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LA QUEMA DE CONVENTOS

Declaraciones del rey don Alfonso XIII. – Aconseja a los monárquicos que no creen dificultades al gobierno. – Reunión en el Círculo Monárquico Independiente. – Iniciación de los desórdenes. – Intento de asalto al «A B C». – Incendio de la Residencia de Jesuitas en la calle de la Flor. – Los revoltosos, dueños de la calle, se dedican a quemar conventos. – El Gobierno explica el origen de los sucesos y declara el estado de guerra. – Desórdenes e incendios de templos y conventos en Sevilla, Málaga, Cádiz, Valencia y Alicante. – Inhibición de las autoridades. – Miguel Maura explica lo sucedido en el seno del Gobierno. – Justificación oficial, alborozo y juicios en torno a la ignominiosa jornada.

Hallándose don Alfonso XIII en Londres al mes de salir de España, sostuvo una conversación con el marqués de Luca de Tena, director de A B

C, y en ella expresaba el monarca sus propósitos respecto al futuro político

de España. «Estoy decidido, decía, a no poner la menor dificultad a la actuación del Gobierno republicano, que para mí, y por encima de todo, es en estos momentos el Gobierno de España» Insistía mucho en que se man- tendría ajeno a toda maniobra encaminada a crear dificultades a los gober- nantes. «Los monárquicos que quieran seguir mis indicaciones deben no sólo abstenerse de obstaculizar al Gobierno, sino apoyarle en cuanto sea patriótico.» «Yo no aprobaré jamás que se excite al pueblo contra sus autoridades y sus agentes, ni que se especule con desdichas de la patria para desprestigiar al nuevo régimen. No quiero que los monárquicos exciten en mi nombre a la rebelión militar. Hasta mí han llegado noticias de que muchos militares se negaban a prestar la adhesión a la República que les exigían. A cuantos he podido les he rogado que la presten. La Monarquía acabó en España por el sufragio, y si alguna vez vuelve, ha de ser asimismo por la voluntad de los ciudadanos.» Y terminaba con esta recomendación: «Si en Madrid se organiza un Comité Central, una Junta o como quiera llamársele, con fines electorales, yo les ruego que actúen públicamente, y que, sin perjuicio de propagar con el mayor entusiasmo, pero legalmente, sus convicciones monárquicas, manifiesten su propósito de no crear dificultades al Gobierno español, e incluso, apunta esto para

que repitas mis propias palabras: e incluso a estar con él para todo lo que sea defensa del orden y de la integridad de la patria» (127).

Las anteriores declaraciones descubrían unas ideas equivocadas de don Alfonso XIII sobre supuestas facilidades que ofrecería la República para una propaganda monárquica dentro de los cauces legales. Este mismo criterio lo compartían muchos leales al monarca, los cuales alquilaron un piso en la calle de Alcalá para instalar allí con conocimiento y permiso de la Dirección General de Seguridad una sociedad titulada «Círculo Monárquico Independiente». La Directiva provisional la constituían el duque de la Seo de Urgel, el conde de Gamazo, Eduardo Cobián, Luis Garrido Juaristi, Antonio Bernabéu, Julio Danvila y Federico Santander. Con gran número de socios se celebraba la primera asamblea en la mañana del 10 de mayo pero no se sabe por qué misteriosos mensajes o enlaces transcendió a la calle la noticia de la reunión, deformada como conspiración de elementos reaccionarios contra la República. Se ha dicho que en una tenida masónica se fraguó el plan de los desórdenes en el que se especificaba cómo habían de producirse y desarrollarse. En las actas de las reuniones masónicas no queda nunca constancia de los acuerdos ni de las consignas de carácter político. El secretario por entonces del «Comité

Central de la Juventud Comunistas Enrique Matorras, asegura (128) que en

una junta celebrada en la tarde del día 10, con asistencia de dirigentes comunistas y de dos delegados de la III Internacional, se acordó plantear la huelga general, el asalto a las armerías y la fraternización de soldados y

obreros, de conformidad con consignas de Moscú (129).

