P A U L H E R R M A N N
LA AVI. NT Ui,?A
DE LOS PRI MEROS
DESCUBRIMIENTOS
DE LA PREHISTORIA
AL FINAL DE LA EDAD MEDIA
Versión española porFRANCISCO PAYAROLS
Con 62 figuras, 33 mapas y 32 láminas fuera de texto
R E I M P R E S I Ó N
E D I T O R I A L L A B O R , S. A.
BARCELONA • MADRID • BUENOS AIRES - RIO D E JANEIROTítulo de la obra original:
Pa u l He r r m a n n, SlEBEN VORBEI UND ACHT VERWEHT
Editada por
© HOFFMANN UND CAMPE VERLAG, HAMBURG
De p ó s it o Ilegal. B. 3756. — 1962 N.° Re g i s t r o: 4446- — 1955 BS P R O P I E D A D Primera edición: 1955 Reimpresión; 1962 PIUNTED IN SPAIN Im pr e n t a J U V E N I L : Alcalá d e Gtjadaira, 14. B A R C E L O N A Reproducción offset ^GRAFOS, S. A, - Paseo Carlos I, 157 ' Barcelona
CORDIALMENTE AGRADECIDO DEDICO ESTA OBRA
A M I CARO AMIGO
EN EL NOMBRE DE DIOS:
INTRODUCCIÓN
Sie t e e s pasad ay en ochomuele (1): Cuando el grumete, al final
de su guardia nocturna, había vuelto por última vez el reloj de arena; cuando habían pasado siete ampolletas y comenzaba la media hora del fluir de la octava: incesante, incontenible, como símbolo palpable del tiempo que corre, entonces cantaba el mozo aquel estribillo en el silencio del barco. Así ocurría entre dos luces en las tres carabelas de Colón, como desde muy anti guo viniera ocurriendo en todas las naves de Aragón y Castilla.
Sie t e e s pasad a y en ocho m u e l e: Al término de este libro ,
también nosotros nos detenemos al amanecer del nuevo día. To davía flotan los sombríos horrores, los demonios, los informes fantasmas que hacen correr un escalofrío por la nuca del timonel, en el alto castillo del barco, y por la del vigía en su atalaya. No es más que el frío de aquella hora, la más solitaria del día, lo que le hace temblar, bien lo sabemos. Pero él cree percibir el contacto del súcubo que le envuelve en su sutil telaraña y le hiela la sangre en las venas; y tal vez tienen razón esos férreos hombres de los barcos primitivos, esos duros hombres de las primeras caravanas que reposan junto a las hogueras de los cam pamentos; tal vez los estratos profundos de nuestras almas, cu biertos del polvo de los milenios, aquellas reminiscencias in conscientes de nuestra sangre, aquellas experiencias mil veces repetidas, herencia de olvidadas épocas, necesiten de este silen cio que precede al nacer del dia.
Sie t e e s pasad a y en ochomuele: Cuando partimos a descu
brir la Tierra, la ruta estaba cuajada de signos mágicos: para he chizar la caza, para conjurar la fertüidad7 para propiciarnos a dioses y demonios. De aquí que los mitos y las leyendas nos hayan acompañado durante tanto tiempo. Aun en, el momento en que cerramos nuestra narración, porque apunta la aurora de una edad nueva, se levanta sobre el mundo la sombra lúgubre y sagrada del Preste Juan con sus brazos extendidos, en actitud de protección y amenaza, Y como el médico en la radiografía de nuestros tiempos, asi los pintores, escultores y grabadores del final de la Edad Media ven la mueca siniestra de una calavera
(1) Verso de una antigua canción marinera, cantada en las naves caste llanas :
«Buena es la que va, mejor es la que viene;
siete es pasada y en ocho muele; más moliere, si Dios quisiera; cuenta y pasa, que buen viaje faza.»
v n i INTRODUCCIÓN
detrás de la- diadema rematada en una cruz que corona esta fi gura fantástica; en el interior de las flotantes mangas de la cogulla, el desnudo esqueleto; y el cetro y la espada del rey- sacerdole asiático se transforman efi la guadaña y el reloj de arena de las medievales danzas de la muerte.
Sirte es pasad a y e n ocho m u e l e: iQué inmensamente lejos
queda todo esto! Los hombres de los antiguos ejércitos, montados en carros de guerra, los navegantes de Tarsis, los mineros de Oflr y los traficantes de incienso de Punt, los jefes de caravanas de las rutas chinas de la seda, los marinos de los monzones del Océano Indico, las gentes de Tule y de la tierra de Hvitramanna, los dioses blancos de Méjico y los enigmáticos secuaces de Kon- Tiki, del Perú y la Polinesia: simples nombres, apenas, eterna mente desconocidos, que pasaron, y sobre cuyos cuerpos, siglos ha reducidos a polvo, nosotros avanzamos hasta el borde del Nuevo Mundo. Sin embargo... En todos esos muertos, en todos los que el tiempo ha devorado, en todos los viejos libros y cró nicas de 'que aqui se hablará, vivimos nosotros, ayer, hoy y hasta el día del Juicio. Pues lo que aqui ocurre es nuestro des cubrimiento. Nuestro tentar fatigoso y angustiado. Nuestro sus piro de alivio, por haber escapado una vez más. Nuestro sufri miento, nuestra victoria, nuestro gozo. jY nuestra ciencia! Pero sólo con la luz del día que nace, se dilata el horizonte. Colón entra en escena, América inunda sus ricas pistas al encuentro de Occidente, y pronto se ha conquistado todo el mundo.
Siete es pasabay knochom u ele: Entra la nueva guardia. Pues no cabe duda: con aquel año de 1492, en que el «muy poderoso» Don Cristóbal Colón descubre el Nuevo Mundo, ha empezado de hecho una nueva Era. Tiempo ha -que Vénían anunciándola mil detalles, numerosas ideas nuevas, cosas de todos los días, insig- nificantes casi muchas de ellas. Pero luego, de golpe, en apenas quince años, se convierte en realidad viva, de forma que el hijo ya no comprende al padre, y las madres retuercen las manos ante la conducta de sus hijas.
Siete es pasad a y en ocho m u ele: A esta luz incierta y tem prana hemos de efectuar aqui nuestra labor. Nos toca aventurar nos por aquella penumbrosa tierra de nadie que se despliega en tre la Historia, la Geografía, la Arqueología y la Etnografía, esa tierra que con tanto recelo se rehúye. Pues en esta zona limítrofe apenas si se ha dado un paso en firme. Avanzar por este suelo es toda una proeza. Es injusto reprochar a la Ciencia que, velan do por la solvencia de las adquisiciones, mida centímetro a centímetro cada paso que se da en esas regiones de fuegos fatuos, que los compruebe con el microscopio hasta sus últimos fon dos. Hay que agradecérselo, al contrario. Cierto es, empero, que esta cautela ha impedido con relativa frecuencia que se men cionen siquiera ante el gran público los temas de que aquí tra taremos. El lector no especializado tendrá, pues, ocasión de
INTRODUCCIÓN IX
asombrarse e impresionarse profundamente ante lo desconocido y ante la novedad de las cosas que iremos exponiendo. Al científico apenas le diremos nada nuevo, pues que todas las ma terias aquí tratadas tiempo ha que son conocidas, sin excep ción, de las disciplinas correspondientes.
Nunca el autor se hubiera atrevido a intentar la exposición de un tema tan difícil, de no haber sido animado constantemente por los grandes magos de la Ciencia, quienes no han cesado ni por un momento de apoyarle y ayudarle. Asi recuerda aquí con profundo agradecimiento, solidarizándose con ellos, a los pre historiadores vieneses y a los runólogos escandinavos, a los americanistas alemanes y a los arqueólogos americanos, a las bibliotecas y los archivos eclesiásticos y profanos, a las corpo raciones científicas, museos y ministerios alemanes y extranje ros. Recuerda, finalmente, con particular gratitud, a los nume rosos asesores y consejeros de casi todas las partes del mundo, y entre ellos y en lugar destacado, a sus compatriotas de la zona oriental de Alemania.
