El doble del Hombre-Dios RAYMOND

Texto completo

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(Contraportada)

«Lo que más sorprende quizá en los libros del Padre Raymond, y de manera especial en estos opúsculos, es su perfecto conocimiento de los hombres y de los problemas del mundo actual — debidos en su mayor parta a una crisis del espíritu cristiano—, casi incomprensible en un religioso encerrado tantos años tras los muros hermético» de su apartamiento claustral y alejado del comercio con el torbellino de la vida moderna...»

«Lo que jamás se encontrará en las palabras del Padre Raymond — como en las de ninguno de los, verdaderos escritores católicos— es la gazmoñería, la mojigatería, la timidez verbal y conceptual de quienes se obstinan todavía en no considerar al Catolicismo como lo que es: una fuerza viva, ardiente y combativa. Para el Padre Raymond, como para los santos y los místicos españoles, la Religión no puede ser. un blando conformismo aparente, sino una dura e imperiosa exigencia íntima y una auténtica fiebre exterior» (Del prólogo a la «Colección Trapense» del señor Ximénez de Sandoval).

De algunas de estas obritas han llegado a venderse en Norteamérica más del millón de ejemplares. Nada tan elocuente como esta cifra.

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M. RAYMOND, O. C. S. O.

UN TRAPENSE HABLA SOBRE

EL DOBLE

DEL HOMBRE DIOS

(DEDICADO A LOS SACERDOTES)

Traducción y adaptación de la 11.a edición norteamericana con el

título original “A trappits tells of the God-Man’s double” por

FELIPE XIMENEZ DE SANDOVAL

1957

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NIHIL OBSTAT: TEÓFILO SANDOVAL, O. C. S. O. ROBERTO LARRINOA, O. C. S. O. Censores. IMPRIMI POTEST: Fr. M. GABRIEL SORTAIS,

Abad General de la Orden Cisterciense.

NIHIL OBSTAT: Dr. Pedro Morán,

Censor.

IMPRIMATUR:

JOSÉ MARÍA, Vic. Gral. y Ob. Aux.

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A

MIS HERMANOS

EL PADRE JACK Y EL PADRE ED, ROGANDO AL ORIGINAL QUE PODAMOS DOBLARLE PERFECTAMENTE, PUESTO QUE NOS HA ELEGIDO PARA HACERLO

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Í N D I C E

PREFACIO...6

PRIMERA PARTE...7

¿PODRÍA PEDIR MÁS UN HOMBRE MORTAL?...7

¿QUE ES UN SACERDOTE?...8

UN “DOBLE” DE CRISTO...12

CONSCIENTE DE MI DIGNIDAD...15

INDUIMINI...17

SED LIMPIOS...19

DEJAR A DIOS POR EMBUSTERO...22

HABEIS DE CAER DE HINOJOS...26

HOMBRES CON UNA SOLA IDEA...31

SEGUNDA PARTE...34

CONSULTAD AL MÉDICO...35

¿PUEDE SER INQUIETANTE ESTO?...37

¿ES ESTO LO QUE NECESITAMOS?...41

¿O SE TRATA DE ESTO?...44

¡INDUDABLEMENTE NECESITAMOS ESTO!...46

RESULTADOS...48

RENUNCIANDO A DIOS...50

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PREFACIO

Un maestro de retiros que ha trabajado en varias diócesis, define al sacerdocio norteamericano como “el mayor conjunto de hombres HONRADOS del Mundo”. Yo comparto tal definición. Creo que somos fundamentalmente honrados, y, sobre todo, cuando nos encontramos solos con nosotros mismos en nuestros momentos de reflexión. Cuando nosotros los sacerdotes nos enfrentamos con los hechos; cuando contemplamos las realidades cara a cara y concedemos a las cosas su verdadero valor.

Basándome en esta convicción y en la definición citada, dirijo estas breves páginas a mis compañeros de sacerdocio en América. Voy a ser absolutamente sincero y espero que vosotros lo seáis también.

No sé si sabréis que en cierta ocasión, mi padre San Bernardo, intentó ayudar a sus compañeros de sacerdocio y como recompensa, recibió una carta de un Cardenal diciendo que “lo más conveniente para las ranas cistercienses era permanecer en sus charcas y no turbar al mundo con su impertinente croar”. Espero que ninguno de los treinta mil sacerdotes nor-teamericanos se le ocurra decir que «de tal padre tal hijo”, y añada: “Dejad a los Trapenses en el papel de muertos que se les supone asignado, pues los muertos no hablan Mi convicción es que si todos vivimos los pen-samientos contenidos en las líneas que siguen, ninguno de nosotros morirá, jamás en el estricto sentido bíblico de la palabra, por lo que nuestra muerte física será, en verdad despertar facie ad faciem de Aquél a quien hemos doblado en vida.

Como vosotros sois HONRADOS, Padres. decidme honradamente si tengo razón.

Abadía de Nuestra Señora de Getsemaní. Fiesta de la Conversión de San Pablo.

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PRIMERA PARTE

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¿QUE ES UN SACERDOTE?

¡Mírelos, Padre, qué farsantes todos! ¡Todos ellos! ¡Se esconden bajo una máscara y son hipócritas hasta la médula!... El viejo Shakespeare tenía razón. “La vida es un escenario” y todos los hombres actores, nada más que actores..., y la mayoría, si bien se mira, pésimos actores. ¿Sabe usted, Padre, que no existe nadie en toda esta ciudad que sea verdaderamente él mismo? ¡Todo es una farsa! ¡Incluso el coco que representa su papel en el País de las Maravillas del Bosque de la locura!

—Eso suena muy amargo, Jimmie. ¿Qué te ocurre? ¿Estás descontento de la vida?

—¿Descontento? ¡Sí que es buena la pregunta! Dígame, Padre: ¿ha encontrado usted alguna vez alguien que de verdad ame la vida, alguien capaz de entender algo de todo esto?

Regresábamos en automóvil de Hollywood. Había sido un día fascinador para mí, por haber estado en uno de los mayores estudios ci-nematográficos viendo el rodaje de una superproducción. Si para mí fue fascinador, para Jimmie resultó bastante duro. Jimmie era un audaz aviador y cinco veces tuvo que realizar una acrobacia que era prácticamente un flirteo con la muerte. Las cinco hizo a la perfección su cometido, pero al operador no le ocurrió otro tanto. Jimmie estaba furioso y no le faltaba razón para estarlo. Por eso, en aquel momento interpreté sus palabras como una válvula de escape.

Jimmie era un producto de la Guerra, de la Prohibición y de la Crisis. Al decir esto creo haber dicho todo, aunque tal vez debiera añadir que, además, en el fondo de todo aquello había una Universidad estatal de postguerra durante la Prohibición y poco antes de la Prosperidad. Pletórico de vida y energía; duro con la brillante dureza de los diamantes; brillante con esa brillantez superficial y contagiosa de la palabra pronta y la frase rápida; agudo en sus observaciones; con muy escasa profundidad de verdaderas ideas y casi completamente falto de ideales. Tal era Jimmie.

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hablar y reír, a pensar verdaderamente, pues era ingenioso, con un ingenio realmente cáustico; más satírico que humorista, pero francamente provocador de la risa. En resumen: Jimmie era Hollywood. Suspicaz con todo el mundo, escéptico de toda virtud, egocentrista, satisfecho de sí mismo y, sin embargo, con un corazón hambriento y, allá en lo más recóndito, absolutamente insatisfecho de sí mismo, de los demás y de la vida.

Jimmie había visto lo que él llamaba la vida y el amor, y encontraba una y otro muy deficientes. Había leído esto, aquello y lo de más allá, como lo hacen la mayor parte de los lectores actuales: precipitadamente, intensivamente, con glotonería casi, pero prestando muy poca atención y sin reflexionar sobre lo leído. Creyendo pensarlo realmente, Jimmie había llegado a la conclusión de que no había Dios; consideraba que la religión es algo que sólo deben practicar los débiles y que la filosofía de la vida de OMAR KHAYYAM— “come, vive y alégrate”— era la única que merecía la

pena. A pesar de que practicaba esa filosofía, Jimmie acababa de preguntarme si yo había conocido a alguien que de verdad amase la vida.

—Sí, Jimmie—le contesté—. He conocido a muchos amantes de la vida. En realidad, yo soy uno de ellos.

Creí que iba a estallar. El Boulevard de Hollywood es conocido por “la pista de carreras” y podéis creerme que Jimmie no hizo nada por contradecir tal sobrenombre.

—Usted, un cura, amante de la vida... ¡Qué bueno!

Después de pasar dos señales luminosas más, conduciendo de aquella manera que le cortaba a uno el resuello, exclamó:

—Hace poco tiempo que le conozco a usted, Padre, pero me parece una persona sensata. Dígame exactamente, ¿qué es un cura?

