PARTE III
La polvera de la p rin cesa. — In s c rip ción fu n e ra ria del piloto Knem hotep. — Los h ic so s: «Caudillos de la joven ge neració n guerrera». — H atsepsut asume el p o d er. — E l can ciller Senm ut y su p o lítica ex terio r. — El incienso. — ¿Dónde estaba P unt, la T ie rra de Dios? — H atsep sut d ice incienso y entiende oro. — La esteatopigia de la p rin c e sa de P unt. — «A m onestaciones de un pro feta egipcio.* — M ercancías in d ias en África O riental.— El barco egipcio de alto bordo. — Los navegantes de «Biblos». — Salomón sabe dónde está Ofir. — El m isterio de Sim- babw e. — C ircunnavegación de África h acia 600 a. de J. C. — Tolomeo no cree que el Sol pueda estar al Norte. — El Ca nal de Suez de los Faraones. — La Ocea nografía m oderna y el ocaso de Creta. — P ú rp u ra de T iro pro ced en te de las Islas Canarias. — El alm irante H annón en el Cam erún. — ¿A pedreados p o r g o rila s? --
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Como en toda novela que se estime, empezaremos hablando de una hermosa dama o, para ser más exactos, de sil polvera. Ver dad es que no sabemos quién fue realmente esta dama, ni qué tal pareció. Y como desde su desaparición de este mundo han transcurrido cosa de cuatro mil quinientos años, tampoco será posible formarnos una idea de sus particularidades personales, en la medida que fuera deseable tratándose de una testigo de tal importancia. Al parecer, fue una princesa de la sexta dinas tía faraónica, con la que se ha convenido en cerrar el llamado «Imperio Antiguo» del País del Nilo. Sin embargo, no es esto lo importante para nuestro estudio. Lo que aqui nos interesa, es sólo el hecho de que en su estuche de maquillaje, el que le die ron para el viaje al reino de los muertos, se encontró todavía unos residuos de rouge, y que este rojo estaba fabricado a base de antimonio.
El segundo eslabón de la cadena dialéctica qut, estamos for jando es una inscripción en la tumba del piloto Knemhotep, de Elefantina, pequeña ciudad cercana a la primera catarata del Nilo. Knemhotep murió hacia 2300 a. de J. C., tal vez unos dece nios después que nuestra princesa del estuche de maquillaje, y se le enterró con toda solemnidad; seguramente fue hombre de alta reputación. Pero nada más sabemos de él, y poco nos impor taría el personaje de no figurar en su tablilla funeraria una ins cripción en la que, en lenguaje por demás admirativo, se con signa que, junto con su capitán Hwi, efectuó once veces con toda felicidad el largo viaje de ida y vuelta a Punt, la Tierra de Dios.
Éste es el segundo eslabón; el tercero es una reina en per sona, la princesa Hatsepsut de Egipto, que subió al trono en 1501 a. de J. C., ocupándolo cosa de veinte años, al cabo de los cuales fue por manera violenta eliminada, probablemente por su esposo. James M. Breasted, el célebre egiptólogo, ha llamado a la princesa Hatsepsut /«la primera gran mujer de la Historia Universal».-} Y seguramente lo fue, aunque esto aqui no nos preocupara, nosotros nos interesa sólo como el punto de inter sección de las líneas que parten de la dama de la polvera y del timonel Knemhotep. No obstante, tendremos que discurrir acerca de la princesa, con algo más de detenimiento.