127 A B C, 5 de mayo de 1931.

128 El comunismo en España, por Enrique Matorras. Imprenta Aldecoa. Burgos, 1935. Pág. 35.

129 La Pravda publicó el día 15 de febrero de 1931 las siguientes

instrucciones de la III Internacional a la Sección Española. 1.ª Las organizaciones deberán luchar por el derrocamiento de la Monarquía y

El hecho es que apenas se inició la reunión de los elementos monár- quicos, cuando entre los grupos congregados en la calle circulaban los más disparatados rumores de complots y maniobras contra la República, ru- mores que crecían y se hinchaban en turbio e iracundo oleaje. Se contaba con pormenores cómo el marqués de Luca de Tena, director de A B C, había asesinado al chófer de un taxi, y se especificaba número y marca de las armas acumuladas en el local para una acción ofensiva contra el Gobierno.

Todo esto enardeció a las turbas, las cuales se lanzaron al asalto del círculo monárquico. Logró contenerlas la fuerza pública que penetró en el local y detuvo a la mayoría de los reunidos para trasladarlos en coches celulares a la Dirección de Seguridad. Algunos, como el ex ministro Leo- poldo Matos y el ingeniero Manuel Pombo, no alcanzaron este favor y hubieron de hacer el largo recorrido a pie, conducidos como reos, escar- necidos y maltratados por gentes enfurecidas, interesadas en derribarlos a tierra y rematarlos. En esta situación, refería más tarde Pombo, «salvamos nuestras vidas porque entre los energúmenos se habían mezclado algunos amigos que, con apariencia de sayones, nos ayudaban a sostenernos en pie y nos infundían ánimos».

establecer un Gobierno de obreros y campesinos. 2.ª Por la confiscación de los bienes de la Iglesia y Por la denuncia al Concordato. 3.ª Deben ser confiscados también los bienes de los grandes propietarios de tierras y repartidos entre los labriegos. 4.ª Pondrán término a todos los privilegios de la Iglesia Católica. 5.ª Pedirán la supresión de las congregaciones religiosas. 6.ª Deben abandonarlos métodos moderados y preparar la lucha organizada.

Las turbas, ávidas de motín, incendiaron los coches estacionados ante el círculo, quemaron un kiosco de El Debate, en la calle de Alcalá, intentaron en la calle de Serrano el asalto del edificio de A B C, diario monárquico al que se le acusaba de ser inspirador de la provocación. Fuerzas de la Guardia Civil llegadas a toda prisa, por orden del ministro de la Gobernación, del Cuartel de los altos del Hipódromo, protegieron al edificio. Sin intimidarles la presencia de los guardias, los revoltosos continuaron su porfía por penetrar en el periódico. Previos los toques de atención, la Guardia Civil hizo fuego contra los asaltantes, dos de los cuales resultaron muertos y varios heridos. Se dispersaron las turbas propagando por toda la ciudad noticias de los sucesos desfigurados, pues se decía que el número de víctimas era altísimo. Se creó el estado de inquietud y de nerviosismo ideal para engendrar el motín. Los agitadores no lo desaprovecharon.

Al atardecer circuló el rumor de que se iba a declarar la huelga ge- neral; se obligó a los tranviarios a encerrar los coches. La Casa del Pueblo, el Ateneo y los círculos políticos hervían de gentes exaltadas, que recla- maban a gritos un escarmiento para aplastar a la reacción renaciente. No se determinaba la forma de este castigo, pero poco después en las calles se gritaba contra los frailes y monjas y más concretamente contra los jesuitas. La protesta de los revolucionarios alcanzó a media noche su máximo nivel en la Puerta del Sol, punto de convergencia de las turbas que pedían