Por un momento quedé suspenso. ¿Qué podría contestar a un ateo declarado que se burla de toda virtud y toda religión, a un escéptico pesimista que vive al día? Tratando de ganar tiempo para estudiar la respuesta, dije:

—Claro que te lo diré, Jimmie. Pero ya sabes que soy irlandés, y nosotros los irlandeses tenemos una manera muy especial de contestar a las preguntas, pues generalmente empezamos preguntando a nuestra vez. Por eso, quiero que me digas antes: ¿Qué eres tú?

—¿Yo?... Pues yo no soy más que una birria de doble... Uno de tantos seres anónimos, sin fama y casi sin dinero, que realiza todas las proezas

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varoniles, todas las cosas difíciles y peligrosas, el verdadero trabajo. Eso es lo que soy, Padre: un idiota dispuesto siempre a romperme la crisma con tal de que la estrella salve su bello rosto. Eso es lo que soy, Padre, un

doble imbécil, el burro que hace todo el trabajo en la oscuridad. Usted

mismo lo ha visto hoy en parte. ¡Espere a que se proyecte la cinta y ya verá lo que es bueno! Nuestro cara bonita recibirá millares de cartas procedentes de todas las ciudades de todos los Estados. Y todo ¿por qué? ¡pues por lo que ha hecho Jimmie! ¡Sí, Padre, por lo que ha hecho Jimmie! Todos los que vean esa película creerán que él, ese microbio anémico, fue el héroe atrevido que aterrizó con ese aeroplano antediluviano sobre unas estacas. El correo de las admiradoras será fenomenal. ¡Me lo imagino ahora mismo amontonándose sobre su mesa! Y ya sabe usted que el sueldo de las estrellas aumenta en proporción al eso de esas cartas. Dicen que es muy popular en Correos. Pero ¿quién realiza la parte verdaderamente atractiva? ¡El insignificante Jimmie es quien la hace! Sí, sí, el pequeñín de mi mamá, Jaimito, es quien se monta en ese cacharro dispuesto a desintegrarse a mil o dos mil metros de altura en el cielo azul y que ve su bello rosto. Eso es lo que soy, Padre, un doble imbécil, el burro que hace todo el trabajo en la oscuridad. Usted mismo lo ha visto hoy en parte. ¡Espere a que se proyecte la cinta y ya verá lo que es bueno! Nuestro cara

bonita recibirá millares de cartas procedentes de todas las ciudades de

todos los Estados. Y todo ¿por qué? ¡pues por lo que ha hecho Jimmie! ¡Sí, Padre, por lo que ha hecho Jimmie! Todos los que vean esa película creerán que él, ese microbio anémico, fue el héroe atrevido que aterrizó con ese aeroplano antediluviano sobre unas estacas. El correo de las admiradoras será fenomenal. ¡Me lo imagino ahora mismo amontonándose sobre su mesa! Y ya sabe usted que el sueldo de las estrellas aumenta en proporción al peso de esas cartas. Dicen que es muy popular en Correos. Pero ¿quién realiza la parte verdaderamente atractiva? ¡El insignificante Jimmie es quien la hace! Sí, sí, el pequeñín de mi mamá, Jaimito, es quien se monta en ese cacharro dispuesto a desintegrarse a mil o dos mil metros de altura en el cielo azul y quien luego le hace tomar tierra sobre un mon-tón de estacas. ¡Claro que el único peligro es que yo no pueda volver a despertarme! Pero ¿eso qué importa, mientras Carabonita alcance todos los elogios y los aplausos?... Ya ve usted, Padre, lo que soy yo. ¡Sólo un imbécil de doble!... ¿Qué le ha parecido mi descripción?

—Magnífica, Jimmie. Pero supón que yo fuese un extranjero en estos lugares y desconociese el argot de Hollywood. ¿Cómo me explicarías lo

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—No sé qué es lo que se propone al pedirme esa explicación, pero ahí va... Un doble es un muerto vivo, una persona sin personalidad. Tiene que tener buena anatomía, pero carecer de personalidad. Esto me hace pensar en que el doctor Jekyll y Mr. Hyde era una persona muy afortunada, pues tenía una doble personalidad. En cambio, cualquier doble de Hollywood, no es más que un idiota que adopta la personalidad de algún

astro bonito. Por eso, ¿comprende usted?, vive, pero está muerto; es una

persona, pero no tiene personalidad. ¿Qué tal me explico, Padre?

—De primera, Jimmie. Pero, ¿no podías ser aún un poco más explícito?

—Claro que sí, Padre. Puedo ser cualquier cosa porque como soy un

doble, puedo ser hasta eso. ¿Qué cómo es esto? Muy sencillo... ¿Sabe

usted lo que es una estrella? El Original, el Protagonista, la Primera Figura, ese átomo afeminado de correctísimas facciones que hoy ha visto usted actuar en el estudio. Mi obligación primera es parecerme a él. Lo que me falta por naturaleza, lo suple la sección de maquillaje. Yo no hago más que suministrar los cimientos. Tengo que tener más o menos la misma estatura y el mismo tipo. Luego tengo que andar como él, hablar como él, sentarme como él, levantarme como él, actuar como él. Es decir, de hecho, tengo que SER igual que él. Porque, ¿sabe usted?, hay muchas veces que el Original no puede actuar; hay cosas que el Original no puede hacer; cosas que el Original no se atreve a hacer y ahí es donde entra en acción el pequeño James. Eso es lo que tengo que hacer; ahí es donde tengo que actuar. Y hacer y actuar de tal manera, que todo el que me vea diga que quien hace y actúa es el Original. Eso es lo que es un doble, Padre. No una imitación o una sustitución, sino una reproducción perfecta. Yo reproduzco a la estrella y la reproduzco de tal modo que nadie puede apreciar la diferencia. Anulo mi propia personalidad; niego su expresión propia a mi yo, sólo para que el Protagonista pueda alcanzar toda su gloria. Como le he dicho antes, James es un doble, un muerto vivo, una persona sin perso-nalidad, desconocida para el ancho mundo, siendo, sin embargo, el que reproduce para ese ancho mundo al Original, a ese guapísimo subelectrón que ha visto usted hoy. ¿Está claro, Padre?

—Clarísimo, James, clarísimo. Has estado casi elocuente. Pero a mí se me figura que te gusta tu trabajo...

—¡Sí, ya lo creo!... Pero mire, Padre: hay veces en que me asquea tanto toda esa ficción, que me siento capaz de organizar una revolución. Resulta que yo lo he hecho todo menos romperme la crisma, y el mundo

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grita admirado: “¡qué tío!”..., refiriéndose a ese bello mamarracho que se marearía si subiera a un tiovivo. “¡Bravo! ¡Qué valiente!”... ¡Ah, la vida de un doble es un infierno delicioso!... Pero bueno, ¿para qué está usted haciendo que me sulfure? ¡Usted sabe de sobra lo que es un doble!

Casi habíamos llegado. La charla de Jimmie, con su vehemencia y su amargura, había fijado una nueva idea en mi cabeza. Se me hizo patente con la fuerza de la revelación, y decidí probarla en él.

—Jimmie—le dije—, me has hecho antes una pregunta rara, una pregunta que no supe cómo contestar para ti en particular, porque, ¿com-prendes?, tú y yo hablamos lenguajes distintos; mis ideas y mis ideales no son los tuyos y de momento no supe traducir a tu idioma lo que pensaba. Pero ¿tú lo has hecho por mí?

—¿Yo?... ¿Qué quiere usted decir?

—Sólo esto. Me has preguntado lo que es el sacerdocio y no supe qué clase de respuesta dar a un hombre como tú, que se ríe de la religión. Pero ahora puedo utilizar tu propio lenguaje y decírtelo sencillamente. Un sacerdote, Jimmie, es ¡un doble!

Jimmie volvió rápido la cabeza, guiñó un poco los ojos al dirigirme una irónica mirada, y exclamó:

—¿Si-i-i?

Fue un si-i-i muy arrastrado. Era un signo de interrogación que me advertía de la suspicacia de Jimmie, al acecho para ver si me pescaba en algo.

—¿Conque un cura es un doble, eh?... Usted utiliza mis palabras, Padre, pero yo no acepto sus ideas. ¿Se puede saber a quién dobla usted?

—Ahí es exactamente adonde me has llevado, Jimmie. Hasta ahora, jamás lo había pensado. Pero a medida que hacías la vivida descripción de lo que es un doble y de lo que un doble hace, me vino de pronto, como un relámpago, la idea de que yo también soy un doble y de que todo verdadero sacerdote es un doble. Sí, Jimmie, UN SACERDOTE ES UN

DOBLE DE JESUCRISTO.

UN “DOBLE” DE CRISTO

Jimmie deslizó el coche ante la cuneta y frenó suavemente. He de decir en honor a los aviadores que conducen coches, que no saben arrancar

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la Rectoría. Jimmie se había deslizado hasta allí con tanta gracia y suavidad como si hubiera tomado tierra con un avión, aparcándolo suavemente junto a la plataforma de los viajeros. Paró el motor, sacó un paquete de Camel y dijo:

—Padre, no es necesario que entre todavía. Fúmese este cigarrillo conmigo y dígame lo que significa eso de que usted es un doble de Jesucristo. En una ocasión leí SU vida. En su época no había ningún Hollywood, ¡y estoy seguro de que El nunca trabajó en el cine!