Huelga insistir en que ni por un momento ha sido propósito del autor escribir una obra científica. Por otra parte, tampoco ha querido, ni mucho menos, limitarse a redactar un reportaje. En consecuencia, si bien ha renunciado a insertar apéndices con su inherente aparato critico, no ha podido menos que dar, jun to con una lista de nombres y hechos, una bibliografía un tanto extensa, destinada a aquellos lectores que, por uno u otro mo tivo, deseen profundizar algún punto. No existe juez más in sobornable que el lector. Quien lo tome demasiado a la ligera, por regla general cae en el fallo de pecar él mismo de ligereza. Yo puedo afirmar, con satisfacción y agradecimiento, que éste fue también el criterio de mi editor.
Da. P. H. Berlín, verano de 1952.
PARTE II
El rey de los metales
Berzelius y la catálisis. — El metal de las coronas reales. — «Los tiempos se han cumplido». 1— La impía Tarsis. — Atlán- tida, América y la Luna. — Los trafican tes de Creta. — ¿Comieron pescado los griegos? — Invención de la moneda. — El abogado Lisias y el capitalismo. — Ca bezas de buey, los dólares de la Edad del Bronce. — Estaño de las Casitérides. — Descubrimiento de Madera. — La «I. G. Farben» de Tiro. — La profecía de Isaías y el ocaso de Tartesos. — La competen cia burlada. — Contrabando de oro en Ga- lia.—Sucursales, representantes de comer cio, muestrarios. — Virchow vuelve a de cir «no».— Largas rutas intereuropeas.— Diques navales en el Adriático y el Mar del Norte. — Ulises en Dantzig. — Truso, la Elbing prehistórica. — La ruta Mar Negro - Mar Báltico. — La metalurgia es1
H a c e ahora ciento y tantos años que. hallándose el quimico
sueco Ber/.elius un atardecer ante sus retortas, se le ocurrió ana idea genial. Llevaba casi diez años dedicado al estudio de la química vegetal, y habia podido observar numerosísimas voces cómo determinados procesos químicos experimentaban do có pente una curiosa aceleración. Forzosamente debia de inter venir en ello alguna fuerza desconocida, algún agente que estaba por descubrir. Después de largas cavilaciones, Bcrzc- lius dio con la solución del enigma: «Ciertos cuerpos», escri bió, «son de tal modo influidos por el contacto con otros, que se origina una actividad quimica capaz de disolver combina ciones o formar otras nuevas, sin que el cuerpo cuya presencia las motiva tenga en ellas la menor participación».
Esto sonaba a alquimia y a brujería; el propio Berzelius. hijo de un siglo ilustrado y racionalista, no hizo la compro bación experimental de su hipótesis. Conformóse con crear un término para designar este misterioso proceso y su agente. Al primero llamó catálisis, y al cuerpo que se suponía provo carlo, catalizador.
Casi simultáneamente la Química se enfrentó tanibién en Alemania con ese enigma alquimístico. Pero los alemanes tien den siempre a la Metafísica, y los investigadores se lanzaron con tenaz energia a la persecución de la nueva «piedra filoso fal». Hombres de la talla de Ostwald, Cari Bosch y Alwin Mit- tasch impulsaron de tal modo la idea catalítica en miles de experimentos, que con el hallazgo del famoso catalizador de hie rro-manganeso-bismuto de las fábricas de anilina y sosa de Badén, Alemania se emancipó, desde 1915, de la importación del salitre. Y a partir de aquel momento, ya no se concibe la Química moderna sin la catálisis.
Cuando, en 1901, Ostwald formuló la definición de la catá lisis, reduciéndola a la fórmula más concisa imaginable, como la «aceleración de un proceso quimico ya en marcha, por la presencia de un cuerpo aparentemente neutro», a nadie se le ocurrió preguntar si aquel mismo hechizo se producía también en otras esferas, en las espirituales por ejemplo. Hoy, cincuen ta años más tarde, .somos más sensibles a interrogaciones de esta clase, y no porque tengamos un espíritu más inquieto que las generaciones que nos precedieron, sino simplemente por que la Era atómica, iniciada en el entretanto, nos lleva,
quie-ras que no, a estas consideraciones. No cabe duda que el pleno dominio (le las fuerzas atómicas hará surgir un mundo nuevo, no sólo en el aspecto técnico-físico, sino también en las con diciones espirituales y sociales. El simple hecho de que la ener gía atómica exista y sea técnicamente dominable, debe influir como un catalizador sobre toda nuestra estructura cultural y espiritual, en el sentido de acelerar sus procesos, aunque los nuevos conocimientos quimico-fisicos no sean comprendidos de manera inmediata por los individuos
Pero que nadie se forje la ilusión de que presencia un he cho nuevo. Cuando se inició nuestra época del «carbón-metal»; cuando, unos cuatro mil años atrás, el bronce fue descubierto y emprendió su triunfal marcha a través de toda Europa, pro- dujéronse fenómenos casi idénticos. Huelga decir que, tam bién entonces, lo más visible era el simple progreso técnico. Por fin contaba la Humanidad con un metal utilizable, un mi neral metálico que puede forjarse y.fundirse fácilmente y que, por otra parte, es lo bastante resistente para satisfacer todas las necesidades de la vida. Pero no es esto lo decisivo. Lo im portante es ver cómo de pronto se precipita una evolución cul tural que ya estaba en gestación; cómo florecen la Filosofía y las Bellas Artes; cómo la vida espiritual y económica encuentra en un momento nuevas formas, muy semejantes a las nuestras; cómo el comercio y el tráfico se abren el camino del mar y, a través de tierras desconocidas, se dirigen a nuevas riberas; cómo el yo aislado, el individuo, se destaca de la masa anóni ma; cómo, con él, la Ley y el Derecho empiezan a emanciparse de la costumbre, arraigada en las tinieblas de la magia — todo ello sin que el nuevo metal intervenga como agente inmediato: he aquí un fenómeno catalitico tal como Berzelius y Ostwald lo definieron y demostraron.
Es patente que con el bronce comenzó uqa Era de esplen dor. Muy raros primero, luego más numerosos, llegaron del Sur y del lejano Occidente espadas y brazaletes, fíbulas y hebillas de escudo, puñales y broches de cinturón, fabricados de un nuevo y prodigioso metal. Brillaban como el cobre, ya conoci do, o como el rojo oro que los grandes guardaban en sus arcas para los días de fiesta. ¿Qué eran el cobre y el oro, ante aquel nuevo metal? Era, sin disputa, el metal de los reyes: equipa rable al oro por el color y por la facilidad con que podía tra bajarse, pero más duro, mucho más duro. Con él, la piedra perdía todo su valor; podían incluso arrinconarse los objetos de cobre. Había empezado una nueva Era, t
Claro está que el bronce no apareció de manera repentina, de la noche a la mañana, en los países del circulo cultural europeo. Pero una vez conocido el nuevo metal, prodúcese una rápida y bien visible transformación, tanto en el campo téc nico como en el cultural. Tan espléndida es la floración que
E L 11KY I)K L O S M E T A L E S 27
se inicia, que uno no puede substraerse a la idea de que el Tiempo y la H istoria habían estado aguardando con impacien cia el momento de arrojar de sí el lastre de milenios. Casi inadvertida pasó, en cambio, la introducción del hierro, me tal de un valor técnico y práctico incomparablemente más alto, y que, conocido ya a principios del segundo milenio, era, sin embargo, tan caro que sólo bailaba empleo como adorno. Pa rece incluso como si la entrada del hierro en la historia de la C ultura hubiera frenado el impulso artístico determinado por el bronce. Con hierro se fabrican arados; con bronce, coronas reales y espadas de héroes. E lh ie rro es el metal de una época cam p esin a: .el bronce, el de muKmítíira aristocrática. I’or eso, todo lo que procede de aquel tiempo ofrece un aspecto noble., y h ero ic a,!