furiosas al Gobierno una actuación rápida y enérgica. En este momento un agitador, José Antonio Balbontín —poeta en su juventud que ensayó su estro con endechas a la Virgen y a los santos, para terminar componiendo apologías sacrílegas—, desde una ventana del Ministerio de la Gobernación arengó a las masas con la lectura de unas conclusiones adoptadas en una reunión celebrada en el Ateneo, en las que se pedía, entre otras cosas, «el desarme de la Guardia Civil, la expulsión de las órdenes religiosas, la supresión de las organizaciones que atentan a la República y la dimisión del ministro de la Gobernación». A continuación denunció que «había sido puesto en libertad el general Berenguer» y pidió al pueblo «actuación rápida y ejemplar para impedir el impunismo». Los ánimos se exacerbaron más, y en la misma Puerta del Sol se produjeron los primeros desórdenes.

Todo esto sucedía mientras a los ministros reunidos en el Ministerio de la Gobernación Miguel Maura les hacía saber «la absoluta necesidad de que la fuerza pública despejara la plaza, abarrotada de gentes excitadas». Los informados opinaban que no se debía utilizar la fuerza pública. «Nos separamos de madrugada —refiere el ministro de la Gobernación—, pero antes de hacerlo advertí a mis compañeros de Gobierno la seguridad que tenía de que iba a empezar la huelga general en Madrid y mi convencimiento de que el lunes sería un día de franca rebelión. No compartieron mi opinión los compañeros, y cuando yo les rogué que me autorizaran para sacar la fuerza pública desde el amanecer para que patrullara, se negaron terminantemente» (130).

130 Miguel M. Maura en su discurso en el cine de la Ópera de Madrid

(12 de enero de 1932). Por su parte Azaña dice: (Ob. comp. T. IV. Pág. 303). «Algunos manifestantes pretendían gatear por las ventanas… Maura se impacientaba por la terquedad de la muchedumbre, que no quería disolverse, y deseaba a todo trance sacar la Guardia Civil y hacer un

Si damos validez al testimonio de Azaña en sus «Memorias» (131),

Miguel Maura conocía lo que se tramaba. «Ha venido —escribe en sus notas de 7 de diciembre de 1932— también Casares. Acaban de saber en la Dirección de Seguridad por un confidente que mañana se producirán alborotos en la Universidad, y al calor de ellos, unas hordas intentarán quemar los conventos. El confidente es el mismo que el año pasado avisó a Maura de la proyectada quema. —¿Usted no sabía que a Maura le avisaron con cuarenta y ocho horas de anticipación y que él no hizo caso?

—No lo sabía.» (132)

También las Comisarías de policía de Madrid estaban advertidas de lo que se fraguaba por una circular remitida en la noche del 10, anunciadora de los intentos de perturbación del orden en las primeras horas de la mañana siguiente. «Una orden circular firmada por Borrero, jefe superior de policía, prohibía emplear contra los promotores otras armas que la persuasión» (133).

escarmiento. Prieto, De los Río y yo (Azaña) estuvimos cuatro horas luchando con Maura y llegamos, a veces, a sujetarlo por los brazos para que no saliera de su despacho a dar órdenes. Le entraban accesos de furor, que, por reacción, producían en mí una congelación súbita, como me ocurre siempre que veo a alguien enfurecido».

131 Memorias: pág. 131.

132 Miguel Maura confirma en parte la veracidad de este aserto en su libro «Así cayó Alfonso XIII…» pág. 247, con las siguientes palabras: «A última hora de la tarde (del 10 de mayo) el capitán Arturo Menéndez (uno de los militares que más se habitan distinguido en la conspiración republicana) vino a comunicarme en secreto que, en el Ateneo, los jóvenes que habían estado poco antes en el Ministerio (se refiere a unos comisionados que se presentaron para pedir la disolución de la Guardia Civil) preparaban para el día siguiente, lunes, la quema de conventos de Madrid como Protesta por la lenidad del Gobierno en materia clerical. Mi informador me aseguraba haber oído los que dirigían el intento dar las órdenes a unos cuantos mozalbetes, a quienes repartían, con la lista de los conventos que habían de ser incendiados la gasolina y los trapos para tan culta misión. El dirigente de esos gamberros era cl mecánico Pablo Rada, que acompañó a Ramón Franco en el vuelo del Plus Ultra» (la primera travesía aérea entre España y la Argentina). Maura transmitió a Azaña la confidencia y éste, que merendaba en el despacho del subsecretario tranquilamente, la acogió con desprecio: «No crea usted en eso, dijo. Son tonterías. Pero si fuera verdad, sería una muestra de la Justicia Inmanente».

