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Punto de des/encuentros: ruidos y silencios

Los docentes del 26 no habían avanzado más allá de ese primer mapa tentativo, sin desarrollar un proceso de investigación. Los estudiantes, en cambio, habían avanzado y

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tenían un producto concreto para mostrar: el video. La idea inicial era que estudiantes y docentes compartieran lo producido y abrir entonces un espacio para pensar juntos sobre las implicancias de esos descubrimientos para la educación en general y para la institución y el aula en particular. Aunque sólo los estudiantes tenían algo para mostrar, valía la pena pre- sentarlo y abrir ese espacio. Para eso convocamos a una jornada final de cierre, donde el atractivo principal era el video de los estudiantes.

Asistió un centenar de estudiantes, una docena de docentes y también algunos pa- dres, invitados por los jóvenes investigadores. Comenzamos todos juntos, en el hall del liceo. Junto con los estudiantes contamos brevemente lo que habíamos hecho en el año, ilustrándolo con fotos (ver Anexos 2 y 8). Incluimos también los “identikits” de las diversas culturas juveniles, realizados por estudiantes y docentes, que llamaron mucho la atención de todos al verse y ver a otros reflejados de algún modo. Finalmente vimos el video sobre los planchas, que se miró con mucha atención, provocando comentarios y a veces también risas durante la proyección. Les propusimos luego trabajar por separado docentes y estu- diantes y nos juntamos nuevamente al final.

Docentes: ¿para qué educamos?

A los docentes les propusimos conversar sobre dos ejes:

• ¿Qué nos dice el video sobre el mundo de los jóvenes? ¿Qué preguntas nos

provoca?

• ¿Cómo respondemos –y cómo podemos responder- a estas realidades desde

nuestro trabajo docente y desde el liceo en general? Entre las cosas que surgieron cabe destacar:

Discriminación y prejuicios. Varios sienten que sus estudiantes son más “viejos”

que ellos, en tanto los ven más conservadores, con muchos prejuicios y prácticas de discri- minación hacia el diferente: racismo hacia los negros, rechazo a los homosexuales, despre- cio y temor hacia los más pobres, hacia estudiantes que quedan embarazadas, etc. Los lu- gares en que se sientan en el aula reflejan, con frecuencia, diferencias sociales. Suelen ejer- cer estos rechazos con gran crueldad y, a la vez, pueden tener actitudes de gran solidaridad, como reunir el dinero para una compañera que no puede pagarse el transporte. Y el liceo no suele brindar espacios donde reflexionar sobre estas cosas; cuestionarse acciones y acti- tudes y construir juicios más racionales.

Diferencia generacional. Junto a lo anterior, los docentes suelen sentirse muy viejos

respecto a sus alumnos en otros planos, en que perciben con fuerza la diferencia generacio- nal. Por ejemplo en lo que refiere al contacto corporal (tocarse, etc.) y al lenguaje, lleno de alusiones sexuales fuertes que se consideran “normales”.

Culturas juveniles y actitud vital. En la percepción de los docentes los jóvenes que

se definen como “normales” son los más apáticos, con menos interés en nada. Quien ads- cribe a alguna identidad “fuerte”, por el contrario, tiene una mayor motivación vital. La televisión tendría una gran responsabilidad en la apatía mayoritaria, según ellos.

Espacio de aula y “ruido”. El aula suele ser caótica: conversaciones fuertes, gritos,

etc. Aunque les molesta, los docentes no saben cómo evitarlo. Algunos hablan de un clima violento, otros piensan que los estudiantes no perciben eso como violencia. En medio de ese “ruido” algunos estudiantes parecen trabajar bien y otros, más tímidos y con menos capacidad para hacerse oír –habitualmente más pobres-, van quedando rezagados. Gritar puede ser también una forma de reclamar ser reconocidos; por eso agradecen cuando se los

atiende personalmente. Pero eso es algo que la mayor parte de los docente no puede hacer en los tiempos cortos en que está con cada grupo. Algo que quizás pudieran hacer mejor los profesores adscritos, que no dictan clases, pero que tampoco suelen intentar.

Libertad y orden instituido. El ruido no es expresión de una búsqueda de libertad:

aunque viola algunas normas, los estudiantes parecen preferir que, en términos generales, las cosas funcionen con las normas instituidas, al menos formalmente. Se cumple con lo que los docentes pidan, tiene sentido hacer algo si “lleva nota” y si no no lo tiene, etc. Si a los estudiantes se les ofrece un espacio de libertad no saben qué hacer con él, dicen algunos docente. Por eso se sorprendieron con los dibujos de los estudiantes en los talleres sobre culturas juveniles, que mostraban posibilidades expresivas que a ellos les gustaría pero no logran generar.

Futuro y lugar social de los jóvenes. Los estudiantes no ven perspectivas de futuro y

los docentes de algún modo ratifican esa visión, según admiten: aún sin proponérselo, esti- mulan una actitud de resignación. Eso le resta sentido al esfuerzo educativo de unos y otros. Los jóvenes, dicen los docentes, quieren “todo ahora” y no están dispuestos a un esfuerzo de largo plazo. Se conforman con cosas más inmediatas. Y sienten que no tienen un espacio en la sociedad, que sienten ajena.

Comprender el mundo de los estudiantes. Algunos dicen sentirse “apabullados” por

la realidad que viven sus estudiantes, y quedan entonces “paralizados”, sin saber qué hacer. Reconocen que les faltan herramientas, tanto para la comprensión como para la acción en las condiciones de hoy. Algunos lo atribuyen a su falta de formación docente, otros dicen que tampoco la formación docente proporciona tales herramientas.