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Ignórase cómo se encontró el clásico tanto por ciento de es taño y cobre (10 por 100 del prim ero y 90 por 100 del segundo) que, como es sabido, da el bronce, e ignórase también a quién hay que atribu ir la fórmula. Es lógico suponer que ello ocurri ría en los países ricos en cobre, donde desde tiempos muy rem otos existiría la preocupación de endurecer algo el rojo y blando m etal; es de creer que la nueva aleación se obtuvo ca sualmente en el curso de alguno de los muchos ensayos de fundición de cobre. Lo más probable es que el descubrimiento o cu rriera en Inglaterra y España, los principales centros cu príferos. de Europa, asi como en los núcleos de la antigua cul tu ra del Indo, las famosas ciudades «industriales» de Mohenio- D am y H anpara. que John Marshall empezó a exhumar hace veinticinco años y en las cuales se encuentra bronce de una época que coincide casi con la correspondiente del Mundo Occi dental. ¿No resulta extraño que el Nuevo Mundo, y dentro de él, en el p ropio Perú, a pesar de sus riquísimas minas de cobre, jam ás se haya llegado a producir el bronce? Si no abunda allí el estaño, cabía haber utilizado para la aleación el plomo, la plata o el antimonio, como se hizo al principio en Hungría, Babilonia y Sumerja. Pero está visto que para que ello ocu rrie ra debían «cum plirse los tiempos». Al parecer, en el Nuevo Mundo no había sonado la to ra .
Así pues, en Europa es, ante todo, donde de manera absoluta
y p o r un largo periodo predom ina la nueva aleación de cobre y
■estaño. Y como consecuencia lógica, los países donde se en cuentra al mismo tiempo el cobre y el estaño, o sea, España e Inglaterra, pasan al prim er plano del interés general. Así se explica que ambos tengan tan enorme importancia en la proto- ¿hjstoria del Mundo Antiguo.j
I \ V\ I N I C U A DK LOS PRIM EROS DESCUBRIMIENTOS li-S
Al principio, es seguro que la producción metalífera de la Península Ibérica fue suficiente para cubrir la demanda de bronce del occidente, pobre en metales. En el rio Tinto existen el cobre y el estaño uno junto al otro, casi podría decirse, por lo que, probablemente, aquél habrá sido el centro de la primitiva industria española del bronce. A él se suman los yacimientos auríferos de Ilipa y las florecientes y productivas minas de plata de Almería y Catula. Ambos contribuirían, sin duda, a aumentar aún el interés mundial por la riqueza metalífera hispana.
Este interés mundial tiene su manifestación más visible en el origen de la famosísima, legendaria y opulenta ciudad de Tartesos. la lujuriosa e impía Tarsis dé la Biblia. Dónde estuvo
l. El Imperio de Tartesos. Mientras Gades, en el lugar de la actual Cádiz, fue una fundación debida a la competencia fenicia, Mainaké, no lejos de Má laga, fue una colonia prim itiva griega* Vías empedradas la comunicaban con
Tartesos y, a lo largo de la costa oriental española. con Italia.
situada Tartesos: si en la desembocadura del Guadalquivir, en las inmediaciones de la actual Sevilla o, como suelen ad mitir otros, en la comarca de la futura Jerez de la Frontera, es un interrogante no contestado todavía. Como casi nada se sabe tampoco de la nacionalidad o filiación étnica de sus fun dadores y habitantes, pues la tesis de su origen etrusco no está probada, ni mucho menos. Finalmente, se ignoran también por completo la época de la fundación de Tartesos (aunque es de creer que seria a fines del tercer milenio) y la de su desaparición. Pero, a pesar de la vaguedad én qué están envueltas casi todas estas cuestiones, poco estudiadas todavía, hay un hecho sobre el cual no caben dudas: la 'Existencia real de Tartesos.
EL REY DE LOS METALES
sin duda alguna grande e inmensamente rica, cuya existencia viene corroborada por testimonios juilius, asirios y griegos, ha llevado a la hipótesis de que Tartcsos pueda identificarse con la misteriosa Atlántida. Esta hipótesis se remonta al arqueólo go alemán Adolfo Schulten, uno de los mejores conocedores del problema de Tartesos; y hay que reconocer que en sus li bros ha aportado una serie de argumentos solidísimos en de fensa de su tesis. Sabido es que la leyenda de ig A,H»ntf<tg se basa en una noticia que da Platón en su diálogo «QTtias». Cuenta en él que, según una antiquisima tradición egipcia, hubo, cosa de nueve mil años antes, a muy poca distancia al oeste del Estrecho de *Gibraltar,“ una gran isla en el Océano, «mayor que Asia Menor y Libia juntas», y cuyos reyes domi naron sobre vastas regiones de África y Europa. Cuando los señores de la Atlántida se dispusieron a someter también al res to de Europa, se les opuso el ejército heleno acaudillado por los atenienses, empezando asi la gran peripecia que habia de lle var a la decadencia y destrucción del Imperio. «Produjéronse *\ terremotos e inundaciones, y en un dia y una noche aciagos, | todo el ejército heleno se hundió en la tierra, desapareciendo I al mismo tiempo la Isla Atlántida, tragada por el mar. Ello | hizo que el mar quedase en aquellos parajes intransitable e I inexplorado, por los bajos fondos cenagosos dejados por l a j isla sumergida...»
Como en toda la literatura antigua no se conoce otro pasaje que trate de la Atlántida, ,1a narración de Platón ha venido preocupando por ilgual a geógrafos e historiadores. Al princi pio tendíase a creer que aquella isla gigantesca no era otra sino América, y que el relato de Platón se refería a una antiquísima noticia del Nuevo Mundo, olvidada más tarde. Pero, en este caso, había que renunciar a la parte más sensacional de la leyenda de la Atlántida: la desaparición de la isla «en un día y una noche aciagos», puesto que América seguía existiendo. En consecuencia, los visionarios aficionados a catástrofes geo lógicas tuvieron que imaginar nuevas hipótesis, y así lo hicie ron. Cosa de sesenta años atrás se afirmó, por ejemplo, que nuestra Luna se había desprendido de la Tierra muchos mile nios antes, y que esta dilecta amiga de los enamorados y los poetas era precisamente la Isla Atlántida; de modo qpe la Luna, por derecho propio, no pertenecía al cielo, sino al húmedo lecho del Océano Atlántico. Por el contrario, los partidarios de la hipótesis glaciar dicen que el pequeño planeta Luna, al aproxi marse a la Tierra había ejercido una atracción tal en las masas oceánicas, que sus oleadas habían sumergido la Atlántida.
Pero esta catástrofe y otras semejantes, que forzosamente debieran haber ocurrido en un pasado no muy remoto de la Tierra, ya que de otro modo el informe de Platón no podría ser tan concreto, habrían de ser demostrables geológicamente
y dejado algún rastro en el Globo. En consecuencia, se procedió a una exploración cuidadosa del Océano. En su zona oriental, o sea, en la región donde debió de hallarse la Atlán tida, el suelo marino se compone de una capa de 3 500 metros de espesor de la llamada arcilla roja abisal, un estrato cons tituido principalmente por las conchas rojas del plancton ani- mul muerto. Como es sabido que este tipo de precipitación necesita mil años para conseguir un espesor de unos siete mi límetros, resulta que precisaron quinientos millones de años para producir un sedimento de 3 500 metros de grueso. Allí no hay, pues, lugar para la Atlántida. Y mucho menos lo hay para una Luna surgida del Océano. Pues las muestras extraídas del fondo oceánico muestran de modo categórico una alternancia de placton de agua fría y placton de agua templada. Dicho de otro modo: estas muestras del suelo marino, que reflejan las idas y vellidas de los períodos glaciares, demuestran que las capas sedi mentarias no han sufrido alteración. Lo cual seria imposible, si el gigantesco «diluvio lunar» de la hipótesis de la glaciarización se hubiese producido en un pasado relativamente reciente. Siquiera se observaría un persistente trastorno de las capas sedi mentarias.
lili cambio, en IMS, por sondeos efectuados en la cordi llera submarina «fue cruza el Atlántico de Norte a Sur, entre Europa y el Nuevo Mundo, parece haberse comprobado que la roca sacada del fondo era lava, es decir, un resto volcánico, que, por su estructura, no pudo solidificarse debajo del agua, sino que hubo de hacerlo forzosamente al aire. De ser esto cierto, habrá que admitir que, en épocas remotísimas, algunas cumbres volcánicas de la cadena suboceánica emergían y se elevaban por encima del nivel del mar, y que posteriormente volvieron a sumergirse. Pero aun así, habrán sido fenómenos lucales producidos en el curso de los plegamientos orogénicos terciarios de la corteza terrestre: en un tiempo en que segura mente no había aún hombres en la Tierra.
