamos a la meditación matinal y al examen nocturno como medios indispensables para mantener esta idea vital, su rostro cam- bió.

—¡Ah, sí, ES la solución! La única solución. Pero ¿podrá imponerse? Nosotros, los sacerdotes, somos reacios a todo cuanto signifique oración mental formal y ¡qué inconsistente es todo!... Nos dedicamos a predicar la absoluta necesidad de gracia para toda obra saludable y nosotros, en el ministerio, tenemos la más saludable de todas, pues no sólo tenemos que salvar nuestras almas, sino al mismo tiempo las almas de los demás. Como tú dices, tenemos que doblar a Cristo... ¡Qué Océano de gracia se necesita para realizar nuestra labor! Sabemos que esa gracia la podemos alcanzar mediante la oración; enseñamos que es infaliblemente cierto—de congruo

infallibile, lo admito, pero no por eso menos infaliblemente cierto—el

poder alcanzar esa gracia mediante la oración, y somos tan estúpidos..., ¡que no oramos!

—Distinguo—intervino el Padre Jack—. No rezamos formalmente la meditación. Te lo concedo. Pero no es ésa la única forma de oración que existe.

—Ya lo sé, Jack. Pero ¿conoces algún sacerdote capaz de utilizar eficazmente la oración vocal sin intentar también dominar la oración mental? ¿No es una distinción muy sutil cuando descendemos a las

realidades? ¿Puedes rezar bien el Rosario sin emplear la oración mental? ¿Puedes leer bien el Breviario sin utilizar la oración mental? Claro que, si nos ajustamos a la mecánica de la oración mental, asegurando que sólo existe meditación si comenzamos por situarnos en la presencia de Dios con gesto humilde, composición de lugar y una plegaria de introducción—tres puntos distintos y una duración exacta para el coloquio—ni yo medito ni conozco a un solo cura que lo haga. Pero por lo que has esbozado, Joe no se refiere a eso. Si me permitís una distinción, diré que debemos hacer oración mental, pero ésta sólo viene tras la meditación formal. Llamadlo como queráis, con tal de que penséis profundamente, largamente y con amor sobre lo que El fue y lo que El hizo, con intención de ser como El y hacer exactamente lo que El. Eso es lo que quiero decir cuando me refiero a la oración mental, y eso era lo que quería decir Joe, si el resumen que has hecho era acertado.

—Tienes razón, Ned, y Jack lo sabe también. Cuando me hizo la misma objeción, le di la misma respuesta. No acabo de saber lo que tiene en la cabeza.

Yo te lo diré. Vosotros dos admitís que la idea de la meditación formal no sería bien recibida por el clero. Yo lo sé tal vez mejor que vosotros dos y por eso os he objetado. Quería ver si conseguía que expresarais vuestra idea de alguna otra forma, si conseguía que presen- tarais vuestra bien fundada idea bajo una etiqueta nueva. Vendedles esa idea que es LA solución. Pero para que accedan a comprárosla habréis de dársela envuelta en un papel distinto. Los tres estamos de acuerdo en lo que debería hacerse. El lado positivo de nuestra vida ha de acentuarse más que el negativo. Nuestra misión consiste más en animar para el futuro que en desanimar por el pasado. Suponed entonces que yo os pregunte cuál es la UNICA virtud que más necesitamos los sacerdotes como cuerpo.

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