Me eché a reir de buena gana. Encontrar a Jimmie interesado y tomando la cuestión literalmente era indudablemente divertido; pero también reí para cubrir una pausa mientras pensaba hasta dónde debería llegar, hasta dónde llegaría con aquel producto de la librepensadora América del siglo xx. Pero la idea se había apoderado de mí de tal forma, que sin darme cuenta, me encontré avanzando.

—Jimmie—le dije—. No creo que puedas comprenderlo totalmente, pero merece la pena de intentarlo. Si fueras católico, la tarea sería re-lativamente fácil, pero siendo solamente Jimmie..., eso hace la cosa un poco más difícil. No obstante, escucha y no me interrumpas mientras no necesites hacerlo verdaderamente.

—Dispare, Padre; soy todo oídos. —Jimmie, Jesucristo es Dios.

—Al menos eso es lo que usted cree, Padre.

—Sí, Jimmie, eso es lo que yo creo y es lo que de momento te pido que creas o que hagas como que crees; que hagas como que lo crees tú también. Jesucristo es Dios que se hizo hombre. Vivió en la tierra treinta y tres años. Murió hace unos mil novecientos años; y, sin embargo, vive todavía en esta misma tierra nuestra. Vive en y a través de sus dobles. Jimmie, tú decías antes que un doble tenía que andar, que hablar, que parecerse, que ser como el Original, ¿no es así? Decías que por eso es por lo que se os llamaba dobles, porque reproducíais un Original. Seguiste diciéndome que la gente al verte, no te veía a ti, sino a la Estrella. Me dijiste que tú no tenías nombre, ni fama, ni casi dinero, que tú no alcanzabas nada porque todo el mérito era para la Estrella. Jimmie, Jesucristo es nuestra Estrella. El es nuestro Original, y nosotros, los sacerdotes, somos sus dobles. Nuestra obligación es andar como El, hablar como El, parecemos a El, SER como El. Un cura, Jimmie, no trabaja por el nombre, por la fama o por el dinero: ¡trabaja porque Jesucristo pueda alcanzar toda la gloria! Esa es toda la razón de existir de un sacerdote..., ¡la

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mayor gloria de Dios! Cuando la gente contempla a un verdadero sacerdote, no ve al individuo: solamente ve a Jesús. Has estado muy elocuente, Jimmie, y has dicho muy bien eso de ser un muerto vivo, una persona sin personalidad, ¿no era así? Sin saberlo, estabas describiendo con todo detalle a un sacerdote. Su personalidad se subyuga, se niega, se aniquila, en cierto modo, con tal de que la Personalidad de Cristo pueda resplandecer a través de él. Un sacerdote es un muerto vivo en el más es-tricto sentido de la palabra; debe estar muerto para sí mismo y, sin embargo, vibrante de vida por Cristo y por la causa de Cristo. Por eso es por lo que digo que un sacerdote es un doble, pues está consagrado a reproducir al Hombre-Dios. No puede tener más que un propósito..., ¡el de ser Jesucristo en la tierra! La única diferencia entre tu doblaje y el mío consiste en que mi deber es doblar a Jesucristo las veinticuatro horas del día, es decir, siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al año, mientras tú sólo debes hacerlo a ratos. ¡Ahí tienes unas cuantas razones que justifican mi afirmación de que yo soy también un doble!

Jimmie estaba silencioso. Tal vez yo me había excitado un poco a medida que hablaba, porque la novedad de la idea y la enorme verdad del concepto me inflamaban casi hasta la elocuencia. La respuesta del muchacho fue lenta y suave:

—Sí, Padre; he captado lo que podríamos llamar los epígrafes. Pero quedan muchas cosas que no comprendo, aunque sí me dé cuenta de lo principal. Usted me pide que crea y sabe que no puedo. Voy a decirle por qué... Para mí todo eso no es más que un sueño hermosísimo, pero sueño, pues hasta la misma idea es contradictoria. Suponer que Jesucristo es Dios y hombre al mismo tiempo, es una contradicción.

—¡No Jimmie, no digas eso! Llámalo paradoja si quieres, pero no digas que es una contradicción. Admito también que es un misterio, pero nunca una contradicción.

Jimmie tiró su cigarrillo, exhaló la última bocanada de humo y metió la puesta en marcha mientras decía:

—No acabo de comprenderle, Padre, pero no vamos a discutir. Hace años que decidí no discutir más de religión y no voy a empezar ahora, sobre todo con usted. Pero hay una cosa que sí quiero decirle... Si yo pudiera creer, si pudiera creer de verdad que Jesucristo era Dios, sólo habría una cosa que quisiera ser: sacerdote. Con dinero o sin dinero; pasándolo bien o pasándolo mal... ¿Podría un ser humano aspirar a algo

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más alto? ¿PODRIA EL HOMBRE MORTAL PEDIR MAS, que ser como usted dice, UN DOBLE DEL HOMBRE-DIOS?

Jimmie estaba casi emocionado. Sus últimas palabras fueron reverentes, llenas de admiración. Durante un momento tenso, vibrante, no nos movimos y permanecimos silenciosos. Luego, Jimmie abrió la portezuela y me dijo:

—Buenas noches, Padre; ya nos veremos.

Y arrancó calle abajo a toda velocidad, como si quisiera batir un

récord, aunque en realidad sólo tenía que recorrer una manzana.

Me detuve un momento en la puerta de la Rectoría observando su rápida carrera, mientras sus vehementes palabras seguían sonando en mis oídos: “¿PODRIA EL HOMBRE MORTAL PEDIR MAS QUE SER EL DOBLE DEL HOMBRE-DIOS?”

CONSCIENTE DE MI DIGNIDAD

Al fin me volví lentamente. Pero en vez de entrar en la casa me dirigí a la iglesia y, al arrodillarme allí, bajo la vacilante luz del santuario, apareció ante mí la maravilla de mi dignidad como sacerdote del Más Alto Dios. Jimmie la había cristalizado para mí como nunca lo fuera antes. Había utilizado la palabra doble, y en esa sola palabra, veía yo mi dignidad y mi deber. ¡Tengo que DOBLAR a Jesucristo!

Sí, era cierto. Yo no era solamente un seguidor de Jesús; yo no era solamente un imitador de Cristo. Yo era más, mucho más. Yo era su doble mismo. El doble es la única palabra adecuada, la única que describe completamente mi ser, la única que dice con precisión, exactamente, lo que es un sacerdote. Todas las demás se quedan cortas ante la realidad. Todo católico, en efecto, es un “seguidor de Cristo”; todo miembro de la Iglesia debe ser su imitador. Pero un sacerdote es algo más. Sustituto es también un buen vocablo, como lo son embajador y gerente, y, sin embargo, no son completamente adecuados. Porque un sustituto no tiene que parecerse al sustituido y un gerente o un embajador pueden ser muy bien distintos del original y, sin embargo, ser un buen embajador o un buen gerente. Pero un buen sacerdote, nunca puede ser distinto de Jesucristo y ser un verdadero Sacerdote. Hasta el antiquísimo y generalmente aceptado concepto de “según Cristo” no es tan adecuado ni perfectamente descriptivo como aquellas palabras que Jimmie pronunció al explicarme lo que era un doble

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y lo que un doble hace. Efectivamente, el sacerdote ES un doble del Hom-bre-Dios.

¿Qué hago cuando me encuentro en el altar con el Pan en mis manos, e inclinándome susurro sobre él unas palabras? ¿Imito solamente?... El que imita conserva su personalidad. ¿Sustituyo solamente?... El sustituto obra por otro, pero a su propio modo. ¿Soy solamente un gerente o un embajador de Jesús?... ¡No! Soy más, porque digo: “Este es MI Cuerpo. Esta es MI Sangre”, e inmediatamente sostengo en mis manos a Jesucristo. Un gerente, un embajador, un sustituto, jamás podrían hacer esto... ¡Sólo su doble puede hacerlo! En este Acto de los Actos, no actúo igual, ni para, ni por, ni en lugar de Jesús. Actúo COMO Jesús.

Al sentarme en el confesonario, escuchar el relato de un pecador, levantar mi mano y decir: “ego te absolvo”, ¿soy yo. el hombre, quien lo hace? Sólo Dios puede perdonar el pecado, y, sin embargo, al pronunciar mi boca el “yo te absuelvo”, ¡los pecados son perdonados! ¿Porqué?... Pues porque yo soy un doble de Jesucristo. ¡Oh, sí, qué cierto es todo esto!

Subo al púlpito y hablo “como quien tiene autoridad.” Pido heroísmo a los demás hombres al ordenarles cosas difíciles, e incluso que repugnan a la Naturaleza; expongo un código moral y exijo al hombre, a la mujer y al niño que lo obedezcan. ¿Cómo es posible este atrevimiento? ¿Cómo es posible esta casi ofensa imperiosa?... No sería más que eso—una ofensa imperiosa—si no estuviese escrito: “Aquél que te escuche, me escucha a Mí.” No sería más que eso si yo no fuera el doble del Hombre-Dios.