Basándose en todas estas razones, hace ya más de cien años que los geólogos vienen poniendo en duda la verosimilitud del relato sobre la Atlántida. Lo que no se ha puesto en claro es si la noticia de Platón descansa sobre una base real o si se trata más bien de una invención utópica. Algo pesa el hecho de que el filólogo alemán von Wilamowitz-Moellendorff se incline a esta última hipótesis. Sin embargo, la ciencia actual no se muestra conforme, y prefiere suponer una base histórica al in forme de Platón. No pierde el tiempo en imaginar estallidos de lunas ni en identificar la Atlántica con las Spitzberg, Ceilán o el Mar del Norte; pero sí se ocupa en buscar la Atlántida en la región situada a ambas márgenes del Estrecho de Gibraltar, localizándola ya en Tartesos, como hace Adolfo Schulten, ya, como Alberto Herrmann, en el norte de África.
E L REY DE LOS METALES 3 1
No podemos aquí entrar más a fondo en la disputa sobre el emplazamiento de la Atlántida. Quien quiera profundizar en ella encontrará en Hogbum, Gattofossc y Bessmertny la lista de publicaciones que, en número de unas veinticinco mil, han aparecido sobre este tema. Nosotros nos contentaremos con sa ber que, en la producción de bronce y, sobre lodo, en su comer cio durante la época del despertar de Europa, Tartesos tuvo durante muchos siglos una importancia extraordinaria. Al prin cipio, seguramente desempeñó un destacado papel en su pro ducción, como centro de fundiciones y manufacturas. Sólo hacia 1500 a. de J. C., cuando comenzaron a agotarse las minas de estaño de las cercanías, tomó un nuevo rumbo y adquirió la signiñcación que le es propia: la de la metrópoli del co mercio mundial y foco del tráfico atlántico.
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Del tráfico atlántico, sí. Pues con el hallazgo del bronce ha bía aparecido en la vida de la Humanidad algo más que una nueva materia laborable. Como vimos, ya el Neolítico pudo haber conocido empresas mineras y centros de producción in dustrial. Con ellos despertóse seguramente una especie de afán de lucro capitalista que, como sabemos, constituye uno de los más fuertes acicates de la historia humana. Ahora, con la irrup ción del bronce, la evolución adquiere un ritmo vertiginoso: aparece el comerciante, se inventa la moneda y, en inmediata relación con uno y otra, vienen la navegación de altura y el tráfico a grandes distancias.
Los comienzos de este nuevo proceso son todavía mal cono cidos. Parece, sin embargo, que lae en Egipto. Sumerja y, sobre*1 todo, en Creta donde surgieron los primeros traficante» al ma- r yor v a grandes distancias. En todo caso, del 2000 al 1400 antes de Jesucristo, no son España, Roma y Grecia las grandes po tencias marítimas mediterráneas, sino Creta; y si hacia 2500 antes de Jesucristo se encuentra olata española en Creta, y, algo más tarde, en Trova: si entre ésta v Sicilia se desarrolla un ac tivo tráfico mercantil; si en el Egipto do 9000 a. de J. C. se utiliza bronce de procedencia hispana, todo ello puede sólo explicar se admitiendo que la primera potencia marítima de aquella época actuó al mismo tiempo como centro comercial.
Ignórase aún cómo se efectuó en detalle este tráfico marí timo cretense. En los inicios, la Creta minoica parece haber sido hostil al mar, como mucho más tarde iba a serlo otra isla: nos referimos a la Gran Bretaña. Es sabido que el comercio marítimo de ésta estaba al principio en manos de la Hansa; sólo cuando la mano dura de la reina virgen Isabel lanzó al mar al pueblo inglés, los servicios de transporte y representación
prestados por la Hansa hicléronse cada vez menos necesarios, hasta q u e Jos papeles se invirtieron del todo; Britania pasó a ser la soberana de los mares, y los descendientes de la Hansa pudieron considerarse felices con poder exhibir su pabellón en el Océano.
He modo bastante parecido diriase que se desarrolló, en los tiempos primitivos, la historia de la Navegación en el Medi terráneo. Al principio, el tráfico con Creta debió de estar en manos de armadores y marinos egipcios que navegaron baio odavia en tiempo de Tutmosis til (1481- buena parte de la flota egipcia —los lla
mados barcos Ketli— estaba empleada en la travesía de Creta. La Historia se repite. Hay que tener en cuenta, en este punto, que, como veremos luego, el barco egip cio no estaba planeado para la navega ción marítima, sino simplemente como medio de transporte fluvial.
Cuando, más tarde, invadieron Egipto los hicsos. pueblo nómada asiático, a juicio del cual el agua sólo servía, a lo sumo, para beber, derrumbóse la hege monía egipcia hacia 1680 antes de Jesu cristo. En el Mediterráneo acuden los cre tenses a llenar el vacío, y, finalmente, son ellos quienes se hacen cargo en exclusiva del tráfico internacional. Tiempo hacia que el comercio y la técnica de Creta se hallaban preparados liara tal contingencia. El barco cretense, que sólo conocemos por unos pocos dibujos, no es impulsado ya a fuerza de remos, sino que lleva velamen completo. Se ha dicho que la forma de su aparejo recuerda modelos egipcios; es posible que sea asi, pero ello no se refiere a la estructura, mucho más importante, del cuerpo de la nave. Con su quilla, su cuaderna y sus bordas es producto típico de una isla de alta mar, no de un país donde predomine la navegación fluvial.
Como no podía menos que ocurrir, el pequeño comercio de cabotaje de lodo el mundo insular griego pasó en seguida a manos de Creta, puesto que los pastores v campesinos helenos, completamente continentales. llegados del Norte, no habrían sa- bido en los primeros tiempos qué hacer con el mar. Cuando llegaron, ni siniiíera poseían un vocablo para designarlo, y tu vieron une tomarlo «le Lis canos, un pueblo preindoeuropeo. Pero incluso cuando los lielenps llevaban ya largo tiempo dedi cándose a la pesca y manejando el remo y la vela, no se les ocurrió, por ejemplo, añadir los deportes acuáticos a los Juegos Olímpicos; ¡tan ajeno continuaba siéndoles el húmedo elemento! Y, probablemente, es cierta la afirmación de que los pobladores
6. Cofre-muestrario de Koppenow. Esta caja de roble, de 64 cm. de longitud, encon trada cerca de Koppenow (Pomcrunia) y que contiene espadas, fíbulas, hojas de hacha, botones, etc., fue seguramente el muestrario de un mercader ambulante de la Edad del
Bronce. Hacia 1000 antes de Jesucristo
7. Cerámica ornamental de la época de H allstatt. Estas tazas y vasijas pintadas, de los siglos v ii-vi antes de Jesucristo, tienen las paredes tan delgadas, que só lo pudieron ser fabricadas com o objetos
KI. ItKY DK I.OS METALES 3 3
de las ciudades consideraban el pescado como un manjar por demás ordinario, sólo comestible en periodos de gran careslia.
Cuando el general e historiador griego J e n o f o n t e dirigió,
en 401 a. de J. C- la retirada de la división de mercenarios grie gos, que se habia alistado al servicio de Ciro, pretendiente a la corona persa, en lucha contra su hermano Artajerjes, y la con dujo, desde Mesopotamia hasta el Mar Negro y el Helesponto, a través de la Meseta de Armenia, cubriendo un trayecto de unos 4 000 kilómetros, cuando por iin llegaron a la costa aque llos diez, mil hombres hambrientos prorrumpieron en el grito:
t Thulaita! thalalta/». «¡e¡_jJiax! ¡el mar!» —según puede lecr-
se en Ta patética «Anábasis» del Triéntado caudillo e historia dor—, y este grito salido de diez mil sonoras gargantas sonaría en extremo persuasivo. No obstante, este grito puede dar lugar a interpretaciones tan erróneas como la suposición de que ya en la batalla de Hastings fuera «BriUuxnia rules the waves» el grito de guerra de los ingleses. Exagerando un poco la nota, podríamos decir que, pese a Nelson y Trafalgar, en realidad fue Th. i. C. Korczeniowski, gran escritor ucraniano, naturali zado inglés con el nombre de Joscph Conrad y oficial de la marina británica, autor de numerosas novelas sobre tenias ma- ritinios, quien llamó la atención de los ingleses sobre el hecho de que vivían precisamente en una isla y que en todo su derre dor no había más que agua salada.
