Para el diagnóstico de un trastorno mental de pedofilia, según la Clasificación Inter- nacional de enfermedades (CIE-10), no debe existir delito. También puede emitirse si el sujeto evaluado no lleva a la práctica sus impulsos sexuales o fantasías, pero se siente «claramente limitado» por ellos.
controlar sus preferencias sexuales a lo largo de la vida.
Otro punto decisivo a tener en cuenta es si el sujeto participa de forma voluntaria en la inves- tigación. A mi parecer, una medición para decidir la terapia o el diagnóstico adecuados, este último por regla general relacionado con la vía judicial, puede considerarse totalmente justificada des- de un punto de vista ético. Si las investigaciones posteriores confirman la fiabilidad de tales me- diciones objetivas, los juristas serán, en último término, los encargados de decidir sobre la apli- cación del procedimiento ante el tribunal judicial.
Numerosos inventos técnicos y biomédicos pueden emplearse tanto para el bienestar como para el perjuicio de las personas. Es mejor pro- curar una aplicación sensata y práctica de los métodos novedosos que desestimarlos desde un principio.
Para saber más
Pedofilia. P. Briken, A. Hill y W. Berner en Mente y cerebro, n.o 19, 2006.
Functional brain correlates of heterosexual paedophilia. B. Schiffer et al. en Neuroima ge, vol. 41, págs. 80-91, 2008. Assessment of pedophilic sexual interest with an at- tentional choice reaction time task. A. Mokros et al. en Ar chives of Sexual Behavior, vol. 39, págs. 1081-1090, 2010. Assessment of pedophilia using hemodynamic brain response to sexual stimuli. J. Ponseti et al. en Archives of General Psychiatry, vol. 69, págs. 187-194, 2012. Jorge Ponseti es doctor en psicología y
psicoterapeuta. Investiga y enseña en la Universidad Christian-Albrechts en Kiel.
Test de pedofilia mediante neuroimagen
La tomografía por resonancia magnética (TRM) se utiliza para generar imágenes de neuroanatomía,
pero también para visualizar la actividad cerebral. Para ello, la tomografía por resonancia magnética funcional (TRMf) se sirve de que las neuronas activas consumen más oxígeno que las inactivas. Cuan- do muchas células nerviosas se excitan en una región el cerebro determinada, esta requiere mayor cantidad de sangre rica en oxígeno que otras zonas del encéfalo. La TRMf mide la distribución de la sangre oxigenada y proporciona una matriz de datos tridimensionales, la cual descompone el cerebro en un gran número de pequeños cubos (vóxeles). Un vóxel presenta una arista de alrededor de tres milímetros (un cerebro consta de unos 50.000 vóxeles).
En esencia, el diagnóstico de pedofilia mediante TRMf comprende cuatro fases de procesamiento. En primer lugar, centra la atención en el cerebro de cada sujeto. ¿Qué diferencias presenta la actividad de cada uno de los vóxeles cuando el probando observa una fotografía de niños en comparación con cuando mira una imagen de un adulto? Un programa de análisis analiza ambas condiciones vóxel a vóxel. Para cada individuo se tratan estadísticamente 50.000 vóxeles. A partir del resultado, se forma una imagen tridimensional del cerebro. El programa reproduce las áreas en las que existe una activación distinta producida por la observación de fotografías de niños y de personas adultas.
En una segunda fase, los investigadores promedian estas diferencias individuales de activación, de manera que surge una imagen cerebral de la media del grupo. Esta revela las regiones encefálicas en las que se diferencian los grupos de probandos. En un tercer paso se calcula para cada sujeto un índice que expresa en qué medida su activi-
dad cerebral individual coincide con la del grupo de pedófilos o el de control. Por último, un clasificador estadístico cataloga a cada individuo, mediante la distribución total de índices, en uno de los dos grupos.
DISTINCIÓN CEREBRAL
La actividad cerebral de los pedófilos se diferencia de la de las personas sanas en amplias regiones del cerebro (rojo) cuando observan fotografías de
niños y adultos desnudos. CO
RT ESÍ A D E J O RG E P O N SE TI
E
n la noche del 23 de mayo de 1987, Kenneth Parks, un joven canadiense que contaba por entonces con 23 años, condujo su automóvil hasta la casa de sus suegros. Una vez allí, estranguló al hombre hasta dejarlo inconsciente y acuchilló a la mujer. Un año más tarde, el tribunal que llevaba su caso lo absolvió. Tras numerosas investiga- ciones, los científicos concluyeron que Parks no estaba despierto cuando acometió el asesinato: se encontraba en estado de sonambulismo.No se trata de un caso aislado. Intentos de asesinato, asesinatos consumados, infanticidios, suicidios y violaciones pertenecen al espectro de actos violentos asociados al sueño que aparece do- cumentado en la literatura especializada. Maurice Ohayon y sus colaboradores del Centro de Inves- tigación Philippe Pinel en Montreal descubrieron a través de una encuesta telefónica a unos 5000 adultos en 1997 que hasta el 2 por ciento de la población se ha comportado alguna vez con agre- sividad durante el descanso nocturno. ¿Cómo es capaz el cerebro durmiente de llevar a término actos tan complejos?
En el sonambulismo, las personas se hallan en un estado disociativo, el cual manifiesta caracte- rísticas tanto de la vigilia como del sueño. El equi- po de uno de los autores (Bassetti), de la Clínica Universitaria de Berna, inyectó en el año 2000 una sustancia con una ligera marca radiactiva en el sistema circulatorio de un individuo sonám- bulo de 16 años. A continuación, los científicos escanearon mediante tomografía computarizada de emisión monofotónica) el cerebro del chico mientras dormía. Observaron que si bien deter-
minadas zonas de la corteza prefrontal y parietal (áreas responsables de tareas cognitivas como la atención, la planificación y el juicio) del cerebro del individuo se encontraban menos activas en esos momentos que durante la vigilia, otras zo- nas cerebrales, como el cíngulo y algunas por- ciones del cerebelo (parte del encéfalo que guía funciones motoras), exhibían un incremento en la actividad.
En 2009, Michele Terzaghi y sus colaboradores del Hospital Niguarda en Mailand obtuvieron re- sultados similares. En su investigación analizaron la actividad cerebral de una persona con epilepsia y sonambulismo a través de unos electrodos que le habían colocado en el cráneo. Todavía dormi- do, el sujeto se levantaba y hablaba durante unos instantes. En esta fase del sueño profundo, el ce- rebro del durmiente mostraba menos actividad casi en las mismas áreas cerebrales que habíamos identificado previamente en nuestro trabajo; en cambio, ciertas partes del cíngulo aparecían igual de activas que durante la vigilia.