Esta es la verdad, la tremenda verdad. Yo SOY el doble de Cristo. Al captar la hermosura grandiosa de este concepto, mi corazón se inflamó con el triunfo de ser no sólo un hombre, no sólo un seguidor, no su cercano imitador, sino de ser su propio doble. Jimmie comprendió la maravilla de esto, y aun siendo ateo, no pudo por menos de exclamar: — ¿PODRIA PEDIR MAS EL HOMBRE MORTAL? Al sonar estas palabras en mis oídos, al apoderarse de mi corazón la verdad de la belleza de mi posición, estuve más cerca de las lágrimas de lo que había estado nunca desde el día de mi Ordenación. Tenía razón Jimmie. ¿QUE MAS PODIA PEDIR UN HOMBRE MORTAL? ¡Y yo llevaba varios largos años ungido, consagrado, sellado con una marca indeleble como el propio doble de Jesucristo, sin haber adquirido la conciencia de mi DIGNIDAD! ¡Qué dignidad, qué destino, qué deificación la mía! ¡Ser un doble del Hombre-Dios!

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Postrado de hinojos ante el Original oculto tras la puerta del Tabernáculo, me golpeé el pecho exclamando:

—¡Oh, Cristo de misericordia! Perdona a quien debió estar doblándote durante todos estos años y, con harta frecuencia obró y actuó sólo por sí mismo. De hoy en adelante sólo te pido una gracia, Dios mío: la de ser siempre, en todas partes en todos los momentos y con todas las personas CONSCIENTE DE MI DIGNIDAD. Haz que recuerde siempre que soy tu doble, que he de andar como Tú, hablar como Tú, parecer como Tú... Y más aún, ¡ser como Tú! Jesús, mi Modelo, mi Maestro, mi Rey, mi Estrella, ¡ayúdame siempre a tener esa conciencia de mi dignidad!

INDUIMINI

Aquella misma noche, mientras me hallaba aún bajo el encanto que se había apoderado de mí al darme cuenta de la verdad de que yo era un doble del Hombre-Dios me vi sorprendido por un alegre:

—Bueno hombre, ¿y qué has aprendido hoy en Hollywood?

Levanté la vista de las anotaciones que había estado pergeñando y vi a un hermano, sacerdote como yo, pero miembro de una Orden religiosa, en pie, en la puerta y sonriente al verme absorto.

—¡Entra, Jack, entra! —exclamé—. Eres precisamente la persona a quien necesitaba ver en este momento. Coge una silla, toma un cigarro y vamos a charlar.

—¡Caramba qué seriedad! ¿Ocurre algo?

—Pues sólo esto. He aprendido mucho hoy de Hollywood, pero creo que he aprendido más todavía de mí mismo. Dime, Jack, ¿se te ha ocurrido alguna vez convertirte en un doble?

Se echó a reír.

—¿En un doble? ¡Vamos, Hollywood se ha apoderado ya de ti!... Pues no. Francamente, nunca se me ha ocurrido convertirme en doble. Tengo otro empleo.

—Pero Jack, tu trabajo es ése precisamente: ser un doble. También lo es el mío y me pregunto si tú y yo lo estaremos realizando bien.

Entonces le conté mi vuelta a casa con Jimmie, el doble de los estudios, y su pregunta. Luego le hablé de la visita que había hecho a Dios en el Sagrario y acabé preguntándole:

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—¿No se apodera también de ti esta idea? ¿No adviertes su verdad y su belleza? — ¿No comprendes nuestra dignidad, nuestro destino, nuestro deber?

Se quedó mirándome largo rato. Su cabeza se hallaba envuelta en humo. Jack siempre había sabido mucho más que yo. Era un pensador más profundo y un conversador más brillante. Muchas veces había pinchado las pompas de jabón de mi fantasía, haciendo desvanecerse cuanto de nuboso y confuso había en mí imaginación, apartando las brumas y mostrándome la verdad de la belleza. Analizaba certeramente y sobre todo era capaz de expresarse con gran claridad. Jack podía recoger lo que yo balbuceaba, ordenarlo, ponerle las comas y los signos de admiración, los puntos sobre las íes y las tildes en las tes y al fin proporcionarme con nítida concisión lo que yo mismo no había hecho sino percibir a medias. Habíamos tenido discusiones a millares, pero jamás una pelea. En aquel momento dio una larga chupada a su puro, se levantó y comenzó a pasear por la habitación. Estos eran los síntomas de que iba a venir algo bueno. Esperé.

—Sí—dijo por fin. Ahí hay algo. Algo nuevo y cierto. Si se acepta tu definición del doble, el resto se desprende lógicamente. Tal vez algún teólogo formalista pudiera hacer objeciones a la forma en que tú has parafraseado la cuestión de los Sacramentos, pero creo que aun los más puristas aceptarían los términos generales. Supongamos, Joe, que yo admito tu distinción entre la palabra doble y las otras más comunes de seguidor, imitador, embajador y gerente. ¿Crees que ello diferiría sustancialmente del consejo de San Pablo cuando dice: Induimini Jesum

Christum? ¿No resultan casi exactas tu idea del doblaje y la del “poneos en

Cristo” de San Pablo? ¿O crees que se trata de algo sustancialmente nuevo?

Doble e induimini son idénticos, Jack. Induimini es una metáfora

tomada del teatro. Se refiere a aquel que asume un papel, un personaje o una vestimenta. Por lo tanto, doble e induimini no difieren esencialmente. Pero yo, Jack, tengo la vista fija sólo en lo práctico. La accidentalmente nueva manera de decir la metáfora de San Pablo tiene su mérito. Mira, si yo te digo “Ponte en Cristo”, ¿tiene el mismo significado, se apodera con la misma fuerza vital que el mandato “¡Doblad a Cristo en cada instante!” de tu mente y tu imaginación?

—Quizá no tanto. Pero eso puede ser muy bien porque yo nunca, he oído el mandamiento de “Doblad a Cristo en cada instante” hasta ahora. La

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diferencia accidental tiene la ventaja de que se apodera de mí con más energía.

—Entonces Jack, no hay duda de que es un hallazgo. ¡Un gran hallazgo! Supón que yo mantengo esa idea jugueteando continuamente sobre la superficie de mi conciencia; supón que me recuerdo a mí mismo continuamente que soy un doble del Hombre-Dios. ¿Qué ocurrirá?

—Te diré lo que ocurrirá. Que no serás tan impaciente, tan impetuoso, tan imprudente. Que no serás tan orgulloso, tan ambicioso, tan mundano. Que no serás muchas cosas de las que sueles ser. En suma, Joe, que serás un verdadero sacerdote.

—¡Ese disparo me ha acertado entre las cejas Jack! Pero eso era, justamente, lo que yo quería que me dijeras. Así que, si siempre estoy consciente de mi dignidad seré un verdadero sacerdote, ¿no?

—Así es.

—Entonces voy a estar siempre consciente de mi dignidad. Recordaré a todas horas que soy un doble de Jesucristo y verás que consecuencias siguen.

—Por ejemplo...

SED LIMPIOS

—Lo primero que he anotado es que debo mantenerme INTOCABLE. ¡INTOCABLE PARA TODOS!

—Eso resulta interesante. Pero antes de seguir adelante, dime cuál es el objeto de todo esto.

—Ya sabes, Jack, que somos más de treinta mil sacerdotes en los Estados Unidos. Nuestro conjunto, como tal, es bueno. Claro que ha ha-bido defecciones y las seguirá habiendo, pero no obstante, nuestro porcentaje de leales es más elevado que el del Colegio Apostólico. Nos-otros no perdemos uno de cada doce. Luego, al menos negativamente, somos un cuerpo de hombres bondadosos. Pero nuestra vergüenza es que no somos grandes, Jack. Somos respetados cuando deberíamos ser reverenciados. Somos medianamente virtuosos cuando debíamos serlo heroicamente. Somos buenos a secas, cuando debíamos ser santos. Somos predicadores mediocres, maestros mediocres, dirigentes mediocres, estudiantes mediocres, mediocres en la oración y mediocres en el ejercicio

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de nuestro sacerdocio. En conjunto, ¿qué representamos? La mediocridad..., y nada más. ¡Y no debería ser así!

—Quizá exageres, Joe. En nuestras filas contamos con algunos eclesiásticos verdaderamente grandes, con algunos magníficos predica-dores en el pulpito o la radio, con un buen número de excelentes escritores. Muchos de ellos están muy por encima de esa mediocridad de que hablas.

—De acuerdo, Jack, pero ¿y la masa? El maestro vulgar y el predicador vulgar, el pastor vulgar y el cura vulgar, los treinta mil vulgares sotanas como tú y como yo..., ¿qué somos?... Nada más que pura vulgaridad, ¿no crees?

—Esa es la palabra, Joe, pero la masa siempre es vulgar, ¿no?