La presencia de grupos en la Puerta del Sol duró hasta las cinco de la mañana. El Ateneo se hallaba en sesión permanente y en pie de guerra, según expresión de los que por allí bullían. Se presentía el estallido y se contaba con la impunidad para los desmanes. Oradores espontáneos, en las salas del Ateneo y en las calles pedían castigos rigurosos y aconsejaban una actuación del pueblo, violenta y rápida, para «frenar a la reacción» en sus intentos contra la República. El ministro de la Gobernación y el director general de Seguridad estudiaban en el Ministerio de la Gobernación las medidas a adoptar «para salvar lo que se pudiese con sólo la Guardia de Seguridad, pues con la Benemérita no podíamos contar»

(134). Cuando amaneció el día 11 sabían los confabulados para el desorden

que la ciudad estaba en sus manos.

Grupos estacionados desde las primeras horas de la mañana del día frente a la residencia de Jesuitas y templo de San Francisco de Borja de la calle de la Flor lanzaron una lluvia de piedras contra las ventanas, y al ob- servar que fuerzas de Orden Público situadas no lejos permanecían im- pasibles, se propasaron a rociar las puertas del edificio con gasolina que llevaban en bidones. Pronto el edificio ardía envuelto en llamas. Especta- dores muy próximos al lugar del siniestro, los guardias civiles permane- cían inmovilizados por órdenes que les prohibían toda intervención. También los bomberos contemplaban impasibles el espectáculo, pues los incendiarios les impedían sofocar el fuego, sin que ninguna fuerza se opu- siera a tan criminal abuso. Entretanto, los padres jesuitas pasaban con dificultades y graves peligros a las casas contiguas, para ponerse a salvo, mientras las llamas devoraban la Residencia (135).

134 Maura. Ob. cit. Pág. 248.

135 En el incendio de la Residencia San de la calle de la Flor se perdieron la urna de plata repujada que contenía el cuerpo de San Francisco de Borja, en el mundo duque de Gandía y caballerizo mayor de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa del césar Carlos V. Un «Lignum Crucis» procedente de la casa ducal de Pastrana, que lo recibió del Romano Pontífice. Una estatua en mármol de San Juan de Regis. El sepulcro del Padre Diego Laínez, compañero de San Ignacio, célebre teólogo que intervino en el Concilio de Trento; un retrato del Fundador de la Compañía, de Sánchez Coello, pintor de cámara de Felipe II; un dedo de San Francisca Javier, encerrado en un relicario de plata; una biblioteca de más de ochenta mil volúmenes, con ediciones príncipes de Lope de Vega, Quevedo, Calderón de la Barca, Gracián, Saavedra Fajardo; colecciones de revistas raras; las bibliotecas del P. Luis Colonia y del P. Fidel Fita, director, éste, de la Real Academia de la Historia; los cuatrocientos volúmenes de la Patrística griega y latina de Migne, y varios incunables.