El sentido de la educación. Los docentes se preguntan por el sentido que tiene para

los estudiantes venir al liceo. Creen que muchos vienen para encontrar a otros, como espa- cio de socialización, pero no le encuentran utilidad ni sentido a lo que ofrece como currícu- lum explícito. Y tampoco los docentes lo ven claro. Alguno cree que, en fondo, el liceo se ha convertido en un espacio de contención, y los docentes “a veces parece que sólo veni-

mos a domesticarlos”.

Estudiantes: la vida en el liceo y el liceo en la vida

Los ejes que propusimos para la discusión en este caso fueron:

• ¿Qué hubiera dicho yo en el video? (En el caso de los realizadores les suge-

ríamos aportar lo que habían descubierto y aprendido).

• ¿Debería incorporarse algo de estos aprendizajes y descubrimientos en las

clases y en la vida del liceo? ¿Cómo? Entre los temas surgidos cabe destacar:

Planchas: clase, estética e individuo. ¿Ser plancha es ser pobre?, se pregunta un es-

tudiante. ¿O es un “estilo de vida”, “una manera de ser y de vestirse”? ¿Es una moda más, que se puede seguir como otras? La “falta de (perspectiva de) futuro”, ¿se debe a falta de esfuerzo personal, a características individuales, que pueden darse en chetos, planchas o cualquiera? ¿O las condiciones de vida, la situación social, son determinantes? Los jóvenes investigadores intervienen, aportando algo de lo que han ido descubriendo y reflexionando: la distinción ente “auténticos” e imitadores, las condiciones socioeconómicas como factor clave, pero que no explica todo.

Entre el miedo y la integración. Algunos cuentan sus propias desventuras persona-

les o las de otros cercanos, sus vivencias del miedo: “A mi hermana unos planchas la per-

siguieron, por estar vestida como cheta... Y estaba vestida así nomás, normal... Tuvo que llamar a mi madre desde una panadería para que la fuera a buscar”. Otros buscan recom-

poner -real o imaginariamente-, la integración social, la convivencia, la igualdad de oportu- nidades: “lo que importa es el que quiere salir adelante, no importa si es cheto o plancha,

yo comparto todo”.

Discriminación e identidades en búsqueda. También dentro del liceo se vive la dis-

criminación, el etiquetado estigmatizador, el “racismo no sólo por el color de piel”. A veces la discriminación puede ser peor en el liceo que afuera, dice un estudiante. Algunos dicen estar dispuestos a aceptar a todos, estar abiertos a las “distintas maneras de ser joven”. Y otros van cambiando ellos mismos, probando distintas etiquetas, en una “búsqueda de la personalidad, de la identidad”, dice una “hipilla”.

Espacios educativos y escucha docente. En el liceo, en general, no se habla de estas

cosas. Salvo, quizás, en el llamado “Espacio Adolescente” del primer ciclo y en Filosofía en el segundo ciclo, pero no siempre. La mayoría de los docentes no tienen interés ni ele- mentos para abordar estos temas. “Dan su clase y se van”, “se lavan las manos”, “no se ponen las pilas”, no procuran conocer los intereses y preocupaciones de sus estudiantes ni abren espacios para su participación y expresión.

Pero una joven integrante del equipo de investigación dice que el liceo no es para eso: “para hablar de problemas, de valores, tenés a los amigos”. Muchos, sin embargo, in- sisten en que los adultos, y los docentes especialmente, pueden ser un referente importante y necesario. Y cualquiera puede cumplir esa función, más allá del área disciplinar: se men-

ciona a docentes de matemáticas o de inglés con los que se han sentido identificados y es- cuchados.

Educación e integración social. Tener espacio para hablar de cosas como las que se

discuten en el video sería útil para “conocernos más, para juntar las etiquetas”: frente a la fragmentación social y la discriminación que se van instalando, la educación actuaría nue- vamente como espacio integrador. El taller de investigación sobre culturas juveniles podría haber operado simbólicamente en este sentido, a juzgar por las palabras de algunos de sus integrantes: “nos sirvió para conocernos más” y para “discriminar menos”.

¿Meter la vida en el liceo o el liceo en la vida? Del espacio educativo también se

espera un aprendizaje “útil”, sentir que lo se aprende sirve “y lo podés usar”, algo que, en general, no se percibe. Si hablar de culturas juveniles en este espacio es “meter la vida en el liceo”, asegurar aprendizajes sentidos como valiosos es “meter el liceo en la vida”. Para algunos lo último es lo principal, para otros las dos cosas son necesarias y van juntas.

En torno a esta relación entre vida y educación, el papel del liceo y las responsabili- dades de los docentes en este vínculo, giró la puesta en común entre estudiantes y profeso- res, al final de la jornada. Los primeros reclamándole a los segundos que “se pusieran las pilas”, porque aunque no esté claro si hay que meter la vida en el liceo o el liceo en la vida, parece claro que ese vínculo entre el liceo y la vida, si existió antes, se ha perdido.

Si así fuera, digo yo, entonces el liceo está muerto, la educación perdió sentido. Tal vez. Pero hay una vida latiendo tras estos diálogos. Los itinerarios recorridos con los estu- diantes y los docentes del 26, creo, daban pistas para restablecer el vínculo entre vida y educación. Y seguiríamos buscando y encontrando otras.

4. ESCUELA MIRANDO AL NORTE