No se sabe quién se encargó de preparar espiritualmente a los cretenses para la misión que les estaba destinada, de ha cerse cargo del dominio de los mares. Pero no cabe duda que entre ellos hubo inuy pronto un valeroso marino que, metiendo el dedo en el mar en algún lugar del Mundo, lo chupó y afirmó con convicción: «{Sabe a salado! Por tanto, es de Creta». No podía esperarse otra cosa, dado el temperamento indómito de sus habitantes; forzoso era que, a la larga, no se contentara con transportar aceite, vino y grano, productos propios de los puertos griegos, e intercambiarlos por artículos de hrpnce. ador nos y cerámica. Seguramente, ya en tiempos muy remotos sa lieron los cretenses a alta mar y llegaron a costas lejanas. Pero para el tráfico internacional a grandes distancias, el simple trueque resultó muy pronto inadecuado. Los lingotes de plata española, el estaño inglés, el ámbar del norte de Alemania y el marfil africano requerían un patrón de valor independiente, un instrumento de pago que fuera aceptado en todas partes; nece sitaban el dinero, un tipo de dinero en el que coincidiesen el valor intrínseco y el representativo.
Cosa de un milenio después de la época que nos ocupa, ¿«•¡«¡iAtolle, formuló este problema de una manera por demás inteligente. «Todo lo que se intercambia», dice, «debe ser com parable mutuamente. Para esto sirve el dinero que, hasta cierto punto, ha pasado a hacer de mediador. El dinero mide los
3 4 I A AVENTUBA DE LOS PRIMEROS DESCUBRIMIENTOS
lores de los objetos, y los compara entré ellos; 'dice, por ejem plo, c u á n t o s pares de zapatos equivalen a una casa. Muestra la proporción que hay entre el trabajo del arquitecto y el del za patero, y cuántos pares de sandalias deben darse por una vi vienda.»
; Esto se dijo hacia 400 a. de J. C., cuando hacía ya muchísimo tiempo que existia la moneda, y estas palabras son resultado de una profunda e inteligente reflexión. Pero innúmeras gene raciones antes del gran sabio griego, muchos hablan pensado ya lo mismo. De ello puede deducirse la gran trascendencia es piritual que tuvo la invención de este medio de pago. Supo ne una concepción totalmente nueva de la economía, por completo distinta de la que había prevalecido en las épo cas a n te r io r e s . Pero estas épocas hacia ya muchísimo tiempo que habían dado este segundo paso, lógicamente ne cesario, adelantándose a Aris tóteles. Aunque al principio cabe que viesen en el dinero un simple patrón de valor, un auxiliar del t r u e q u e , muy pronto este auxiliar debió de hacerse independiente hasta un extremo que habría pro vocado la sorpresa de sus propios inventores. Cuando menos en sus unidades frag mentarias, que al mismo tiem po servían de pesas, el dinero pasó a convertirse en seguida en una mercancía, un valor mercantil internacional y, como otro bien cualquiera, quedó sometido a las reglas del mercado, a las leyes de la oferta y la demanda. Y cuando el fabricante de armas y abogado ateniense Lisias decía, hacia 400 a- de J. C., quejándose de los magnates del comercio de su tiempo: «Sólo por nacimiento son esas gentes ciudadanos de nuestro Estado. Por su mentalidad, consideran como su patria cualquier país donde encuentren ventajas, porque ven la patria, no en la tierra, donde nacieron, sino en el lucro», hubiera tenido que atrasar las manecillas del reloj del Mundo lo menos un milenio, para volver a los buenos viejos tiempos en que imperaba un justo sentido de la probidad, un sedentarismo sin ambiciones y un auténtico apego al abolengo.
Pero este comerciante del que Lisias se queja con tanta ve hemencia y tan en vano, fue todo lo contrario de un buhonero.
7. Pesando oro. Este dibujo mural, de 1380 a. de J. C., en la tum ba de un escultor tebano de Egipto, mues tra una balanza de alta perfección. En el platillo derecho, ana pesa en forma de cabeza de buey; en el iz
EL BEY DE LOS MUI ALES 35
Fue un opulento mercader de una época opulenta, uno de los pri meros grandes exploradores y descubridores del amplio Mundo virgen.
Le vemos seguir su camino, a este lrnli<*:uile, no ya acompa ñado sólo de animales de carga y porteadores esclavos, como lo hicieran aún sus abuelos de la Fdnd de l’icdm. Tiempo ha que se utilizan los carros entoldados, armatostes pesados, rígi dos, con enormes ruedas de disco, muy parecidos a aquellos vehículos arrastrados por cuatro hueves con que los pulcsaia o filisteos irrumpieron en Egipto hacia 120». a. de J. f... V <|(Te los- escribas y sacerdotes del templo de ftledinet llabn reproduje ron en sus relieves. Pesadamente, con lentitud~~iiiíinita, avanza ban a tropezones aquellos carromatos, tambaleándose al pasar sobre las ramas y las piedras. Pero debajo de sus toldos de cue ro se acumulaban todas las riquezas de esta Tierra: espadas de bronce, puñales, navajas, puntas de lanza y de flecha, agu jas de coser, fibulas, brazaletes y espejos. Y en pesadas arcas bien atadas encerrábanse los tesoros de más valor, celosamen te guardados: las «cabezas de buey» cretenses, los «dólares» de la Edad del Bronce.
Son a la vez pesas y unidades de pago, tanto las pequeñas piezas de plata acuñadas, que probablemente representaron una especie de moneda fraccionaria, como las doradas cabezas de buey, algo mayores, que vemos reproducidas en tantas tablillas cretenses. Y esta identidad entre la pesa y el instrumento de pago, es una de las condiciones previas para el invento del concepto «dinero». En 1947 fue descubierto y encarcelado un falsificador berlinés que se dedicaba a la lucrativa tarea de imi tar las piezas de oro de veinte dólares; y no se le castigó por que el contenido de oro de sus monedas falsificadas fuera insuficiente, sino al contrario, porque era excesivo. El hombre había puesto en sus productos mucho más oro del que estatuía la ley. Pero hacía ya muchísimo tiempo que, en la moneda fiduciaria moderna, el valor intrínseco no guardaba propor ción de equivalencia con el valor representativo. Durante un prolongado período, la moneda de oro de veinte dólares fue el símbolo de la enorme potencia económica de los Estados Uni dos; su capacidad de pago excedía en mucho al valor de su contenido en oro —cuando era legitima. Y precisamente esta discrepancia entre el valor intrínseco y el de pago nos lleva de nuevo a la primitiva coincidencia, en la Edad del Bronce, entre el valor de pago y el peso. Pues todas las monedas cre tenses —asi la fraccionaria de plata como las doradas cabezas de buey y las piezas grandes, barras de cobre y bronce de 29 kg., fundidas en forma de rabo de golondrina y marcadas con cuños de las cecas cretenses— eran embajadoras de su rey, el ya mitológico soberano Minos, del magnifico palacio de Cnosos. Por eso se acepta en todos los ámbitos de la
«ecú-l.A WKNTI KA DE LOS PRIMEROS DESCCIIRIMIENTOS ;i(¡
nienr» ... medio de pago en las transacciones. Pues detrás de la simple unidad de peso estaba el mito del poder, ese mito que también a nosotros, miembros de un Estado impotente y cargado de deudas, nos lleva a aceptar como dinero contante y sonante esas promesas de pago, vacuas si bien se consideran, impresas sobre un papel carente de todo valor. Pero allí donde no se tenia a mano dinero «acuñado», o donde éste no era re conocido por causa del atraso económico del pais, se habrá utilizado como medio de pago un pedacito de bronce bruto, un brazalete o una fíbula, esta primera aguja imperdible de la Historia.