Hatsepsut fue hija y única sucesora legitima de Tutmosis I. el gran soberano que devolvió al Egipto su antigua categoría
de potencia mundial, después de la asoladora invasión de los hic- siis^asiálivus. Por espacio de ciento cincuenta años, desde 1700 7T* 1T)?)" a de J. C., aquel pueblo extranjero dominó sobre el Pais del Niio, y en aquel siglo y medio todo quedó revuelto en el reino, ^os reves h icso sse llamaban asimismo «caudillos de la j^iven generación guerrera». Ya sabemos lo que esto significa, y e s más "que probabíT^úe fuera aquélla una época por demás turbulenta. Es muy elocuente el hecho de que, después de la ex pulsión de los hicsos, nada deseara el pueblo egipcio más afa nosamente que el restablecimiento de un orden. Tutmosis. como monarca, fue, sin duda, el «hombre adecuado en pt nnestn ade cuado» —pero, aunquetat-aftn. no era sino principe consorte, pues la sangre del fundador de la dinastía, la legitima y auttjp- ♦ica sangre faraónica, fluía sólo por las venas de su esposa, la Huna Ah mes—. Ella era la depositaría de la tradición, ae aque- 11a incomprensible fuerza otorgada por Dios, que se invoca siempre en los tiempos revueltos, y que era la única capaz de preservar a Eginto rif yplvpr r-a»v fq la anarnni^.
, Los egipcios observarían con preocupación que del matri monio del príncipe consorte no nacia un h e r e d e r o masculino. sino una hiia única. Al morir Ahmes, extinguióse el derecho del principe Tutmosis I, pasando, indiviso, a su hija Hatsepsut. ¿Qué ocurriría? ¿Otro principe consorte? ¿Y quién garantiza ba que el nuevo depositario del poder, extraido de una capa social inferior, no sería causa de disturbios, azuzado por el sentimiento de su propia inferioridad?
La propia Hatsepsut cortó ese nudo gordiano a la muerte de su madre. Como en Egipto las mujeres no npffn" las leyes sólo le reconocian la condición de «gran esposa real». y con ella se contentó de momento, al casar con Tutmosis III, hombre de origen desconocido y mucho más joven que ella, ¡sin embargo, ya desde el primer día toda la máquina del Estado que dó en manos de la reina, la cual, unos años más tarde, apoyada por su favorito, el canciller Senmut, se atribuyó también el ti tulo de faraón, pasando a ser «rey del Norte v del Sur, hijo del Sol, Horus áureo, dispensador de los años, diosa dé los ortos, soberana del mundo, Señora de ambos países, vivificadora de los corazones, ella, la Poderosa» —en resumen, ella era el Fa raón—, y, en consecuencia, se hizo representar con Dama 'y mandil corto, es decir, el traje tradicional de los reyes egip cios.
Su esposo, que, después de la sospechosa muerte de Hatsep sut, levantó a Egipto a la cumbre de su poderío, odió cordial mente, durante todo el tiempo que estuvo a su lado, a aquella mujer dotada de tan altas prendas. Cuando al fin fue suprimida, dio orden de destruir todas sus imágenes y estatuas; por eso desconocemos el aspecto corporal de aquella reina. Sólo han quedado los contornos de sus relieves, arañados y raspados, en
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las paredes de los templos. Estos contornos parecen simbólicos, porque tampoco la Historia ha guardado de ella gran cosa más que un bosquejo. A nosotros incumbe, pues, dar vida al diseño incorpóreo de esta dama; algo es que sepamos que operó en su persona un cambio de sexo. Y entonces se nos ocurre, natural mente, preguntar: j^Qué hará una mujer inteligente que, here dera legitima del trono, detenta el poder contra el derecho polí tico establecido?/Hará lo que siempre se hizo en tales casos: se aliará con ms legitimistas, para quienes la tradición es más importante que la razón de Estado. Esto, por una parte, l’or la otra, tratará de adquirir popularidad realizando una empresa cualquiera, con tal que sea ostentosa e impresionante.
Entonces Senmut. el canciller y amipo.* le habrá aconsejado reanudar la antigua tradición de los faráones enviando una
ti. Barco expedicionario de la reina ilatsepsut. En 1493 a. fie 3. C. empren
dieron los egipcios un viaje de exploración al divino país de Puní. De él informa una inscripción del templo de Der-el-Bahri, del cual procede este
grabado.
gran e-vppHif m_n a la Tierra.de Dios. Punt. allá leios en el Mar del Sur. He aqui una hazaña sensacional y digna del viejo y auténtico espíritu faraónico. Además, los sacerdotes se pondrían de.-S.11,lado y, finalmente, con ftl m o d e r n o armamento egipcio.