—La masa de sacerdotes ¡NO DEBIA SERLO! Y ahí es donde quería ir a parar, precisamente. No somos conscientes de nuestra dignidad y de nuestro deber; no tenemos conciencia del hecho de que somos dobles de Jesucristo y de que en Jesucristo no existe la vulgaridad. Lo que pasa, Jack, es que no nos mantenemos INTOCABLES.

—Ya empleaste antes esa palabra. ¿Qué quieres decir con ella?

—¿No recuerdas a Isaías? Dice: Mundamini! qui fertis vasa Domini. Sed limpios. ¡Qué mandamiento para hacerlo resonar constantemente en nuestros oídos! “Sed LIMPIOS. Sed PUROS.” Antiguamente, los leprosos solían gritar “¡impuro!, ¡impuro!”, para que nadie se les acercase. Si hoy día nosotros los sacerdotes proclamásemos nuestra pureza, gritando continuamente: “¡limpios!, puros!”, el mundo se mantendría convenientemente apartado de nosotros. Deberíamos conservarnos aislados e intocables, no porque seamos impuros, sino porque estamos consagrados, y por tanto, tenemos que ser intocables para todo hombre, mujer o niño. Tenemos que ser intocables para el mundo de la política o del placer, para el mundo de los negocios y la banca, es decir para todo el mundo mundano que está rebajando nuestro sacerdocio.

—¡Ten cuidado no te enredes, Joe! No bajes a los detalles y cíñete a tu idea. Empezaste por la intocabilidad, seguiste por la mediocridad, viniste a mundamini, y ahora vuelves a la intocabilidad otra vez. ¿A dónde vas a ir a parar?

—Pues sólo a esto. Yo soy un doble de Jesucristo y por lo tanto tengo que ser PURO. Pero para ser PURO, he de mantenerme INTOCABLE POR TODOS.

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—Bueno, pero has enumerado al hombre, a la mujer, al niño y, por último, al mundo en general. Por eso es por lo que te pido ser un poco más específico.

—Mira, Jack, yo considero que la causa de más de un colapso en la vida clerical se debe a NO HABERSE MANTENIDO SUFICIENTEMENTE ALEJADOS DEL MUNDO. Los sacerdotes no nos consideramos como absolutamente intocables. Nos mezclamos con todos y nos mezclamos como uno cualquiera de ellos. En lugar de tratar de elevar a los demás a nuestro nivel, nos complacemos en descender al suyo. Nos mezclamos a ellos con demasiada libertad y les permitimos ser demasiado libres con nosotros. El mundo no duerme. Por eso, ¿qué es lo que ocurre? La pérdida de la dignidad y la adquisición de costumbres mundanas. No quiero decir con esto que debemos ser ermitaños, no. Ni siquiera que debemos ser distantes. Pero siempre debemos ser dignos de nuestra digni-dad que es la de Jesucristo.

—Todavía poco definido, Joe.

—Muy bien. Entonces, ahí van unas cuantas precisiones. Debemos ser amistosos con los hombres y con frecuencia somos familiares. Ya sé que nuestro Señor “comió y bebió con publícanos y pecadores”, pero ¿tú crees, Jack, que le estamos doblando en realidad cuando comemos o bebemos con gentes laicas? Ya sabes que no soy un totalitario. Nunca estu-ve de acuerdo con la pandilla de Fr. Mat, ni desde luego fui partidario de la Ley Seca; y, sin embargo, me gustaría que hubiese alguna cláusula que prohibiese a los sacerdotes beber con gente laica. El beber con laicos ya es malo de por sí, pero cuando se va aún más lejos..., ¡qué degradación! ¿No te has dado cuenta de lo cierto que es el dicho de Ubi Bacchus regnat, ibi

Venus saltat?

—Tienes mucha razón. Pero no olvides nunca que la bebida es una criatura de Dios, una cosa indiferente en sí. Lo condenable no es su uso, sino su abuso.

—¿Y qué es lo que yo condeno? No hablo de una copa, hablo de la bebida. Ya sé que es una criatura, pero lo que yo pregunto es cuántos de nosotros la usamos como tal criatura. Es una criatura concebida para estimular el apetito y fomentar la jovialidad, y lo que fomenta por lo general es la embriaguez. Es una criatura de Dios como tú dices, pero sólo los verdaderos hombres de Dios la utilizan como tal; sólo los dobles perfectos de Jesucristo no abusan de ella.

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—Admito todo eso, Joe, y creo que cualquier sacerdote con experiencia suscribiría tus palabras. La bebida puede ser una amenaza. Beber, sobre todo beber en toda la extensión de la palabra, con laicos, es de lo más imprudente y degradante, y si lo que se bebe son ciertas mezclas modernas, puede resultar sumamente peligroso para muchos. Pero, ¿crees que esa costumbre está tan extendida como pareces sospechar?

—¡Conque sólo se tratase de uno, ya sería demasiado! Pero dejemos la bebida y pasemos a otra cosa. ¿Crees que Nuestro Señor hubiera sido jugador de golf?

—Esa es una cuestión debatible, Joe. Ya sabes que el aire libre, el ejercicio del juego y el descanso mental que ofrece el golf constituyen una gran ayuda para quienes llevan una vida sedentaria. Debes admitir, además, que es un entretenimiento muy completo.

—Lo sé de sobra. Pero ¿piensas que Jesucristo habría hecho del golf una afición absorbente?

—Hombre, si lo que quieres decir es si hubiera sido tan fanático de ese deporte como lo somos muchos de nosotros; si se hubiera enviciado en el juego de tal forma que hubiera olvidado su dignidad y su deber, mi respuesta sería un rotundo ¡NO!

—Y déjame añadir esto: si por alguna razón buena, Jesucristo hubiese creído que podía ayudar a algún alma haciendo los dieciocho

agujeros, tengo la seguridad de que jamás habría hecho el diecinueve en la forma que algunos lo hacemos.

—Bueno, muy bien. Ya hemos visto los peligros de una mundanidad imprudente, de la bebida excesiva, de la pasión de un deporte... ¿Qué más me dices?

DEJAR A DIOS POR EMBUSTERO

—Pues algo más. ¿No es demasiado cierto que, con frecuencia, los sacerdotes dejamos a Dios por embustero?

—¿Cómo, cómo?

—Jesucristo dijo: “Vosotros no sois del mundo porque YO os he elegido fuera del mundo...” Sí, es verdad que El nos eligió así, pero nos-otros hemos vuelto al mundo, ¡y con qué rapidez! ¿Podemos decir con justicia “que nosotros no somos del mundo, Jack”? El mundo está loco por

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ellos. Fíjate en nuestros coches y en nuestros talonarios de cheques. ¡Casi, casi lo único no mundano que muchos de nosotros conservamos es la forma del alzacuellos!

—Vamos, vamos, no te pongas hiperbólico. Hasta la fecha, has sido bastante cuerdo. No empieces ahora a exagerar. Recuerda que tenemos derecho a alguna distracción y que estamos obligados a mirar para el futuro.

—Ya lo sé; pero el futuro que debía ocupar la mayor parte de nuestra atención es el de la Parroquia y no el del cura párroco. Concedo que existan unas cantidades prudentes para casos de enfermedad, para la vejez, y aún para los sufragios después de nuestra muerte. Pero verdaderamente yo admiraría más que tuviésemos mayor confianza en Aquél a quien doblamos. Cristo es providente y Pródigo. ¡Cristo es Fiel a los fieles! El testamento de algunos curas ha sido un verdadero escándalo para la Parroquia y una burla para quien profesaba ser un seguidor del Cristo Pobre.

—Vuelvo a decirte, Joe, que esos son los menos.

—Es posible que sólo los menos estén prácticamente en posesión de las cuentas corrientes, pero muchos las desean y ello es igual de malo. Estoy seguro de que Cristo jamás habría sido banquero ni agente de Bolsa. Estoy convencido de que nunca se le hubiese visto “jugando al alza”. Y en cuanto a distracciones, ¿qué voy a decirte, Jack, si he oído a algunos justificarse diciendo que son hombres profesionales, comparándose con los jueces, los abogados, los médicos, y por lo tanto, con el mismo derecho que ellos a ciertos privilegios profesionales?

—También yo lo he oído. ¿Y qué te parece a ti?

—Pues esto: que la única profesión que hemos hecho es la de ser dobles de Jesucristo. Nuestra profesión estriba en tratar de ser pobres como El lo fue, y no sólo pobres dé espíritu. Nuestra profesión es ser pastores del rebaño y pastores del pueblo. ¿Y quién ha oído nunca hablar de que un pastor se vaya a hacer una larga tourné o se tome unas prolongadas vacaciones? Nuestra profesión es ser “crucificados para el mundo” y no seguidores de sus modas. Nuestra única profesión es..., andar, hablar, actuar, vivir, SER como Jesucristo. Si El recorría Judea de arriba a abajo, no lo hacía como turista. Si El fue a la montaña y a la orilla del mar, jamás en sus treinta y tres años de existencia terrena se tomó una vacación. Su recreo consistía en cambiar de ocupación.