V'Como no tardó en conocerse en todas partes el bajo punto de fusión del bronce, pronto se extendió también la fundi ción de este metal. No es extraño, pues, que sean nu merosos los hallazgos de fun diciones, con restos de su utillaje. Por doquier se esta bleció el uso de elaborar el bronce bruto importado del Sur y de Poniente. Ello su pone la difusión de una téc nica de una importancia enor me, y el temeroso respeto que en la mayoría de las leyendas indoeuropeas se tributa al for jador, proviene seguramente de aquella temprana edad^
Cuando empezaron a ago tarse los yacimientos de esta ño de España, pasaron, a pri mer plano los de Bretaña y Normandia, y, sobre todo, las ricas minas de las Islas Scilly, frente a la costa de Cornualles. La ruta del estaño del primi tivo Mediterráneo fue siiEs- tituida por la ruta de las d
Tablilla cretense para escribir, barras de cobre y balanza.
9. Tablilla cretense con pesas en forma de cabeza de bueg.
m u l u<% j s u i l o i _____________
Palias y Britania. la cual re presentaba casi un viaje alrededor del Mundo, digno ya del mayor respeto. Es probable que los propios tartesios no llega ron hasta Inglaterra; cabe suponer que en sus viajes no pasa ron de Uxisamc. la actual Quessant, desde donde los barcos celtas efectuaban el tráfico hasta las Islas Británicas. En deta lle sabemos muy poco de todas estas cosas; lo que puede afir marse con certeza, es que entre el sudoeste de España y la Grai^ Bretaña existieron estrechas relaciones culturales, como sólo un tráfico activo e intenso puede hacer posibles. Algún que otro
EL REY DE LOS METALES 3 7
barco español, de los de la ruta a Inglaterra, debió de aventu rarse más lejos que los demás, y es posible que se hicieran di versas travesías tartesias hasta las costas del Mar del \orte. También es posible que los cretenses, que en sus expediciones a Tartesos hubieron de cruzar el Estrecho <lc (iibraltar, llega ran hasta la propia Inglaterra. Sábese que ya se exportaba estaño de las Islas Británicas, cuando allí se útil izaban aún instrumentos de piedra. Aquel metal debió de ser, por tanto, extraordinariamente barato, en todo caso mucho más que en Tartesos, donde con toda seguridad se cargaba un beuelieio de varios cientos por ciento sobre el estaño y el bronce. Y es muy posible que el afán de lucro de los magnates del comercio cre tense fuera suficiente para hacerles aceptar los riesgos de un viaje al misterioso -v peligroso Septentrión. En todo caso, se
han encontrado en Falmouth, en el sur de Inglaterra, lingotes metálicos en forma de rabo de golondrina procedentes de la Creta de 1700 a. de J. C.. asi como objetos de adorno que corres- jjfónden perfectamente a los exhumados por Schlieinann en
Troya. '
España pudo haber actuado de intermediario, desde luego. De todos modos; es en extremo significativo el hecho de que la palabra griega kasiteros. que significa estaño, sea tomada de los celtas. Los lingüistas admiten que deriva del nombre dado por los celtas a las Islas Británicas. Las llamaban «Casitéri- des», es decir, «las islas muy lejanas», y este tránsito y modifi cación del término celta permitiría concluir la existencia de relaciones directas entre el círculo cultural cretense y el ex tremo Norte de Europa.
Como las técnicas de navegación y construcción de buques de aquellas edades primitivas fueron seguramente mucho más avanzadas de lo que suele creerse, cabe pensar también que ya los tartesios descubrieron las Islas del Atlántico, por lo menos Madera y las Canarias. El hecho no puede demostrarse, pero esos archipiélagos tan cercanos al Continente no pueden haber
3 8 A AVENTURA DE LOS PRIMEROS DESCUBRIMIENTOS
pasado por alto a unos marinos tan expertos como los tartesios. Para fíente avezada a cruzar el Golfo de Vizcaya, nada podía signiiicar dar un paseo a lo largo de la costa occidental de África, y hay buenas razones para suponer, fundándose en in formes posteriores, que los tartesios llegaron al África Occiden tal, y en tal caso debieron forzosamente abordar en Madera. La circunstancia de que ya Tartesos descubriera las islas cos teras del Océano Atlántico, y de que también Creta y los hele- pps las conocieran —ya veremos luego que Homero, e n l a «Odisea», habla de las «Islas de los Bienaventurados^— es un indicio que tal vez explica el enigmático ocaso, la brusca y absoluta desaparición de Tartesos.
Cuando se hundió la «talasocracia» minoica. la soberanía marítima de (^reta. los fenicios recogieron la herencia. En el lejano Oeste, esta misión incumbió a la poderosa colonia pú- -nica de Cartago. rica ciudad que se creyó lo bastante fuerte para lanzarse al ataque de la (España Meridional^ La primera medida consistió en decretar nena de muerte contra todos aque llos que atravesaban los estrechos en naves no fenicias. Esto ocurrió por los años 530 a. de J. C., es decir, en un tiempo en que el hierro iba suplantando cada vez más al bronce. Por enton ces el estaño de Gran Bretaña no llamaba ya tanto la atención que, por sí solo, pudiera justificar el bloqueo de los estrechos; con ello renunciábase también a los enormes beneficios que podían obtenerse sin fatigas de los antiguos puertos del comer cio mundial, situados en el sudoeste de España. Si los carta gineses decretaron la prohibición del paso por Gibraltar, de bióse evidentemente a otros motivos. Y estos otros motivos no pueden haber sido sino las Islas Atlánticas, que los fenicios conocían seguramente desde mucho tiempo atrás, y cuyos pro ductos eran de vital necesidad para la «I. G. Farben» de Tiro y Sidón. En las Islas Atlánticas se encontraba un tinte vegetal que, combinado con los colores indígenas, ofrecía la posibili dad de dar a las telas fenicias aquel tono roio brillante, famo so en toda la Antigüedad clásica. Para asegurarse de que Tar tesos no se cruzaría en su camino, los púnicos debieron de aprovechar la favorable oportunidad de la conquista de Es paña, para «borrar» de la superficie del suelo la molesta rival. Y sabiendo que Cartago no hacia nunca las cosas a medias, no nos extrañará que en este caso procediera de un modo particu larmente radical. Es de creer que su soldadesca se entregó al pillaje y al incendio, hasta que Tartesos quedó de tal modo re ducida a escombros, que las excavaciones posteriores no han tenido la menor posibilidad de descubrir el sitio donde estuvo el antes próspero emporio. .«Pues un dia del Señor vendrá sobre todos los barcos de Tarsis». habia profetizado jsaías unos 700 años a. de J. C , 200 antes de la destrucción de Tartesos. Aquel día habia llegado: Tarsis desapareció y, con ella, todo el
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conocimiento que se tenia del «Gran Mar » Occidental. Los feni- cios propalaron^ la esnecie de que más allá de Gibraltar sólo había demonios, espantosas tinieblas, masas ilc cieno, enormes praderas de algas de las que ningún b a rc o podía librarse, monstruos horribles y una muerte otro/.. Las genios los creyeron,' y con ello quedó definitivamente descartada luda competen cia. Todavía dos mil Safios más tarde, cuando los portugueses se aventuraron a lo largo de las costas africanas, avanzando con extrema cautela, aquellas leyendas seguían en pie, y En rique el Navegante, el verdadero descubridor del camino marí timo de la India, hubo de batallar durante toda su vida para lanzar al siniestro Océano a los capitanes de la marina por tuguesa ppr él creada.