seria fácil lograr éxitos militaras f n f l t r a la - i n ó f>fepsa P n n t
éxitos que surtirían un gran efecto sobre el pueblo. Todo esto suena muy plausible. Lo que falta averiguar es hasta qué punto las proposiciones de Senmut influyeron en la conducta de Hat- sepsnt.fP.or lo general, las mujeres no tienen gran aptitud para la especulación teórica, y como Dios suele poner sobre sus deli cados hombros una cabeza astuta y calculadora, prefieren los argumentos realistasjPero he aqui que éstos estaban al alcance
5 8 .A AVENTURA DE LOS PRIMERO DESCUBRIMIENTOS
de la mano. Según antiguos informe, en todos los anteriores viajes —los últimos databan de más e quinientos años atrás— se habían traído de Punt grandes caitidades de incienso. ¿Por qué no iba a ser posible hacerlo ahor? De serlo, el proyecto de Senmut ni siquiera exigiría dispendos; pues el incienso era caro, más que el oro, y el consumo d los templos y sacerdotes, enorme. ¡A lo mejor la expedición endia incluso beneficios!
Consideremos las ideas secundaria que acaso decidieron a Hatsepsut. Desde épocas remotísimas Egipto venía comprando las voluminosas cantidades de incieno necesario para el culto, para la preparación de las momias ycomo medicamento, a sus ’ vecinos de la orilla opuesta del Mar Rojo, pagándolo a precio de oro. Para dar cifras: hacia 1200 a.de J. C., sólo el templo de Ammón, de la ciudad santa de Tebas,había recibido en un año 2 1 ftft ¡arras y 204 092 fanegas de la p'eciosa resina —una can tidad tan exorbitante, que uno se asista de reducirla a valores contemporáneos--. Pero en otros puelos de la Antigüedad ocu rría exactamente lo mismo. Año tras áo, por ejemplo, los sacer dotes caldeos quemaban ante el altar le Baal. incienso valorado en diez mil talentos. Mil talentos de ncienso pagaban los ára bes como tributo tlio a Darío, rey de hs persas, v en el templo de Jerusalén había gigantescos depósibs para el almacenaje de este don sagrado. En honor de Zeus Olmpico, en todos los pun- tos d ejim ú a ,cj filiuel .huma de.inf.umso, y más tarde se encaminarán a Boing interminables crgamentos marítimos del aromático producto.
Este incienso venía, desde muy aniguo, del Hadramant. en Arabia Meridional, el Hazarmavet de a Biblia, una misera re gión desértica a la que hizo rica y muidialmente famosa la aro mática goma. Tres mil familias noble: tenían, por derecho de herencia, el monopolio de la explot^cin del incienso. Para ello debían obedecer a toda suerte de precripciones religiosas; se atribuía carácter sagrado a todos lo que tenían derecho a participar en la cosecha, la cual durab: de marzo a agosto. Ter minada la recolección, el incienso eraexpedido, en bien arma das y protegidas caravanas, a los paíss compradores, de oasis a oasis, de ciudad a ciudad. Al principie el camino recorrido por esas caravanas —verdadera «ruta del ncienso», como hubo en Asia las «rutas de la sedq». y en Euroia las de la sal y d.cl. .ám bar— seguía la costa de Arabia Meidional en dirección a Poniente. En el Yemen Oriental, segunmente a poca distancia de la actual Adéñ, la ruta torcía haci el Norte, bordeando la costa del Mar Rojo. Allí se bifurcaba: un ramal occidental se dirigía a Egipto, y otro oriental iba a babilonia o a la argéntea
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Siria. Plinio ha descrito con bastanti detalle esta vía, infor mándonos incluso del coste de una crga de camello desde el Hadramaut al M ed iterrán eo 688 dennos, suma equivalente, poco más o menos, a 10 000 pesetas.PUNT, L.1 TIERRA DE DIOS 5 9