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Para descansar, subía a la montaña para orar, o bien “llevaba a sus discípulos aparte, a un lugar desierto para descansar un poco”. ¡Eso es el retiro! ¡Qué malos dobles hacemos del Hombre-Dios! ¿Quién de nosotros ha practicado las palabras de Cristo “vosotros NO sois del mundo”? ¿Quién de nosotros puede decir con San Pablo: “El mundo está crucificado para mí y yo paro el mundo”?

—Pero Joe, también tenemos derecho a cierto descanso, sobre todo los más viejos y delicados.

—Naturalmente, no me refiero a los que en realidad necesiten de descanso; hablo de la masa. Es posible que si necesitemos unas vaca-ciones, pero unas vacaciones para curas, con curas y como curas. Estoy convencido de que uno de nuestros mayores remordimientos para toda la Eternidad serán las misas que no hayamos dicho y que podíamos haber dicho. No sé si me entiendes...

—Claro que te entiendo, y perfectamente. Es más, he de decirte que has subrayado de tal forma tu primera conclusión, que viene a constituir casi una acusación contra un cuerpo que, según dices es bueno.

En resumen, le acusas de no haberse mantenido intocable y de que, por lo tanto, el mundo le ha rebajado convirtiéndole en un cuerpo de hombres mundanos. ¿No es eso sobre poco más o menos?

—En efecto, Jack; no hemos sido conscientes de nuestra dignidad ni de nuestro deber. Mundamini es nuestra alerta. ¡Conservémonos LIMPIOS! Limpios del mundo y de las cosas mundanas, puesto que Cristo ha dicho que nosotros “no somos del mundo”. Limpios del mundo porque estamos consagrados y porque mañana, al alba, consagraremos no un cáliz, un altar o una iglesia, ¡sino el Cuerpo y la Sangre del menos mundano de todos los hombres y del más LIMPIO de todos los hombres limpios! Al alba, sostendremos en nuestras manos a Aquél a quien doblamos. Si yo me repito hoy mismo sin cesar que soy intocable y cuando llega la necesidad se lo digo a los demás, no tendré dificultad en mantenerme limpio, ni en vivir conforme a mi profesión como un doble del Cristo Pobre.

—Es decir, tú reduces todo a ser conscientes de nuestra dignidad. —Así es. Nuestra dignidad y nuestro deber se reúnen en la sola palabra doble. Conque siempre fuéramos conscientes de nosotros mismos, conscientes de nuestra verdadera personalidad, seríamos limpios, puedes creerme. Tú fíjate... Nunca permitimos a ningún hombre, mujer o niño tocar un cáliz consagrado, ni una custodia ni un copón, ¿verdad? No se nos

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Vasos Sagrados; sin embargo, yo soy el cáliz vivo de la Preciosa Sangre, yo soy el copón de la Hostia Consagrada y soy la custodia viva donde se expone Dios vivo. Todos los sacerdotes lo somos, y, a pesar de ello, cuánta libertad indebida nos permitimos y hasta fomentamos de los hombres, y algunos..., ¡hasta las mujeres! Deberíamos ser mucho más intocables que un cáliz, pues éste puede perder su consagración y nosotros nunca podemos perder la nuestra. Ahora bien, debo decir que ningún hombre, ni ninguna mujer, ni ningún niño, tocaron jamás a un sacerdote sin haber sido antes animados a hacerlo. La culpa es, pues, siempre, del sacerdote.

—Creo que en eso tienes razón...

—¡Desde luego que la tengo! ¡Qué sacrilegio es profanar la Custodia viviente del Altísimo! San Pablo dijo: Pórtate Deum In Corpore Vestro. Si escuchásemos a San Pablo y nos percatásemos de que nuestros cuerpos son cosas sagradas, los conservaríamos intocables y no habría hombre, mujer o niño, que osara quebrantar la prohibición de poner mano sobre el Tabernáculo vivo, sobre la Custodia de Jesucristo. Intocable es la consigna que debemos’ usar para estas maravillosas cualidades concedidas por Dios a nuestras almas inmortales de sacerdotes. Mundamini es la orden.

—Es muy interesante eso que dices, Joe, pero a medida que hablabas he seguido pensando que volvías a referirte a la minoría. Todo cuanto, has dicho sobre los curas es cierto, pero no lo es respecto a todos los curas. Llama la atención que un sacerdote obre mal, pero nada significa que vivan con rectitud los treinta mil restantes. Por lo menos, así es para el mundo, lo que en realidad es un tributo que nos rinde como cuerpo. Ahora bien, tú te has dedicado a atacar a un elemento del sacerdocio que, gracias a Dios, está muy lejos de ser el elemento principal. Admito de buen grado que todos nosotros estamos hasta cierto punto tentados por las cosas mundanas y que todos sentimos inclinación hacia lo que has estado lamentando. Pero ni todos estamos enviciados en el golf, ni todos somos avaros, ni todos seguimos la filosofía de Omar Kayyam.

—Cierto; pero lo que he dicho sobre nuestra dignidad y nuestro deber; lo que he hablado sobre nuestra intocabilidad, ¿no es aplicable a uno y a todos? ¿No somos todos dobles del Hombre-Dios?

—Las ideas que has expuesto son prácticas y pueden ser utilizadas por todos, eso no hay duda. Mis objeciones sólo las formulo a algunos de los argumentos y de los ejemplos que empleas. El ser un doble del Hombre-Dios es sencillamente emocionante. Debería servir a quien

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recapacite en ello como estímulo para la gratitud y la grandeza. La idea de mantenernos intocables debería servir a todos de coraza contra la mundanidad. Pero quizá el punto más impresionante de los que hasta ahora has expuesto sea precisamente el que no has desarrollado. Me refiero al punto de la mediocridad. Ese sí es aplicable a la masa. Cuando pienso en lo que deberíamos ser y en lo que podríamos ser..., tengo que considerarnos como mediocres.

—Casi no hace falta subrayar lo evidente, Jack. Cualquiera con mediana vista adivina que somos mediocres e incluso que en algunas cosas ni siquiera alcanzaremos la mediocridad. ¡Qué vergüenza para nosotros pensar en lo que hace mil novecientos años llevaron a cabo en el mundo doce pescadores ignorantes e ineducados, pero piadosos, mientras nosotros, más de treinta mil en nuestro país, no hemos logrado convertir un solo Estado!

—Sólo ha habido un Pentecostés, Joe.

—Ahí voy a parar precisamente, Jack. Debería haber más; pero la culpa de que no los haya no es de Dios. Fíjate en toda nuestra educación sistematizada, en nuestros años de filosofía y teología, en nuestras A. B., nuestras M. A., nuestras Ph. D., y nuestras S. T. L., a pesar de las cuales, doce pescadores, nos han avergonzado.

—Sí, Joe; pero, naturalmente hablando, nosotros estamos mucho mejor preparados.

—Naturalmente, sí, pero sobrenaturalmente, no. Y la culpa es nuestra. Nos lanzamos a evangelizar el mundo, y cuando queremos darnos cuenta es el mundo el que nos ha evangelizado a nosotros.

—¿Por qué? Eso es lo que tienes que explicarme. ¿Por qué?

—Indudablemente, tener siempre conciencia de nuestra dignidad y recordar en todos los momentos, en todos los lugares y con todas las gentes que somos el doble del Hombre-Dios, rectificaría muchas cosas que necesitan rectificación. Sería un remedio, estoy seguro. Pero para una curación completa de nuestra epidemia, se necesita llegar al foco de la infección. Es menester averiguar POR QUE somos tan olvidadizos de

nuestra dignidad. ¡Sólo entonces habremos conseguido algo! Hasta que no

hayamos alcanzado esa profundidad sólo podremos obtener un alivio provisional, pero no la curación definitiva:

—Doblar a Cristo es una idea fundamental, Jack, y debe constituir nuestro ideal básico.

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—Sí. Pero ¿por qué olvidamos con tanta rapidez el ideal? ¿Cómo es que la idea, de subsistir, ejerce tan poca influencia sobre nosotros? Tal es la raíz de nuestra dificultad y la causa de nuestra mediocridad. ¿Por qué

somos tan inconscientes de nuestro deber y de nuestra dignidad?

HABEIS DE CAER DE HINOJOS

Me dirigí a mi mesa de trabajo y eché un vistazo a las notas que había escrito.

—Escucha, Jack. Esto podrá parecer una digresión, pero no lo es. Aquí tienes otra cosa que me ha enseñado Hollywood. Jimmie doblaba esta mañana a un famoso astro del cine y lo hacía a la perfección. Los maquilladores tenían su parte, claro es, pero Jimmie fue quien daba el toque final. Caminaba igual que el Protagonista, se sostenía como él, incluso había captado su característico balanceo sobre las puntas de los pies, del que el famoso actor se muestra tan ufano cuando parece contemplar algo a lo lejos. A escasa distancia, viéndoles juntos, no podía decirse cuál era la estrella y cuál el doble. ¿Sabes cómo ha adquirido Jim-mie esa perfección?

—Seguramente imitando al astro como los monos imitan al hombre. Ya sabes que Jimmie es un mímico excelente.

