A partir de un análisis de la Confederación peruano-boliviana (1836-1839), y del racismo inflingido a su principal representante Andrés de Santa Cruz por parte de la elite criolla peruana en desacuerdo con dicha Confederación, Cecilia Méndez explora el tema del racismo y la exclusión del indio en la fundación de la nación peruana, y en la constitución de su identidad. Esta identidad surge como parte de los grandes discursos homogeneizadores que se sitúan en el siglo XIX; discursos que, cabe mencionar, necesitaban imaginar una comunidad nacional abarcadora y firme que ocultara la heterogeneidad del país o que la explicara como defecto subsanable con rapidez y facilidad (Cornejo Polar 1994, 113). La nación peruana, pues, debía reunir sus dispares componentes en un todo coherente, compacto y representativo.
Méndez argumenta que el Estado que se impuso en el Perú, se sustentó ideológicamente en el proyecto de una “república sin indios.” Si la independencia había permitido a los criollos afirmarse como grupo social dominante sobre una población mayoritariamente indígena, el proyecto republicano que emergió tras la guerra de independencia (1820-1826) en el siglo XIX, no alivió, pues, la discriminación y marginalización sufridas por los indios durante los tres siglos de colonización española.
Tomando ventaja de la inestabilidad política que ocasionaron las constantes guerras civiles que imposibilitaban el establecimiento de un Estado fuerte, Andrés de Santa Cruz,
entonces presidente de Bolivia, aliado con los sectores liberales del sur del Perú, había tomado el control de Lima y declarado la constitución de la Confederación peruano-boliviana en 1836. Con
la Confederación, los sectores liberales en el poder buscaron independizarse de las aspiraciones centralistas de Lima y reestructurar los antiguos circuitos comerciales que habían unido Perú y Bolivia durante el período colonial, promoviendo, así, el libre comercio con el Atlántico norte y los Estados Unidos. Las élites comerciales de Lima y la costa norte del Perú ejercieron una fuerte resistencia a este plan, puesto que, al poseer intereses económicos estrechamente vinculados con el comercio con Chile vía el Pacífico, vieron amenazada su supremacía comercial.
El racismo y exclusión de la elite criolla peruana provenían de su “nacionalismo criollo,” el cual, cabe mencionar, prevalece como ideología de poder hasta nuestros días, aunque durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado (1968-75), dicho nacionalismo entrara en crisis (Méndez 206). De acuerdo con Méndez, algunas de las características del nacionalismo criollo se
vislumbraban ya durante los comienzos de la República peruana, aunque con la Confederación peruano-boliviana este tomó una forma más precisa.
La Confederación peruano-boliviana, pues, despertó en sus opositores sentimientos de racismo y desarrolló las principales propiedades de lo que debería ser la identidad nacional peruana y lo que no. Así, la característica principal y común del discurso político de los
retractores del líder de dicha confederación, radicó precisamente en la definición de la identidad peruana en base a la exclusión y desprecio hacia el indio, representado simbólicamente por Santa Cruz (Méndez 206).
Cabe mencionar que la literatura hegemónica en los primeros años de la República estuvo dedicada a la representación de la actualidad inmediata, lo que implicaba dejar de lado al pasado. Esta, además, se situaba en el mundo republicano y realizaba su condición de “literatura
nacional” suprimiendo casi de manera total la colonia en su ámbito referencial (Cornejo Polar 1989, 27). Estas características pertenecen a los escritos que se produjeron dentro del
movimiento literario denominado Costumbrismo. Este privilegió el espacio de la capital, y una perspectiva: la que enfocaba lo circunstancial y anecdótico, evadiendo, cabe recalcar, la
problematización de los asuntos más graves de la nación (Cornejo Polar 1989, 37). De igual manera, para el Costumbrismo la literatura peruana era la escrita en español de acuerdo a la normatividad artística hispana o genéricamente europea (Cornejo Polar 1989, 38).
Compartiendo el espacio con el Costumbrismo, existió una corriente, aunque pequeña y efímera, conocida como Incaísmo. Esta postulaba a la República como heredera y vengadora del imperio incaico, “eludiendo sin embargo todo comentario sobre la situación del pueblo indígena moderno, pasando por alto las rebeliones indígenas anteriores a 1821 y dejando en silencio la índole concreta del vínculo histórico que se postula” (Cornejo Polar 1989, 32). Con el Incaísmo se deja ver, pues, el empeño por forjar una tradición que reivindicaba su origen incaico pero que no prestaba atención ni dotaba de presencia e importancia a la población indígena.
