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Qué número es mayor?

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Estas pruebas se aplican para determinar si las dificultades con los números se deben a la discalculia o a otras deficiencias cognitivas.

¿Cuál es mayor?

Las personas con discalculia tar- dan más en responder; también yerran más. Sus dificultades se agravan cuando la diferencia entre los dos números es pequeña.

¿Cuál mide más?

Los sujetos discalcúlicos respon- den a esta pregunta tan rápida y acertadamente como quienes no presentan dificultades en el aprendizaje.

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no se registraron efectos en la destreza aritmética o de recuento. Publicó el estudio en Cognitive De-

velopement junto con Pekka Räsänen, del Instituto

finlandés Niilo Mäki, y otros colaboradores. En 2011, un equipo suizo encabezado por Karin Ku- cian, de la Clínica Universitaria Infantil de Zúrich, informaba de que un juego consistente en situar una nave espacial en una recta numérica ayudaba en los cálculos aritméticos de niños discalcúlicos de ocho a diez años. El equipo estudió estos pro- bandos mediante imágenes por resonancia mag- nética funcional mientras desarrollaban una tarea que implicaba ordenar números. Observaron que, tras un mes de entrenamiento, el cerebro de los niños mostraba un incremento de actividad en el surco intraparietal y una menor activación neuronal en otros lugares del lóbulo parietal, un indicio de que sus mejorías en aritmética estaban relacionadas con áreas cerebrales que responden al número.

El equipo de Butterworth aspira a examinar el cerebro de niños, como Cristóbal, mientras practi- can con Number Sense, con el objetivo de compro- bar si sus lóbulos parietales se transforman. Por ahora, el proyecto ha sido rechazado por todas las fuentes de financiación a las que ha apelado. Aun- que la discalculia, lo mismo que otras dificultades en el aprendizaje, supone una merma de la produc- tividad (se estima que la incompetencia numérica cuesta unos 3000 millones de euros al año en el Reino Unido, sobre todo en pérdida de salarios) no atrae la atención ni el dinero. En Estados Unidos, por ejemplo, en el Instituto Nacional de la Salud se dedicó un total de 2 millones de dólares (unos 1,6 millones de euros) al estudio de la discalculia entre 2000 y 2011, frente a los más de 107 millones dedicados a estudiar la dislexia.

El equipo de Butterworth tiene planes provisio- nales para evaluar el próximo año su software con investigadores del Centro Cubano de Neurocien- cias y la Universidad de Ciencias Pedagógicas de La Habana. El grupo está introduciendo el juego en otros países, entre ellos, China y Singapur. «Los cubanos, curiosamente, están poniendo dinero en esto, a pesar de que tienen muy poco», explica Butterworth, loando el vigoroso sistema educativo de ese país.

Aunque profesor emérito, y «técnicamente» jubilado, continúa investigando los fundamen- tos del neurodesarrollo del sentido numérico. En fecha reciente ha demostrado que los guppies

(pececillos de agua dulce), poseen, al igual que los humanos, sistemas numéricos tanto precisos como aproximados. También ha constatado que los adultos humanos con discalculia no presentan mayores dificultades para decir la hora que las demás personas.

Asimismo, espera que Number Sense —si es que logra mejorar la discalculia— le respalde en el de- bate académico sobre las bases cognitivas del nu- meralismo. Pero Dehaene, tal vez su más ferviente adversario en ese debate, no piensa que los juegos informáticos educativos en clase resuelvan la cues- tión. Su juego Number Race, y su sucesor, Number

Catcher, incorporan una multitud de destrezas nu-

méricas, por lo que, incluso si los programas resul- tan eficaces, no resolverán las diferencias teóricas que decidan cuáles son las destrezas más esenciales para el sentido numérico, o las más deterioradas en la discalculia. «Me di cuenta enseguida de que lo que realmente interesaba a los niños era que el juego estuviera lleno de ideas y de variedad, y eso no resulta muy compatible con una metodología analítica», argumenta Dehaene.

Por su parte, Butterworth asegura que, funda- mentalmente, lo que le motiva es ayudar a los niños. Según comenta, a lo largo de sus investi- gaciones le impactó cómo los niños se sentían angustiados por no ser diestros en matemáticas. «Cada día que van a la escuela, cada vez que tienen clase de matemáticas, se les da a entender que son incompetentes en cosas en las que los demás niños de su clase no lo son.»

Moorcraft es comprensivo. Cuando, ocasional- mente, conoce a niños con discalculia, les explica que también él cuenta con los dedos por debajo de la mesa; que no tienen nada de qué avergonzarse, y que, con la ejercitación que él no tuvo, podrán alcanzar la rapidez necesaria.