Patente la impunidad para cometer toda suerte de desmanes, gavillas de mozalbetes, mandadas y conducidas por algunos rufianes, se dedicaron a quemar iglesias y conventos. El más próximo, el de las Vallecas,

religiosas bernardas, que databa del siglo XVI, fue saqueado primero y

pasto de las llantas luego. Poco después ardían la iglesia de Santa Teresa de los Carmelitas descalzos, recién construida en la plaza de España; el colegio de Maravillas en la barriada de Cuatro Caminos, enorme edificio en el que los Hermanas de la Doctrina Cristiana daban instrucción gratuita a quinientos hijos de obreros; el convento de las Mercedarias de San Fernando, donde recibían educación y acogida trescientas niñas pobres; la iglesia parroquial de Bellas Vistas, también en la barriada de Cuatro Caminos; el colegio de María Auxiliadora atendido por salesianas, amparador de niñas pobres. La oportuna presencia del general Luis Orgaz con una patrulla de soldados ahuyentó a los incendiarios e impidió la destrucción del colegio del Sagrado Corazón en Chamartín.

Desde primeras horas de la tarde ardía el Instituto Católico de Artes e Industrias de la calle de Alberto Aguilera, regido por los padres jesuitas, moderno centro de enseñanza, con salas y museos de Mineralogía, Botá- nica, Física, Química y Electricidad, donde se habían formado muchas promociones de técnicos, procedentes en su mayoría de clases modestas: el certificado de estudios del Instituto llamado de Areneros se consideraba como título de capacidad y garantía técnica. Unas docenas de maleantes perpetraron la agresión sin que nadie se lo impidiese. Es más, los amo- tinados alejaron a pedradas a unas parejas de la Guardia Civil, que atraídas por las llamas, se mostraban dispuestas a intervenir. Igual sucedió con los bomberos. Muy cerca del Instituto se hallaba el cuartel de Húsares de la Princesa. Su coronel, Gabriel de Benito, formó el regimiento y dio parte al capitán general de lo que sucedía. Por toda respuesta recibió la orden de que la tropa saliera en dirección contraria al lugar del siniestro (136).

136 En el incendio del Instituto Católico de Artes e Industrias se

perdieron los archivos del historiador y paleógrafo Padre Zacarías Garía Villada, con cerca de 30.000 fichas de material de investigación histórica, 10.000 de diplomática; 6.000 fotografías de códices de todos los archivos del mundo: un archivo de Paleografía, con el estudio minucioso de cada letra, desde los romanos hasta la invención de la imprenta; 14.000 fichas para la confección de la Historia de la Iglesia española, que resumía toda la labor del Padre García Villada, desde 1902; es decir, una vida consagrada al estudio. Se quemó también la Biblioteca del Instituto, de 20.0000 volúmenes, con obras de consulta muy valiosas por lo raras y

Ardían los conventos y si bien muchos fervorosos amigos de sus mo- radores fieles de sus iglesias acudían a auxiliarles acompañándoles a casas de familiares y conocidos que les brindaban asilo, no se advertía reacción contra los incendiarios, como si la voluntad de los ciudadanos angustiados por las escenas vandálicas estuviese paralizada por el terror. Sin embargo, allí donde unos guardias se opusieron al desmán, lo evitaron, de la misma manera que lograron impedir el asalto a comercios y a unas armerías, si bien dos de éstas fueron desvalijadas.

El Gobierno, reunido en la Presidencia desde las nueve de la mañana (11 de mayo), recibía continuas noticias de los desórdenes y sabía a cada momento el convento al que le correspondía arder. Los ministros discutían sobre la situación, sin resolverse a adoptar ninguna medida para acabar con aquella barbarie desatada. El ministro de la Gobernación insistía en la necesidad de recurrir a la Guardia Civil, mientras sus compañeros se mostraban opuestos a reprimir por la fuerza los desmanes. Alcalá Zamora propuso que se decidiese por votos si se debía apelar o no a la Benemérita. Por mayoría se acordó que no. Según refiere Maura, «el que más categóricamente se opuso a toda acción represiva fue Araña». «Ministro hubo que tomó a broma la noticia del incendio de la residencia de jesuitas de la calle de la Flor», y a otro «le hizo gracia que fuesen los hijos de San

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