^ jinto con i in cien so ú rcu larn n i>or aquella ruta, p o r es- paci> <e m ilenio, los articilos de m áxim o valor y de lujo p ro c e d á is de la lidia y el leiaño~<)ricñÍc. T am bién p a ra estas p a r ts le la T ie ra , el H adam aut era el p rin c ip a l abastecedor de ic in s o . Conlos monzoies venían los m ercad eres in d io s del p u ero d e B arygza, en la h d ia cistiangética. la m lu a l Broacli, y pgaian con us p ro d u co s: m adera de leca de In d o ch in a, em peda en el paulen en h construcción de los palacios de los ric o taim antes fragantes n ard o s del GangeiT~"iir«7iiialn-o ma- labahnm (hoja; de canela del H im alaya, tejidos <lc innseJiusi. de "raiobana (leilán) y sd a de Sip (C hina); c a r e y Vlc Mala ca ; Ludgo, p im enta, dianuntes. esm eraldas, zafiros y la p i/lá - z u liie la In d ia. í a p a rtir iel H adram aut o de Adén, estas i a ra canda! p recio sa acom pañáian al in cien so - en su cam ino hacia el Jórs, h a c ia íuropa. Ligados allí, cargaban sobre su coste un fercficio del500 p o r 10, con lo que la estéril A rabia, ah o gad; ei las areias. a d quirir u n a inm ensa rioneza, h asta el ex- treño le co nvetirse en la «Arabia felix» de los rom anos, la t iera le los s u ñ o s ..m ar.a¿losos de las MH~ ~ Una XochesT
Tir.bién Egiito figuró, lesde épocas muy rem otas, entre los comir dores de incienso ladram í, y podem os suponer que a los ry llo so s s a c re s del laís del Nilo les v en d ría muy cuesta a rriia te n e r qu soltar, añ> tras año, innum erables lib ras de o ro in p a g o de iquella maa resinosa que tan to necesitaban sus saced tes. Cierb es que loi fu n cio n ario s del F araó n com praban sólo las m ejore c a lid a d es, no conform ándose, como aquellos extnneros de Siria y de ltr am ar, con u na m ercan cía d e se gunda clase. Ya en las rele io n e s de p ro d u cto s de R a m s é s H I, haca 200 a. d<J. C., se hice constar, como p atró h "3 eT £ ^ áIT - daddd género, ju e el colo del incienso p o d ía o scilar en tre un am rilo de ám lar em páñalo y un verdy. jad e pálid o , como la luz le la lu n a ; todos los tpos restan tes no ten ían valor. Pero p re is m ente aqiellas v arid a d e s era n las m ás caras, y se com- p re di que el (¿bienio egácio sin tiera ya desde m uy p ro n to el deso le to m ar jn sus propas m anos el sum inistro de incienso. P a r d o sólo p d ía pensase en la costa o rien tal african a, en alginc p u n to s le la cual x istía tam bién el pro d u cto .
ra h acia 300 a. de J. C, rein an d o el faraó n S ahure, el se- gunlo m onarca de la quinh dinastía, em prendióse la p rim e ra ‘ ex p d c ión en tasca de incinsn a la lejana T ierra de Pnnt. Des- graialaniente, ío^s h an quelado de ella m uy pocas referencias. T alve p a rtió ce l^osseir, a norte del Mar Rojo, pero no cono- ceiwsni el tie m p que estuvi en cam ino, ni la fecha de su vuelta, ni siserepitió. Tampoco d ie n las viejas cró n icas el lugar exacto dome ¡e hallabi Punt. En :ambio, se consigna orgullosam ente el m giíñco resiltado del iaje de S a h u re : 800Q0 m edidas (je m ira . 1200 n e s s fll‘ eter-tnn (una aleación de oro y plata) y 2 60i iezas de m aderas ireciosas fueron tra n sp o rta d o s de
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Puní :■ Kgiplo. Además, aquel país suministró enanos, que de sempeñaron durante largo tiempo un importante papel en las danzas religiosas de los egipcios. Asi reza una inscripción del reinado del faraón Isesi, el penúltimo soberano de la quinta dinastía, hacia 2400 a. de J. C. He aquí, pues, que en el viejo Egipto parece haberse despertado la afición por las expedicio nes a Punt. Su frecuencia aumentó en los siglos posteriores, convirtiéndose seguramente en una institución regalar. En todo caso, ésta es la conclusión a que nos lleva la tablilla funeraria del valeroso timonel Knemhotep de Elefantina, a quien hemos presentado al comienzo del capítulo.