La noción de “la educación del indio” constituye otro motivo repetido en mucha
de la producción discursiva de la época. Partidarios de distintos programas políticos sugerían que la única manera de involucrar a las mayorías en su proyecto era a través de la educación. Otros, como Clorinda Matto de Turner, no sólo planteaban la idea abstracta de la educación, sino que además veían un problema en la hegemonía cultural criolla (Denegri 50). Con estas posiciones convivía además aquella que propugnaba la necesidad de un tipo particular de inmigración europea que sirviera para “mejorar la raza” (Klarén 200). A pesar de sus disímiles actitudes, todas estas propuestas traían en el fondo la noción de la exigencia de una “redención” de la población indígena, representándola, así, como un problema a ser resuelto a través de mecanismos facilitados por el Estado.
de los principales representantes del Costumbrismo y fue el primero en ensayar la posibilidad de un hispanismo que enlazara lo peruano con lo español sin pasar por la incómoda intermediación virreinal. En su artículo, Méndez analiza una serie de textos escritos por Pardo y Aliaga quien se dedicó a personalizar los ataques contra la Confederación en la figura de Santa Cruz a partir del racismo, fundando a la vez el reconocimiento de los peruanos en su identidad “criolla.” Así, Pardo y Aliaga colaboró en el establecimiento del otro indígena como un enemigo interno, aquel que representaba la barbarie que amenazaba con acabar con la civilización de origen europeo (Méndez 206).
Cabe mencionar que Santa Cruz fue víctima, también, de la xenofobia. Esto en la medida en que se consideraba a Santa Cruz un extranjero, lo cual, además, se relacionaba con su
identidad indígena (Méndez 206). Santa Cruz, pues, era tomado por extranjero a pesar de que su padre había nacido en la provincia peruana de Huamanga y había sido educado en Cuzco; y de que este, Santa Cruz, hubiera luchado por la independencia del Perú junto a San Martín.
Entonces, el líder de la Confederación era considerado un extranjero, no tanto por ser boliviano, sino por ser un indio, mostrándonos, con esto, la concepción que se tenía del indio, el cual no era pensado como un ciudadano peruano, sino como un extranjero, al igual que Santa Cruz. A esto habría que agregarle que, como resalta Méndez, se rechazaba a Santa Cruz por ser indio, pero, específicamente por ser un indio que “no se quedaba en el lugar que le correspondía.” De ahí que observemos, con ello, la necesidad de subordinación del indio como necesaria para la
preservación de la “integridad nacional” (Méndez 220). A ellos, a los indios, pues, les correspondía no el lugar de la identidad (peruana), sino el de la diferencia (Cotler 58).58
58 La población indígena, además, era una población a la cual se le temía, en tanto podía organizar disturbios en la sociedad, como lo demostraba la rebelión de Túpac Amaru II contra la institución colonial ocurrida al inicio de la década de 1780. Este levantamiento produjo
Este rasgo, la exclusión y el racismo hacia el indio, devino en la que sería una concepción criolla de la nación peruana fundamentalmente racista y excluyente. Aquí es donde se encuentran las bases de lo que durante el siglo XX devendrá en un discurso histórico instrumental para ejercer el poder (Méndez 213). Como señala Florencia Mallon, pues, hasta los años 20 y, posteriormente, a inicios de los 30 y 40 del siglo XX, no se produjo en el Perú ningún esfuerzo político ni alianza que tuviera éxito en su voluntad de constituir un discurso nacional-popular hegemónico con las diversas y ricas tradiciones y prácticas populares de las clases subalternas (Mallon 15).
Cabe mencionar que el elemento criollo, no fue el único lugar desde el cual se ha pensado la identidad peruana, sino también desde donde se enunciaron los discursos literarios que
colocaron al indio en una posición de contradicción, en tanto a veces era situado en el centro y otras en el límite, como hemos visto en el caso de Pardo y Aliaga. Así, este tratamiento del indio en la literatura pasó a complementar y a complicar la definición de la identidad peruana.