Es éste un hecho digno de ser notado. Diriase, sin embargo, que la accidentada costa de la Península Ibérica es particular mente idónea para formar marinos, casi podríamos decir de un modo automático, por imposición de una ley natural. Hubo, desde luego, pescadores en España, incluso durante la ocupa ción cartaginesa. Pero el «ma££_alíum», la alta mar libre que los tartesios surcaron por espacio de mil años, cruzando el Golfo de Vizcaya y llegando tal vez hasta las Islas Británicas, debió de caer luego en completo olvido. Quienes, más tarde, volvieron a descubrir fatigosamente las viejas rutas del tráfico marítimo, fueron los romanos. Cual gruesas arterias se extendían éstas un día por el Mediterráneo y, centrándose en el corazón de España, se prolongaban hasta muy al Norte: atestadas de barcos que transportaban estaño y oro, recorridas rutinaria mente por millares de navegantes, objeto durante largos siglos de todos los afanes del humano corazón y blanco de sonoras maldiciones expresadas en todas las lenguas del mundo de la época. Este «olvido» es un argumento muy fuerte contra la apli cación a ciegas de teorías geopolíticas, y una nueva demostra ción de que es siemnre el espíritu el que arroja los factores determinantes de la Historia a la arena de los acontecimientos.
Los cartagineses acabaron del todo con los viajes a Inglate- rra que, con escala en Tartesos, efectuaban los primitivos pue blos mediterráneos. Claro que hay que agregar a ello la cir cunstancia de que, en aquella época ya no tan lejana, el estaño había dejado de desempeñar el importante papel que tuviera quinientos o mil años antes. Pero en vez del estaño, no necesa rio ya para la fundición del hierro o la fabricación del acero, atraía el oro irlandés. Y para escapar al bloqueo cartaginés, buscóse una ruta de tierra a través de la Galia. que conducía fd Norte a lo largo del Ródanó~v el l.oirflT’n del Ródano y el Sena. De seguro, que en aquella via terrestre quedarla incluida u Burdisale protohistórica, la actual Burdeos, en la desembo cadura del Garona. Pero, como es natural, los usuarios de esta ruta, por temor a los cartagineses, tenían tantos motivos de * ev.AUA*rnc0.
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inanlciicr secretos sus descubrimientos como los púnicos, que rniplcal>:in lodos los medios imaginables para enmascarar sus propias relaciones comerciales. En consecuencia, y admitiendo el Ik-cIu» de que ambos rivales llegaron repetidamente al paraí so anglo-irlandés del oro y del estaño, no es de extrañar que no haya podido averiguarse en detalle la trayectoria de las rutas clandestinas de la Galia. Hasta qué extremo llevaron el secreto ambos grupos económicos rivales, el de los sudeuropeos diri gidos por los romanos y el de los norleafricanos protegidos por los cartagineses —y cómo, por otra parte, debió de florecer el e s p i o n a je e c o n ó m i c o internacional—, nos lo revela una no
ticia del cronista romano Estrabón. que dice, entre otras cosas,
r que un capitán cartaginés hundió su barco para impedir que
■^'•4 otra nave comercial romana que le seguía, pudiera enterarse l^de la meta de su viaje.
Son consideraciones de alta politica capitalista, a la vez que de un nacionalismo extremado, las que hemos estado viendo a la obra. Y como ni unas ni otras pudieron surgir de la noche a la mañana, forzoso será admitir que ya el periodo Neolítico parti cipó en su formación. No obstante, estos impulsos no son visi bles de modo claro hasta la Edad del Bronce, y parece como si en ellos el nuevo metal obrara como catalizador, acelerando el latente y lento proceso evolutivo como por arte de encan tamiento.
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Huelga decir que el empresario de aquellas edades primiti vas no podía hacerlo todo por si solo. Del mismo modo que habrá contratado capitanes para mandar sus barcos, aunque al principio él en persona tomaría parte en las expediciones, así también habrá ocupado a empleados para su negocio ultra marino. Incluso la especialidad profesional del representante de comercio parece haberse desarrollado desde muy temprano, y con ella, lógicamente, el sistema de compras sobre pedido. Nada más natural. Las distancias entre los centros de produc ción y los mercados eran grandes, los caminos malos, las difi cultades de transporte considerables, y el riesgo de acarrear sin beneficio las pesadas cargas, crecido. Mejor era establecer almacenes y depósitos, enviando luego al representante con el muestrario para efectuar ofertas y recoger pedidos. No hace muchos decenios se encontró uno de esos muestrarios de la Edad del Bronce en la turbera pomerania de Koppenow, cerca de Lauenburgo. Trátase de una sólida caja de madera de 65 cen tímetros de largo que ’ conteía, en diversos compartimentos y fundas adecuados, hachas de varios modelos, hojas de espada, dijes de adorno, botones, fibulas, etc., y que tal vez estaba
EL REY DE LOS METALES 4 1
tinada a permitir que los clientes, al hacer las compras, exami nasen los artículos ofrecidos por el comerciante.
No es seguro que la mencionada caja de Koppenow haya sido realmente el muestrario de un mercader ambulante. Vir- c hovv, que ya rechazara como imposibles las pinturas rupestres de España, ha combatido también vivamente la hipótesis de que el hallazgo de Koppenow hubiera podido ser un muestra rio. A nosotros, teniendo en cuenta la orientación «capita lista» de la economía de la Edad del Bronce, la idea nos parece tanto menos disparatada cuanto que su correspondencia lógica, es decir, el depósito o almacén desde el cual se servían los en cargos de toda una comarca, ha sido encontrado con bastante frecuencia. Considerando el prolongado período de tiempo que exigía el recorrido de las carreteras europeas —suponiendo que el comerciante se dirigiese primero a los centros de pro ducción para cargar con las mercancías vendidas y llevarlas a su destino— es completamente lógico que el hombre tuviese almacenes ocultos en la región, desde los cuales pudiera satis facer las demandas de la clientela. Se han exhumado repetidas veces depósitos de este tipo de la Edad del Bronce, algunos con un contenido considerable de mercancías; así, por ejemplo, en 1880 se descubrió en Homburg vor der Hohe un almacén- con varios centenares de puntas de lanza, hoces, horquillas, fíbu las, anillos, etc. —seguramente las existencias de una verda dera sucursal comercial de la Edad del Bronce. Y también se conocen otros depósitos similares en la comarca del lago de Constanza, Suiza, asi como en Suecia e Inglaterra. Claro que a esto puede objetarse que se trata de simples escondrijos, y que no son sino tesoros ocultos y luego perdidos. Pero, por otro lado, no encontramos ningún argumento bastante sólido que demuestre que una ¿poca organizada «capitalísticamente», como lo era la del Bronce, no pudo concebir la idea, tan obvia, del depósito comercial y del mercader-viajante. Más vale, por tanto, admitir que todo eso existió ya mucho antes de nuestra Era.
Las rutas transcontinentales de la primitiva Europa debie ron discurrir, como fue el caso cuando la conquista de Nor teamérica, a lo largo de los rios, cuya proximidad resultaba naturalmente más agradable que el viaje a través de estrechas pistas, con frecuencia apenas trilladas, por selvas y terrenos pantanosos. Las pistas se habrán reservado para salvar panta nos, como, por ejemplo, el camino artificial hecho de tablas que atraviesa el Federseemoos del Wurtemberg Meridional, y para rodear rápidos y torrentes o atravesar divisorias de aguas entre dos sistemas fluviales.
Pero también se han encontrado en aquellos caminos obras de afianzamiento y otros artificios, a menudo de una perfección sorprendente, destinados a superar las diferencias de nivel, como, por ejemplo, túneles que datan del tercer milenio, pre
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cristiano, calculados y resueltos con verdadero refinamiento. Entre estos artificios figuran dispositivos para la elevación de barcos: graderías cortadas en la divisoria de aguas, constitui das por soportes de rodillos, sobre las cuales se remolcaban los barcos por medio de un complicado sistema de garruchas. Uno de estos dispositivos se encontraba en el Istmo de Co- rinto. casi en el mismo lugar donde hoy pasa el (lanal. Esta obra, llamada «diolkos»* o «paso», puede reconocerse todavía perfectamente. Es posible que sirviera de modelo para la cons trucción de otra, igualmente famosa, en los desfiladeros del Birnbaum, en la actual Yugoslavia, y que formaba parte de la antigua vía Samland-Adriático. Sabemos que este camino trans continental no adquirió toda su importancia hasta la época del Imperio romano, pero es evidente que habia sido descubierto mucho antes, como lo prueban las ofrendas funerarias de origen etrusco encontradas en varias necrópolis de Alemania Oriental. Lo que puede afirmarse con toda seguridad, es que por esa larga carretera internacional existieron, con mucha antelación a nues tra Era, complicadas instalaciones técnicas cuyo objeto era pro longar, en la medida de lo posible, las vías fluviales, doblemente cómodas en las comarcas montañosas, aprovechando los ríos de los Alpes Sudorientales.