—No es eso, Jack. Por lo menos eso no §s lo suficientemente profundo. Jimmie ha adquirido esa perfección mediante el estudio y sólo mediante el estudio. Ha observado, ha analizado, ha reflexionado mucho, y sólo después de esto ensayó una imitación... Si yo he de doblar a Jesucristo, tengo que hacer lo mismo. Tengo que estudiarle, analizarle, reflexionar sobre sus actos y sus hábitos. Es decir: tengo que caer de rodillas ante El. Si me preguntas en qué consiste el motivo de nuestro fracaso de vivir al nivel de nuestra dignidad y el de no tener nunca la conciencia de ella, te diré que se debe... ¡AL DESCUIDO DE LA ORACION!

—No es la primera vez que oigo decir eso. No obstante, los sacerdotes rezamos diariamente una hora de Oficio, decimos a diario nues-tra Misa; todo ello, con su correspondiente preparación y acción de gracias, lleva otra hora. Por lo tanto, durante toda nuestra vida sacerdotal, dedicamos al menos dos horas completas diarias a la oración—es decir, a la oración formal—y eso, sin olvidar que el trabajo también es oración.

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—Sí, Jack, el trabajo es oración, pero cuando se lleva a cabo per

Ipsum et cum Ipso et in Ipso. El trabajo es oración cuando lo utilizamos

como medio para mantenernos unidos a Jesucristo, como medio para unirnos aún más estrechamente a Dios. El trabajo es oración cuando supone una elevación de la mente y del corazón hasta Dios. Pero, dime, ¿cuántos de nosotros trabajamos así? Una vez oí decir a un Delegado Apostólico: “Hubo una época

en Que nosotros los sacerdotes, teníamos una intención real antes de comenzar todos nuestros trabajos, pero no tardamos en darnos por satisfechos con la intención virtual, que luego se hizo habitual, y ahora me pregunto sí, en el mejor de los casos, podríamos llamarla interpretativa.”

—Tenía razón en cierto modo ese Delegado, pero fíjate, Joe, que admitía que podría y debería ser una oración.

—Sí, podría y debería serlo..., ¡pero no lo es! No lo es para la mayoría de nosotros, para esa mayoría a la que nos estamos refiriendo. Hay algunos que sí hacen una oración de su trabajo. Tú los has conocido y yo también. Esos son verdaderos sacerdotes, verdaderos hombres de oración. Dedican mucho más de una hora al Santo Sacrificio, pues ni siquiera se les ocurre investirse sin haber pasado por lo menos veinte o treinta minutos de meditación, preparando su mente y su corazón para el Acto Maravilloso. Después de realizarlo pasan otros veinte o treinta minutos dando gracias a Dios. Son hombres que pueden decir con San Agustín: Psalterium meum, jucundum meum. Hombres que REZAN verdaderamente su Oficio, mientras la mayoría de los demás, nos li-mitamos a LEERLO. ¿Y cuántos de nosotros nos damos cuenta de lo que leemos? Ah, ya sé que eso no es esencial; pero, con toda sinceridad, ¿me quieres decir qué clase de alabanza se puede hacer cuando no se sabe lo que se está diciendo, ni se molesta uno en averiguarlo?

—Antes has definido la oración al decir que era “elevación de la mente y del corazón hasta Dios.” ¡No pidas ahora más que la Iglesia!

—Sin hacerlo, me gustaría saber qué clase de elevación puedo tener cuando no leo frases o ideas sino sólo palabras, y palabras cuyo sig-nificado desconozco. Aunque lea mi Oficio digne, atiente et devote, aunque diga mi Misa con todo fervor, ¡no es suficiente! Todo ello son plegarias públicas y si he de ser un hombre de Dios, si he de ser un verdadero doble de Jesucristo, debo hacer mucha oración privada. ¡Debo caer de hinojos muy a menudo!

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—Eso es una falacia, que he oído criticar muchas veces. —Bueno, pues oigamos cómo la criticas tú ahora.

—Encantado. Nuestra vida es una vida activa. De acuerdo. Pero la actividad a que estamos sometidos, la única actividad que constituye el corazón y la esencia de nuestra vida activa, consiste en reproducir a Jesucristo en nosotros mismos y en los demás. Tenemos que estar constantemente en acción, y esa acción ha de consistir en doblar al Hombre-Dios. Pero ¿cómo podremos reproducirle en cada una de nuestras acciones, si no conocemos exactamente cada una de las suyas? ¿Cómo podremos realizar un perfecto doblaje sin un íntimo conocimiento del Original? Un verdadero artista no pinta nunca de memoria; siempre tiene delante al modelo. Un escultor auténtico, trabaja con el cincel y el martillo, sí, pero sin que sus ojos dejen de mirar al modelo. Y un cura que crea que puede ser un verdadero sacerdote sin tener siempre puesta la mirada en Jesucristo; un cura que crea que puede doblar diariamente al Hombre-Dios y se atreva a realizar la labor activa de su ministerio activo sin tener presente a su Modelo Jesús constantemente ante sus ojos, intentará un absurdo y ensayará un imposible. No se puede ser un ardoroso partidario de alguien, si no se ve al jefe a quien se sigue. ¡No se puede reproducir sin ver el Modelo! ¡No se puede doblar a alguien

sin conocer a fondo el Original! Todo ello quiere decir que no se puede ser sacerdote sin MEDITAR.

—¿Te refieres a la meditación formal?

—No me refiero a nada. No hago más que exponer hechos. Digo, sencillamente que, si no estudiamos a Jesucristo, nunca llegaremos a conocerle; que, si no llegamos a conocer realmente sus modales y sus motivos, nunca podremos doblarle y que, si fracasamos al doblarle, nunca seremos sacerdotes. Lo que digo es que el único camino bueno para conocer a Cristo es estudiarle con la oración. Los libros qua libros, nunca proporcionan el conocimiento íntimo de corazón que necesitamos. Lo que necesitamos se llama “iluminación e inspiración”, o sea en una sola palabra, la GRACIA, que sólo se alcanza en la oración, con la oración y a través de la oración.

—De todos modos, insisto en mi pregunta. ¿Lo que pides es la oración formal?

—No, Jack; no pido eso, si a la que te refieres es la que debe tener tres puntos y un coloquio preciado de tres preludios. Pero sí pido que los sacerdotes oren. Que mediten verdaderamente. ¡Que mantengan

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conversaciones ininterrumpidas con Dios! El formalismo es una calamidad, ya lo sé. Pero tú quieres saber por qué somos tan inconscientes de nuestra dignidad y yo te digo que por no atenernos suficientemente a los formalismos. Si hiciésemos una meditación formal todas las mañanas o a cualquiera otra hora del día, no nos olvidaríamos tan a menudo de que somos dobles de Jesucristo.

—Bueno, Joe: acaba de decidirte: o pides meditación formal o no la pides. ¿En qué quedamos?

—Cuando digo meditar, Jack, quiero decir que seamos hombres de oración. Cuando hablo de un hombre de oración, quiero decir un hombre que haga las lecturas meditando, que utilice con frecuencia las oraciones jaculatorias, un hombre que tenga pura intención en todas sus obras y que renueve constantemente esa intención. Quiero decir que hay que ser un hombre que RECE su Oficio, que ame el Sagrario y a quien se vea muchas veces deteniéndose bajo su lámpara; un hombre que se prepare para sus Misas y dé verdaderas gracias después de ellas. Es decir, un hombre que viva continuamente en la presencia de Dios.

—Entonces, insisto en que hablas de los contemplativos.

—Y yo te digo que no; que hablo de los curas activos de las parroquias activas.

—Pero hablas del hábito de la oración.

—¡Exacto! Y digo y repito que un sacerdote no puede serlo verdaderamente, a menos que adquiera el hábito de la oración.

—¡Pides mucho, Joe!

—Pido lo menos que un hombre puede dar si quiere actuar como doble de Cristo. Estoy convencido—por la experiencia y por la observa-ción—de que TODAS las caídas del sacerdocio se deben a la falta de oración. Sé que si vivimos inconscientes de nuestra dignidad, se debe sólo a nuestra inconsciencia del deber de orar. ¡Tenemos que caer de hinojos

muchas veces!

—¡Fíjate bien en lo que pides!

—No pido más que unos veinte minutos o media hora por la mañana y cinco o diez minutos por la noche. Una prolongada mirada a Jesús por la mañana y una prolongada mirada a mí mismo por la noche. Prométeme ese poco y yo te prometeré un clero capaz de renovar la tierra.

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atmósfera de la oración; hombres que hicieran de todas las cosas un medio de unirse con Dios. Antes describías a un místico, ahora desciendes a un hombre. ¿Así que es eso todo lo que quieres? ¿Treinta o cuarenta minutos de mi jornada?

—Concédeme eso, Jack, y el resto vendrá solo. Concédeme treinta o cuarenta minutos y yo te prometo la santidad. No te rías de mi mística, porque aun rebajada a nuestra propia manera, todos hemos de ser místicos. Concédeme, pues, esos treinta o cuarenta minutos y el resto se nos dará por añadidura.