En colaboración con un postdoctorado del equi- po, Moorcraft está terminando un libro sobre la discalculia. «He escrito una introducción. Solo es- pero que el orden de los capítulos sea el correcto.» Artículo original publicado en Nature, vol. 493, págs. 150-153, enero de 2013 Traducido con el permiso de Macmillan Publishers Ltd. © 2013

Para saber más

Discalculia. B. Fischer, K. Hasrt- negg y A. Kóngeter en Mente y cerebro, n.o 19, 2006

Individual differences in non- verbal number acuity corre- late with maths achievement. J. Halberda, M. M. Mazzocco y L. Feigenson en Nature, vol. 455, págs. 665-668, 2008. Neuroanatomical correlates of developmental dyscalculia: Combined evidence from mor- phometry and tractography. E. Rykhlevskaia et al. en Fron- tiers in Human Neuroscience, vol. 3, pág. 51, 2009. Computer-assisted interven- tion for children with low numeracy skills. P. Räsänen et al. en Cognitive Development, vol. 24, págs. 450-472, 2009. Mental number line training in children with developmen- tal dyscalculia. K. Kucian et al. en NeuroImage, vol. 57, págs. 782-795, 2011.

Time processing in dyscalculia. M. Cappelletti, E. D. Freeman y B. L. Buttherworth en Frontiers in Psychology, vol. 2, pág. 364, 2011.

Evidence for two numerical systems that are similar in humans and guppies. C. Agri- llo et al. PLoS ONE, vol. 7, pág. e31923, 2012. Ewen Callaway es periodista científico

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uien más quien menos conoce chascarrillos que estigmatizan la supuesta ingenuidad o estupidez de las mujeres de cabellera rubia. ¿Por qué existe ese concepto ne­ gativo de ellas? Los estudios sobre estereotipos, aunque en gran parte recientes, confirman un contraste entre la realidad y la ficción.

En 2010, David Johnston, de la Universidad Tec­ nológica de Queensland, quiso averiguar si las ru­ bias recibían un salario mayor o menor que las demás empleadas. Descubrió que, tras unos años de vida laboral, el sueldo de las trabajadoras rubias era superior al de las otras asalariadas pese a tener todas ellas el mismo nivel educativo. Johnston de­ dujo, no sin cierto humor, que ser rubia equivalía a casi un año más de estudios: una rubia con dos años de carrera universitaria cobraba lo mismo que una morena que hubiese aprobado tres cursos en la facultad.

Con todo, investigaciones de este tipo solo es­ tablecen correlaciones, por lo que resulta difícil demostrar una causa precisa que explique tales fenómenos. En este sentido, Johnston observó también que los maridos de las mujeres con me­ lena rubia ganaban más. Podemos imaginar, por tanto, que el medio socioprofesional de estas tra­ bajadoras motivara sus aspiraciones salariales. En contraste, es posible que el resto de las mujeres, celosas de que las rubias obtuvieran este tipo de prerrogativas simplemente por el color de su pelo, difundieran bromas con el propósito de desvalo­ rizarlas. Pura hipótesis.

Pero si nos olvidamos de que las rubias puedan obtener ventajas acordes con su situación matri­ monial y social, y nos centramos en el mercado de trabajo, vemos que el sector laboral influye.

Margaret Takeda y sus colaboradores, de la Uni­ versidad de Tennessee en Chattanooga, hallaron que en los empleos en los que el aspecto físico desempeñaba una función destacable (como el de recepcionista), el hecho de ser rubia aportaba ventajas. En cambio, ocurría lo contrario en las profesiones mejor remuneradas, que requerían capacidades cognitivas especializadas y en las que reinaba un ambiente de alta competitividad. El equipo de Takeda censó el color de pelo de los mejores corredores de bolsa de Londres, un en­ torno laboral en el que el proceso de selección es intenso y oneroso, ya que hay mucho en juego, así que mejor no equivocarse. En este entorno, los candidatos deben satisfacer un gran número de aptitudes para que se les reclute. Dicho esto, se podría pensar que en este ámbito no hay lugar para los prejuicios ni los estereotipos. Pues vean: la representatividad de las rubias entre los 500 mejores corredores de bolsa era inferior al por­ centaje de la población de referencia (un 5 por ciento, frente al 10 por ciento de los ciudadanos ingleses). En opinión de los investigadores, el es­ tereotipo de que las rubias se encuentran menos capacitadas para este tipo de trabajos podría ex­ plicar el desfavorable resultado.

Parece, pues, que el color del cabello puede favorecer o perjudicar a una candidata según el puesto de trabajo al que aspire: una mujer rubia EN SÍNTESIS

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