/ Otra vía, igualmente muy antigua, de remolque de barcos, permitió desde tiempos muy remotos atravesar el Istmo de Schleswig, uniendo los dos mares con una especie de «canal Báltico-Norte sobre rodillos». Poseemos gran abundancia de datos acerca de esta via de comunicación, porque fue utilizada desde el comienzo de nuestra Era hasta muy entrado el siglo x i i.
Incluso en la Alta Edad Media se evitaba en lo posible enviar los barcos mercantes del Mar del Norte al Báltico por la peli grosa ruta del Kattegat y el Skagerrak. En lugar de hacerlo, se adentraban en el Eider, llegando, por su afluente el Treene, hasta la región de la actual Hollingstedt. Había alli grandes centros de depósito de mercancías; se sabe que los ingleses poseían alli puertos francos, pero es de suponer que también tuvieran factorías y depósitos los holandeses, los Gremios de comerciantes del Bajo y el Alto Rin, y tal vez incluso algunos negociantes de Marsella.
Desde Hollingstedt conducía a Schleswig, la rica y antigua Sliesthorp del Schlei, una carretera firme por la que pasajeros y mercancías llegaban en pocas horas a la costa del Báltico, y para embarcaciones más pequeñas, capaces de remontar aún el Rheiderau hasta el pueblo de Gross-Rhede, comenzaba alli un sistema de rampas y rodillos de 7 kilómetros de longitud, por medio del cual se salvaba la divisoria de aguas hasta el Schlei.
Un rio de hombres cargados con todas las riquezas de la Tierra fluyó por allí, por espacio de casi un milenio y tal vez más, de Oeste a Este y del Báltico al Mar del Norte. Comer-^ D i o lK o s .
EL REY DE LOS MKTAI.ES 43
ciantes suecos de Birca. la metrópoli mercantil de Kscandina-
\ja, situada en una isla del lago Malar: altos, envueltos en ricos
vestidos orlados de piel, apuestos y generosos, Eslavos paticor- tos de Truso, la actual Elbing, con pesadas cargas de ámbar, ataviados con encajes y puntillas sárniatas y nórdicas. Morenos árabes venidos de la remota España como mercaderes y emba jadores ante los reyes daneses, con vistosos turbantes sobre los holgados albornoces, fulgurantes de pedrería. Trancantes fla mencos con enormes paquetes de telas de lana y tejidos de Frisia, comerciantes alfareros del Bajo Rin con jarras de ar cilla, pucheros y escudillas; veleros y cordeleros de Colonia, proveedores de jarcias de piel de morsa y que olían a brea. De ÍMarsella llegaban especias y condimentos. Los hombres elegantes y vivarachos que acompañaban estas mercancías olian tan bien y suavemente como sus balas y envoltorios. De los feraces campos de la región de Worms y Spira venían barriles de vino, traquetreando sobre los pesados carros.
Y a poca distancia de aquel pintoresco y brillante ajetreo, podian verse los barcos subiendo y bajando del monte al valle y viceversa; el último tramo cuesta arriba, asaz empinado, hasta la divisoria de aguas, cargados sobre una especie de tri neos de forma que la embarcación que descendía tiraba de la que subía y era a la vez frenada por ella. Delante y detiás se sucedían rodillos giratorios cuyos apoyos, calientes por efec to del frotamiento, se rociaban constantemente con agua y al quitrán para lubricarlos. A derecha e izquierda de estas plata formas movíanse yuntas de bueyes, y esclavos agarrados a las cuerdas, los largos látigos de los vigilantes silbando sobre sus espaldas, y matraqueando, atronando, gimiendo y chirriando, avanzaban lentamente hacia el agua los barcos de elevado más til, temblorosos los obenques y rechinantes los costillajes. To dos los que viajaban por aquellas vías, desde antiguo conocían de oídas aquella maravilla de la técnica. Pero ahora, cuando la veían, se quedaban atónitos. Estupefactos se paraban a con templarla, sin poder apartar los ojos de aquel prodigio.
i Y qué diremos de la propia SliesthorPi predecesora de la no menos opulenta Haithabu, sede, hacia 800 a. de J. C., de todos los mercaderes del Báltico, como mil años más tarde Londres seria la metrópoli del Mar del Norte y del comercio mundial! Desde muy antiguo, las grandes rutas comerciales que por Jut- landia y cruzando los puentes de islas van a Escandinavia, convergen aquí con las que siguen las costas meridionales del Báltico. Desde muy antiguo se acumula aquí una riqueza in calculable. También hacia 800 residen los monarcas daneses en Sliesthorp, y a la riqueza de los traficantes, a su lujo, a sus interminables fiestas y banquetes, viene a sumarse el esplendor de la Corte: cuadro radiante, cuya luminosidad tal vez pro yectara fulgores y chispas sobre la legendaria ciudad de
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LA AVENTURA DE LOS PRIMEROS DESCUBRIMIENTOSta que. como cuenta el pueblo, en tiempos remotísimos se hun dió en las olas del Báltico.
/ Los pliegues orogénicos de Europa, intensamente erosiona dos en comparación de las salvajes cordilleras asiáticas, no parece, en conjunto, hayan constituido un obstáculo tan gran de como pudiera creerse. Ya en el tercer milenio se cruzó el Brénero con bastante frecuencia y, junto con él, el más bajo de todos los puertos alpinos, tuvieron su importancia el Grande y el Pequeño San Bernardo, el Mont Généve, el Mont Cenis, etc. La comunicación Norte-Sur, durante muchísimo tiempo la más importante de todas, formáronla esencialmente el Elba, el Mol dava y el Inn, uniéndosele, allende el Brénero, el sistema del Eisack-Adigio que, por lo demás, dado su carácter torrencial, más debieron servir de indicadores que de rutas.
Perpendicularmente a esta comunicación Norte-Sur, discu rrió otra transversal, probablemente más antigua, seguida ya en la época glaciar, que a lo largo del Danubio, llegó hasta el Mar Negro. Esta via comercial Oeste-Este alcanzó su momento culminante al principio de la Edad del Bronce, pues enlazaba los yacimientos de cobre y la posterior industria del bronce de Hungría con los compradores del sur de Alemania, Italia y Suiza de una parte y los de Rusia de la otra. Copiosos hallazgos sacados a luz a lo largo de esta via, consistentes en utensilios y adornos de oro de una riqueza excepcional, permiten atribuir a aquellas regiones un elevado desarrollo económico, favore cido por la extraordinaria feracidad de las llanuras de la desembocadura del Danubio. Pero, aun cuando esta ruta de Oriente a Occidente, entre las tundras del helado Norte y los glaciares avanzados de los Alpes, fuera con seguridad utilizada desde hacia miles de años, el curso del Danubio siguió desco nocido por largo tiempo todavía. Probablemente las firmas mer cantiles interesadas en esta rata se reservaron para si lo que sabían, y mantuvieron los informes de sus agentes tan secretos como lo hicieran antaño los tartesios y los fenicio-cartagine ses respecto de sus vías comerciales. Sólo asi se explican las espeluznantes historias que la primitiva Antigüedad contaba sobre el Danubio. Según ellas, eran sus guardianes gigantescos enjambres de abejas; los Alpes y los Cárpatos, de los que se poseían nociones obscurísimas y se los tenía por ríos de mon taña, eran afluentes suyos; sus fuentes se hallaban en España, y, además de su desembocadura en el Mar Negro, poseía otra en el Adriático. Son, con pocas variaciones, las mismas fá bulas terroríficas y desconcertantes que los tartesios y los púnicos contaron del Atlántico. Y aquí como allí se inventaron estas leyendas para engañar a la competencia.
Cuando, quinientos años más tarde, los romanos empezaron a interesarse por la Gran Bretaña, ocurrió exactamente lo mis mo. Otra vez se difunden las consejas más disparatadas. Y como