—¿Cómo?

—Déjame estudiar a Jesucristo un ratito cada mañana o a otra hora cualquiera del día, pero déjame estudiarle más con el corazón que con la cabeza; déjame verle de esa forma con los ojos para poder reproducirle, que lo demás ya llegará. La meditación formal, como tú la llamas, termina después de veinte o treinta minutos, pero el fruto de la meditación irá madurando a través de toda la jornada. El objeto de la meditación nunca estará totalmente ausente de mi mente, la resolución de mi voluntad, ni los afectos de mi corazón. Lo que haya visto antes de romper el alba ejercerá su influencia sobre mí desde la salida del sol hasta que aparezcan las estrellas. Mi meditación no terminará al dejar de estar de hinojos: al contrario, será entonces cuando comience realmente. Lo que en esos veinte o treinta minutos haya visto del Original será lo que reproduzca durante el resto del día. Esa pequeña meditación será la dínamo de mi jornada; cualquier luz, cualquier calor o energía que señale mis obras durante el día, mientras doble a Jesús, habrán sido generados en esos breves momentos que dediqué al estudio de mi “Estrella.” Si al incorporarme después de haber estado de rodillas doy por terminada mi meditación, tal vez habré llevado a cabo un ejercicio piadoso, pero desde luego, ¡NO habré estado meditando! La verdadera meditación debe continuar a través del día entero. Por eso te digo que me des un clero que medite realmente durante veinte o treinta minutos diarios y deja que hagan de las suyas los dictadores ateos, deja que el comunismo que se está infiltrando en nuestro país estalle con toda su furia inflamada, e incluso que el mismo Anticristo se incorpore con todo su poderío. Nada de ello me preocupará lo más mínimo; pues tropezará con un cuerpo tan indestructible como Gibraltar, tan inflexible como el acero, tan inconquistable como el Cristo a quien do-blamos. Que cada uno de nuestros treinta mil sacerdotes caiga de hinojos durante media hora cada día, contemple la maravilla de su ordenación, se asombre del misterio de su vocación, se dé cuenta de la altura de su

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elevación, se quede absorto ante el hecho de que Dios utilice como dobles suyos a simples mortales, que tome luego la resolución varonil de perma-necer consciente de su dignidad durante todo el día, y verás cómo tenemos un clero que “caminará digno de la devoción a que ha sido llamado”; entonces contaremos con un cuerpo de santos, dobles de Jesucristo.

—¡Bravo, Joe! ¡Muy bien hablado! Pero dime, ¿cómo te las arreglarás para que todo eso deje de pertenecer a lo ideal y se convierta en real?

—Bastará con la sencillez. —¿Con la sencillez?

—Sí, Jack, con la sencillez en su forma más pura. Si nos convertimos en hombres sencillos, tardaremos muy poco en ser santos.

—Explícame eso.

HOMBRES CON UNA SOLA IDEA

—Un hombre sencillo es un hombre con UNA SOLA IDEA ABSORBENTE. Sólo tiene un ideal que penetró por su cabeza hasta hundirse en su corazón y constituye la vena yugular de su sistema sanguíneo. Cuando digo totalmente absorbente, es eso precisamente lo que quiero decir: ¡TOTALMENTE ABSORBENTE!

—¿Esa es tu idea de la sencillez? ¿Ese es tu concepto de un hombre sencillo?

—Sí. Eso ES un hombre sencillo, Jack. Tal hombre es un individuo intenso. Su única idea se ha convertido en pasión arrebatadora. Es su único modelo, la única norma verdadera que aplica a todo.

—¿Crees que la ausencia de multiplicidad es el mejor camino para la sencillez?

—Exactamente. Y ya ha surtido efectos, Jack... Recuerda a San Pablo. Su única idea... San Bernardo. Su pregunta única y continua era: “¿Para qué me hice monje?” La de San Luis Gonzaga era: Quid hoc ad

aternitatem? San Estanislao se repetía a sí mismo incansablemente que

había nacido para cosas más altas, y San Ignacio se sentía espoleado siempre por su frase ad majorem Dei gloriam. ¡Esa clase de sencillez es la que lleva a la santidad...!

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—Pues lo que llevo diciendo toda la noche. Sólo esta idea: ¡Somos un doble de Jesucristo! ¡Somos un doble de Jesucristo! Que esta frase penetre en nuestras venas, que sea nuestra única norma, la medida con que juzgamos lo que ha de hacerse y la forma en que ha de hacerse, que se apodere de nuestro corazón y seremos verdaderos sacerdotes. Permíteme insistir una vez más en que la meditación matinal

introducirá esta idea en nuestro corazón y ei examen de la noche la sostendrá.

—¡Ah! Eso es lo que quieres que haga con mis diez minutos de la noche, ¿no? Casi me había olvidado de ellos. Es decir, tú quieres un examen nocturno de conciencia, ¿no es eso?

—Sí, Jack. Y es tan importante, por no decir que más importante, que la meditación matutina. Es una comprobación perfecta de lo que hemos hecho y por qué lo hemos hecho. Si nos examinamos verdaderamente todas las noches, llegaremos a saber cuándo, dónde y por qué fracasamos en nuestro doblaje de Cristo. Semejante examen vendrá a ser como el espejo para nuestro maquillaje. Al mirarnos en él todas las noches, nos veremos tal y como somos, no como nos imaginamos ser.

—Ese punto es muy interesante.

—Mi plan para conseguir un sacerdocio mejor, casi me atrevería a decir un sacerdocio perfecto, es éste: Una mirada al Modelo todas las mañanas y una mirada al hombre que intentó reproducir al Modelo todas las noches. Seguido fielmente, hará que vivamos rectamente y nos encontremos dispuestos a morir cada noche: Es fácil, ¿verdad? Y, sin embargo, admitirás que está bien fundado y es sustancioso.

—Sí, Joe. Es un plan sencillo, práctico y al alcance de todos, pues no existirá uno solo entre los treinta mil que somos, que no pueda disponer de veinte o treinta minutos por la mañana y diez o quince por la noche para, realizarlo.

—Y si no se puede disponer de ellos, se inventan.

—Conforme. Ahora bien: lo que me preocupa es si conseguirás hacerles seguir tus ideas. Tú estás entusiasmado esta noche. Ha aparecido de pronto en tu camino una nueva idea, una verdadera gracia, y la enarbolas como la panacea que puede curar a todo el clero. Yo he estado recapacitando mientras te escuchaba. Has profundizado mucho y tu lógica no ha fallado. Dices que fracasamos por no tener conciencia de nuestra dignidad e insistes en que no la tenemos porque no meditamos. Por eso, propones la meditación matinal que ha de influir en nuestra jornada entera,

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como remedio universal para nuestra maldita mediocridad y para otras cosas aún peores. Es UN método curativo, no lo niego; pero ¿será el adecuado y el UNICO? ¡Eso es lo que quisiera yo saber! En fin, voy a consultarlo con la almohada esta noche y mañana cuando venga Eddie nos reuniremos los tres, volcaremos juntos nuestras experiencias y veremos si llegamos adonde necesitamos llegar. A la mejora de nuestra condición que, aun no siendo mala, no es todo lo buena que debería ser.

Después de decir esto, el Padre Jack se fue y yo permanecí horas y horas sentado y cavilando; cavilando en las maravillas que podrían alcanzarse en los Estados Unidos si sus treinta mil sacerdotes católicos llegaran a inflamarse con la idea de que sólo tenían un UNICO trabajo que realizar: el de

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SEGUNDA PARTE

“¡Qué vida, Dios mío! Y es vuestra,

¡oh sacerdotes de Jesucristo!

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CONSULTAD AL MÉDICO

El Padre Eddie llegó al día siguiente. Es nuestro hermano mayor y pertenece, como yo, al clero secular. Mas al revés que yo, Eddie es un magnífico maestro de ejercicios. Tres hermanos, sacerdotes los tres, y, sin embargo, totalmente distintos en la manera de pensar, de hablar y de carácter que pueden serlo tres hermanos. No solemos reunimos los tres muy a menudo, pero cuando lo hacemos, podéis estar seguros de que aprovechamos bien el tiempo y la ocasión, sacándoles todo el partido posible.

El Padre Eddie conocía California del Sur la mismo que el noventa por ciento de los nativos del lejano Este: es decir, nada. Por eso estaba ya bien entrado el día siguiente planeado por el Padre Jack, antes que hubiéramos comenzado nuestra discusión. Y aunque parezca raro, ésta fue suscitada por el Padre Eddie, al preguntarme:

—¿Tienes confesor fijo, Joe? Le dije que no.

—¿Y tú, Jack?

—¿Cómo quieres que tenga confesor fijo si no paso ni dos meses seguidos al año en ei mismo sitio?

—Bueno, bueno... ¿Y qué os parecería tenerlo?

—Ad quid?

—Como el único medio de asegurar la santificación de vuestra alma. Este fue el argumento del maestro de ejercicios muy recientes, y yo he pensado adoptarlo también para mis tandas de este año. ¿Qué os parece?

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