Pero después todo aquello cayó en olvido. El tráfico regu lar con Punt se adormeció, y hasta el tiempo de Menhoten IV. hacia 200p a. de J. C., no vuelve a mencionarse un viaje a la Tierra de Dios. Por lo visto, durante aquel tiempo los egipcios volvieron la espalda al mar, concentrando toda su atención en la tierra —obedeciendo a una ley natural desconocida aún, que parece exigir que en la vida de los pueblos alternen los periodos de expansión y amor al mar, con otros de retraimiento y encierro—. Sólo cuando nuedó eliminado el ..peligro hieso reinando el enérgico TutmosisJL (1555-1501 a. de J. C.), resurgió la oleada expansiva.
Y hétenos de nuevo en presencia de Hatsepsut, con los con sejos de su canciller y sus propias lucubraciones. Claro que sabía de Punt más que nosotros. A pesar de haber transcurrido casi tres cuartas partes de un milenio desde la suspensión de los viajes regulares a aquel país, es de suponer que se conocía su situación geográfica. Con lo cual Hatsepsut y su canciller nos llevan no poca ventaja, a los hombres de hoy. Nosotros es tamos a obscuras, y la Ciencia ha entablado un debate, con toda clase de argumentos en pro y en contra, sobre la localización de Punt. Durante mucho tiempo se buscó este pais en la India, lo cual no cuadraba con los datos cronológicos de la expedición de Hatsepsut. Luego se pensó en Eritrea, la franja costera del sur del Mar Rojo, pero tampoco esta hipótesis resultaba con vincente, por mil motivos.
Y he aquí que un entrometido profesor alemán cometió la indiscreción de analizar el rouge de la bella dama egipcia que mencionamos al principio del capitulo, y de pronto pudo de cirnos el lugar donde debió de hallarse Punt. Ya vimos que nuestra encantadora desconocida vivió a mediados de la sexta dinastía, y fue contemporánea, o poco menos, del piloto Knem hotep, el de los viajes a Punt. Y vimos también que en la fabri cación del colorete de nuestra testigo se había utilizado el an timonio. Ahora bien, se sabe que los grandes yacimientos de este metal de Persia y Asia Menor no fueron descubiertos hasta mucho más tarde. Y también las minas de antimonio de África Septentrional y Occidental fueron encontradas en tiempos en
P l 'N T , LA T I E R R A UE IH O S t i l
que nuestra belleza egipcia llevaba ya muchísimos años con vertida en polvo y ceniza. Pero, aparte estas regiones, en África sólo hay antimonio en el T^nsvanL v Hhpdesia jleL-Slir, sobre todo en el curso inferior del Zamhezc. Asi pues, si en Egipto hubo antimonio hace cuatro mil quinientos años, es decir, hacia el tiempo en que Knemhotep efectuó sus viajes a Punt, sólo del Zambeze podía venif.
Reconozcamos que la cosa parece increíble, un cuento de marineros. Pues la distancia entre el norte de Egipto y el Zam beze es, siguiendo la costa, de unos 8 000 kilómetros: un trecho tan enorme, que con razón nos preguntamos cómo era posible superarlo en aquella época remota. Añádase a esto el hecho de que el antimonio no se encuentra en la región costera, sino a 500 kilómetros al interior, en medio de tierras salvajes, en cj país de Mashona y e n ”torno del pequeño centro minero de Gwelo. ¿Vamos a suponer que los egipcios emprendieran un viaje de tal importancia sólo para obtener antimonio? Cierto es que este mineral puede emplearse para endurecer el cobre y elaborar bronce; ya se hizo en Egipto, bien que en poca escala. Pero lo decisivo, en los viajes al Zambeze, no fue el antimonio, sino el oro. Ya desde tiempos muy remotos se lavaba y extraía oro en la región de Mashona, y cuando se hubo descubierto y